El misterio de Lauriston Gardens · I
~11 min · 2128 palabras
Confieso que me quedé vivamente sobrecogido ante esta nueva demostración práctica de las teorías de mi compañero. Mi respeto por sus facultades analíticas aumentó de manera asombrosa. Aún abrigaba, no obstante, cierta vaga sospecha de que todo aquel episodio hubiese sido preparado de antemano para deslumbrarme, aunque qué beneficio podía reportarle embaucarme a mí era algo que rebasaba por completo mi comprensión. Cuando le miré había concluido ya la lectura de la nota y sus ojos habían adquirido esa expresión apagada y soñadora que denotaba su abstracción mental.
—¿Cómo demonios pudo usted deducir semejante cosa? —le pregunté.
—¿Deducir qué? —inquirió con displicencia.
—Pues que era un sargento retirado de infantería de marina.
—No tengo tiempo para bagatelas —respondió con aspereza; y luego, sonriendo—: Disculpe mi descortesía. Ha roto usted el hilo de mis cavilaciones; pero tal vez sea mejor así. ¿De veras no fue usted capaz de advertir que aquel hombre era un sargento de marina?
—No, ciertamente.
—Resultaba más fácil advertirlo que explicar por qué lo sabía. Si le pidiesen a usted que demostrase que dos y dos son cuatro, tal vez hallase alguna dificultad, y no obstante está plenamente seguro de ello. Incluso desde el otro lado de la calle alcancé a ver una gran ancla azul tatuada en el dorso de la mano del individuo: aquello olía a mar. Tenía, empero, porte militar y las patillas reglamentarias: he ahí al soldado de marina. Era un hombre con cierto empaque y un inconfundible aire de mando: debió de advertir usted el modo en que sostenía la cabeza y balanceaba el bastón. Un sujeto maduro, formal y respetable en su facha: todos estos datos me indujeron a colegir que había sido sargento.
—¡Prodigioso! —exclamé.
—Pura rutina —repuso Holmes, aunque advertí por su semblante que le halagaba mi franca admiración y sorpresa—. Decía hace un instante que ya no había criminales; parece que me equivocaba: ¡mire usted esto! —Y me alargó la misiva que el ordenanza acababa de entregarle.
—¡Válgame Dios! —exclamé al recorrerla con los ojos—. ¡Esto es tremendo!
—Parece ciertamente salir de lo corriente —observó con sosiego—. ¿Le molestaría leérmela en voz alta?
He aquí la carta que le leí:
«MI DISTINGUIDO SEÑOR SHERLOCK HOLMES:
Durante la pasada noche ha ocurrido un turbio suceso en el número 3 de Lauriston Gardens, en las inmediaciones de Brixton Road. Nuestro agente de ronda vio luz en la finca hacia las dos de la madrugada y, por hallarse la casa deshabitada, sospechó que ocurría algo anormal. Encontró la puerta abierta y en la sala de la entrada, desprovista de muebles, descubrió el cadáver de un caballero bien vestido que llevaba en los bolsillos tarjetas a nombre de Enoch J. Drebber, Cleveland, Ohio, Estados Unidos. No ha habido robo alguno ni existen indicios de cómo halló la muerte el difunto. Hay regueros de sangre en la estancia, pero en su cuerpo no se advierte herida alguna. No acertamos a comprender de qué modo penetró en la vivienda vacía; en verdad, todo el asunto constituye un verdadero rompecabezas. Si le resulta factible acercarse por aquí antes de las doce, me encontrará usted en el lugar. He dejado todo in statu quo hasta tener noticias suyas. De no serle posible acudir le facilitaré detalles más prolijos, y le quedaría sumamente reconocido si tuviese a bien favorecerme con su opinión.
Queda de usted su seguro servidor, TOBIAS GREGSON».
—Gregson es el más despabilado de los sabuesos de Scotland Yard —observó mi amigo—; él y Lestrade son lo mejor dentro de una mala cosecha. Ambos son resueltos y enérgicos, pero rutinarios hasta la desesperación. Además se tienen una inquina terrible: se tienen tantos celos como dos beldades profesionales. El asunto resultará entretenido si los sueltan a los dos sobre la misma pista.
Me quedé atónito ante la tranquilidad con que discurría: «De seguro no hay un momento que perder —exclamé—; ¿quiere que vaya a encargar un coche de alquiler?».
—No sé si acudiré. Soy el diablo más perezoso e incorregible que jamás calzó zapatos... es decir, cuando me da la ventolera, pues en ocasiones puedo ser bastante activo.
—¡Hombre, si es precisamente la oportunidad que tanto anhelaba usted!
—Mi querido amigo, ¿qué gano yo con ello? Suponiendo que resuelva el enigma de cabo a rabo, tenga por seguro que Gregson, Lestrade y compañía se embolsarán todos los laureles. Eso es lo que acarrea no ser un funcionario oficial.
—Pero él le ruega a usted que le ayude.
—Sí; sabe perfectamente que soy superior a él y me lo reconoce en privado; pero antes se cortaría la lengua que confesarlo ante un tercero. En fin, bien podemos acercarnos a echar una ojeada: investigaré el asunto por mi cuenta y riesgo y podré reírme de ellos si no saco otra cosa en limpio. ¡En marcha!
Se enfundó el gabán y se movió de acá para allá con una presteza que revelaba que el acceso de actividad había desbancado por completo al de apatía.
—Tome usted el sombrero —me dijo.
—¿Desea usted que le acompañe?
—Sí, si no tiene nada mejor que hacer. —Un minuto después nos hallábamos ambos en un coche ligero, trotando velozmente en dirección a Brixton Road.
Era una mañana nublada y brumosa; un velo ceniciento cubría los tejados, semejante al reflejo de las fangosas calles que se extendían abajo. Mi compañero rebosaba de buen humor y charlaba alegremente sobre los violines de Cremona y las diferencias entre un Stradivarius y un Amati. Por mi parte guardaba silencio, pues el tiempo desapacible y la lúgubre empresa a la que nos encaminábamos oprimían mi ánimo.
—No parece que preste usted mucha atención al asunto que nos ocupa —dije al cabo, interrumpiendo las disquisiciones musicales de Holmes.
—Aún no poseo datos —me respondió—. Es un error capital formular teorías antes de disponer de todos los elementos de juicio: pervierte el entendimiento.
—Pronto tendrá usted sus datos —observé señalando con el dedo—: esta es la carretera de Brixton y aquella es la casa, si no me engaño mucho.
—En efecto. ¡Cochero, deténgase! —Nos hallábamos aún a un centenar de yardas de la vivienda, pero insistió en que descendiéramos y cubrimos a pie el resto del trayecto.
El número 3 de Lauriston Gardens presentaba un aspecto tétrico y amenazador. Era una de cuatro casas construidas a corta distancia de la calzada, dos de ellas habitadas y dos desocupadas. Estas últimas miraban a la calle con tres hileras de ventanas vacías y melancólicas, tétricamente desiertas, salvo donde un cartel de «Se alquila» crecía como una catarata sobre los cristales empañados. Un jardincillo salpicado de plantas raquíticas separaba cada una de las fincas respecto de la calle y se hallaba cruzado por una estrecha senda amarillenta formada por una mezcla de arcilla y grava. Todo el terreno estaba sumamente empapado por la lluvia caída durante la noche. Delimitaba el jardín una tapia de ladrillo de tres pies de altura coronada por una verja de madera, contra la cual se apoyaba un fornido agente de policía rodeado por un grupito de curiosos que estiraban el cuello con la vana esperanza de atisbar algo de lo que acontecía en el interior.
Había imaginado que Sherlock Holmes se precipitaría al interior de la casa para entregarse al examen del misterio. Nada parecía más distante de su propósito. Con un aire de indolencia que, en tales circunstancias, me pareció rayano en la afectación, paseó arriba y abajo por la acera y contempló distraídamente el suelo, el cielo, las casas de enfrente y la hilera de empalizadas. Concluido este escrutinio, avanzó lentamente por el sendero, o más bien por la faja de hierba que lo orillaba, manteniendo los ojos fijos en la tierra. Dos veces se detuvo y en una ocasión le vi sonreír y le oí proferir una exclamación de satisfacción. Había abundantes huellas de pisadas sobre el suelo arcilloso y húmedo; mas como la policía había estado yendo y viniendo por encima, no acertaba a comprender qué esperaba averiguar mi compañero de semejante revoltijo. Sin embargo, me había dado pruebas tan asombrosas de la agudeza de sus facultades perceptivas que no dudaba de que alcanzaba a ver multitud de cosas vedadas para mí.
En la puerta de la vivienda nos salió al encuentro un individuo alto, pálido y de cabellos rubios, con una libreta en la mano, que se adelantó presuroso y estrechó la de mi compañero con efusión: «¡Qué bondad la suya de haber venido! —dijo—. He dispuesto que todo permanezca intacto».
—¡Excepto eso! —repuso mi amigo señalando el camino—. Ni una manada de búfalos habría causado mayor estropicio. No dudo, empero, de que habrá usted extraído ya sus propias conclusiones, Gregson, antes de autorizar semejante desastre.
—He tenido tantas ocupaciones dentro de la casa... —se disculpó con evasivas el detective—. Mi colega, el señor Lestrade, está aquí; confiaba en que él cuidaría de la parte exterior.
Holmes me miró y arqueó las cejas con sarcasmo: «Estando en el lugar dos hombres de la talla de usted y de Lestrade, poco le quedará por averiguar a un tercero», dijo.
Gregson se frotó las manos con satisfacción: «Creo que hemos hecho cuanto humanamente podía hacerse —respondió—; pero es un caso singular y conozco su afición de usted a estas complicaciones».
—¿No ha venido usted en coche de alquiler? —le preguntó Sherlock Holmes.
—No, señor.
—¿Tampoco Lestrade?
—No, señor.
—Entonces vayamos a ver la habitación. —Y con esta observación al parecer inconexa se internó en la vivienda, seguido de cerca por Gregson, cuyos rasgos denotaban su asombro.
Un pasillo corto, entarimado y cubierto de polvo conducía a la cocina y dependencias. Se abrían en él dos puertas: una a la izquierda y otra a la derecha. Una de ellas llevaba visiblemente cerrada muchas semanas; la otra correspondía al comedor, que era el aposento donde se había consumado el misterioso suceso. Holmes penetró en él y yo le seguí con esa sobrecogedora congoja en el pecho que inspira la presencia de la muerte.
Era una sala espaciosa y cuadrada, que parecía tanto mayor por la carencia absoluta de muebles. Un papel chillón y vulgar decoraba las paredes, manchado aquí y allá por la humedad, con grandes tiras desprendidas que dejaban al descubierto el yeso amarillento del fondo. Frente a la puerta se alzaba una chimenea ostentosa coronada por una repisa de mármol blanco de imitación; en una de sus esquinas se hallaba clavado el cabo de una vela de cera encarnada. La única ventana estaba tan mugrienta que la luz resultaba turbia e incierta, arrojando sobre todas las cosas un tinte grisáceo que acentuaba la espesa capa de polvo que recubría la estancia.
Todos estos detalles los advertí más tarde: en aquel instante mi atención quedó absorbida por una sola figura tétrica e inmóvil que yacía tendida sobre las tablas, con los ojos vidriosos y sin vida clavados en el descolorido techo. Era el cadáver de un hombre de unos cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años de edad, de mediana estatura, anchos hombros, cabellos negros crespos y rizados y barba corta y entrecana. Vestía levita y chaleco de buen paño grueso, pantalones de color claro y cuello y puños inmaculados. Un sombrero de copa, bien cepillado y pulcro, reposaba sobre el suelo a su lado. Tenía los puños apretados y los brazos abiertos, mientras las extremidades inferiores se hallaban trabadas entre sí como si su agonía hubiese sido espantosa. En su rostro rígido se reflejaba una expresión de horror y, según me pareció, de odio como jamás he presenciado en facciones humanas. Esta maligna y pavorosa mueca, sumada a su frente baja, nariz roma y mandíbula prominente, confería al difunto un aspecto simiesco singularmente repulsivo, acentuado por su postura crispada e innatural. He contemplado la muerte bajo múltiples formas, pero jamás se me presentó con aspecto más aterrador que en aquella lóbrega y mugrienta habitación que miraba hacia una de las arterias principales de los suburbios de Londres.
Lestrade, enjuto y con su aspecto de hurón de siempre, se hallaba junto a la puerta y nos saludó a mi compañero y a mí.
—Este negocio va a levantar polvareda, caballero —observó—. Supera a cuanto he visto hasta hoy, y ya no soy ningún novato.
—¿No hay pista alguna? —preguntó Gregson.
—Ni la más mínima —corroboró Lestrade.
Sherlock Holmes se acercó al cadáver y, arrodillándose, lo examinó con suma atención: «¿Están ustedes seguros de que no tiene herida alguna?», preguntó señalando numerosos goterones y salpicaduras de sangre esparcidos por el suelo en derredor.
—¡Plenamente seguros! —exclamaron ambos detectives.
—Entonces, por descontado, esta sangre pertenece a un segundo individuo... presumiblemente al homicida, si es que se ha consumado un asesinato. Me recuerda las circunstancias que rodearon la muerte de Van Jansen en Utrecht el año treinta y cuatro. ¿Se acuerda usted de aquel caso, Gregson?
Fin del Episodio 5 · de 26
El misterio de Lauriston Gardens · I
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.