Estudio en escarlata·Episodio 16

En la gran llanura alcalina · II

~7 min · 1374 palabras

A la cabeza de la columna cabalgaba una veintena de hombres de semblante grave y ceño inflexible, vestidos con toscas ropas caseras de tonos sombríos y armados con fusiles. Al llegar al pie del promontorio se detuvieron y celebraron un breve consejo entre ellos.

—Los pozos están a la derecha, hermanos míos —dijo uno, un hombre de labios apretados, afeitado y con el pelo canoso.

—A la derecha de la Sierra Blanca... así llegaremos al Río Grande —dijo otro.

—No temáis por el agua —exclamó un tercero—. Aquel que supo brotarla de las rocas no abandonará ahora a su pueblo escogido.

—¡Amén! ¡Amén! —respondió toda la partida.

Iban a reanudar la marcha cuando uno de los más jóvenes y de mirada más aguda lanzó una exclamación y señaló hacia el escarpado peñasco que se alzaba sobre ellos. Desde su cumbre ondeaba un jirón rosado que destacaba nítido y brillante contra las rocas grises del fondo. Al verlo, hubo un enfrenar general de caballos y un descolgar de fusiles, al tiempo que otros jinetes llegaban al galope para reforzar la vanguardia. La palabra «pieles rojas» estaba en labios de todos.

—No puede haber muchos indios por aquí —dijo el hombre de más edad, que parecía estar al mando—. Ya dejamos atrás a los pawnees, y no hay otras tribus hasta que crucemos las grandes montañas.

—¿Avanzo a ver, hermano Stangerson? —preguntó uno de la partida.

—¡Y yo! ¡Y yo! —gritaron una docena de voces.

—Dejad los caballos abajo y os esperaremos aquí —respondió el anciano. Al momento los muchachos echaron pie a tierra, amarraron sus monturas y comenzaron a trepar por la empinada ladera que conducía hacia el objeto que había despertado su curiosidad. Avanzaban con rapidez y sin hacer ruido, con la soltura y destreza de exploradores expertos. Quienes vigilaban desde el llano los veían cruzar de roca en roca hasta recortarse sus siluetas contra el cielo. El joven que había dado la voz de alarma marchaba a la cabeza. De pronto sus compañeros le vieron levantar los brazos como anonadado por el asombro, y al unirse a él quedaron embargados por la misma impresión ante el cuadro que se abrió ante sus ojos.

En la pequeña meseta que coronaba la colina desierta se erguía un peñasco gigantesco y solitario, y apoyado contra él yacía un hombre alto, de largas barbas y facciones duras, pero de una delgadez extrema. Su rostro apacible y su respiración acompasada denotaban que dormía profundamente. A su lado descansaba una niña menuda, cuyos bracitos blancos y rollizos rodeaban el cuello moreno y enjuto del hombre, con la cabecita de rizos dorados apoyada en el pecho de su chaqueta de terciopelo. Tenía los labios sonrosados entreabiertos, dejando ver la hilera primorosa de sus dientes blanquísimos, y una sonrisa risueña iluminaba sus facciones infantiles. Sus piernas blancas y regordetas, rematadas por calcetines blancos y zapatos limpios de hebillas relucientes, formaban un extraño contraste con las extremidades largas y consumidas de su acompañante. En la repisa de roca situada sobre aquella insólita pareja se posaban tres solemnes zopilotes, que al ver a los recién llegados lanzaron graznidos roncos de despecho y se alejaron batiendo las alas con desgana.

Los chillidos de aquellas aves inmundas despertaron a los dos durmientes, que miraron a su alrededor con desconcierto. El hombre se puso en pie tambaleándose y contempló la llanura que tan solitaria estaba cuando el sueño le había vencido, y que ahora cruzaba aquel enorme gentío de hombres y bestias. Una expresión de incredulidad se dibujó en su rostro mientras miraba, y se pasó la mano huesuda por los ojos. —Esto debe de ser lo que llaman delirio —masculló. La niña permanecía junto a él, agarrada al faldón de su chaqueta, sin decir palabra, pero recorriendo cuanto la rodeaba con la mirada asombrada e interrogante de la infancia.

La partida de rescate no tardó en convencer a los dos náufragos de que su presencia no era ninguna ilusión. Uno de ellos cogió a la niña y la acomodó sobre sus hombros, mientras otros dos sostenían al demacrado compañero y lo ayudaban a descender hacia las carretas.

—Me llamo John Ferrier —explicó el caminante—; esa pequeñuela y yo somos todo lo que queda de veintiuna personas. Todos los demás han muerto de sed y hambre allá por el sur.

—¿Es hija suya? —preguntó alguien.

—Supongo que ahora sí —exclamó el otro en tono desafiante—; es mía porque la he salvado. Ningún hombre me la quitará. A partir de hoy se llamará Lucy Ferrier. ¿Y ustedes quiénes son? —continuó, mirando con curiosidad a sus fornidos y curtidos salvadores—. Parece que son una buena multitud.

—Cerca de diez mil —dijo uno de los jóvenes—; somos los hijos perseguidos de Dios, los elegidos del ángel Moroni.

—Nunca había oído hablar de él —dijo el viajero—. Pero parece que ha escogido a una buena muchedumbre de ustedes.

—No te burles de lo sagrado —dijo el otro con severidad—. Pertenecemos a quienes creemos en las sagradas escrituras, trazadas en caracteres egipcios sobre planchas de oro batido, que le fueron entregadas al santo Joseph Smith en Palmyra. Venimos de Nauvoo, en el estado de Illinois, donde habíamos levantado nuestro templo. Hemos venido a buscar refugio contra los hombres violentos y contra los impíos, aunque sea en el corazón del desierto.

El nombre de Nauvoo trajo a la memoria de John Ferrier ciertos recuerdos. —Ya comprendo —dijo—; ustedes son los mormones.

—Somos los mormones —respondieron sus acompañantes al unísono.

—¿Y adónde van?

—No lo sabemos. La mano de Dios nos conduce a través de la persona de nuestro Profeta. Debes comparecer ante él. Él dispondrá lo que ha de hacerse con vosotros.

Para entonces ya habían llegado al pie de la colina y se vieron rodeados por multitudes de peregrinos: mujeres de rostros pálidos y aire humilde, niños robustos y risueños, y hombres de mirada inquieta y severa. Fueron muchos los clamores de asombro y compasión que brotaron entre ellos al advertir la corta edad de una de las desconocidas y el desamparo del otro. La escolta no se detuvo, sin embargo, sino que siguió avanzando, seguida por una gran multitud de mormones, hasta llegar a una carreta que destacaba por sus grandes dimensiones y por su aspecto vistoso y elegante. Tiraban de ella seis caballos, mientras que las demás contaban con dos o a lo sumo cuatro cada una. Junto al cochero iba sentado un hombre que no aparentaba más de treinta años, pero cuya cabeza maciza y expresión resuelta lo acreditaban como un jefe. Leía un libro encuadernado en piel marrón, pero al acercarse la multitud lo dejó a un lado y escuchó con atención el relato de lo acaecido. Luego se dirigió a los dos náufragos.

—Si os acogemos entre nosotros —dijo con solemnidad—, solo podrá ser como creyentes de nuestra propia doctrina. No admitiremos lobos en nuestro redil. Vale más que vuestros huesos se blanqueen en este desierto a que resultéis ser esa pequeña mota de podredumbre que con el tiempo corrompe todo el fruto. ¿Aceptáis venir con nosotros bajo estas condiciones?

—Iré con ustedes bajo cualquier condición —dijo Ferrier con tanto énfasis que los graves ancianos no pudieron reprimir una sonrisa. Solo el caudillo mantuvo su semblante severo e imponente.

—Hazte cargo de él, hermano Stangerson —dijo—; dale comida y bebida, y lo mismo a la niña. Que sea también tarea tuya instruirle en nuestro sagrado credo. Nos hemos demorado ya demasiado. ¡Adelante! ¡Hacia Sión, siempre hacia Sión!

—¡Hacia Sión, siempre hacia Sión! —gritó la muchedumbre de mormones, y las palabras ondularon a lo largo de la inmensa caravana, pasando de boca en boca hasta apagarse en un sordo murmullo en la lejanía. Con chasquidos de látigos y crujidos de ruedas, las grandes carretas se pusieron en marcha y pronto toda la comitiva volvió a serpentear por el camino. El anciano a cuyo cuidado habían sido confiados los dos desamparados los condujo hasta su carreta, donde ya los esperaba una comida.

—Os quedaréis aquí —dijo—. En unos días os habréis recuperado del cansancio. Entre tanto, recordad que desde ahora y para siempre pertenecéis a nuestra religión. Brigham Young lo ha dicho, y él ha hablado con la voz de Joseph Smith, que es la voz de Dios.

Fin del Episodio 16 · de 26

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