Estudio en escarlata·Episodio 24

Continuación de las memorias de John Watson, médico · I

~12 min · 2479 palabras

La desesperada resistencia de nuestro prisionero no indicaba, según parecía, ninguna inquina personal contra nosotros, pues al verse reducido sonrió afablemente e hizo votos por no habernos lastimado en el forcejeo. —Supongo que van a llevarme a la comisaría —comentó dirigiéndose a Sherlock Holmes—. Mi coche está a la puerta. Si me desatan las piernas bajaré a pie; ya no peso tan poco como antes.

Gregson y Lestrade cruzaron miradas como si juzgasen harto atrevida la propuesta; pero Holmes tomó al punto la palabra al detenido y le retiró la toalla con que habíamos trabado sus tobillos. Él se incorporó y estiró las piernas como para cerciorarse de que las tenía libres de nuevo. Recuerdo que pensé para mis adentros, mientras lo observaba, que raras veces había visto a un individuo de complexión más hercúlea; y su rostro cetrino y bronceado reflejaba una resolución y una energía tan formidables como su propia fuerza física.

—Si alguna vez queda vacante el puesto de jefe de policía, me parece que usted es el hombre indicado —dijo mirando con admiración sincera a mi compañero de piso—. La forma en que no me soltó el rastro fue de campeonato.

—Será mejor que vengan conmigo —les dijo Holmes a los dos inspectores.

—Yo puedo guiar el carruaje —se ofreció Lestrade.

—¡Excelente! Y Gregson puede subir dentro conmigo. Usted también, doctor: se ha interesado por el caso y bien puede acompañarnos.

Asentí de buen grado y bajamos todos juntos. Nuestro cautivo no hizo la menor tentativa de fuga, sino que subió con calma al carruaje que había sido el suyo, y nosotros lo seguimos. Lestrade montó en el pescante, arreó al caballo y en muy breve tiempo nos condujo a nuestro destino. Nos hicieron pasar a una pequeña sala donde un inspector de policía tomó nota del nombre de nuestro prisionero y de los individuos de cuyo asesinato se le acusaba. El funcionario era un hombre pálido e inexpresivo que cumplía con sus obligaciones de manera monótona y mecánica. —El reo comparecerá ante los magistrados en el transcurso de la semana —dijo—; entre tanto, señor Jefferson Hope, ¿tiene algo que manifestar? Debo advertirle de que sus palabras serán consignadas y podrán utilizarse en su contra.

—Tengo mucho que declarar —respondió con lentitud nuestro prisionero—. Deseo contarles a ustedes todo lo ocurrido.

—¿No sería más prudente reservarlo para el juicio? —preguntó el inspector.

—Bien pudiera ser que no llegue a ser juzgado —repuso él—. No pongan esa cara de susto; no estoy pensando en suicidarme. ¿Es usted médico? —Al formular esta última pregunta clavó en mí sus ojos oscuros y penetrantes.

—Sí, lo soy —respondí.

—Entonces ponga la mano aquí —dijo con una sonrisa, señalando su pecho con las muñecas esposadas.

Así lo hice, percibiendo al instante un latido extraordinario y una conmoción tremenda que bullía en su interior. Las paredes de su tórax parecían estremecerse y vibrar como lo haría un edificio endeble sacudido por una potente maquinaria. En el silencio de la estancia alcancé a oír un sordo zumbido procedente del mismo origen.

—¡Pero hombre! —exclamé—. ¡Si tiene usted un aneurisma aórtico!

—Así es como lo llaman —dijo plácidamente—. La semana pasada fui a consultar a un médico y me advirtió que reventará antes de muchos días. Lleva años empeorando; lo contraje a fuerza de intemperie y mala alimentación en las montañas de Salt Lake. Ya he cumplido mi cometido y poco me importa cuándo me llegue la hora, pero desearía dejar una relación exacta de los hechos. No quiero que se me recuerde como a un vulgar forajido.

El inspector y los dos detectives deliberaron brevemente sobre la conveniencia de permitirle prestar declaración.

—¿Considera usted, doctor, que existe peligro inminente? —inquirió el primero.

—Sin la menor duda —respondí.

—En tal caso nuestro deber en aras de la justicia impone recoger su testimonio —dictaminó el inspector—. Tiene usted la palabra, caballero, advirtiéndole de nuevo que sus manifestaciones quedarán registradas.

—Me sentaré, con su permiso —dijo el reo, pasando de las palabras a los hechos—. Este aneurisma me fatiga enseguida, y el forcejeo de hace media hora no ha mejorado las cosas. Me hallo al borde de la tumba y no tengo motivo alguno para mentirles. Cuanto voy a decirles es la verdad pura, y lo que hagan con mis palabras me tiene sin cuidado.

Dicho esto, Jefferson Hope se acomodó en su asiento y comenzó la siguiente y extraordinaria declaración. Se expresaba de manera reposada y metódica, como si los sucesos que refería fuesen del todo ordinarios. Puedo dar fe de la exactitud del relato que sigue, pues he tenido acceso al cuaderno de notas de Lestrade, en el que se copiaron al pie de la letra las manifestaciones del detenido.

—Poco les importará a ustedes por qué odiaba a esos individuos —comenzó—; basta saber que eran culpables de la muerte de dos seres humanos —un padre y una hija— y que, por ende, habían hecho reos de muerte sus propias vidas. Con el tiempo transcurrido desde su crimen resultaba imposible lograr una condena contra ellos ante ningún tribunal. Yo tenía plena certeza de su culpa y resolví convertirme en juez, jurado y verdugo a la vez. Cualquiera de ustedes habría hecho lo mismo de hallarse en mi pellejo, de tener algo de dignidad en el cuerpo.

—Aquella muchacha a la que me refiero iba a casarse conmigo hace veinte años. La forzaron a desposar a ese mismo Drebber, y aquello le partió el corazón. Yo le quité la alianza de boda del dedo cuando yacía muerta, y juré que los ojos moribundos de él contemplarían ese mismo anillo y que su último pensamiento se dirigiría al crimen por el que iba a ser castigado. La he llevado siempre conmigo, persiguiéndolo a él y a su cómplice a través de dos continentes hasta darles alcance. Pensaron que me cansarían, pero no fue así. Si muero mañana, como es harto probable, moriré sabiendo que mi labor en este mundo ha concluido y bien concluida. Han perecido por mi mano. Ya nada me queda por esperar ni por desear.

—Ellos eran ricos y yo pobre, de modo que no me resultó sencillo seguirles la pista. Cuando llegué a Londres tenía los bolsillos vacíos y comprendí que debía ganarme el sustento de algún modo. Conducir y montar a caballo me resultan tan naturales como andar, de suerte que acudí a una empresa de carruajes y pronto conseguí empleo. Debía entregar una suma fija por semana al patrón, pudiendo quedarme con lo que sobrase. Raras veces sobraba gran cosa, pero me las apañaba para subsistir. Lo más duro fue aprender a orientarme, pues me parece que de todos los laberintos imaginables, esta urbe es la más enrevesada. Llevaba un callejero a mano y, una vez localizados los principales hoteles y estaciones, me fui desenvolviendo bastante bien.

—Me costó cierto tiempo dar con el domicilio de mis dos caballeros; pero pregunté aquí y allá hasta que al fin me tropecé con ellos. Paraban en una casa de huéspedes en Camberwell, al otro lado del río. En cuanto los descubrí supe que los tenía a mi merced. Me había dejado crecer la barba y no había peligro de que me reconociesen. Decidí rondarlos y no soltarles el rastro hasta que se me presentara la ocasión. Estaba resuelto a no permitir que se me escapasen de nuevo.

—Y a punto estuvieron de lograrlo, a pesar de todo. Fuesen adonde fuesen por Londres, yo iba siempre pegado a sus talones. Unas veces los seguía con mi coche y otras a pie, aunque lo primero era más seguro, pues así no podían zafárseme. Solo a primera hora de la mañana o muy de noche podía ganar algo, de suerte que empecé a atrasarme en los pagos con mi patrón. Poco me importaba, no obstante, con tal de echarle el guante a mis hombres.

—Eran muy zorros, eso sí. Debieron de sospechar que alguien los vigilaba, pues no salían jamás solos ni tras ponerse el sol. Durante dos semanas rodé tras ellos todos los días sin verlos separarse ni una sola vez. El propio Drebber andaba bebido la mitad del tiempo, pero Stangerson no se descuidaba jamás. Los espié a todas horas sin que se presentara la menor oportunidad; pero no me desanimé, pues una corazonada me decía que la hora estaba próxima. Mi único temor era que esta avería del pecho reventase demasiado pronto y dejase mi faena a medias.

—Por fin, cierta tarde en que patrullaba arriba y abajo por Torquay Terrace, que así se llamaba la calle de su pensión, vi arrimarse un carruaje a su portal. Enseguida sacaron unos baúles y poco después salieron Drebber y Stangerson, marchándose en él. Arreé a mi caballo y los seguí de cerca, con el alma en un hilo, temiendo que mudasen de alojamiento. En la estación de Euston echaron pie a tierra; dejé a un pilluelo sujetando las riendas de mi caballo y los seguí hasta el andén. Los oí preguntar por el tren de Liverpool y al empleado responder que acababa de salir uno y que no habría otro hasta pasadas varias horas. Stangerson pareció contrariado por la noticia, pero a Drebber le complació más que otra cosa. En medio del bullicio me acerqué tanto que pude escuchar cuanto hablaban. Drebber dijo que tenía ciertos asuntos particulares que atender y que si el otro lo aguardaba no tardaría en reunirse con él. Su compañero le reconvino, recordándole que habían acordado no separarse. Drebber contestó que se trataba de un asunto delicado y que debía acudir a solas. No alcancé a oír lo que replicó Stangerson, pero el otro rompió en maldiciones recordándole que no era más que su criado a sueldo y que no se tomase la libertad de darle órdenes. Ante esto el secretario dio el brazo a torcer, limitándose a convenir que si perdía el último tren se reunirían en el Hotel Particular de Halliday; a lo que Drebber respondió que estaría de vuelta en el andén antes de las once, saliendo a continuación de la estación.

—El instante que tanto había aguardado había llegado al fin. Tenía a mis enemigos en mis manos. Juntos podían protegerse, pero separados quedaban a mi merced. No quise actuar, sin embargo, con apresuramiento imprudente. Tenía mis planes bien madurados. No hay deleite en la venganza a menos que el ofensor disponga de tiempo para comprender quién lo golpea y por qué le sobreviene el castigo. Tenía todo dispuesto para brindarle al hombre que me había agraviado la ocasión de entender que su viejo pecado había dado con él. Quiso la fortuna que unos días antes un caballero que andaba inspeccionando unas casas en Brixton Road extraviase la llave de una de ellas en mi carruaje. La reclamó esa misma noche y se la devolví; pero en el intervalo saqué un molde en cera e hice una copia. De ese modo tenía acceso al menos a un rincón de esta gran urbe donde podía estar seguro de no ser interrumpido. Lograr que Drebber entrase en aquella casa era el difícil problema que ahora me tocaba resolver.

—Echó a andar calle abajo y entró en una o dos tabernas, permaneciendo cerca de media hora en la última. Al salir caminaba dando traspiés, visiblemente achispado. Había un cabriolé justo delante de mí y le dio el alto. Lo seguí tan de cerca que la nariz de mi caballo no se separó ni una vara de su cochero en todo el trayecto. Cruzamos el puente de Waterloo y millas de calles hasta que, con asombro por mi parte, nos vimos de regreso en la misma travesía donde paraba. No alcanzaba a imaginar qué pretendía al volver allí; pero continué adelante y detuve mi coche a un centenar de varas de la casa. Él entró y su coche se marchó. Denme un vaso de agua, si son tan amables: se me seca la boca de tanto hablar.

Le acerqué el vaso y se lo bebió de un trago.

—Mucho mejor —dijo—. Pues bien, aguardé un cuarto de hora o más, cuando de pronto sonó un alboroto como de pelea en el interior de la vivienda. Al momento la puerta se abrió de golpe y asomaron dos hombres: uno era Drebber y el otro un muchacho a quien no había visto jamás. Este último traía a Drebber cogido por el cuello y, al llegar al descansillo de la escalera, le propinó un empellón y un puntapié que lo arrojaron a mitad de la calzada. «¡Granuja! —le gritó blandiendo un bastón—; ¡ya aprenderás a no insultar a una doncella honrada!». Estaba tan fuera de sí que creo que lo habría molido a palos allí mismo de no ser porque el bellaco echó a correr calle abajo a todo lo que le daban las piernas. Llegó hasta la esquina y, al divisar mi carruaje, me llamó y saltó al interior. «¡Lléveme al Hotel Particular de Halliday!», me ordenó.

—Al tenerlo bien metido en mi coche, el corazón me dio tal vuelco de alegría que temí que mi aneurisma reventase en el último instante. Guié despacio, sopesando en mi fuero interno cuál sería el mejor proceder. Podía conducirlo a campo abierto y allí, en algún camino solitario, mantener mi última entrevista con él. Casi lo tenía resuelto cuando él mismo me allanó el camino: le acometió de nuevo el ansia de beber y me ordenó parar frente a un palacio del aguardiente. Entró, dejándome dicho que lo aguardase. Allí permaneció hasta la hora del cierre, y cuando salió venía tan ebrio que supe que la partida estaba en mis manos.

—No vayan a figurarse que pensaba asesinarlo a sangre fría. Habría sido de estricta justicia hacerlo, pero no me sentía con ánimo de proceder así. Tenía resuelto desde hacía mucho concederle una oportunidad de salvar la vida si deseaba aprovecharla. Entre los muchos oficios que he desempeñado en América a lo largo de mi andariega existencia, fui portero y mozo de limpieza en el laboratorio del Colegio de York. Cierto día el profesor disertaba sobre venenos y mostró a sus alumnos un alcaloide, según lo llamó, extraído del veneno de flechas de Sudamérica, tan activo que la menor partícula acarreaba la muerte instantánea. Me fijé en el frasco donde se guardaba el preparado y, cuando todos salieron, me agencié una pizca. Tenía cierta maña como boticario, de suerte que elaboré con aquel alcaloide unas píldoras pequeñas y solubles, colocando cada una en una cajita junto a otra idéntica pero inofensiva. Me juré por aquel entonces que, llegado el momento, cada uno de mis hombres tomaría una al azar de una de esas cajitas, mientras yo me tragaría la restante. Sería tan mortífero y bastante menos ruidoso que batirse a través de un pañuelo. Desde aquel día llevé siempre encima mis cajitas de píldoras, y ahora había llegado la hora de darles uso.

Fin del Episodio 24 · de 26

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