Estudio en escarlata·Episodio 04

La ciencia de la deducción · II

~8 min · 1524 palabras

De una gota de agua —escribía el autor— un pensador lógico podría deducir la posibilidad de un océano Atlántico o de unas cataratas del Niágara sin haber visto ni oído hablar de lo uno ni de lo otro. Del mismo modo, toda la vida es una inmensa cadena cuya naturaleza se nos revela tan pronto como se nos muestra un solo eslabón de ella. Al igual que cualquier otra disciplina, la Ciencia de la Deducción y del Análisis sólo se adquiere mediante un estudio prolongado y paciente; mas la vida humana no es lo bastante dilatada para permitir a ningún mortal alcanzar en ella la máxima perfección concebible. Antes de consagrarse a los aspectos morales y anímicos de la cuestión, que presentan las mayores dificultades, comience el investigador por dominar problemas más elementales. Aprenda a distinguir a primera vista, al toparse con un semejante, la historia de ese hombre y el oficio o profesión a que pertenece. Por pueril que parezca semejante ejercicio, agudiza las facultades de observación y enseña adónde mirar y qué buscar. Por las uñas de un individuo, por la bocamanga de su chaqueta, por su calzado, por las rodilleras de sus pantalones, por las durezas del índice y del pulgar, por su semblante, por los puños de su camisa... por cada una de estas cosas se revela claramente la profesión de un hombre. Resulta casi inconcebible que todas reunidas no basten para ilustrar al perito competente en cualquier circunstancia.

—¡Qué sarta de majaderías inadmisibles! —exclamé arrojando la revista sobre la mesa—. ¡Jamás en mi vida leí semejante cúmulo de insensateces!

—¿A qué se refiere usted? —preguntó Sherlock Holmes.

—A este artículo —le respondí, señalándolo con la cucharilla del huevo mientras tomaba asiento para desayunar—. Veo que lo ha leído usted, pues tiene una señal de lápiz. No niego que esté redactado con ingenio; pero me irrita. Es a todas luces la teoría de algún ocioso de poltrona que urde estas lindas paradojitas en la soledad de su gabinete. Carece de todo valor práctico. Me gustaría ver a ese individuo metido en un vagón de tercera clase del ferrocarril subterráneo y que le exigiesen indicar la profesión de todos sus compañeros de viaje: apostaría mil contra uno contra él.

—Perdería usted su dinero —observó Sherlock Holmes con serenidad—. Por lo que toca al artículo, fui yo mismo quien lo escribió.

—¡Usted!

—Sí; poseo una disposición natural tanto para la observación como para la deducción. Las teorías que he expuesto ahí, y que a usted le parecen tan quiméricas, son en realidad sumamente prácticas: tan prácticas que de ellas depende el pan que me llevo a la boca.

—¿Y de qué modo? —pregunté involuntariamente.

—Pues bien: tengo un oficio propio. Supongo que soy el único en el mundo que lo ejerce: soy detective consultor, si alcanza usted a comprender lo que eso significa. Aquí en Londres contamos con multitud de detectives oficiales y multitud de investigadores privados. Cuando estos caballeros pierden el rastro acuden a mí y me las arreglo para encaminarlos por la buena pista. Me exponen todas las pruebas y por lo común, con el auxilio de mis conocimientos de historia criminal, consigo orientarlos debidamente. Existe un marcado parecido de familia entre los delitos, y cuando se conocen al dedillo los detalles de un millar de ellos, raro sería no desentrañar el milésimo primero. Lestrade es un agente muy conocido de la policía; hace poco se hallaba atascado en un turbio asunto de falsificaciones y eso fue lo que le trajo hasta aquí.

—¿Y los demás visitantes?

—En su mayoría me son enviados por agencias de investigaciones privadas. Son personas que se encuentran en algún apuro y necesitan consejo y orientación. Yo escucho su relato, ellos escuchan mis apreciaciones y luego me embolso mis honorarios.

—Pero, ¿quiere usted decir —pregunté— que sin salir de este cuarto puede desatar un nudo que otros hombres son incapaces de desenredar a pesar de haber presenciado todos los pormenores por sí mismos?

—Exactamente. Poseo una especie de intuición al respecto. De tarde en tarde se presenta algún caso algo más intrincado; entonces me veo precisado a ponerme en marcha y ver las cosas con mis propios ojos. Como ve usted, poseo un caudal de conocimientos especiales que aplico al problema y que facilitan las cosas de modo prodigioso. Esas reglas de deducción sentadas en el artículo que suscitó su desdén me resultan inestimables en el terreno de la práctica. La observación es en mí una segunda naturaleza. Pareció usted asombrado cuando le dije, en nuestra primera entrevista, que venía usted de Afganistán.

—Se lo habrían dicho a usted, sin duda alguna.

—¡Nada de eso! Yo sabía que usted procedía de Afganistán. Por una vieja costumbre, la serie de pensamientos cruzó tan velozmente por mi cerebro que alcancé la conclusión sin reparar en los eslabones intermedios; pero tales eslabones existieron. El razonamiento discurrió de este modo: «He aquí un caballero con porte de médico, pero con modales de militar. Es, por tanto, un médico militar. Acaba de regresar de los trópicos, pues tiene la tez muy tostada, y ese no es el color natural de su piel, puesto que sus muñecas son blancas. Ha pasado privaciones y enfermedades, como delata a las claras su semblante demacrado. Ha sufrido una herida en el brazo izquierdo: lo mantiene tieso y en una postura poco natural. ¿En qué lugar de los trópicos ha podido un médico del ejército británico experimentar tantas penalidades y recibir una herida en el brazo? Evidentemente, en Afganistán». Todo este curso mental no ocupó ni un solo segundo. Le manifesté entonces que venía usted de Afganistán y usted se quedó pasmado.

—Resulta bastante sencillo según usted lo explica —dije sonriendo—. Me recuerda usted al Dupin de Edgar Allan Poe. No tenía idea de que semejantes personajes existiesen fuera de las novelas.

Sherlock Holmes se puso en pie y encendió su pipa: «Sin duda se figura usted que me hace un cumplido al compararme con Dupin —observó—. Pues bien, en mi opinión Dupin era un sujeto harto mediocre. Esa maña suya de irrumpir en los pensamientos de sus amigos con una observación oportuna tras un cuarto de hora de silencio resulta en realidad sumamente teatral y superficial. Poseía cierto ingenio analítico, no cabe duda; pero distaba mucho de ser el fenómeno que Poe parecía imaginar».

—¿Ha leído usted las obras de Gaboriau? —le pregunté—. ¿Responde Lecoq a su ideal de detective?

Sherlock Holmes soltó una carcajada sarcástica: «Lecoq era un chapucero redomado —dijo con irritación—; no tenía más que una cualidad estimable, y era su energía. Ese libro me produjo verdadera náusea: se trataba de identificar a un reo desconocido; yo lo habría hecho en veinticuatro horas y Lecoq tardó seis meses o más. Bien podría servir de manual para enseñar a los inspectores lo que deben evitar a toda costa».

Me sentí algo indignado al ver tratados de manera tan displicente a dos personajes a quienes yo admiraba. Me acerqué a la ventana y me quedé mirando la bulliciosa calle: «Este individuo podrá ser muy ingenioso —pensé para mis adentros—, pero ciertamente es vanidoso hasta la médula».

—Ya no hay crímenes ni criminales en estos tiempos —prosiguió con desabrimiento—. ¿De qué sirve tener sesos en nuestra profesión? Bien sé que llevo en mí lo necesario para labrarme un nombre célebre. Jamás ha vivido hombre que haya aportado al esclarecimiento del crimen el caudal de estudio y de talento natural que yo le he consagrado; ¿y cuál es el resultado? No hay delito alguno que perseguir, o a lo sumo alguna villanía torpe con móviles tan transparentes que hasta un funcionario de Scotland Yard es capaz de desentrañarla.

Continuaba aún molesto por su tono petulante de conversación y juzgué preferible mudar de tema.

—Me pregunto qué buscará ese individuo —dije, señalando a un sujeto robusto y de humilde indumentaria que caminaba despacio por la acera de enfrente, examinando con ansiedad los números de los portales. Llevaba un gran sobre azul en la mano y era a todas luces portador de un recado.

—Se refiere usted al sargento retirado de infantería de marina —observó Sherlock Holmes.

—«¡Mero afán de fanfarronear! —pensé para mis adentros—. Sabe muy bien que no puedo verificar su ocurrencia».

Apenas había cruzado este pensamiento por mi mente cuando el hombre a quien vigilábamos distinguió el número de nuestra puerta y atravesó apresuradamente la calzada. Oímos un recio aldabonazo, una voz profunda abajo y pasos pesados que subían la escalera.

—Para el señor Sherlock Holmes —dijo penetrando en la estancia y entregando una misiva a mi amigo.

Se me ofrecía una oportunidad magnífica para bajarle los humos. Poco se imaginaba semejante desenlace cuando aventuró aquel disparo a ciegas: «¿Me permite preguntarle, buen hombre —le dije con el tono más melifluo—, cuál es su ocupación?».

—Ordenanza de recados, señor —respondió con voz ronca—. Mi uniforme está en el taller de sastrería.

—¿Y antes qué era usted? —inquirí, dirigiendo una mirada maliciosa a mi compañero.

—Sargento, señor; de la Real Infantería de Marina Ligera, señor. ¿No hay respuesta? Muy bien, señor.

Juntó los talones, llevó la mano a la sien en saludo militar y desapareció.

Fin del Episodio 4 · de 26

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