Una luz en la oscuridad · II
~7 min · 1311 palabras
Sherlock Holmes exhaló un largo suspiro y se enjugó el sudor de la frente: «Debería tener más fe —dijo—; ya tendría que saber a estas alturas que cuando un hecho parece oponerse a una dilatada cadena de deducciones, invariablemente demuestra admitir alguna otra interpretación. De las dos píldoras contenidas en esa cajita, una albergaba un veneno mortal de necesidad y la otra era enteramente inocua: debí haberlo sabido antes de contemplar la caja».
Esta última afirmación me pareció tan asombrosa que apenas podía dar crédito a mis sentidos: allí yacía el perro muerto, empero, para atestiguar que su conjetura era exacta. Me pareció que las brumas de mi entendimiento se disipaban gradualmente y comencé a vislumbrar una vaga percepción de la verdad.
—Todo esto les parece a ustedes singular —prosiguió Holmes— porque no alcanzaron a comprender al principio de las pesquisas la trascendencia del único indicio verdadero que se les ofreció. Tuve la fortuna de asirme a él, y cuanto ha acontecido desde entonces no ha servido sino para confirmar mi suposición inicial, siendo su secuencia lógica obligada. De ahí que los hechos que a ustedes les desconcertaron y tornaron más tenebroso el caso hayan servido para iluminarme a mí y corroborar mis conclusiones. Es un error confundir lo insólito con lo misterioso: el crimen más vulgar resulta a menudo el más impenetrable porque no ofrece rasgos singulares de los que extraer deducciones. Este homicidio habría sido infinitamente más difícil de desentrañar si el cadáver de la víctima hubiese aparecido simplemente tendido en la calzada, sin ninguno de esos acompañamientos extravagantes y sensacionales que lo hicieron notar. Esos detalles extraños, lejos de complicar la trama, han tenido el efecto de simplificarla en extremo.
El inspector Gregson, que había escuchado esta alocución con visible impaciencia, no pudo contenerse más tiempo: «Mire usted, señor Sherlock Holmes —dijo—: todos estamos dispuestos a reconocer que es usted un hombre despierto y que posee métodos de trabajo propios; pero ahora precisamos de algo más que meras teorías y sermones: se trata de apresar al culpable. He expuesto mi caso y parece ser que me equivoqué: el joven Charpentier no pudo tomar parte en este segundo suceso. Lestrade fue en pos de su sospechoso, Stangerson, y resulta que también erró el tiro. Usted ha dejado caer insinuaciones acá y acullá y parece saber más que nosotros; pero ha llegado la hora en que creemos tener derecho a preguntarle claramente cuánto sabe del asunto. ¿Puede usted darnos el nombre del asesino?».
—No puedo menos de reconocer que Gregson tiene razón, caballero —observó Lestrade—. Ambos lo hemos intentado y ambos hemos fracasado; usted ha repetido más de una vez desde que me encuentro en la sala que disponía de todas las pruebas precisas: de seguro no las retendrá usted por más tiempo.
—Cualquier dilación en la captura del asesino —observé yo— podría depararle ocasión de consumar alguna nueva atrocidad.
Apremiado de tal guisa por todos nosotros, Holmes dio muestras de vacilación: continuó paseándose arriba y abajo por la estancia con la cabeza hundida sobre el pecho y el ceño fruncido, según su costumbre cuando se hallaba sumido en hondas cavilaciones.
—No habrá más asesinatos —dijo al fin deteniéndose en seco y encarándose con nosotros—. Pueden descartar por completo ese temor. Me han preguntado si conozco el nombre del asesino: lo conozco; mas el mero conocimiento de su identidad es cosa baladí comparada con el poder de echarle el guante. Esto último confío en lograrlo muy en breve: abrigo fundadas esperanzas de conseguirlo mediante mis propias disposiciones; pero es un asunto que exige sumo tiento, pues lidiamos con un individuo astuto y desesperado, secundado además, según he tenido ocasión de comprobar, por otro tan hábil como él mismo. En tanto este hombre ignore que se halla sobre su pista, existen probabilidades de capturarlo; pero si concibiese la menor sospecha mudaría de nombre y se esfumaría al instante entre los cuatro millones de habitantes de esta inmensa ciudad. Sin pretender herir la susceptibilidad de ninguno de ustedes, me veo precisado a manifestarles que considero a estos hombres superiores en recursos a la policía oficial, y por eso no he solicitado su concurso. Si fracaso cargaré, por descontado, con toda la responsabilidad derivada de esta omisión; pero para eso estoy preparado. Por el momento me comprometo a prometerles que, tan pronto como me resulte factible comunicarme con ustedes sin poner en riesgo mis combinaciones, así lo haré.
Gregson y Lestrade no parecieron muy satisfechos con esta aseveración ni con la alusión despectiva a la policía investigadora: el primero se había ruborizado hasta la raíz de sus cabellos rubios, mientras los ojillos de hurón del segundo relucían de curiosidad y enojo. Ninguno de ellos tuvo tiempo de replicar, no obstante, pues sonaron unos golpecitos en la puerta y el portavoz de los golfillos callejeros, el joven Wiggins, hizo acto de presencia con su insignificante y desmedrado porte.
—Con su permiso, señor —dijo tocándose el flequillo—: tengo el carruaje abajo en el portal.
—Buen chico —dijo Holmes afablemente—. ¿Por qué no adoptan ustedes este modelo en Scotland Yard? —prosiguió extrayendo un par de esposas de acero de un cajón—. Miren qué primorosamente funciona el resorte: se cierran en un instante.
—El viejo modelo sirve bastante bien —observó Lestrade— siempre que encontremos al hombre a quien colocárselo.
—Muy bien, muy bien —dijo Holmes sonriendo—. El cochero bien puede ayudarme a bajar mis baúles: hazle subir, Wiggins.
Me quedé asombrado al oír a mi compañero hablar como si se dispusiese a emprender un largo viaje, puesto que nada me había dicho al respecto. Había una pequeña maleta en la habitación y la sacó poniéndose a abrochar las correas: se hallaba afanado en esta labor cuando el cochero penetró en la estancia.
—Écheme una mano con esta hebilla, cochero —dijo arrodillado sobre el equipaje y sin volver la cabeza.
El individuo se adelantó con aire hosco y desafiante y bajó las manos para ayudar: en aquel instante resonó un chasquido metálico, un tintineo de goznes, y Sherlock Holmes se puso en pie de un salto.
—¡Caballeros! —exclamó con los ojos llameantes—. Permítanme presentarles al señor Jefferson Hope, el asesino de Enoch Drebber y de Joseph Stangerson.
Todo aconteció en un segundo: tan vertiginosamente que apenas tuve tiempo de percatarme de lo sucedido. Conservo un recuerdo vivísimo de aquel instante: de la expresión triunfal de Holmes y del timbre vibrante de su voz; del rostro estupefacto y feroz del cochero mientras clavaba la vista en las relucientes esposas que habían aparecido como por ensalmo sobre sus muñecas. Durante un par de segundos semejábamos un grupo de estatuas; luego, con un rugido inarticulado de furia, el prisionero se zafó del agarre de Holmes y se arrojó a través de la ventana. Madera y cristales cedieron ante su embestida; mas antes de que lograse franquearla del todo, Gregson, Lestrade y Holmes se abalanzaron sobre él como otros tantos lebreles. Fue arrastrado de nuevo al interior de la estancia y comenzó entonces un combate pavoroso: tan vigoroso y feroz era aquel hombre que los cuatro fuimos sacudidos y rechazados una y otra vez; poseía la fuerza espasmódica de un epiléptico en pleno ataque. Tenía la faz y las manos horriblemente desgarradas por los vidrios rotos, pero la pérdida de sangre no mermaba un ápice su resistencia. Sólo cuando Lestrade logró meter la mano bajo su corbata y estrangularle a medias conseguimos que comprendiese la inutilidad de su empeño; y aun así no nos sentimos seguros hasta haberle trabado los pies además de las manos. Hecho esto nos pusimos en pie jadeantes y sofocados.
—Disponemos de su carruaje —dijo Sherlock Holmes—. Servirá para trasladarle a Scotland Yard. Y ahora, caballeros —prosiguió con una risueña sonrisa—, hemos alcanzado el desenlace de nuestro pequeño enigma: son muy dueños de formularme cuantas preguntas gusten y no hay peligro alguno de que me niegue a responderlas.
Fin del Episodio 14 · de 26
Una luz en la oscuridad · II
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