Estudio en escarlata·Episodio 22

Los ángeles vengadores · I

~9 min · 1890 palabras

Durante toda la noche la marcha prosiguió a través de intrincados desfiladeros y por senderos escabrosos sembrados de peñascos. Más de una vez perdieron el rumbo, pero el profundo conocimiento que Hope poseía de aquellas montañas les permitió dar de nuevo con la senda. Al rayar el alba, un panorama de salvaje y asombrosa hermosura se abrió ante sus miradas. Por doquier se alzaban picos imponentes cubiertos de nieve perpetua, asomándose unos sobre los hombros de otros hasta el lejano horizonte. Tan empinadas eran las laderas rocosas a ambos lados que los alerces y pinos parecían colgados sobre sus cabezas, amenazando con venirse abajo con el menor soplo de viento. Y no era infundado el temor, pues el valle desierto yacía cubierto de troncos y peñas que se habían despeñado de igual modo. Mientras cruzaban, una roca enorme rodó con estrépito y bronco fragor, despertando los ecos en las silenciosas quebradas y espantando a los fatigados caballos, que rompieron al galope.

A medida que el sol se levantaba sobre el horizonte oriental, las cumbres de las grandes montañas fueron encendiéndose una tras otra como lámparas en un festín, hasta adquirir un fulgor rojizo y deslumbrante. Aquel espectáculo magnífico reanimó el ánimo de los tres fugitivos y les infundió renovadas energías. Junto a un impetuoso torrente que brotaba de un barranco hicieron alto y abrevaron los caballos mientras despachaban un apresurado desayuno. Lucy y su padre habrían descansado de buen grado algún tiempo más, pero Jefferson Hope se mostró inexorable. —A estas horas ya deben de ir sobre nuestra pista —advirtió—. Todo pende de nuestra celeridad. Una vez a salvo en Carson podremos descansar el resto de nuestras vidas.

Durante todo aquel día continuaron bregando por las quebradas, y al caer la tarde calcularon que distaban más de treinta millas de sus enemigos. Por la noche buscaron el abrigo de un risco escarpado, donde las rocas ofrecían algún resguardo contra el viento helado, y acurrucados unos junto a otros para conservar el calor disfrutaron de unas pocas horas de reposo. Antes del amanecer, empero, ya se habían puesto de nuevo en camino. No habían visto rastro alguno de perseguidores, y Jefferson Hope empezaba a concebir la esperanza de que se hallaban ya fuera del alcance de la temible hermandad cuya ira habían concitado. ¡Poco sospechaba hasta dónde podía llegar aquella garra implacable, ni con cuánta rapidez se cerniría sobre ellos para aplastarlos!

Hacia la mitad del segundo día de marcha comenzaron a agotarse sus escasas reservas de provisiones. Aquello no inquietó en demasía al cazador, pues la caza abundaba por aquellas cumbres y ya en incontables ocasiones se había visto en la necesidad de fiar su sustento al acierto de su puntería. Escogiendo un rincón resguardado, amontonó unas ramas secas y encendió una hoguera vivaz para que sus compañeros se templasen, pues se hallaban a casi cinco mil pies sobre el nivel del mar y el aire era áspero y penetrante. Tras maniatar las cabalgaduras y despedirse de Lucy, se terciyó el fusil a la espalda y partió en busca de lo que la fortuna quisiera poner a su alcance. Al mirar atrás vio al viejo y a la joven encogidos junto a las llamas, con los tres animales inmóviles al fondo. Luego las rocas intermedias los ocultaron a su vista.

Caminó un par de millas cruzando una quebrada tras otra sin ventura, si bien por los arañazos en la corteza de los árboles y otros rastros dedujo que merodeaban numerosos osos por los contornos. Al cabo de dos o tres horas de infructuosa búsqueda ya meditaba en regresar desconsolado, cuando al alzar los ojos contempló un cuadro que le colmó de júbilo el corazón. En el borde de un peñasco saliente, a trescientos o cuatrocientos pies sobre su cabeza, divisó un animal de aspecto semejante al de una oveja, pero coronado por dos cuernos colosales. El carnero de las Rocosas —pues tal era su nombre— actuaba al parecer como vigía de un rebaño oculto a la vista del cazador; por fortuna miraba hacia el rumbo opuesto y no había reparado en su presencia. Echándose boca abajo, Hope apoyó el fusil sobre una roca y apuntó con firmeza antes de apretar el gatillo. El animal dio un salto en el aire, vaciló un instante al borde del abismo y cayó despeñado con estrépito sobre el valle inferior.

La pieza resultaba demasiado pesada para transportarla entera, por lo que el cazador se conformó con despiezar un cuarto trasero y parte del lomo. Con este trofeo al hombro se apresuró a desandar lo andado, pues el crepúsculo comenzaba a cerrarse. Apenas había emprendido el regreso, sin embargo, cuando se percató de la grave dificultad que se le presentaba. En su afán cinegético se había adentrado mucho más allá de los desfiladeros que conocía, y no resultaba tarea fácil distinguir la senda que había seguido. El valle en que se hallaba se ramificaba en infinidad de quebradas tan parecidas entre sí que se antojaba imposible diferenciarlas. Siguió una de ellas durante una milla o más hasta desembocar en un torrente de montaña que tuvo la certeza de no haber visto jamás. Convencido de haberse extraviado, probó por otro ramal, con idéntico resultado. La noche caía con presteza y estaba ya casi oscuro cuando por fin dio con una garganta que le resultó familiar. Aun así resultaba harto dificultoso no perder el rumbo, pues la luna todavía no asomaba y los elevados farallones a ambos lados hacían la oscuridad más impenetrable. Agobiado por la carga y exhausto por el esfuerzo, avanzaba a trompicones, confortándose con el pensamiento de que cada paso lo aproximaba a Lucy y de que llevaba sustento suficiente para asegurarles provisiones durante el resto del viaje.

Al fin llegó a la boca misma de la quebrada donde los había dejado. Aun en mitad de las sombras reconoció el perfil de los riscos que la flanqueaban. Concluyó que debían de aguardarle con profunda angustia, pues llevaba ausente cerca de cinco horas. En el regocijo de su alma se llevó las manos a la boca e hizo retumbar la garganta con un prolongado grito para anunciar su regreso. Se detuvo a escuchar la contestación. Ninguna respuesta llegó salvo el eco de su propia voz, que resonó en las solitarias y desoladas gargantas devolviéndole incontables repeticiones. Volvió a gritar, con más fuerza todavía, y de nuevo ningún rumor salió al encuentro del eco desde el rincón de sus camaradas. Un pavor indefinible y helado se apoderó de él, y echó a correr como un loco hacia adelante, soltando en su desesperación la preciada comida.

Al doblar el recodo divisó con claridad el paraje donde habían prendido la lumbre. Quedaba allí un montículo de cenizas humeantes, pero resultaba evidente que nadie las había avivado desde su partida. El mismo silencio sepulcral reinaba por doquier. Con sus temores trocados en certidumbre, se abalanzó al lugar. No había ser viviente junto a los despojos del fuego: cabalgaduras, anciano y doncella, todos habían desaparecido. Resultaba de todo punto evidente que alguna catástrofe repentina y espantosa había tenido lugar durante su ausencia: un desastre que los había engullido a todos sin dejar rastro aparente tras de sí.

Aturdido y deshecho por aquel golpe, Jefferson Hope sintió que la cabeza le daba vueltas y hubo de apoyarse en el cañón de su fusil para no desplomarse. Era, con todo, hombre de acción, y no tardó en sobreponerse a su transitorio desaliento. Recogiendo una astilla a medio quemar del rescoldo, sopló hasta avivar la llama y con su auxilio procedió a examinar el campamento. El suelo aparecía batido por las huellas de numerosas herraduras, indicio de que una nutrida partida de jinetes había alcanzado a los fugitivos, y la dirección de las pisadas probaba que habían emprendido el regreso hacia Salt Lake City. ¿Se habrían llevado cautivos a sus dos compañeros? Jefferson Hope casi había terminado por convencerse de que así había ocurrido, cuando sus ojos tropezaron con un objeto que le hizo estremecer hasta la última fibra de su cuerpo. A poca distancia de las cenizas se distinguía un montículo de tierra rojiza que sin duda alguna no estaba allí antes. No cabía confundirlo con nada que no fuese una fosa recién cavada. Al acercarse el joven cazador advirtió que habían hincado una estaca en ella, en cuya hendidura superior figuraba un pedazo de papel prendido. La inscripción garabateada era escueta pero concluyente:

«JOHN FERRIER, ANTAÑO DE SALT LAKE CITY, Fallecido el 4 de agosto de 1860».

Aquel recio anciano a quien había dejado tan poco antes se había ido para siempre, y aquel era todo su epitafio. Jefferson Hope paseó una mirada extraviada a su alrededor para comprobar si había una segunda fosa, pero no descubrió indicio alguno de ella. A Lucy se la habían llevado sus implacables captores para cumplir su destino inicial: engrosar el harén del hijo del anciano. Al comprender la certidumbre de su suerte y su propia impotencia para evitarla, el joven deseó yacer también junto al viejo granjero en su último y silencioso lecho de descanso.

Nuevamente, no obstante, su temple indómito sacudió el letargo nacido de la desesperanza. Si nada más le quedaba en este mundo, al menos consagraría su existencia a la venganza. Con una paciencia y constancia inquebrantables, Jefferson Hope poseía además un rencor reconcentrado e inflexible que acaso había asimilado de los indios entre quienes conviviera. De pie junto a los restos de la lumbre sintió que lo único capaz de mitigar su inmenso dolor sería una represalia absoluta y sin cuartel, ejecutada por su propia mano contra sus enemigos. Determinó que su férrea voluntad y sus energías inagotables se consagrarían exclusivamente a ese propósito. Con el rostro desencajado y ceniciento, desandó sus pasos hasta donde había arrojado la carne y, avivando las brasas, asó la cantidad suficiente para subsistir algunos días. Con ella formó un hato y, cansado como estaba, se dispuso a desandar a pie las montañas siguiendo el rastro de los ángeles vengadores.

Durante cinco jornadas caminó descalzo y maltrecho por los mismos desfiladeros que antes recorriera a caballo. Por las noches caía rendido sobre las piedras para dormir un par de horas, pero antes de que clarease el alba ya se hallaba en camino. Al sexto día alcanzó el Barranco del Águila, paraje desde donde habían iniciado su malhadada fuga. Desde allí contempló a sus pies la morada de los Santos. Rendido y extenuado, se apoyó sobre el fusil e increpó con el puño cerrado a la inmensa urbe silenciosa extendida en el valle. Al observarla descubrió gallardetes izados en algunas de las calles principales y otras muestras de regocijo popular. Aún conjeturaba sobre el significado de tales festejos cuando oyó el rumor de cascos y vio acercarse a un jinete. Al aproximarse reconoció en él a un mormón llamado Cowper, a quien había prestado diversos servicios en distintas ocasiones. Salió a su encuentro cuando estuvo cerca, con la intención de averiguar qué suerte había corrido Lucy Ferrier.

—Soy Jefferson Hope —dijo—. ¿Te acuerdas de mí?

El mormón lo miró con franco asombro: en verdad resultaba difícil reconocer en aquel vagabundo andrajoso y demacrado, de rostro cadavérico y mirada desorbitada y fiera, al gallardo y pulcro cazador de otros tiempos. No obstante, una vez cerciorado de su identidad, el asombro del hombre se trocó en profunda consternación.

Fin del Episodio 22 · de 26

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