Lo que relató John Rance · II
~5 min · 945 palabras
Se detuvo usted y regresó hacia la verja del jardín —le interrumpió mi compañero—. ¿Por qué hizo usted eso?
Rance dio un respingo violento y se quedó mirando a Sherlock Holmes con el mayor pasmo pintado en sus facciones.
—¡Pues es la pura verdad, señor! —dijo—. Aunque cómo diablos ha podido enterarse, sólo el cielo lo sabe. Verá usted: cuando llegué a la puerta reinaba tal silencio y soledad que pensé que no me vendría mal tener a alguien a mi lado. No le tengo miedo a nada a este lado de la sepultura; pero se me metió en el magín que a lo mejor era el que se murió de las tifoideas que andaba inspeccionando los desagües que lo mataron. El pensamiento me dio un vuelco en el cuerpo y regresé a la cancela para ver si distinguía la linterna de Murcher; pero no había ni rastro de él ni de nadie.
—¿No había nadie en la calle?
—Ni un alma viva, señor, ni siquiera un perro. Entonces me armé de valor, volví sobre mis pasos y empujé la puerta. Todo estaba en calma adentro, de modo que pasé al aposento donde brillaba la luz. Había una vela parpadeando sobre la repisa de la chimenea —una de cera encarnada— y a su resplandor vi...
—Sí, ya sé todo lo que vio usted: dio varias vueltas a la habitación, se arrodilló junto al cadáver, cruzó luego hacia el fondo y probó la puerta de la cocina, y después...
John Rance se puso en pie de un salto con el semblante asustado y sospecha en la mirada: «¿Dónde demonios estaba usted escondido para ver todo eso? —exclamó—. Me da la impresión de que sabe usted mucho más de la cuenta».
Holmes se echó a reír y arrojó su tarjeta por encima de la mesa hacia el agente: «No vaya usted a detenerme por asesinato —dijo—. Soy uno de los sabuesos y no el lobo: el señor Gregson o el señor Lestrade responderán de mí. Continúe usted, no obstante: ¿qué hizo a continuación?».
Rance volvió a tomar asiento sin perder su expresión de desconcierto: «Regresé a la cancela e hice sonar el silbato; eso trajo a Murcher y a otros dos al lugar».
—¿Estaba desierta la calle entonces?
—Bueno, lo estaba en lo que respecta a personas que pudiesen servir de alguna utilidad.
—¿A qué se refiere usted?
Las facciones del guardia se ensancharon en una sonrisa: «He visto a muchos borrachos en mi vida —dijo—, pero jamás a ninguno tan rematadamente beodo como aquel sujeto. Estaba junto a la verja cuando salí, apoyado contra los barrotes y cantando a voz en cuello una copla sobre la bandera de Colombina o algo por el estilo. No podía tenerse en pie, y mucho menos prestar ayuda».
—¿Qué clase de hombre era? —preguntó Sherlock Holmes.
John Rance pareció un tanto molesto ante semejante digresión: «Era un borracho de tomo y lomo —dijo—. Habría ido a parar a la comisaría si no hubiésemos estado tan ocupados».
—Su rostro, su vestimenta... ¿no se fijó usted en ellos? —le interrumpió Holmes con impaciencia.
—Ya lo creo que me fijé, habida cuenta de que tuvimos que sostenerlo entre Murcher y yo. Era un individuo alto, de cara encarnada, con la parte inferior del rostro envuelta en una bufanda...
—¡Basta con eso! —exclamó Holmes—. ¿Qué fue de él?
—Bastante teníamos que hacer sin andar cuidando de borrachos —respondió el policía con tono dolido—. Apuesto a que encontró el camino de su casa perfectamente.
—¿Cómo vestía?
—Llevaba un gabán marrón.
—¿Tenía un látigo en la mano?
—¿Un látigo? No.
—Debió de dejarlo en el coche —murmuró mi compañero—. ¿No oyó ni vio usted ningún carruaje después de aquello?
—No.
—Tome usted este medio soberano —dijo mi amigo levantándose y cogiendo su sombrero—. Me temo, Rance, que jamás ascenderá usted en el cuerpo: esa cabeza suya debería servirle para algo más que de adorno. Pudo usted haberse ganado los galones de sargento anoche: el hombre que tuvo usted entre las manos es quien tiene la clave de este misterio y a quien andamos buscando. De nada sirve discutirlo ahora; le aseguro que es así. Venga, doctor.
Partimos juntos hacia el coche, dejando a nuestro informador perplejo pero visiblemente azorado.
—¡Pedazo de alcornoque! —dijo Holmes con amargura mientras regresábamos a nuestro alojamiento—. ¡Pensar que tuvo un golpe de suerte tan incomparable y no supo aprovecharlo!
—Yo continúo a oscuras todavía. Es verdad que las señas de ese individuo coinciden con tu descripción del segundo participante en el misterio; pero, ¿por qué razón habría de regresar a la casa tras haberla abandonado? No es esa la costumbre de los asesinos.
—¡El anillo, hombre, el anillo! A buscarlo fue para lo que regresó. Si no tenemos otro medio de atraparle, siempre podremos cebar el anzuelo con la alianza. Lo cazaré, doctor: te apuesto dos contra uno a que le echo el guante. Te debo las gracias por todo: de no ser por ti tal vez no habría acudido y me habría perdido el estudio más fascinante que jamás se me ha presentado: un estudio en escarlata, ¿eh? ¿Por qué no emplear un poco de jerga artística? He aquí la hebra escarlata del asesinato enhebrada en la madeja incolora de la vida, y nuestro deber consiste en desenredarla, aislarla y poner al descubierto cada una de sus pulgadas. Y ahora, a comer y luego a escuchar a Norman-Neruda: su ataque y el manejo del arco son soberbios. ¿Cómo es esa piececita de Chopin que interpreta con tanta maestría? Tra-la-la-lira-lira-lay.
Recostado en el carruaje, aquel sabueso aficionado canturreaba como una alondra mientras yo meditaba sobre la desconcertante complejidad del alma humana.
Fin del Episodio 8 · de 26
Lo que relató John Rance · II
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