Una huida por la vida · I
~10 min · 1904 palabras
A la mañana siguiente de su entrevista con el Profeta mormón, John Ferrier fue a Salt Lake City y, habiendo dado con el conocido suyo que partía hacia las montañas de Nevada, le encomendó el mensaje para Jefferson Hope. En él advertía al joven del inminente peligro que los amenazaba y de cuán imperioso era su regreso. Hecho esto se sintió más aliviado y emprendió la vuelta a casa con el ánimo más sosegado.
Al aproximarse a su granja, vio con sorpresa un caballo atado a cada uno de los postes de la cancela. Mayor fue aún su asombro al entrar y toparse a dos jóvenes aposentados en su sala de estar. Uno de ellos, de rostro pálido y alargado, se mecía repantigado en la mecedora, con los pies encaramados sobre la estufa. El otro, un muchacho de cuello de toro y facciones toscas y abotagadas, permanecía de pie ante la ventana con las manos en los bolsillos, silbando un himno popular. Ambos asintieron a Ferrier cuando entró, y el que ocupaba la mecedora entabló la conversación.
—Quizás no nos conozca —dijo—. Este de aquí es el hijo del anciano Drebber, y yo soy Joseph Stangerson, que viajé con usted por el desierto cuando el Señor extendió su diestra y lo congregó en el verdadero rebaño.
—Como hará con todas las naciones a su debido tiempo —añadió el otro con voz nasal—; pues Él muele despacio, pero muele muy fino.
John Ferrier saludó con una inclinación fría de cabeza. Ya había adivinado quiénes eran sus visitantes.
—Hemos venido —prosiguió Stangerson— por consejo de nuestros padres para solicitar la mano de su hija para cualquiera de nosotros dos que mejor les parezca a usted y a ella. Puesto que yo solo poseo cuatro esposas y el hermano Drebber aquí presente tiene siete, me parece que mi derecho es el más sólido.
—De ningún modo, hermano Stangerson —exclamó el otro—; la cuestión no radica en cuántas esposas tengamos, sino en cuántas podemos mantener. Mi padre me ha traspasado ya sus molinos y soy el más acaudalado.
—Pero mis perspectivas son más halagüeñas —repuso el primero con acaloramiento—. Cuando el Señor se lleve a mi padre, heredaré su tenería y su fábrica de cueros. Además soy mayor que tú y tengo más jerarquía en la Iglesia.
—Será la doncella quien decida —terció el joven Drebber, sonriéndose con vanidad al contemplar su reflejo en el espejo—. Lo dejaremos todo a su elección.
Durante aquel diálogo, John Ferrier había permanecido echando chispas en el umbral, conteniendo a duras penas las ganas de descargar su fusta sobre las espaldas de aquellos dos intrusos.
—Miren —dijo por fin, encarándose con ellos a grandes zancadas—: cuando mi hija los llame podrán presentarse, pero hasta entonces no quiero volver a verles las caras.
Los dos jóvenes mormones lo miraron boquiabiertos. A sus ojos, aquella disputa entre ambos por la mano de la muchacha representaba el más insigne de los honores tanto para ella como para su padre.
—Hay dos formas de salir de esta estancia —exclamó Ferrier—: por la puerta o por la ventana. ¿Cuál prefieren utilizar?
Su rostro curtido tenía un aire tan feroz y sus manos huesudas se alzaban tan amenazadoras que los visitantes se pusieron en pie de un brinco y se apresuraron a emprender la retirada. El viejo granjero los siguió hasta el portal.
—Avísenme cuando hayan decidido cuál de los dos se queda con ella —les gritó con sarcasmo.
—¡Pagará caro este ultraje! —gritó Stangerson, pálido de cólera—. Ha desafiado al Profeta y al Consejo de los Cuatro. Lo lamentará hasta el fin de sus días.
—¡La mano del Señor caerá con pesadumbre sobre usted! —clamó el joven Drebber—. ¡Se alzará y lo herirá!
—¡Pues seré yo quien empiece a repartir leña! —bramó Ferrier furioso, y se habría precipitado escaleras arriba en busca de su escopeta de no haberle sujetado Lucy el brazo con firmeza. Antes de que lograse zafarse de ella, el estrépito de los cascos al galope le indicó que ya estaban fuera de su alcance.
—¡Malditos mocosos hipócritas! —exclamó, enjugándose el sudor de la frente—. ¡Antes preferiría verte en la tumba, hija mía, que convertida en esposa de cualquiera de esos dos!
—Y yo también, padre —respondió ella con entereza—; pero Jefferson no tardará en llegar.
—Sí. No tardará mucho en venir. Cuanto antes, mejor, pues ignoramos cuál será su próximo golpe.
Era ya, ciertamente, hora de que alguien capacitado para prestar auxilio y consejo acudiese en socorro del curtido granjero y de su hija adoptiva. En toda la historia de la colonia jamás se había dado semejante desacato a la autoridad de los ancianos. Si las faltas leves se castigaban con implacable rigor, ¿cuál no sería el destino reservado a semejante rebelde? Ferrier sabía de sobra que sus riquezas y su posición no le servirían de nada. Otros tan conocidos y adinerados como él habían desaparecido de la noche a la mañana, pasando sus bienes a engrosar el patrimonio de la Iglesia. Era un hombre valiente, pero temblaba ante los terrores velados y sombríos que pendían sobre su cabeza. Podía afrontar cualquier peligro conocido con serenidad imperturbable, pero aquella incertidumbre le destrozaba los nervios. Ocultaba sus temores a su hija, fingiendo no dar importancia al asunto, aunque ella, con la mirada perspicaz del cariño, veía con claridad que la zozobra lo consumía.
Esperaba recibir algún mensaje o reprimenda de Young por su conducta, y no se equivocaba, aunque la notificación llegó de un modo imprevisto. Al levantarse a la mañana siguiente encontró, con estupor, un pequeño cuadrado de papel prendido con un alfiler a la colcha de su cama, justo a la altura de su pecho. En él se leía, en letras toscas y gruesas:
—Se os conceden veintinueve días para enmendaros, y luego...—
Aquel punto suspensivo resultaba más aterrador que cualquier amenaza explícita. Cómo había llegado aquel papel a su estancia desconcertaba por completo a John Ferrier, pues los criados dormían en una caseta exterior y tanto puertas como ventanas habían quedado bien aseguradas. Arrugó la nota y no le dijo nada a su hija, pero el suceso le dejó el alma helada. Aquellos veintinueve días eran a todas luces la cuenta atrás del mes de plazo concedido por Young. ¿De qué valían la fuerza o el arrojo frente a un enemigo provisto de poderes tan misteriosos? La misma mano que había clavado aquel alfiler bien pudo haberle atravesado el corazón sin que él llegara a saber jamás quién lo había matado.
Aún más sobresaltado quedó a la mañana siguiente. Se habían sentado a desayunar cuando Lucy, con un grito de pasmo, señaló hacia lo alto. En el centro del techo aparecía garabateado, al parecer con un tizón, el número veintiocho. Para su hija resultaba incomprensible y él no quiso desengañarla. Aquella noche veló en vela con su fusil preparado. No vio ni oyó nada, y con todo, al despuntar la aurora, un gran veintisiete lucía pintado en la parte exterior de la puerta.
Así fue sucediéndose un día tras otro; y con la misma certeza con que llegaba la mañana, comprobaba que sus invisibles perseguidores llevaban la cuenta exacta y anotaban en algún lugar visible los días de gracia que aún le quedaban de aquel mes concedido. A veces las fatídicas cifras se leían en las paredes, a veces en el suelo; otras en cartelitos pegados en la verja del jardín o en las empalizadas. A pesar de su constante vigilancia, John Ferrier no lograba averiguar de dónde procedían aquellas advertencias diarias. Un pavor rayano en la superstición se fue apoderando de él ante aquel acoso. Se volvió hosco, demacrado y taciturno, con la mirada inquieta y atormentada de una bestia acorralada. Solo una esperanza le quedaba ya en la vida: la ansiada llegada del joven cazador de Nevada.
El número veinte dio paso al quince, y el quince al diez, pero no había rastro del ausente. Una tras otra las cifras iban menguando, sin que llegara indicio alguno de su regreso. Cada vez que resonaba el galope de un caballo por el camino o que un carretero voceaba a su yunta, el anciano corría a la cancela creyendo que el auxilio había llegado al fin. Por último, cuando vio que el cinco se convertía en cuatro y este a su vez en tres, perdió el ánimo y abandonó toda esperanza de escapar. Solo, y con su escaso conocimiento de los pasos montañosos que rodeaban la colonia, sabía de sobra que se hallaba indefenso. Los caminos transitados estaban rigurosamente vigilados y nadie podía cruzarlos sin un salvoconducto del Consejo. Hacia cualquier lado que mirase, parecía imposible eludir el golpe fatal que pendía sobre ellos. Con todo, el anciano jamás vaciló en su resolución de entregar antes la vida que consentir en lo que juzgaba la deshonra de su hija.
Hallábase sentado a solas cierta tarde, cavilando amargamente en sus desdichas y buscando en vano alguna vía de escape. Aquella mañana la pared de su vivienda había exhibido el número dos, y el día siguiente sería el postrero del plazo otorgado. ¿Qué ocurriría entonces? Toda suerte de visiones lúgubres y aterradoras asaltaban su fantasía. Y su hija... ¿qué sería de ella una vez que él faltara? ¿No habría escapatoria alguna de aquella red invisible tendida en torno a ellos? Dejó caer la cabeza sobre la mesa y rompió a sollozar al percatarse de su absoluta impotencia.
¿Qué sonaba allí? En el silencio de la estancia percibió un leve rascado: suave, pero sumamente perceptible en la quietud de la noche. Venía de la puerta de la casa. Ferrier se deslizó por el vestíbulo y aguzó el oído con atención. Siguió una pausa de unos instantes y luego volvió a repetirse el ruido insidioso y quedo. Alguien llamaba muy suavemente a uno de los cuarterones de la puerta. ¿Sería algún asesino nocturno enviado para consumar las órdenes sangrientas del tribunal secreto? ¿O acaso algún secuaz encargado de señalar que había expirado el último día de gracia? John Ferrier sintió que la muerte instantánea era preferible a aquella zozobra que le quebrantaba el ánimo y le helaba la sangre. Lanzándose hacia adelante, descorrió el cerrojo y abrió la puerta de par en par.
Afuera todo estaba en calma y silencio. La noche era clara y las estrellas refulgían con nitidez en el cielo. Ante los ojos del granjero se extendía el pequeño jardín delantero rodeado por la cerca y la cancela, pero ni allí ni en el camino se divisaba alma viviente. Con un suspiro de alivio, Ferrier miró a izquierda y derecha, hasta que, al bajar la vista hacia sus propios pies, descubrió con pasmo la silueta de un hombre tendido boca abajo sobre el suelo, con las piernas y los brazos completamente despatarrados.
Tan desconcertado quedó ante aquella visión que se apoyó contra la pared llevándose la mano a la garganta para ahogar un grito de sorpresa. Su primer pensamiento fue que aquel bulto correspondía a un hombre herido o agonizante, pero al observarlo lo vio deslizarse por el piso hacia el vestíbulo con la ligereza y el silencio de una sierpe. Una vez dentro de la casa, el recién llegado se puso en pie de un brinco, cerró la puerta y reveló ante el atónito granjero el rostro moreno y la mirada resuelta de Jefferson Hope.
—¡Santo Dios! —jadeó John Ferrier—. ¡Qué susto me has dado! ¿Por qué demonios entraste de semejante manera?
Fin del Episodio 20 · de 26
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