Estudio en escarlata·Episodio 15

En la gran llanura alcalina · I

~11 min · 2216 palabras

En la parte central del gran continente norteamericano se extiende un desierto árido y repulsivo que durante muchos años sirvió de barrera contra el avance de la civilización. Desde Sierra Nevada hasta Nebraska, y desde el río Yellowstone al norte hasta el Colorado por el sur, se extiende una región de desolación y silencio. Tampoco la naturaleza se muestra siempre del mismo temple en todo este sombrío territorio. Abarca montañas encumbradas y nevadas, así como valles oscuros y lúgubres. Hay ríos caudalosos y veloces que se precipitan por cañones escarpados; y hay llanuras enormes que en invierno blanquean de nieve y en verano se vuelven grises con el polvo salino del álcali. Todas conservan, no obstante, los rasgos comunes de la aridez, la inhóspita dureza y la miseria.

No hay habitantes en esta tierra de desesperanza. Una partida de pawnees o de pies negros puede cruzarla de tarde en tarde para alcanzar otros cazaderos, pero aun los más aguerridos de entre sus bravos se alegran de perder de vista aquellas llanuras sobrecogedoras y encontrarse de nuevo en sus praderas. El coyote merodea entre los matorrales, el zopilote aletea pesadamente en el aire y el torpe oso pardo avanza desgarbado por los barrancos sombríos, buscando el sustento que puede entre las rocas. Tales son los únicos moradores de este desierto.

En el mundo entero no puede haber panorama más desolador que el que se contempla desde la ladera norte de la Sierra Blanca. Hasta donde alcanza la vista se dilata la inmensa llanura llana, toda ella salpicada de manchas de álcali y entrecortada por matas de chaparral achaparrado. En el límite extremo del horizonte se alza una larga cadena de picos montañosos, con sus cumbres abruptas moteadas de nieve. En toda esa enorme extensión de tierra no se advierte indicio alguno de vida, ni de nada que pertenezca a lo vivo. No hay pájaro alguno en el firmamento azul acerado, ni movimiento sobre la tierra gris y apagada; sobre todo, reina un silencio absoluto. Por más que se afine el oído, no hay la menor sombra de un sonido en toda aquella inmensa soledad; nada más que silencio: un silencio total y sobrecogedor que oprime el corazón.

Se ha dicho que no hay nada que pertenezca a la vida en la ancha planicie. Eso apenas es exacto. Mirando hacia abajo desde la Sierra Blanca, se distingue una senda trazada a través del desierto, que serpentea y se pierde en la lejanía extrema. Está surcada de rodadas de carros y hollada por los pies de numerosos aventureros. Aquí y allá se ven desperdigados objetos blancos que brillan al sol y destacan contra los depósitos blancuzcos de álcali. ¡Acérquense a examinarlos! Son huesos: unos grandes y toscos, otros más pequeños y delicados. Los primeros pertenecieron a bueyes; los segundos, a hombres. A lo largo de mil quinientas millas es posible seguir esta macabra ruta de caravanas guiándose por los despojos esparcidos de quienes cayeron junto al camino.

Contemplando este mismo cuadro, el cuatro de mayo de mil ochocientos cuarenta y siete se hallaba en pie un viajero solitario. Su aspecto era tal que bien hubiera podido pasar por el genio o el demonio mismo de la región. A un observador le habría resultado difícil decir si estaba más cerca de los cuarenta o de los sesenta años. Tenía el rostro enjuto y demacrado, y la piel tostada, semejante a un pergamino, se tensaba sobre los huesos salientes; su larga melena castaña y su barba estaban moteadas de blanco; los ojos se le hundían en las cuencas con un brillo febril y desusado, mientras que la mano que empuñaba el fusil apenas tenía más carne que la de un esqueleto. Al estar de pie, se apoyaba en el arma para sostenerse, y con todo, su elevada estatura y la recia armadura de sus huesos denotaban una constitución correosa y vigorosa. Sin embargo, su faz demacrada y sus ropas, que colgaban flojas sobre sus miembros enflaquecidos, pregonaban la causa de aquel aire senil y decrépito. El hombre se estaba muriendo: muriendo de hambre y de sed.

Había avanzado trabajosamente barranco abajo hasta aquella pequeña elevación, con la vana esperanza de divisar algún rastro de agua. Ahora la inmensa llanura salina se extendía ante sus ojos, junto al cinturón lejano de montañas abruptas, sin señal alguna de planta o árbol que pudiera delatar la presencia de humedad. En todo aquel dilatado paisaje no cabía el menor destello de esperanza. Hacia el norte, hacia el este y hacia el oeste dirigió una mirada extraviada e interrogante, comprendiendo entonces que sus andanzas habían tocado a su fin y que allí mismo, sobre aquel risco estéril, estaba a punto de morir. —Por qué no aquí, igual que en una cama de plumas dentro de veinte años —masculló, sentándose al abrigo de un peñasco.

Antes de sentarse había posado en el suelo su inútil fusil y también un gran bulto envuelto en un chal gris, que había llevado cruzado sobre el hombro derecho. Debía de ser algo demasiado pesado para sus escasas fuerzas, pues al bajarlo golpeó la tierra con cierta violencia. Al instante brotó del envoltorio gris un gemidito lastimero, del que asomó una carita asustada, con ojos castaños muy vivaces y dos puños menudos con hoyuelos y pecas.

—¡Me has hecho daño! —dijo una voz infantil en tono de reproche.

—¿De veras? —contestó el hombre arrepentido—. No lo he hecho aposta. —Mientras hablaba desenvolvió el chal gris y sacó a una linda chiquilla de unos cinco años, cuyos zapatitos delicados y su primoroso vestido rosa con delantal de lino revelaban los cuidados de una madre. La niña estaba pálida y demacrada, pero sus brazos y piernas saludables demostraban que había sufrido menos que su compañero.

—¿Qué tal ahora? —preguntó él con ansiedad, pues la niña continuaba frotándose los enredados rizos dorados que le cubrían la nuca.

—Bésame para que se cure —dijo ella con perfecta seriedad, mostrándole el lugar del golpe—. Eso es lo que hacía mamá. ¿Dónde está mamá?

—Mamá se ha ido. Supongo que la verás dentro de poco.

—¡Se ha ido! —exclamó la niña—. Qué raro, no se despidió; casi siempre lo hacía, aunque solo fuera a casa de la tía a tomar el té, y ahora lleva tres días fuera. Oye, esto está sequísimo, ¿a que sí? ¿No hay nada de agua ni nada para comer?

—No, no queda nada, cariño. Tendrás que ser paciente un rato y luego estarás bien. Apoya la cabeza contra mí, así, y te sentirás mejor. No es fácil hablar cuando los labios parecen de cuero, pero creo que será mejor que sepas cómo están las cosas. ¿Qué es eso que tienes ahí?

—¡Cosas bonitas! ¡Cosas preciosas! —gritó la niña entusiasmada, alzando dos fragmentos brillantes de mica—. Cuando volvamos a casa se las daré a mi hermano Bob.

—Pronto verás cosas más bonitas que esas —dijo el hombre con tono seguro—. Espera un poco. Te iba a contar... ¿te acuerdas de cuando dejamos el río?

—Ah, sí.

—Pues calculamos que daríamos con otro río muy pronto, ¿entiendes? Pero algo falló: las brújulas, o el mapa, o vete a saber qué, y el río no apareció. El agua se nos acabó. Salvo unas gotitas para ti y... y...

—Y no pudiste lavarte —interrumpió su compañera con gravedad, mirándole la cara tiznada.

—No, ni beber. Y el señor Bender fue el primero en marcharse, y luego Pete el Indio, y luego la señora McGregor, y luego Johnny Hones, y después, tesoro, tu madre.

—Entonces mamá también está muerta —gritó la pequeña, hundiendo el rostro en el delantal y rompiendo a llorar con amargura.

—Sí, todos se fueron menos tú y yo. Luego pensé que habría alguna posibilidad de encontrar agua en esta dirección, así que te cargué al hombro y nos pusimos a andar. No parece que hayamos mejorado mucho las cosas. ¡Ahora nuestras esperanzas son rematadamente escasas!

—¿Quieres decir que nosotros también nos vamos a morir? —preguntó la niña, conteniendo los sollozos y alzando la carita bañada en lágrimas.

—Me temo que eso es lo que hay.

—¿Y por qué no lo dijiste antes? —dijo riendo alegremente—. Me habías dado un susto tremendo. Pues claro, en cuanto nos muramos volveremos a estar con mamá.

—Sí, tú sí, cariño.

—Y tú también. Le diré lo bueno que has sido conmigo. Seguro que sale a recibirnos a la puerta del cielo con una jarra enorme de agua y un montón de tortitas de trigo sarraceno, calientes y bien doradas por los dos lados, como nos gustaban a Bob y a mí. ¿Cuánto tardaremos?

—No lo sé... no mucho tiempo. —Los ojos del hombre miraban fijos hacia el horizonte del norte. En la bóveda azul del cielo habían aparecido tres motas diminutas que aumentaban de tamaño por momentos, con tal rapidez se acercaban. Enseguida se distinguieron tres grandes aves parduzcas, que describieron círculos sobre las cabezas de los dos extraviados y luego se posaron en unos riscos que los dominaban. Eran zopilotes, los buitres del oeste, cuya presencia anuncia la proximidad de la muerte.

—¡Gallos y gallinas! —gritó alegre la niña, señalando aquellas figuras de mal agüero y dando palmadas para hacerlas volar—. Oye, ¿Dios hizo esta tierra?

—Claro que sí —respondió su compañero, bastante desconcertado por tan inesperada pregunta.

—Hizo las tierras de allá abajo en Illinois y también hizo el Misuri —prosiguió la niña—. Me parece que estas partes las hizo otro. No están ni la mitad de bien hechas. Se les olvidó poner agua y árboles.

—¿Qué te parecería si rezáramos una oración? —preguntó el hombre con timidez.

—Aún no es de noche —respondió ella.

—No importa. No será del todo como de costumbre, pero a Él no le importará, te lo aseguro. Reza las mismas que decías cada noche en la carreta cuando cruzábamos las llanuras.

—¿Por qué no rezas tú alguna? —preguntó la niña con ojos asombrados.

—Se me han olvidado —respondió—. No rezo ninguna desde que no levantaba del suelo más de la mitad de ese fusil. Pero supongo que nunca es tarde. Dilos tú en voz alta y yo estaré a tu lado para responder en los estribillos.

—Entonces tendrás que arrodillarte, y yo también —dijo ella, extendiendo el chal para ese fin—. Tienes que juntar las manos así. Te hace sentir bien por dentro.

Habría sido un cuadro singular si hubiera habido alguien para contemplarlo aparte de los zopilotes. Arrodillados el uno junto al otro sobre el estrecho chal rezaban los dos errantes: la niña parlanchina y el aventurero curtido e indómito. La faz regordeta de ella y el rostro enjuto y anguloso de él miraban hacia el cielo sin nubes en sentida súplica a aquel ser temible con quien estaban cara a cara, mientras ambas voces —la una tenue y clara, la otra profunda y bronca— se unían para implorar clemencia y perdón. Terminada la plegaria, volvieron a sentarse a la sombra de la roca hasta que la pequeña se quedó dormida, acurrucada contra el ancho pecho de su protector. Él veló su sueño durante algún tiempo, pero la naturaleza demostró ser más fuerte que él. Durante tres días y tres noches no se había concedido tregua ni descanso. Poco a poco los párpados cayeron sobre los ojos fatigados, y la cabeza se fue inclinando más y más sobre el pecho, hasta que la barba canosa del hombre se confundió con los cabellos de oro de su compañera, y ambos cayeron en el mismo sueño profundo y sin ensueños.

Si el caminante hubiera permanecido despierto media hora más, una visión extraordinaria se habría presentado ante sus ojos. A lo lejos, en el límite más remoto de la llanura de álcali, se levantó una leve polvareda, muy tenue al principio y apenas distinguible de las brumas de la distancia, pero creciendo poco a poco en altura y anchura hasta formar una nube sólida y bien delimitada. La nube continuó agrandándose hasta que resultó evidente que solo podía levantarla una gran multitud de criaturas en movimiento. En parajes más fértiles, el observador habría deducido que se le aproximaba una de esas inmensas manadas de bisontes que pacen en las praderas. Aquello resultaba de todo punto imposible en semejante desierto. A medida que el torbellino de polvo se acercaba al solitario promontorio donde reposaban los dos náufragos, los toldos de lona de las carretas y las siluetas de jinetes armados comenzaron a distinguirse entre la calina, revelándose la aparición como una gran caravana en ruta hacia el Oeste. ¡Y qué caravana! Cuando la cabecera alcanzó el pie de las montañas, la retaguardia ni siquiera asomaba por el horizonte. A través de la planicie inmensa se alargaba la interminable comitiva: carromatos y carros, hombres a caballo y hombres a pie. Innumerables mujeres que caminaban tambaleantes bajo sus cargas, y niños que correteaban junto a las carretas o asomaban la cabeza bajo las cubiertas de lona blanca. Aquella no era, a todas luces, una partida ordinaria de inmigrantes, sino más bien un pueblo nómada obligado por la fuerza de las circunstancias a buscarse una nueva patria. Por el aire diáfano subía un confuso estrépito y rumor procedente de aquella enorme masa humana, con crujidos de ruedas y relinchos de caballos. Por fragoroso que fuese, no bastó para despertar a los dos agotados caminantes allá arriba.

Fin del Episodio 15 · de 26

En la gran llanura alcalina · I

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