Estudio en escarlata·Episodio 19

John Ferrier habla con el Profeta

~9 min · 1827 palabras

Habían transcurrido tres semanas desde que Jefferson Hope y sus camaradas partieran de Salt Lake City. A John Ferrier se le encogía el corazón al pensar en el regreso del muchacho y en la inminente pérdida de su hija adoptiva. Con todo, la dicha que irradiaba el rostro alegre de Lucy lo reconciliaba con aquel desenlace mejor de lo que hubiera podido hacerlo cualquier razonamiento. Siempre había resuelto, en lo más recóndito de su firme corazón, que nada en el mundo le induciría a consentir que su hija desposara a un mormón. Semejante enlace no lo consideraba un matrimonio, sino una afrenta y una deshonra. Pensase lo que pensase acerca de las doctrinas mormonas, en ese punto concreto se mantenía inflexible. Tuvo que sellarse los labios al respecto, no obstante, pues expresar una opinión heterodoxa resultaba en aquellos tiempos un asunto sumamente peligroso en la Tierra de los Santos.

Sí, un asunto peligroso: tan peligroso que aun los más piadosos apenas osaban susurrar sus opiniones religiosas con un hilo de voz, temerosos de que cuanto cayese de sus labios pudiera malinterpretarse y acarrearles un castigo fulminante. Las víctimas de la persecución se habían transformado ahora en perseguidores por cuenta propia, y en perseguidores de la catadura más espantosa. Ni la Inquisición de Sevilla, ni el tribunal secreto de Westfalia, ni las sociedades secretas de Italia lograron jamás poner en marcha una maquinaria más temible que la que arrojaba su negra sombra sobre el territorio de Utah.

Su carácter invisible y el misterio que la rodeaba hacían a esta organización doblemente terrible. Parecía omnisciente y todopoderosa, y sin embargo nadie la veía ni la oía. El hombre que se oponía a la Iglesia se esfumaba en la nada, sin que nadie supiese adónde había ido ni qué suerte le había deparado. Su mujer y sus hijos lo aguardaban en el hogar, pero ningún padre regresaba jamás para contarles qué le había acontecido a manos de sus jueces secretos. Una palabra imprudente o un acto precipitado traían consigo la aniquilación, y nadie alcanzaba a comprender la naturaleza de aquel temible poder suspendido sobre sus cabezas. No era de extrañar que las gentes anduvieran sobrecogidas de temor y temblor, y que ni siquiera en medio del desierto osaran susurrar las dudas que les oprimían el alma.

Al principio aquel poder difuso y terrible solo se ejercía contra los recalcitrantes que, habiendo abrazado la fe mormona, deseaban luego adulterarla o abandonarla. Muy pronto, empero, cobró mayor alcance. El número de mujeres adultas empezaba a escasear, y la poligamia sin una población femenina de la que nutrirse era en verdad una doctrina estéril. Comenzaron a circular extraños rumores: rumores de colonos asesinados y campamentos saqueados en parajes donde jamás se habían visto indios. Nuevas mujeres aparecían en los harenes de los ancianos: mujeres que languidecían, lloraban y llevaban impresas en el rostro las huellas de un espanto imborrable. Viajeros rezagados por las montañas hablaban de partidas de hombres armados, enmascarados, sigilosos e imperceptibles, que cruzaban a su lado en la oscuridad. Aquellos relatos y murmullos fueron cobrando cuerpo y forma, corroborándose una y otra vez hasta cuajar en un nombre bien definido. Hasta el día de hoy, en los solitarios ranchos del Oeste, el nombre de la Banda Danita o de los Ángeles Vengadores conserva un eco siniestro y funesto.

El conocimiento más detallado de la hermandad que producía resultados tan atroces sirvió para acrecentar, antes que para mitigar, el espanto que infundía en el ánimo de las gentes. Nadie sabía a ciencia cierta quién pertenecía a aquella sociedad implacable. Los nombres de quienes tomaban parte en las fechorías de sangre y violencia perpetradas en nombre de la religión se guardaban en el más riguroso secreto. El mismísimo amigo al que confiabas tus recelos acerca del Profeta y de su misión bien podía ser uno de aquellos que acudían en mitad de la noche a sangre y fuego para cobrarse una terrible expiación. Por ende, cada cual desconfiaba de su vecino, y nadie se atrevía a hablar de aquello que más hondamente guardaba en el corazón.

Una hermosa mañana, cuando John Ferrier se disponía a marchar a sus trigales, oyó el chasquido del pestillo y, al asomarse a la ventana, vio a un hombre corpulento, pelirrojo y de mediana edad que subía por el sendero. El corazón le dio un vuelco, pues no se trataba de otro que del mismísimo Brigham Young en persona. Lleno de turbación —pues bien sabía que una visita semejante no le auguraba nada bueno—, Ferrier acudió a la puerta a recibir al patriarca mormón. Este, sin embargo, acogió los saludos con frialdad y lo siguió a la sala de estar con semblante adusto.

—Hermano Ferrier —dijo, tomando asiento y observando al granjero con mirada penetrante bajo sus pestañas claras—, los verdaderos creyentes han sido buenos amigos contigo. Te recogimos cuando morías de hambre en el desierto, compartimos nuestro pan contigo, te condujimos a salvo hasta el Valle Elegido, te dimos una generosa porción de tierra y te permitimos enriquecerte al amparo de nuestra protección. ¿No es esto cierto?

—Es verdad —respondió John Ferrier.

—En recompensa por todo ello solo pusimos una condición: que abrazases la verdadera fe y te amoldases en todo a sus preceptos. Prometiste cumplirlo y, si hemos de dar crédito a lo que se cuenta, lo has desatendido.

—¿Y en qué lo he desatendido? —preguntó Ferrier, abriendo los brazos en ademán de protesta—. ¿Acaso no he aportado al fondo común? ¿Acaso no he asistido al templo? ¿Acaso no...?

—¿Dónde están tus esposas? —preguntó Young, mirando a su alrededor—. Hazlas pasar para que pueda saludarlas.

—Es cierto que no me he casado —respondió Ferrier—. Pero escaseaban las mujeres y había muchos que tenían más derecho que yo. Además no me sentía solo: tenía a mi hija para atender mis necesidades.

—De esa hija es de quien vengo a hablarte —dijo el líder mormón—. Ha crecido hasta convertirse en la flor de Utah, y ha hallado gracia a los ojos de muchos varones principales de esta tierra.

John Ferrier gimió para sus adentros.

—Circulan rumores sobre ella que de buen grado desearía no creer: rumores de que está prometida a cierto gentil. Deben de ser habladurías de lenguas ociosas. ¿Qué reza el decimotercer precepto del código del santo Joseph Smith? «Que toda doncella de la verdadera fe despose a uno de los elegidos, pues si se une a un gentil, incurre en grave pecado». Siendo así, resulta inconcebible que tú, que profesas el sagrado credo, permitas que tu hija lo quebrante.

John Ferrier no respondió, limitándose a juguetear con nerviosismo con su fusta de montar.

—En este punto preciso se pondrá a prueba toda tu fe; así lo ha resuelto el Sagrado Consejo de los Cuatro. La muchacha es joven, y no pretendemos que se case con canas ni deseamos privarla de toda elección. Los ancianos poseemos muchas terneras, pero también es preciso proveer a nuestros hijos. Stangerson tiene un hijo y Drebber tiene otro, y cualquiera de ellos acogería con júbilo a tu hija en su hogar. Que elija entre ambos. Son jóvenes, acaudalados y de la verdadera fe. ¿Qué dices a eso?

Heber C. Kemball, en uno de sus sermones, alude a sus cien esposas bajo este cariñoso apelativo.

Ferrier permaneció callado durante algún tiempo con el ceño fruncido.

—Nos dará algún tiempo —dijo al fin—. Mi hija es muy joven... apenas tiene edad para casarse.

—Tendrá un mes de plazo para elegir —dijo Young, levantándose de su asiento—. Al expirar ese plazo habrá de dar su respuesta.

Ya cruzaba la puerta cuando se volvió con el semblante encendido y los ojos relampagueantes. —¡Más os valdría, John Ferrier —atronó con voz terrible—, que tú y ella yacierais ahora convertidos en blancos esqueletos sobre la Sierra Blanca, antes que oponer vuestra débil voluntad a los mandatos de los Cuatro Santos!

Con un ademán amenazador de la mano se alejó de la puerta, y Ferrier oyó el crujido de sus pisadas pesadas sobre la grava del sendero.

Aún permanecía sentado con los codos en las rodillas, cavilando cómo plantearle el asunto a su hija, cuando una mano suave se posó sobre la suya y, al alzar la vista, la vio de pie a su lado. Una sola mirada a su rostro pálido y asustado le bastó para comprender que lo había oído todo.

—No pude evitarlo —dijo ella, respondiendo a su mirada—. Su voz resonaba por toda la casa. ¡Padre, padre mío, ¿qué vamos a hacer?!

—No te asustes, hija —respondió atrayéndola hacia sí y pasándole con ternura su mano ancha y encallecida por los cabellos castaños—. Ya encontraremos alguna salida. ¿Acaso sientes que tu inclinación por ese muchacho ha menguado?

Un sollozo y un apretón de manos fueron su única respuesta.

—No, desde luego que no. No me gustaría oírte decir lo contrario. Es un buen muchacho y es cristiano, que es más de lo que puede decirse de estas gentes, por mucho que recen y prediquen. Mañana sale una partida hacia Nevada y me las ingeniaré para mandarle un recado explicándole en qué aprieto nos hallamos. Si conozco en algo a ese joven, estará de vuelta aquí con una rapidez capaz de dejar atrás al telégrafo.

Lucy rio entre lágrimas ante la ocurrencia de su padre.

—Cuando venga nos aconsejará lo más conveniente. Pero es por ti por quien tengo miedo, padre mío. Se oyen... se oyen historias tan espantosas de quienes se oponen al Profeta: siempre les ocurre algo terrible.

—Pero todavía no nos hemos opuesto a él —respondió su padre—. Ya habrá tiempo de capear el temporal cuando lo hagamos. Tenemos un mes entero por delante; y al terminar ese mes, creo que lo más sensato será poner pies en polvorosa y marcharnos de Utah.

—¡Marcharnos de Utah!

—Esa es la verdad, hija.

—¿Y la granja?

—Sacaremos cuanto podamos en dinero y dejaremos estar lo demás. A decir verdad, Lucy, no es la primera vez que se me pasa por la cabeza. No me gusta agachar la cabeza ante nadie, como hacen todos estos ante su maldito profeta. He nacido americano libre y todo esto me resulta extraño. Me temo que soy demasiado viejo para aprender a someterme. Si vuelve a merodear por esta granja, bien podría toparse con una perdigonada que vuele en sentido contrario.

—Pero no nos dejarán marchar —objetó su hija.

—Espera a que llegue Jefferson y ya nos las arreglaremos. Entretanto no te angusties, tesoro, y no te hinches los ojos de llorar, que si no, ese muchacho me va a pedir cuentas cuando te vea. No hay nada que temer ni existe peligro alguno.

John Ferrier pronunció estas palabras de consuelo en tono de absoluta confianza, pero ella no pudo por menos de advertir que aquella noche su padre puso un celo desacostumbrado al atrancar las puertas, y que limpió y cargó con minucioso esmero la vieja escopeta enmohecida que colgaba de la pared de su dormitorio.

Fin del Episodio 19 · de 26

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