El misterio de Lauriston Gardens · II
~8 min · 1624 palabras
No, señor.
—Léalo usted; en verdad debería hacerlo. No hay nada nuevo bajo el sol: todo ha sucedido ya con anterioridad.
Mientras hablaba, sus dedos ágiles volaban por doquier: palpando, oprimiendo, desabotonando y examinando, mientras su mirada conservaba esa expresión lejana y abstraída que ya he señalado. Tan velozmente llevó a cabo el reconocimiento que difícilmente habría podido sospecharse la minuciosidad con que procedía. Por último, olió los labios del difunto y echó una rápida mirada a las suelas de sus botas de charol.
—¿No lo han movido de su postura? —preguntó.
—Sólo lo indispensable para los fines de nuestro examen.
—Ya pueden trasladarlo al depósito de cadáveres —dijo—. Aquí no queda nada más por averiguar.
Gregson disponía de una camilla y cuatro operarios en las inmediaciones. A su llamada entraron en la estancia y el forastero fue alzado y llevado afuera. Al levantarlo, un anillo tintineó contra el suelo y rodó por las tablas. Lestrade lo recogió presuroso y se quedó contemplándolo con ojos perplejos.
—¡Aquí ha habido una mujer! —exclamó—. Es una alianza matrimonial de mujer.
La extendió sobre la palma de la mano mientras hablaba. Todos nos apiñamos en torno a él para mirarla: no cabía duda de que aquel aro de oro liso había adornado en otro tiempo el dedo de una novia.
—Esto complica las cosas —dijo Gregson—. Y Dios sabe si ya estaban bastante enredadas antes.
—¿Está usted seguro de que no las simplifica? —observó Holmes—. Nada sacará usted en limpio de mirarlo fijamente. ¿Qué hallaron ustedes en los bolsillos?
—Lo tenemos todo aquí —dijo Gregson señalando un revoltijo de objetos colocado sobre uno de los primeros peldaños de la escalera—: un reloj de oro, número 97163, de Barraud, de Londres; leontina de oro macizo, muy pesada y consistente; anillo de oro con emblema masónico; alfiler de oro con cabeza de bulldog y rubíes por ojos; tarjetero de tafilete ruso con tarjetas a nombre de Enoch J. Drebber, de Cleveland, coincidentes con las iniciales E. J. D. de la ropa blanca; no hay cartera, pero sí dinero suelto por valor de siete libras y trece chelines; edición de bolsillo del Decamerón de Boccaccio con el nombre de Joseph Stangerson en la guarda; y dos cartas: una dirigida a E. J. Drebber y otra a Joseph Stangerson.
—¿A qué dirección?
—Al American Exchange del Strand, para ser retiradas cuando fuesen reclamadas. Ambas proceden de la Compañía Transatlántica Guion y se refieren a la salida de sus buques de Liverpool. Es evidente que este desventurado caballero se disponía a regresar a Nueva York.
—¿Ha hecho usted alguna indagación acerca de ese tal Stangerson?
—Inmediatamente, señor —respondió Gregson—. He enviado avisos a todos los diarios y uno de mis hombres se ha trasladado al American Exchange, pero aún no ha regresado.
—¿Ha telegrafiado usted a Cleveland?
—Pusimos un telegrama esta misma mañana.
—¿En qué términos redactó usted la consulta?
—Nos limitamos a exponer las circunstancias del suceso y manifestamos que agradeceríamos cualquier información que pudiera resultarnos de auxilio.
—¿No solicitó usted detalles sobre ningún punto que le pareciese capital?
—Pregunté por Stangerson.
—¿Nada más? ¿No hay alguna circunstancia de la cual parezca depender todo el caso? ¿No piensa usted telegrafiar de nuevo?
—Ya he dicho todo cuanto tenía que decir —repuso Gregson con tono ofendido.
Sherlock Holmes rió para sus adentros y parecía a punto de formular alguna observación, cuando Lestrade, que había permanecido en la sala delantera mientras sosteníamos esta conversación en el vestíbulo, reapareció en escena frotándose las manos con aire presuntuoso y satisfecho.
—Señor Gregson —dijo—, acabo de realizar un hallazgo de suma trascendencia, que habría pasado inadvertido si no hubiese examinado minuciosamente las paredes.
Le centelleaban los ojos al hombrecillo mientras hablaba, dominado por un entusiasmo contenido al comprobar que se había apuntado un tanto frente a su colega.
—Vengan aquí —dijo entrando presuroso de nuevo en la habitación, cuya atmósfera parecía más despejada tras la retirada de su siniestro ocupante—. ¡Y ahora, colóquense ahí!
Encendió un fósforo frotándolo contra la suela de su bota y lo alzó frente a la pared.
—¡Miren eso! —dijo en tono triunfal.
Ya he mencionado que el papel se había desprendido en varios sitios. En aquel rincón particular de la estancia se había desgarrado un lienzo considerable, dejando al descubierto un recuadro amarillento de tosco estuco. Cruzando aquel espacio desnudo se hallaba garrapateada en letras de color rojo sangre una sola palabra:
RACHE.
—¿Qué les parece a ustedes eso? —exclamó el inspector con ademán de feriante que exhibe su atracción—. Esto pasó desapercibido por hallarse en el rincón más oscuro del cuarto, y a nadie se le ocurrió mirar allí. El asesino lo escribió con su propia sangre, o con la de ella. ¡Miren este goterón que se deslizó por la pared! Eso descarta la idea del suicidio bajo cualquier punto de vista. ¿Por qué eligió ese rincón para escribirlo? Yo se lo diré: fíjense en esa vela sobre la chimenea; estaba encendida en aquel momento, y al estar prendida este rincón era la parte más iluminada y no la más oscura de la pared.
—¿Y qué significa ahora que lo ha encontrado? —preguntó Gregson con tono despectivo.
—¿Qué significa? Pues significa que el que escribía iba a poner el nombre de mujer Rachel, pero fue interrumpido antes de tener tiempo de concluirlo. Recuerden mis palabras: cuando se aclare este misterio comprobarán que una mujer llamada Rachel tiene mucho que ver en el asunto. Ríase usted cuanto quiera, señor Sherlock Holmes. Podrá ser usted muy despierto y agudo, pero al fin y a la postre el viejo sabueso es el mejor.
—¡Le ruego que me perdone! —dijo mi amigo, que había irritado al hombrecillo al soltar una carcajada—. A usted le corresponde el mérito de haber sido el primero en descubrir la inscripción y, tal como usted señala, tiene todas las trazas de haber sido trazada por el otro participante en el misterio de anoche. No he tenido ocasión de examinar todavía la estancia, pero con su permiso lo haré ahora mismo.
Al pronunciar estas palabras extrajo del bolsillo una cinta métrica y una gran lente de aumento redonda. Provisto de estos dos utensilios trotó sin hacer ruido de un lado a otro de la habitación: deteniéndose a veces, arrodillándose en ocasiones e incluso tendiéndose cuan largo era sobre el suelo boca abajo. Tan absorto se hallaba en su menester que parecía haber olvidado nuestra presencia, pues mascullaba entre dientes todo el tiempo un rosario incesante de exclamaciones, gemidos, silbidos y apagados gritos de aliento y esperanza. Al observarle no pude menos de recordar a un perro zorrero de pura sangre y bien adiestrado mientras corretea adelante y atrás entre la maleza, gimiendo en su afán hasta dar de nuevo con el rastro perdido. Durante veinte minutos o más prolongó sus pesquisas: midiendo con prolijo cuidado la distancia entre señales absolutamente invisibles para mí y aplicando a veces la cinta a las paredes de manera no menos incomprensible. En un rincón recogió cuidadosamente un montoncito de polvo grisáceo del suelo y lo guardó en un sobre. Finalmente examinó con la lupa la palabra trazada sobre el muro, recorriendo cada una de sus letras con minuciosa atención. Hecho esto pareció quedar satisfecho, pues se guardó la cinta métrica y la lente en el bolsillo.
—Dicen que el genio consiste en una capacidad infinita para tomarse molestias —observó sonriendo—. Es una definición harto deficiente, pero ciertamente resulta aplicable a la labor policial.
Gregson y Lestrade habían seguido las evoluciones de su aficionado acompañante con visible curiosidad y no poco desdén. Parecían incapaces de apreciar el hecho, que yo empezaba a vislumbrar, de que los actos más insignificantes de Sherlock Holmes obedecían a un fin determinado y práctico.
—¿Qué opina usted del asunto, caballero? —preguntaron ambos.
—Sería despojarles a ustedes del mérito del caso si pretendiese prestarles mi ayuda —repuso mi amigo—. Marchan ustedes tan bien encaminados que sería una lástima que nadie interviniese. —Había un raudal de sarcasmo en su tono mientras hablaba—. Si tienen ustedes la gentileza de informarme de la marcha de sus pesquisas —prosiguió—, con sumo agrado les brindaré el auxilio que esté a mi alcance. Entretanto, desearía conversar con el agente que descubrió el cadáver. ¿Podrían facilitarme su nombre y dirección?
Lestrade consultó su libreta de notas: «John Rance —dijo—. Se halla franco de servicio en este momento; le encontrará usted en el número 46 de Audley Court, en Kennington Park Gate».
Holmes tomó nota de las señas.
—Venga, doctor —me dijo—; iremos a buscarlo. Voy a manifestarles una cosa que acaso les sirva de ayuda en el caso —prosiguió volviéndose hacia los dos inspectores—: aquí se ha perpetrado un asesinato y el autor ha sido un varón. Mide más de seis pies de estatura, se halla en la flor de la vida, calza pies pequeños para su corpulencia, llevaba botas bastas de puntera cuadrada y fumaba un cigarro puro de Trichinopoly. Llegó hasta aquí con su víctima en un coche de cuatro ruedas tirado por un caballo con tres herraduras viejas y una nueva en la pata delantera derecha. Con toda probabilidad el asesino tiene el rostro congestionado y las uñas de la mano derecha notablemente largas. Son sólo unos pocos indicios, pero acaso les resulten provechosos.
Lestrade y Gregson se miraron mutuamente con una sonrisa de incredulidad.
—Si este individuo fue asesinado, ¿cómo se consumó el crimen? —preguntó el primero.
—Con veneno —respondió Sherlock Holmes con sequedad y echó a andar—. Otra cosa, Lestrade —añadió volviéndose en el umbral—: «Rache» significa «venganza» en alemán; de modo que no pierda usted el tiempo buscando a la señorita Rachel.
Y disparando este dardo de despedida se alejó a paso vivo, dejando a los dos rivales boquiabiertos a sus espaldas.
Fin del Episodio 6 · de 26
El misterio de Lauriston Gardens · II
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