Estudio en escarlata·Episodio 25

Continuación de las memorias de John Watson, médico · II

~8 min · 1548 palabras

Pasaba ya de las doce y era una noche desapacible y tempestuosa, con un viento furioso y una lluvia torrencial. Por lúgubre que fuese el panorama exterior, mi corazón rebosaba de regocijo: un júbilo tan inmenso que habría gritado de pura exaltación. Si alguno de ustedes ha ansiado algo con toda el alma durante veinte largos años y de repente lo ve al alcance de su mano, comprenderá lo que sentí. Encendí un cigarro y di unas caladas para templar mis nervios, pero me temblaban las manos y las sienes me latían con violencia. Mientras guiaba el carruaje, me parecía ver al viejo John Ferrier y a la dulce Lucy mirándome desde la oscuridad y sonriéndome, con tanta nitidez como los veo a ustedes en esta estancia. Durante todo el trayecto fueron delante de mí, uno a cada lado del caballo, hasta que me detuve ante la casa de Brixton Road.

—No se divisaba un alma ni se oía otro rumor que el goteo de la lluvia. Al mirar al interior del coche encontré a Drebber acurrucado en un sueño de borracho. Lo sacudí por el brazo: «Hora de bajar», le dije.

—«De acuerdo, cochero», murmuró.

—Supongo que creyó que habíamos llegado al hotel que me había indicado, pues apeóse sin decir palabra y me siguió por el sendero del jardín. Tuve que caminar a su lado para sostenerlo, pues aún daba traspiés. Al llegar a la puerta la abrí y lo conduje a la estancia delantera. Les doy mi palabra de que durante todo el camino el padre y la hija marcharon delante de nosotros.

—«Está endiabladamente oscuro», gruñó dando patadas en el suelo.

—«Enseguida tendremos luz», respondí frotando una cerilla y prendiendo una vela de cera que traía conmigo. «Y ahora, Enoch Drebber —continué encarándome con él y alumbrándome el rostro—, ¿quién soy?».

—Me miró con ojos turbios y vidriosos durante un instante, y vi de pronto brotar en ellos una expresión de espanto que le desfiguró las facciones, revelándome que me había reconocido. Retrocedió tambaleándose con el rostro lívido; vi perlarse su frente de sudor y castañetearle los dientes. Ante aquel cuadro me apoyé contra la puerta y solté una prolongada carcajada. Siempre había sabido que la venganza sería dulce, pero jamás sospeché la plenitud de gozo que inundó mi alma en aquel instante.

—«¡Perro! —le dije—; te he perseguido desde Salt Lake City hasta San Petersburgo y siempre lograste escapar. Ahora, por fin, tus andanzas han tocado a su fin, pues uno de los dos no verá salir el sol de mañana». Se encogió aún más al oírme y vi en sus ojos que me creía loco. Y lo estaba en aquel trance. Las sienes me martilleaban con furia, y creo que me habría dado un ataque de no haberme brotado la sangre por la nariz, aliviándome la presión.

—«¿Qué piensas ahora de Lucy Ferrier? —le grité cerrando la puerta con llave y sacudiéndola en sus narices—. El castigo ha tardado en llegar, pero te ha alcanzado al fin». Vi temblar sus labios cobardes mientras le hablaba. Habría implorado piedad, pero bien sabía que era inútil.

—«¿Va a asesinarme?», balbució.

—«No se trata de ningún asesinato —le contesté—. ¿Quién habla de asesinar a un perro rabioso? ¿Qué compasión tuviste tú con mi pobre amada cuando la arrancaste de los brazos de su padre degollado para arrastrarla a tu maldito y vergonzoso harén?».

—«¡Yo no maté a su padre!», gritó.

—«¡Pero le destrozaste el corazón inocente! —le increpé presentándole la caja—. Que el Dios supremo juzgue entre nosotros. Elige y traga. En una está la muerte y en la otra la vida. Yo me tomaré la que tú dejes. Veamos si existe justicia sobre la tierra o si estamos gobernados por el azar».

—Se acobardó entre alaridos y ruegos de clemencia, pero desenvainé mi cuchillo y se lo puse al cuello hasta obligarlo a obedecer. Luego me tragué la otra píldora y permanecimos mirándonos en silencio durante un minuto o más, esperando a ver quién viviría y quién moriría. ¿Olvidaré jamás la mueca que desfiguró su rostro cuando los primeros dolores le avisaron de que el veneno corría por sus venas? Me eché a reír al verlo y le puse delante de los ojos el anillo de bodas de Lucy. Apenas duró un instante, pues el efecto del alcaloide es fulminante. Un espasmo de dolor le contrajo las facciones; extendió los brazos hacia adelante, se tambaleó y, con un gemido bronco, se desplomó pesadamente sobre el suelo. Le di la vuelta con el pie y le puse la mano en el corazón: no latía. ¡Estaba muerto!

—La sangre me brotaba de la nariz a chorros, pero no le di importancia. No sé qué me indujo a escribir con ella en la pared. Acaso fue una ocurrencia maliciosa para despistar a la policía, pues me sentía liviano y gozoso. Me acordé de un alemán al que encontraron muerto en Nueva York con la palabra RACHE escrita sobre su cabeza, debatiéndose por entonces en la prensa si no habría sido obra de sociedades secretas. Pensé que lo que intrigó a los neoyorquinos intrigaría a los londinenses, de modo que mojé el dedo en mi propia sangre y tracé las letras en un rincón visible del muro. Luego bajé a mi coche y comprobé que no había nadie por los alrededores y que la noche seguía siendo tempestuosa. Había avanzado cierta distancia cuando me llevé la mano al bolsillo donde guardaba habitualmente el anillo de Lucy y descubrí que no estaba allí. Quedé consternado, pues era el único recuerdo que conservaba de ella. Sospechando que se me habría caído al inclinarme sobre el cadáver de Drebber, di media vuelta y, dejando el coche en una callejuela vecina, me dirigí con resolución a la casa, pues estaba dispuesto a afrontarlo todo antes que perder la alianza. Al llegar caí de lleno en brazos de un policía que salía del portal, y solo logré desarmar sus sospechas fingiéndome completamente borracho.

—Así fue como halló la muerte Enoch Drebber. Todo lo que me restaba entonces era hacer lo propio con Stangerson para saldar la deuda de John Ferrier. Sabía que se hospedaba en el Hotel Particular de Halliday y merodeé allí todo el día, pero no salió en ningún momento. Sospecho que temió algo al no presentarse Drebber. Era astuto, Stangerson, y andaba siempre sobre aviso. Si creyó que podía esquivarme quedándose encerrado, se equivocó de medio a medio. Pronto descubrí cuál era la ventana de su dormitorio y a la mañana siguiente aproveché unas escaleras que yacían en el callejón trasero para colarme en su cuarto en la penumbra del alba. Lo desperté y le advertí que había llegado la hora de rendir cuentas por la vida que había segado tiempo atrás. Le describí la muerte de Drebber y le di a elegir entre las mismas píldoras envenenadas. En vez de acogerse a la probabilidad de salvación que se le brindaba, saltó de la cama y se me arrojó al cuello. En defensa propia le atravesé el corazón. El resultado habría sido idéntico en cualquier caso, pues la Providencia jamás habría consentido que su mano criminal escogiese otra cosa que el veneno.

—Apenas me queda nada por añadir, y menos mal, pues me hallo casi exhausto. Continué guiando el carruaje un par de días más, con la idea de reunir fondos suficientes para regresar a América. Me hallaba en las cocheras cuando un muchachuelo andrajoso preguntó si había allí un cochero llamado Jefferson Hope, manifestando que un caballero del 221B de Baker Street solicitaba sus servicios. Me dirigí allá sin recelar nada malo y, cuando vine a darme cuenta, este joven de aquí me había colocado los grilletes en las muñecas con la mayor limpieza que he visto en mi vida. Esta es toda mi historia, caballeros. Podrán tenerme por un asesino; pero sostengo que no soy menos ejecutor de la justicia de lo que son ustedes.

Tan apasionante había sido el relato del hombre y tan sobrecogedor su porte que habíamos permanecido en silencio, absortos. Hasta los propios detectives profesionales, blasé como estaban ante cualquier detalle criminal, parecían hondamente interesados en la narración. Cuando concluyó reinó un silencio de varios minutos, turbado tan solo por el rasgueo del lápiz de Lestrade mientras daba los últimos toques a sus notas taquigráficas.

—Solo hay un pormenor sobre el que desearía una aclaración —dijo por fin Sherlock Holmes—. ¿Quién era el cómplice que acudió en busca del anillo anunciado en la prensa?

El reo le guiñó un ojo con socarronería a mi amigo. —Puedo revelar mis propios secretos —dijo—, pero no meteré a otros en líos. Vi su anuncio y pensé que podía ser una trampa o bien el anillo verdadero. Mi camarada se brindó a ir a comprobarlo. Convendrá usted en que lo hizo con notable desenvoltura.

—Sin duda alguna —convino Holmes de corazón.

—Y ahora, caballeros —señaló el inspector con gravedad—, es menester cumplir los trámites de la ley. El jueves el reo comparecerá ante los magistrados y se requerirá su presencia. Hasta entonces yo responderé de su custodia. —Hizo sonar la campanilla mientras hablaba y dos celadores se llevaron a Jefferson Hope, mientras mi amigo y yo abandonábamos la comisaría y tomábamos un carruaje de vuelta a Baker Street.

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