Nuestro anuncio atrae a una visita · II
~5 min · 1053 palabras
La anciana extrajo un ejemplar del diario de la tarde y señaló nuestro anuncio: «Esto es lo que me trae aquí, respetables caballeros —dijo haciendo otra reverencia—: una alianza de oro encontrada en Brixton Road. Pertenece a mi hija Sally, que se casó hace apenas doce meses; su marido es mayordomo a bordo de un vapor de la Compañía Union, y lo que diría si llega a casa y la encuentra sin el anillo es más de lo que alcanzo a imaginar, pues tiene el genio vivo en el mejor de los casos, pero mucho más cuando le da por la bebida. Si a ustedes les place saberlo, anoche fue al circo en compañía de...».
—¿Es este su anillo? —pregunté.
—¡Alabado sea el Señor! —exclamó la vieja—. Sally será una mujer dichosa esta noche: ese es el anillo.
—¿Y cuál es su dirección? —inquirí tomando un lápiz.
—Número 13 de Duncan Street, en Houndsditch: un largo trecho desde aquí.
—La carretera de Brixton no cae de camino entre ningún circo y Houndsditch —le espetó Sherlock Holmes con aspereza.
La anciana se volvió y lo miró fijamente con sus ojillos de párpados enrojecidos: «El caballero me preguntó por mi dirección —dijo—. Sally vive de pensión en el número 3 de Mayfield Place, en Peckham».
—¿Y su nombre de usted es...?
—Mi nombre es Sawyer; el de ella es Dennis, pues casó con Tom Dennis: un zagal despierto y aseado mientras está en la mar, y no hay mayordomo en la compañía más estimado; pero en tierra firme, entre las faldas y las tabernas...
—Aquí tiene usted el anillo, señora Sawyer —la interrumpí obedeciendo a una seña de mi compañero—: pertenece evidentemente a su hija y celebro poder restituirlo a su legítima dueña.
Entre balbuceos de bendiciones y protestas de gratitud, la vieja se lo guardó en el bolsillo y bajó arrastrando los pies por la escalera. Sherlock Holmes se puso en pie de un salto en cuanto hubo salido y se precipitó en su alcoba. Reapareció a los pocos segundos envuelto en un ulster y una bufanda: «Voy a seguirla —dijo apresuradamente—; debe de ser una cómplice y me conducirá hasta él. Espérame levantado». Apenas se había cerrado la puerta del portal tras nuestra visitante cuando Holmes bajaba ya la escalera. Mirando por la ventana alcancé a verla caminar con paso vacilante por la acera de enfrente, mientras su perseguidor la seguía a corta distancia como una sombra. «O bien toda su teoría es errónea —pensé para mis adentros—, o bien se encamina ahora mismo al corazón del misterio». No hacía falta que me pidiese que le esperase levantado, pues sentía que conciliar el sueño me resultaría imposible hasta conocer el desenlace de su aventura.
Eran cerca de las nueve cuando partió. No tenía idea de cuánto tardaría, pero permanecí sentado fumando con calma mi pipa y hojeando las páginas de las «Escenas de la vida bohemia» de Henri Murger. Dieron las diez y oí los pasos menudos de la criada encaminándose a su dormitorio. A las once resonaron las pisadas más solemnes de la patrona ante mi puerta, con idéntico destino. Faltaba poco para las doce cuando oí el chasquido seco de su llavín en la cerradura. En cuanto cruzó el umbral advertí por su semblante que no había tenido éxito: la diversión y el despecho parecían disputarse el dominio de sus facciones, hasta que la primera se impuso finalmente y rompió en una sonora carcajada.
—Por nada del mundo querría que se enterasen los de Scotland Yard —exclamó dejándose caer en su sillón—; les he tomado tanto el pelo que jamás dejarían de recordármelo. Puedo permitirme reír, empero, porque sé que al final ajustaré las cuentas con ellos.
—¿Qué ha ocurrido, entonces? —pregunté.
—¡Oh!, no me importa referir una historia que va en mi contra. Aquella criatura había avanzado un trecho cuando comenzó a cojear y a dar muestras de tener los pies doloridos. Al poco se detuvo y llamó a un coche de cuatro ruedas que pasaba por allí. Me las arreglé para situarme cerca de modo que pudiera escuchar las señas, aunque no había necesidad de tanta zozobra, pues las cantó a voz en cuello para que la oyesen en la acera de enfrente: «¡Al número 13 de Duncan Street, en Houndsditch!», gritó. «Esto empieza a tener visos de autenticidad», pensé; y tras verla acomodada dentro, me encaramé en la trasera del carruaje. Ese es un arte en el que todo detective debería ser consumado maestro. Pues bien: partimos al trote y no refrenamos el paso hasta alcanzar la calle en cuestión. Me apeé de un salto antes de llegar al portal y caminé acera abajo con aire despreocupado. Vi detenerse el carruaje; el cochero echó pie a tierra, abrió la portezuela y se quedó esperando; pero de allí no salía nadie. Cuando llegué a su altura se hallaba buscando frenéticamente dentro del coche vacío y soltando la colección de blasfemias más primorosa que jamás he escuchado. No quedaba rastro ni indicio de su pasajera, y me temo que pasará algún tiempo antes de que cobre la carrera. Al indagar en el número 13 comprobamos que la finca pertenecía a un respetable empapelador llamado Keswick, y que jamás habían oído hablar allí de nadie apellidado Sawyer ni Dennis.
—¿No querrás decir —exclamé atónito— que aquella vieja decrépita y vacilante fue capaz de arrojarse del coche en marcha sin que la vieran ni el cochero ni tú?
—¡Al diablo la vieja! —dijo Sherlock Holmes con aspereza—. Las viejas fuimos nosotros por dejarnos embaucar de semejante guisa. Debió de ser un hombre joven y bien ágil por añadidura, además de un actor incomparable: la caracterización era inimitable. Vio que la seguían, no cabe duda, y recurrió a esta treta para darme esquinazo. Esto demuestra que el individuo a quien perseguimos no se halla tan desamparado como yo me figuraba, sino que cuenta con camaradas dispuestos a arriesgarse por su pellejo. Y ahora, doctor, tienes aspecto de estar exhausto: sigue mi consejo y vete a descansar.
Me sentía ciertamente rendido de fatiga, de suerte que obedecí sus indicaciones. Dejé a Holmes sentado ante los rescoldos del fuego y, bien entrada la noche, continué escuchando los acordes melancólicos de su violín, comprendiendo que continuaba cavilando sobre el extraño enigma que se había propuesto desentrañar.
Fin del Episodio 10 · de 26
Nuestro anuncio atrae a una visita · II
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