Estudio en escarlata·Episodio 23

Los ángeles vengadores · II

~7 min · 1480 palabras

—¡Estás loco por venir aquí! —exclamó—. Me juego el cuello solo con que me vean hablando contigo. El Consejo de los Cuatro ha dictado orden de busca y captura contra ti por haber ayudado a escapar a los Ferrier.

—No les temo a ellos ni a su orden —dijo Hope con fervor—. Tú debes de saber algo de este asunto, Cowper. Te conjuro por cuanto más quieras a que respondas a un par de preguntas. Siempre hemos sido buenos amigos. Por amor de Dios, no te niegues a contestarme.

—¿De qué se trata? —preguntó el mormón intranquilo—. Sé breve. Hasta las peñas tienen oídos y los árboles ojos.

—¿Qué ha sido de Lucy Ferrier?

—Ayer la casaron con el joven Drebber. ¡Sostente, muchacho, que pareces un muerto en pie!

—No hagas caso de mí —dijo Hope con un hilo de voz. Tenía los labios blancos y se había desplomado sobre la peña en que se apoyaba—. ¿Casada, dices?

—Casada ayer... para eso son esas banderas que ondean en la Casa de las Investiduras. Hubo sus más y sus menos entre el joven Drebber y el joven Stangerson sobre cuál de los dos se quedaría con ella. Los dos habían ido en la partida que los persiguió, y Stangerson mató de un tiro a su padre, lo que parecía concederle mejor derecho; pero al debatirlo en el Consejo, el bando de Drebber se impuso y el Profeta se la adjudicó a él. Aunque nadie la disfrutará mucho tiempo, pues ayer vi la muerte pintada en su cara. Más parece un espectro que una mujer. ¿Te vas ya?

—Sí, me voy —dijo Jefferson Hope, incorporándose. Su rostro parecía esculpido en mármol, tan rígido y frío era su semblante, mientras sus ojos fulguraban con un brillo siniestro.

—¿Adónde vas?

—No te importa —respondió; y terciándose el fusil a la espalda, echó a andar barranco abajo internándose en el corazón de las montañas, hacia las guaridas de las fieras salvajes. Entre todas ellas ninguna había tan fiera y peligrosa como él.

Los vaticinios del mormón se cumplieron con fatal exactitud. Ya fuese por el espantoso fin de su padre o por los rigores de aquel matrimonio aborrecible al que la habían forzado, la desdichada Lucy jamás volvió a levantar cabeza: se consumió de tristeza y expiró antes de que transcurriese un mes. Su embrutecido esposo, que la había desposado principalmente por la hacienda de John Ferrier, no fingió un dolor excesivo ante su pérdida; pero las demás esposas la lloraron y velaron su cadáver la noche previa al sepelio, con arreglo al uso de los mormones. Hallábanse congregadas en torno al féretro a primeras horas de la madrugada cuando, ante su pavor y asombro indecibles, la puerta se abrió de par en par y un hombre de porte salvaje y semblante curtido, cubierto de harapos, irrumpió en la estancia. Sin dirigir una mirada ni una palabra a aquellas mujeres aterrorizadas, se aproximó a la figura blanca e inmóvil que otrora albergara el alma pura de Lucy Ferrier. Inclinándose sobre ella, posó con veneración sus labios sobre la frente helada y, cogiéndole la mano, arrancó la alianza matrimonial de su anular. —¡No la enterrarán con esto puesto! —bramó con fiero gruñido, y antes de que pudieran dar la voz de alarma bajó las escaleras de un salto y desapareció. Tan breve y asombroso fue el suceso que las presentes habrían dudado de sus propios sentidos de no haber mediado el hecho irrefutable de que el aro de oro que la consagraba como desposada se había esfumado.

Durante varios meses Jefferson Hope vagó por aquellas serranías llevando una existencia agreste y solitaria, alimentando en su pecho el ansia implacable de venganza que lo consumía. Corrían relatos en la ciudad acerca de una extraña figura a la que se veía merodear por los suburbios y que rondaba las solitarias gargantas de la cordillera. En una ocasión una bala silbó a través de la ventana de Stangerson y fue a estrellarse en la pared a un palmo de su cabeza. En otra, mientras Drebber pasaba al pie de un precipicio, un peñasco enorme se derrumbó sobre él, librándose de una muerte segura solo por arrojarse de bruces al suelo. Los dos jóvenes mormones no tardaron en averiguar el motivo de aquellos atentados contra sus vidas, y organizaron repetidas batidas por las cumbres con la esperanza de capturar o abatir a su enemigo, siempre sin éxito. Adoptaron entonces la precaución de no salir jamás solos ni después del anochecer, apostando guardias en sus residencias. Pasado algún tiempo pudieron relajar aquellas precauciones, pues nada volvió a verse ni a saberse de su perseguidor, y acariciaron la esperanza de que el tiempo hubiese apaciguado su rencor.

Lejos de ocurrir así, su rencor se había enconado aún más. El temperamento del cazador era duro e inflexible, y la idea fija de la represalia se había adueñado de tal modo de su espíritu que no cabía en él ningún otro sentimiento. Con todo, era hombre eminentemente práctico. Pronto advirtió que ni su complexión de hierro resistiría el incesante quebranto al que la sometía. La intemperie y la falta de sustento saludable lo estaban consumiendo. Si moría como un perro entre aquellos riscos, ¿en qué quedaría su venganza? Y tal desenlace era seguro si persistía en su empeño. Comprendiendo que aquello equivalía a hacerle el juego a sus adversarios, regresó a su pesar a las viejas minas de Nevada para reponer su salud y reunir fondos suficientes que le permitiesen perseguir su cometido sin privaciones.

Su intención había sido ausentarse un año a lo sumo, pero un cúmulo de circunstancias imprevistas le impidió abandonar los yacimientos durante cerca de un lustro. Al expirar aquel tiempo, sin embargo, el recuerdo de sus agravios y el ansia de represalia permanecían tan vivos como en aquella memorable noche en que velara junto a la tumba de John Ferrier. Disfrazado y bajo nombre supuesto regresó a Salt Lake City, indiferente a su propia vida con tal de obtener lo que juzgaba de estricta justicia. Malas noticias lo aguardaban allí. Meses antes se había producido un cisma entre el Pueblo Elegido: algunos miembros jóvenes se habían sublevado contra la autoridad de los ancianos, desembocando la pugna en la defección de cierto número de descontentos que abandonaron Utah trocándose en gentiles. Entre ellos figuraban Drebber y Stangerson, y nadie conocía su paradero. Decíase que Drebber había logrado convertir buena parte de su patrimonio en metálico marchándose como un hombre acaudalado, mientras su camarada Stangerson era comparativamente pobre. No quedaba, no obstante, la menor pista sobre su paradero.

Cualquier otro hombre, por vindicativo que fuese, habría abandonado todo propósito de venganza ante semejante tropiezo, pero Jefferson Hope no flaqueó ni un solo instante. Con los escasos ahorros que poseía, completados con cualquier ocupación precaria que encontraba, recorrió ciudad tras ciudad los Estados Unidos en pos de sus enemigos. Los años fueron sucediéndose, sus cabellos negros se tiñeron de blanco, pero él continuó su rastreo, convertido en un sabueso humano con la mente fija en el único fin al que había consagrado su existencia. Al fin su perseverancia se vio recompensada. Fue apenas el vislumbre de un semblante en una ventana, pero aquella sola mirada le reveló que en Cleveland, Ohio, se hallaban los hombres a quienes perseguía. Regresó a su mísero cuartucho con el plan de venganza ultimado. Quiso la casualidad, empero, que Drebber, al mirar desde su ventana, reconociese al vagabundo en la calle y leyera la sentencia de muerte en sus ojos. Acudió presuroso ante un juez de paz en compañía de Stangerson, convertido ya en su secretario particular, haciéndole saber que temían por sus vidas ante los celos y el odio de un antiguo rival. Esa misma noche detuvieron a Jefferson Hope, reteniéndolo varias semanas al no poder presentar fianza. Cuando por fin recobró la libertad, fue solo para comprobar que la casa de Drebber estaba vacía y que él y su secretario habían zarpado rumbo a Europa.

Una vez más el vengador se vio burlado, y una vez más su odio reconcentrado lo impulsó a proseguir la persecución. Carecía de fondos, por lo que hubo de reanudar el trabajo durante un tiempo, ahorrando cada dólar para el inminente viaje. Cuando por fin reunió lo suficiente para no perecer de inanición, partió hacia Europa y rastreó a sus enemigos de urbe en urbe, sirviendo en los oficios más humildes, sin lograr nunca darles alcance. Al llegar a San Petersburgo ya habían partido hacia París; y cuando fue tras ellos supo que acababan de salir para Copenhague. En la capital danesa volvió a llegar con unos días de retraso, pues habían seguido viaje hacia Londres, donde por fin logró acorralarlos. Respecto a lo acaecido allí, nada mejor que remitirse a la declaración del propio cazador, debidamente recogida en el diario del doctor Watson, a quien ya tantas noticias debemos.

Fin del Episodio 23 · de 26

Los ángeles vengadores · II

Siguiente Episodio 24~12 minContinuación de las memorias de John Watson, médico · I“—Supongo que van a llevarme a la comisaría —comentó dirigiéndose a Sherlock Holmes.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.