Estudio en escarlata·Episodio 18

La flor de Utah · II

~5 min · 987 palabras

Espero que no se haya hecho daño, señorita —dijo su salvador con respeto.

Ella alzó los ojos hacia aquel rostro moreno y fiero, y soltó una risa fresca. —Me he llevado un susto tremendo —dijo con ingenuidad—. ¿Quién se iba a figurar que Poncho se asustaría tanto por unas cuantas vacas?

—Gracias a Dios que no se cayó de la montura —dijo el otro con fervor. Era un muchacho alto y de fuerza salvaje en el semblante, a lomos de un corpulento caballo ruano y vestido con el rudo atuendo de cazador, con un largo fusil terciado a la espalda—. Supongo que es la hija de John Ferrier —señaló—; la vi bajar a caballo desde su casa. Cuando lo vea, pregúntele si se acuerda de los Jefferson Hope de San Luis. Si se trata del mismo Ferrier, mi padre y él fueron muy amigos.

—¿No sería mejor que viniese a preguntárselo usted mismo? —propuso ella con recato.

El muchacho pareció complacido ante la sugerencia, y sus ojos oscuros chispearon de contento. —Eso haré —dijo—; llevamos dos meses por las montañas y no tenemos las mejores galas para andar de visita. Tendrá que recibirnos tal como estamos.

—Tiene mucho que agradecerle, y yo también —respondió ella—; me quiere con locura. Si aquellas vacas me hubieran arrollado, jamás se habría repuesto.

—Ni yo tampoco —dijo su compañero.

—¡Usted! Bueno, no veo por qué le iba a importar tanto, de todos modos. Ni siquiera es amigo nuestro.

El rostro bronceado del joven cazador se ensombreció tanto con esa réplica que Lucy Ferrier se echó a reír con ganas.

—Bueno, no quise decir eso —repuso ella—; por supuesto que ahora es un amigo. Venga a vernos. Ahora tengo que apurarme, o mi padre no volverá a confiarme sus encargos. ¡Adiós!

—Adiós —respondió él, alzando su amplio sombrero e inclinándose sobre la manita de ella. Lucy hizo girar a su mustang, le dio un toque con la fusta y se alejó como una flecha camino adelante envuelta en una densa nube de polvo.

El joven Jefferson Hope prosiguió la marcha junto a sus compañeros, sombrío y taciturno. Habían estado buscando plata por las montañas de Nevada y regresaban a Salt Lake City con la esperanza de reunir el capital suficiente para explotar ciertos filones que habían descubierto. Él había mostrado tanto empeño en el negocio como cualquiera de ellos hasta que aquel repentino incidente desvió sus pensamientos hacia otro rumbo. La visión de la hermosa muchacha, tan sincera y saludable como las brisas de la sierra, le había conmovido el corazón volcánico e indómito hasta lo más hondo. Cuando ella desapareció de su vista, comprendió que había llegado un trance decisivo a su vida y que ni las prospecciones de plata ni ningún otro asunto volverían a tener para él tanta importancia como aquel sentimiento nuevo y avasallador. El amor que había prendido en su pecho no era el capricho repentino y antojadizo de un muchacho, sino la pasión fiera e impetuosa de un hombre de voluntad férrea y temperamento imperioso. Estaba acostumbrado a triunfar en cuanto acometía. Juró en su fuero interno que no fracasaría en esta ocasión si el esfuerzo y la constancia de un hombre podían coronarlo con el éxito.

Esa noche visitó a John Ferrier, y lo hizo en muchas otras ocasiones, hasta que su semblante se volvió habitual en la granja. John, confinado en el valle y absorto en sus faenas, apenas había tenido ocasión de enterarse de las novedades del mundo exterior durante los últimos doce años. Todo eso supo contárselo Jefferson Hope, y con una amenidad que cautivaba tanto a Lucy como a su padre. Había sido pionero en California y refería singulares relatos de fortunas amasadas y fortunas perdidas en aquellos días indómitos y dorados. Había sido además explorador, trampero, buscador de plata y ranchero. Allá donde se presentara una aventura emocionante, allí había acudido Jefferson Hope en su busca. No tardó en convertirse en el preferido del viejo granjero, que alababa con entusiasmo sus virtudes. En tales momentos Lucy guardaba silencio, pero sus mejillas sonrojadas y sus ojos brillantes y dichosos pregonaban con sobrada elocuencia que su corazón ya no le pertenecía. Puede que su honrado padre no reparara en estos indicios, pero sin duda no pasaron inadvertidos para el hombre que había conquistado su cariño.

Corría una tarde de verano cuando él llegó al galope camino abajo y se detuvo ante la cerca. Ella estaba en el umbral y bajó a recibirlo. Él echó las riendas sobre la valla y avanzó a grandes zancadas por el sendero.

—Me marcho, Lucy —dijo él, tomándole ambas manos entre las suyas y mirándole el rostro con ternura—; no te pediré que vengas conmigo ahora, pero ¿estarás lista para partir cuando vuelva por ti?

—¿Y cuándo será eso? —preguntó ella, sonrojada y risueña.

—Un par de meses a lo sumo. Vendré entonces a reclamarte, cariño mío. Nadie podrá interponerse entre los dos.

—¿Y qué dice mi padre? —inquirió ella.

—Ya ha dado su consentimiento, siempre que logremos poner en marcha esas minas. No tengo ningún temor en ese aspecto.

—Ah, bueno; desde luego, si tú y mi padre ya lo habéis arreglado todo, no queda nada más que hablar —susurró ella, apoyando la mejilla contra su ancho pecho.

—¡Gracias a Dios! —dijo él con voz ronca, inclinándose para besarla—. Queda cerrado entonces. Cuanto más me demore, más duro me será partir. Me están esperando en el cañón. Adiós, cariño mío... adiós. En dos meses volverás a verme.

Se apartó de ella al pronunciar estas palabras y, arrojándose sobre su montura, partió a galope tendido sin volver la vista atrás, como temeroso de que flaqueara su resolución si miraba una sola vez aquello que dejaba tras de sí. Ella permaneció junto a la cerca, siguiéndolo con la mirada hasta que se perdió de vista. Luego regresó a la casa: era la doncella más feliz de todo Utah.

Fin del Episodio 18 · de 26

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