Nuestro anuncio atrae a una visita · I
~7 min · 1353 palabras
Las fatigas de la mañana habían resultado excesivas para mi quebrantada salud y me sentía rendido por la tarde. Tras la marcha de Holmes al concierto me tendí sobre el sofá e intenté dormir un par de horas. Fue una tentativa vana: mi espíritu se hallaba demasiado exaltado por cuanto había acontecido y las conjeturas más extrañas poblaban mi imaginación. Cada vez que cerraba los ojos contemplaba ante mí la faz contrahecha y simiesca del hombre asesinado. Tan siniestra era la impresión que aquel rostro me había producido que difícilmente lograba sentir otra cosa que gratitud hacia quien había librado al mundo de su dueño. Si alguna vez unas facciones humanas delataron la maldad más depravada, eran ciertamente las de Enoch J. Drebber, de Cleveland. Reconocía, no obstante, que la justicia debía cumplirse y que la abyección de la víctima no justificaba el crimen a los ojos de la ley.
Cuanto más cavilaba sobre ello, más extraordinaria me parecía la hipótesis de mi compañero de que el hombre había sido emponzoñado. Recordé cómo le había olido los labios y no dudé de que había percibido algún olor que le sugirió la idea. Pero entonces, si no era veneno, ¿qué había provocado la muerte del individuo, puesto que no presentaba herida alguna ni huellas de estrangulamiento? Y por otra parte, ¿de quién era la sangre que manchaba tan copiosamente el suelo? No había señales de lucha ni la víctima poseía arma con la que hubiese podido herir a un adversario. En tanto todas estas incógnitas permaneciesen sin respuesta, comprendí que el sueño resultaría difícil tanto para Holmes como para mí. Su actitud serena y confiada me persuadía de que había concebido ya una teoría que explicaba todos los hechos, aunque cuál pudiese ser era algo que yo no acertaba a vislumbrar.
Regresó muy tarde: tan tarde que comprendí que el concierto no podía haberle retenido todo aquel tiempo. La cena se hallaba ya servida en la mesa cuando hizo su aparición.
—Estuvo magnífico —dijo al tomar asiento—. ¿Recuerdas lo que dice Darwin acerca de la música? Sostiene que la facultad de producirla y apreciarla existía en el género humano mucho antes de que se adquiriese el uso de la palabra. Tal vez por eso nos impresiona de manera tan sutil: perduran en nuestras almas vagos recuerdos de aquellos siglos nebulosos en que el mundo se hallaba en su infancia.
—Es una idea bastante amplia —observé.
—Nuestras ideas han de ser tan dilatadas como la naturaleza misma si han de interpretarla —respondió—. ¿Qué te ocurre? No tienes buen aspecto: ese asunto de Brixton Road te ha dejado desasosegado.
—A decir verdad, así es —le confesé—. Debería estar más curtido tras mis experiencias en Afganistán: presencié cómo despedazaban a mis propios camaradas en Maiwand sin perder la serenidad.
—Lo comprendo: hay en todo esto un misterio que estimula la fantasía; donde no hay imaginación no existe el horror. ¿Has visto el periódico de la tarde?
—No.
—Ofrece un relato bastante fiel del suceso. No menciona el hecho de que, al alzar el cadáver, una alianza matrimonial de mujer rodó por el suelo. Mucho mejor que no lo mencione.
—¿Por qué?
—Fíjate en este anuncio —me respondió—: envié una copia a todos los diarios esta misma mañana inmediatamente después del suceso.
Me alargó el periódico y eché un vistazo a la sección indicada. Era la primera inserción en la columna de objetos hallados: «En Brixton Road, esta mañana: una alianza de boda de oro liso, encontrada en la calzada entre la taberna del Ciervo Blanco y Holland Grove. Dirigirse al doctor Watson, 221B, Baker Street, entre las ocho y las nueve de esta noche».
—Disculpa que haya utilizado tu nombre —me dijo—. Si hubiese empleado el mío alguno de esos mentecatos lo habría reconocido y querría inmiscuirse en el asunto.
—Está bien —respondí—. Pero suponiendo que acuda alguien, yo no tengo ningún anillo.
—¡Vaya si lo tienes! —dijo alargándome uno—. Este servirá a las mil maravillas: es casi un facsímil idéntico.
—¿Y quién esperas que responda al anuncio?
—Pues el hombre del gabán marrón: nuestro rubicundo amigo de las punteras cuadradas. Si no comparece él en persona, enviará a un compinche.
—¿No juzgará semejante paso demasiado peligroso?
—De ningún modo. Si mi enfoque del caso es acertado, y tengo poderosas razones para creer que lo es, ese hombre preferirá arrostrar cualquier peligro antes que perder el anillo. Según mi parecer, se le cayó al inclinarse sobre el cadáver de Drebber y no advirtió su falta en aquel instante. Tras abandonar la finca descubrió la pérdida y regresó apresuradamente, pero se encontró con la policía ya dueña del terreno a consecuencia de su propia torpeza al dejar la vela encendida. Tuvo que fingir embriaguez para desvanecer las sospechas que su presencia junto a la verja pudiera suscitar. Ahora ponte en el lugar de ese hombre: al meditar sobre el percance debió de ocurrírsele que cabía la posibilidad de haber extraviado el anillo en el camino tras salir de la casa. ¿Qué haría entonces? Consultar con avidez los diarios de la tarde con la esperanza de verlo entre los objetos perdidos. Su mirada cayó naturalmente sobre este anuncio: debió de alegrarse sobremanera. ¿Por qué iba a temer una trampa? A sus ojos no había motivo alguno para que el hallazgo del anillo guardase relación con el homicidio. Vendrá; ten por seguro que vendrá. ¿Acaso no lo verás antes de una hora?
—¿Y luego? —pregunté.
—¡Oh, luego déjamelo a mí! ¿Dispones de armas?
—Tengo mi viejo revólver reglamentario y unos cuantos cartuchos.
—Será mejor que lo limpies y lo cargues: es un individuo desesperado, y aunque pienso cogerlo desprevenido, más vale estar prevenidos para cualquier contingencia.
Me dirigí a mi alcoba y seguí su consejo. Al regresar con el arma la mesa había sido retirada y Holmes se hallaba entregado a su pasatiempo favorito de rascar las cuerdas del violín.
—La trama se complica —dijo al verme entrar—: acabo de recibir respuesta a mi telegrama americano. Mi hipótesis del caso es la acertada.
—¿Y cuál es? —pregunté con curiosidad.
—A mi violín no le vendrían mal cuerdas nuevas —observó—. Guarda la pistola en el bolsillo. Cuando llegue ese individuo háblale con naturalidad; déjame a mí el resto y no vayas a asustarle mirándole demasiado fijamente.
—Son ya las ocho —dije consultando mi reloj.
—Sí; probablemente estará aquí dentro de pocos minutos. Abre un poco la puerta; así está bien. Ahora pon la llave por dentro. ¡Gracias! Este es un libro curioso que compré ayer en un tenderete: «De Jure inter Gentes», publicado en latín en Lieja en 1642. La cabeza de Carlos I estaba aún firme sobre sus hombros cuando se estampó este tomito encuadernado en becerro marrón.
—¿Quién es el impresor?
—Philippe de Croy, sea quien fuere. En la guarda dice en tinta muy descolorida: «Ex libris Guliolmi Whyte». Me pregunto quién sería ese William Whyte: algún letrado pedante del siglo diecisiete, imagino; su letra tiene un sesgo curialesco. Me parece que ahí llega nuestro hombre.
Al pronunciar estas palabras sonó un timbrazo seco. Sherlock Holmes se puso en pie sin hacer ruido y arrimó su silla hacia la puerta. Oímos a la criada avanzar por el vestíbulo y el chasquido del cerrojo al abrir.
—¿Vive aquí el doctor Watson? —preguntó una voz clara pero un tanto áspera. No alcanzamos a oír la respuesta de la doncella, pero la puerta se cerró y alguien comenzó a subir la escalera. Los pasos eran vacilantes y arrastrados; una mirada de sorpresa cruzó por el rostro de mi compañero mientras escuchaba. El rumor avanzó despacio por el corredor y sonaron unos golpes débiles en la puerta.
—¡Adelante! —exclamé.
A mi llamada, en vez del hombre violento a quien aguardábamos, una mujer anciana y arrugada penetró renqueando en la estancia. Pareció deslumbrada por la repentina claridad de la lumbre y, tras hacer una reverencia, se quedó parpadeando con ojos llorosos mientras hurgaba en su bolsillo con dedos trémulos y nerviosos. Miré a mi compañero: su rostro había adoptado una expresión tan desconsolada que hube de hacer un esfuerzo sobrehumano para conservar la seriedad.
Fin del Episodio 9 · de 26
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