Estudio en escarlata·Episodio 07

Lo que relató John Rance · I

~8 min · 1564 palabras

Daba la una cuando abandonamos el número 3 de Lauriston Gardens. Sherlock Holmes me guio hasta la estafeta de telégrafos más cercana, desde donde cursó un dilatado despacho. Acto seguido detuvo un coche de alquiler y ordenó al cochero que nos condujese a la dirección que nos había facilitado Lestrade.

—No hay nada como el testimonio de primera mano —observó—; a decir verdad, tengo ya formado un juicio definitivo sobre el caso, pero con todo conviene averiguar cuanto esté a nuestro alcance.

—Me dejas atónito, Holmes —dije—. De seguro no estarás tan convencido como pretendes de todos esos pormenores que has facilitado.

—No cabe la menor posibilidad de error —me respondió—. Lo primerísimo que advertí al llegar al lugar fue que un carruaje había dejado marcadas dos rodadas profundas cerca del bordillo de la acera. Ahora bien: hasta la pasada noche no había llovido en una semana entera, de suerte que esas huellas tan nítidas tuvieron que estamparse durante la madrugada. Se apreciaban asimismo las pisadas del caballo, una de cuyas herraduras se dibujaba con mucha mayor claridad que las otras tres, demostrando que era flamante. Puesto que el coche estuvo allí después de iniciarse la lluvia y no se hallaba presente en ningún momento de la mañana —tengo la palabra de Gregson sobre este extremo—, se deduce con certeza que estuvo allí de noche y, por consiguiente, que condujo a esos dos individuos hasta la casa.

—Eso parece bastante concluyente —admití—; pero, ¿qué hay de la estatura del otro hombre?

—Pues bien, la estatura de un individuo se deduce en nueve de cada diez ocasiones por la longitud de su zancada. Es un cálculo bastante sencillo, aunque no quiero aburrirte con cifras. Medí la zancada de este sujeto tanto en la arcilla del jardín como en el polvo de la sala. Además disponía de un medio para contrastar mi deducción: cuando un hombre escribe en una pared, su instinto le induce a hacerlo a la altura de sus propios ojos. Pues bien: aquella inscripción distaba algo más de seis pies del suelo. Era un juego de niños.

—¿Y su edad? —pregunté.

—Hombre, si un individuo es capaz de salvar cuatro pies y medio de una zancada sin el menor esfuerzo, no puede ser precisamente un anciano decrépito. Esa era la anchura de un charco en el sendero del jardín que había cruzado limpiamente. Las botas de charol lo bordearon; las punteras cuadradas saltaron por encima. No hay misterio alguno en ello: me limito a aplicar a la vida corriente algunos de esos preceptos de observación y deducción que defendí en aquel artículo. ¿Hay algo más que te intrigue?

—Las uñas y el puro de Trichinopoly —apunté.

—La inscripción del muro fue trazada con el índice de un hombre mojado en sangre. Mi lente me permitió advertir que el estuco había quedado ligeramente arañado durante la operación, cosa que no habría ocurrido si el sujeto tuviese la uña recortada. Recogí un poco de ceniza esparcida por el suelo: era de color oscuro y hojaldrada, la ceniza característica que sólo produce un cigarro de Trichinopoly. He realizado un estudio monográfico acerca de las cenizas de tabaco; de hecho he redactado un tratado sobre la materia. Me precio de ser capaz de distinguir a simple vista la ceniza de cualquier marca conocida de cigarro o picadura. En tales pormenores es precisamente donde el detective profesional aventaja al tipo encarnado por Gregson y Lestrade.

—¿Y el rostro congestionado? —pregunté.

—¡Ah! Ese fue un disparo más audaz, aunque no dudo de haber acertado en el blanco. No debes interrogarme sobre ese punto en el estado actual de las pesquisas.

Me pasé la mano por la frente: «Tengo la cabeza en un torbellino —observé—; cuanto más medita uno sobre el caso más misterioso se vuelve. ¿Cómo penetraron esos dos hombres —suponiendo que fuesen dos— en una casa deshabitada? ¿Qué ha sido del cochero que los condujo? ¿Cómo pudo un hombre forzar a otro a ingerir veneno? ¿De dónde procedía la sangre? ¿Cuál fue el móvil del asesino, puesto que el robo quedó descartado? ¿Cómo vino a parar allí la alianza de mujer? Y sobre todo, ¿por qué razón el segundo individuo garabateó la palabra alemana RACHE antes de poner pies en polvorosa? Confieso que me resulta punto menos que imposible conciliar todos estos hechos».

Mi acompañante sonrió con gesto de aprobación.

—Resumes las dificultades del trance de manera sucinta y cabal —dijo—. Hay mucho que permanece aún en la penumbra, si bien tengo ya perfectamente fijados los hechos cardinales. En cuanto al descubrimiento del pobre Lestrade, no era sino una añagaza destinada a desviar a la policía hacia una pista falsa, insinuando tramas socialistas o sociedades secretas. No fue escrito por un alemán: la letra A, si te fijaste, imitaba toscamente los caracteres góticos alemanes; ahora bien, un alemán auténtico escribe invariablemente en caracteres latinos, de modo que podemos afirmar con seguridad que no fue obra de un germano, sino de un burdo imitador que exageró su papel. Era una estratagema para desviar la indagación por un cauce erróneo. No voy a contarte mucho más del caso, doctor: ya sabes que el ilusionista pierde todo su crédito en cuanto desvela su truco, y si te expongo en demasía mis métodos de trabajo llegarás a la conclusión de que no soy sino un individuo muy vulgar después de todo.

—Jamás pensaré tal cosa —le respondí—; has aproximado la labor de investigación criminal a una ciencia exacta tanto como jamás se logrará en este mundo.

Mi compañero se ruborizó de placer ante mis palabras y el tono sincero con que las pronuncié. Ya había advertido que era tan sensible a los elogios sobre su arte como pudiera serlo una doncella respecto a su hermosura.

—Te diré una cosa más —añadió—: Charol y Punteras Cuadradas vinieron en el mismo carruaje y recorrieron el sendero juntos en la mejor armonía posible... del brazo, con toda probabilidad. Una vez dentro se pasearon arriba y abajo por la estancia; o mejor dicho, Charol permaneció inmóvil mientras Punteras Cuadradas iba y venía. Pude leer todo eso en el polvo; y alcancé a advertir que a medida que andaba se excitaba más y más: así lo demuestra la creciente longitud de sus zancadas. Hablaba todo el tiempo, encolerizándose sin duda hasta llegar al frenesí. Entonces sobrevino la tragedia. Ya te he dicho cuanto sé por mí mismo; lo restante son meras conjeturas y suposiciones. Disponemos, no obstante, de una sólida base de trabajo sobre la que operar. Debemos apresurarnos, pues deseo asistir esta tarde al concierto de Hallé para escuchar a Norman-Neruda.

Esta plática se había desarrollado mientras nuestro carruaje se abría paso a través de una larga serie de calles sombrías y callejones desolados. En el más lúgubre y desapacible de ellos nuestro cochero se detuvo de pronto: «Ahí dentro está Audley Court —dijo señalando una estrecha hendidura en la hilera de ladrillo descolorido—. Me encontrarán aquí cuando regresen».

Audley Court no ofrecía una estampa atrayente: el estrecho pasadizo nos condujo a un patio enlosado rodeado de viviendas sórdidas. Nos abrimos paso entre grupos de chiquillos mugrientos y a través de cordeles de ropa descolorida, hasta llegar al número 46, cuya puerta se hallaba adornada con una pequeña chapa de latón en la que aparecía grabado el nombre de Rance. Al preguntar nos informaron de que el guardia se hallaba en la cama y nos hicieron pasar a una salita delantera para aguardar su llegada.

Se presentó poco después con aspecto algo malhumorado por haber sido turbado en su descanso: «Ya entregué mi parte en la comisaría», dijo con sequedad.

Holmes extrajo un medio soberano del bolsillo y se puso a juguetear pensativamente con él: «Pensamos que nos agradaría escucharlo todo de sus propios labios», dijo.

—Con sumo gusto les relataré cuanto esté a mi alcance —repuso el guardia clavando la mirada en el pequeño disco de oro.

—Cuéntenoslo a su manera, tal como aconteció.

Rance tomó asiento en el sofá de crin y frunció el ceño como resuelto a no omitir ningún pormenor en su relato.

—Se lo contaré desde el principio —dijo—. Mi turno va de diez de la noche a seis de la mañana. A las once hubo una reyerta en la taberna del Ciervo Blanco, pero fuera de eso todo estuvo bastante tranquilo en la ronda. A la una comenzó a llover y me topé con Harry Murcher, el que tiene asignada la ronda de Holland Grove, y nos quedamos charlando un rato en la esquina de Henrietta Street. Poco después —serían cerca de las dos o algo más tarde— pensé que convendría dar una vuelta por Brixton Road para cerciorarme de que todo marchaba en orden. Aquello estaba solitario y enfangado a más no poder: ni un alma viviente me crucé en todo el trayecto, aunque pasaron uno o dos coches. Bajaba paseando y pensando para mis adentros en lo bien que me vendría un trago de ginebra caliente, cuando de pronto me llamó la atención un resplandor de luz en la ventana de aquella casa. Como sabía que aquellas dos fincas de Lauriston Gardens estaban vacías porque el casero se niega a reparar los desagües —a pesar de que el último inquilino que habitó una de ellas palmó de fiebres tifoideas—, me quedé de una pieza al divisar la luz y sospeché que ocurría algo raro. Cuando alcancé la puerta...

Fin del Episodio 7 · de 26

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