Estudio en escarlata·Episodio 17

La flor de Utah · I

~8 min · 1572 palabras

No es este el lugar oportuno para evocar las penalidades y privaciones que sufrieron los emigrantes mormones antes de alcanzar su refugio definitivo. Desde las riberas del Misisipi hasta las estribaciones occidentales de las Montañas Rocosas habían luchado con una perseverancia casi inaudita en la historia. Los hombres salvajes y las fieras salvajes, el hambre, la sed, la extenuación y la enfermedad: todos los obstáculos que la naturaleza pudo interponer en su camino quedaron superados con tenacidad anglosajona. Sin embargo, el dilatado viaje y los temores acumulados habían hecho vacilar el ánimo de los más firmes entre ellos. No hubo ninguno que no cayera de rodillas en fervorosa plegaria cuando vieron extenderse a sus pies el ancho valle de Utah bañado por la luz del sol, y escucharon de labios de su caudillo que aquella era la tierra prometida y que aquellas tierras vírgenes serían suyas para siempre.

Young demostró muy pronto ser un administrador habilidoso además de un caudillo resuelto. Se levantaron planos y se trazaron mapas en los que se proyectó la futura urbe. En los alrededores se repartieron y asignaron granjas en proporción a la jerarquía de cada cual. El comerciante fue destinado a su oficio y el artesano a su menester. En la población surgieron calles y plazas como por arte de magia. En el campo se drenaban tierras, se alzaban setos, se plantaba y se desbrozaba, hasta que el verano siguiente contempló toda la comarca dorada por la mies del trigo. Todo prosperaba en aquel singular asentamiento. Por encima de todo, el gran templo que habían erigido en el corazón de la ciudad crecía sin cesar en altura y extensión. Desde las primeras luces del alba hasta el declinar del crepúsculo, el estrépito del martillo y el chirrido de la sierra jamás enmudecían en el monumento que los inmigrantes alzaban a Aquel que los había conducido sanos y salvos a través de incontables peligros.

Los dos desamparados, John Ferrier y la pequeña que había compartido su suerte y a quien había adoptado como hija, acompañaron a los mormones hasta el término de su gran peregrinación. La pequeña Lucy Ferrier viajó con bastante comodidad en la carreta del anciano Stangerson, morada que compartía con las tres esposas del mormón y con su hijo, un chiquillo testarudo y despierto de doce años. Habiéndose repuesto, con la flexibilidad propia de la niñez, del tremendo golpe de la muerte de su madre, no tardó en ganarse el cariño de las mujeres y se adaptó a aquella nueva existencia en su hogar rodante de lona. Entretanto, Ferrier, recobrado ya de sus fatigas, descolló como guía servicial y cazador infatigable. Con tal rapidez se granjeó la estima de sus nuevos camaradas que, cuando concluyeron sus andanzas, se convino por unanimidad concederle una parcela de tierra tan dilatada y fértil como la de cualquier otro colono, con la sola excepción del propio Young y de Stangerson, Kemball, Johnston y Drebber, que eran los cuatro ancianos principales.

En la finca así adquirida construyó John Ferrier una sólida cabaña de troncos, a la que en los años sucesivos añadió tantas dependencias que terminó convertida en una espaciosa quinta. Era hombre de carácter práctico, diestro en sus tratos y habilidoso de manos. Su complexión de hierro le permitía trabajar de sol a sol mejorando y labrando sus tierras. De ahí que su granja y cuanto le pertenecía prosperasen en grado sumo. Al cabo de tres años disfrutaba de una desahogada ventaja sobre sus vecinos; a los seis estaba acomodado; a los nueve era rico, y a los doce no había ni media docena de hombres en todo Salt Lake City que pudieran comparársele. Desde el gran mar interior hasta las lejanas montañas Wasatch no existía nombre más conocido que el de John Ferrier.

Hubo un punto, y solo uno, en el que hirió las susceptibilidades de sus correligionarios. Ningún argumento ni persuasión pudo inducirle jamás a fundar un harén femenino a imitación de sus compañeros. Jamás ofreció explicaciones de semejante y obstinada negativa, limitándose a perseverar de forma resuelta e inflexible en su determinación. Hubo quien lo acusó de tibieza en la religión que había abrazado, mientras otros lo achacaban a la codicia y a su renuencia a contraer gastos. Otros, en cambio, hablaban de ciertos amores de juventud y de una muchacha rubia que se había consumido de pena a orillas del Atlántico. Fuese cual fuese la causa, Ferrier permaneció rigurosamente célibe. En todos los demás aspectos se amoldaba a la fe de la naciente colonia y se ganó la fama de ser un hombre recto y cabal.

Lucy Ferrier creció en aquella casa de madera y ayudaba a su padre adoptivo en todas sus faenas. El aire puro de las montañas y el balsámico aroma de los pinares hicieron las veces de nodriza y madre para la muchacha. Con el paso de los años fue haciéndose más alta y fuerte, con las mejillas más frescas y el andar más ágil. Más de un caminante por el camino real que pasaba junto a la granja de Ferrier sintió renacer en su memoria pensamientos largo tiempo olvidados al contemplar su esbelta figura juvenil correteando por los trigales, o al cruzarse con ella montada en el mustang de su padre, al que gobernaba con toda la destreza y gallardía de una auténtica criatura del Oeste. Así el capullo se transformó en flor, y el año en que su padre se consagró como el más rico de los hacendados la coronó a ella como una de las doncellas más bellas de cuantas poblaban la vertiente del Pacífico.

No fue el padre, sin embargo, el primero en descubrir que la niña se había convertido en mujer. Raras veces ocurre así en tales casos. Ese cambio misterioso es demasiado sutil y paulatino para medirse por fechas. Menos que nadie lo sospecha la propia doncella hasta que el acento de una voz o el roce de una mano hace estremecer su corazón, comprendiendo entonces, con una mezcla de orgullo y sobresalto, que una naturaleza nueva y más profunda ha despertado en su ser. Pocos habrá que no recuerden aquel día y el menudo incidente que anunció la alborada de una nueva vida. En el caso de Lucy Ferrier la ocasión revistió gravedad suficiente de por sí, al margen de la trascendencia que habría de tener en su destino y en el de muchos otros.

Era una cálida mañana de junio, y los Santos de los Últimos Días andaban tan atareados como las abejas cuya colmena habían adoptado por blasón. En los campos y en las calles vibraba el mismo rumor de afán industrioso. Por los polvorientos caminos reales desfilaban largas hileras de mulas cargadas en dirección al oeste, pues la fiebre del oro se había desatado en California y la Ruta Terrestre cruzaba la Ciudad de los Elegidos. Por allí marchaban también rebaños de ovejas y bueyes llegados de los pastizales periféricos, y caravanas de fatigados inmigrantes, con hombres y cabalgaduras extenuados por su interminable travesía. A través de aquella variopinta concurrencia, abriéndose paso con la destreza de una experta amazona, galopaba Lucy Ferrier, con el hermoso rostro encendido por el ejercicio y su larga melena castaña flotando a la espalda. Llevaba un recado de su padre a la ciudad y avanzaba a toda marcha, como había hecho ya en tantas ocasiones, con la temeridad propia de la juventud, atenta solo a su cometido y al modo de cumplirlo. Los aventureros cubiertos de polvo la contemplaban con asombro al pasar, y hasta los impasibles indios que viajaban con sus pieles suavizaban su acostumbrado estoicismo, maravillados ante la belleza de la doncella de rostro pálido.

Había alcanzado los arrabales de la ciudad cuando encontró el camino cortado por una enorme manada de reses que guiaba media docena de vaqueros de aspecto bravío venidos de los llanos. En su impaciencia intentó sortear aquel estorbo metiendo el caballo por lo que parecía ser un claro. Mas apenas hubo penetrado en él, los animales se cerraron a sus espaldas, viéndose por entero aprisionada en aquella corriente movediza de novillos de cornamenta larga y miradas fieras. Acostumbrada a lidiar con el ganado, no se alarmó por su situación, sino que aprovechó cada resquicio para apremiar a su caballo con la esperanza de abrirse paso a través de la manada. Por desgracia, las astas de una de las bestias, fuese por azar o por descuido, chocaron con violencia contra el anca del mustang, enfureciéndolo hasta la locura. En un instante se alzó de manos con un bufido de cólera, encabritándose y coceando con tal furor que habría desmontado a cualquiera que no fuese un jinete consumado. El trance estaba lleno de peligro. Cada sacudida del caballo excitado lo arrojaba de nuevo contra los cuernos, avivando su desesperación. La muchacha hacía cuanto podía por mantenerse en la silla, pues el menor resbalón supondría una muerte espantosa bajo las pezuñas de aquellos animales torpes y espantados. Poco acostumbrada a trances semejantes, la cabeza comenzó a darle vueltas y su mano aflojó las riendas. Asfixiada por la densa nube de polvo y por el vaho de las bestias acorraladas, habría cejado en su empeño presa del pavor de no haber sido por una voz bondadosa a su lado que le prometió socorro. En ese mismo instante, una mano morena y nervuda asió al caballo asustado por el bocado y, abriéndose paso entre la vacada, la puso a salvo en campo abierto.

Fin del Episodio 17 · de 26

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