La noche de las velas de estrellas
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Hacia las cinco de la madrugada, cuando el frío de la noche más larga alcanzaba su punto más cruel, la campana mayor de la parroquia empezó a repicar despacio. No era el toque de rebato ni el de difuntos, sino el viejo himno del alba del solsticio, el que anunciaba el encendido del fuego comunal. Y aquella mañana nadie encendió su fogón a escondidas ni atrancó su taller.
Desde la calle Mayor hasta el adarve de la iglesia avanzó una procesión de mujeres, hombres, niños y viejos con faroles de madera calada y velas de cera de sol. A medida que Lucas y Celia prendían cada mecha, la plaza se fue convirtiendo en un mar de luz ámbar tan caliente que la ventisca parecía detenerse en los aleros. Los copos se deshacían en el aire antes de tocar las losas.
Bajo la plaza, Alba y Dorian habían preparado su propio prodigio. Chispa, acomodado en una cesta de mimbre forrada de cobre junto a las calderas del baño comunal, soltaba bocanadas de calor manso que empujaban el agua caliente por los conductos de piedra. Las losas de granito empezaron a echar un vaho blanco, el hielo se fundió y el empedrado quedó seco y tibio, tanto que los niños podían pisarlo descalzos.
A las seis en punto de la mañana, las pesadas puertas de roble de la posada del Ciervo Blanco se abrieron con un chirrido marcial. El gran canciller De la Riva salió a lomos de su corcel negro, flanqueado por doce alabarderos con corazas de hierro bruñido y gruesas cadenas de forja al hombro, dispuestos a desalojar el concejo y clausurar los talleres del valle. Pero al doblar la esquina de la calle del Arco, el canciller tuvo que tirar de las riendas.
No encontró calles desiertas, callejones oscuros ni puertas atrancadas por el pánico. La plaza entera estaba abarrotada por más de trescientos vecinos vestidos con sus mejores ropas de fiesta. En el centro de las losas se extendía una hilera de mesas corridas de nogal cubiertas con manteles de lino blanco, sobre las que descansaban cientos de hogazas doradas trenzadas con miel de tomillo y canela, bandejas humeantes de compota de invierno y jarras de vino caliente especiado con romero.
—¿Qué clase de insolente motín es este? —bramó De la Riva, alzando su fusta con empuñadura de plata mientras su voz temblaba de furia e incertidumbre—. ¡He ordenado el desalojo inmediato de los obradores y la incautación de los aperos comunales para la corona!
Eric dio tres pasos al frente desde la cabecera de las mesas, con su camisa de artesano y un fajo de recibos todavía húmedos de nieve en la mano: Noemí y Elías los habían bajado de la estafeta de la cumbre diez minutos antes, con la mula reventada y las cejas blancas de escarcha.
—No hay ningún motín en esta plaza, señor canciller —declaró Eric, y su voz rebotó en las paredes de la iglesia—. Le presento la liquidación del ejercicio fiscal de Montecanela. Los tributos de paso se pagaron íntegros en la receptoría de Burgos hace dos meses. Aquí tiene las copias que la estafeta de la cumbre guarda de cada pago, con su sello. Las hojas que alguien arrancó del libro del concejo ya no le van a hacer falta a nadie.
De la Riva palideció intensamente bajo el ala de su sombrero de terciopelo forrado de armiño. Miró de reojo a sus alabarderos montados, pero los soldados permanecían inmóviles en las sillas de montar, desarmados por el aroma irresistible del pan caliente recién horneado, el resplandor reconfortante de las velas solares y la mirada serena y digna de los artesanos que los rodeaban en silencio.
—Baje de su caballo, señor canciller —dijo Maya, adelantándose hacia la montura con un cesto de pan dulce recién horneado—. Quien intenta apagar la luz ajena solo consigue que las estrellas brillen con más fuerza en la oscuridad. En este valle sabemos dar de comer incluso a quien viene con cadenas en las alforjas.
El silencio en la plaza fue tan completo que solo se oía el crepitar de las velas. De la Riva hojeó los recibos uno por uno, buscando una falta, una fecha mal puesta, un sello torcido; no encontró nada. Miró el pan que Maya le ofrecía y luego las caras de carpinteros, hilanderas, apicultores y arrieros que no se movían de su sitio. Detrás de él, el alabardero más joven de la escolta se había quitado el yelmo sin darse cuenta, para oler mejor el pan.
Pero De la Riva no había llegado a canciller por saber perder. Se volvió despacio hacia el atrio, donde el gran caldero de bronce del concejo llevaba frío desde el otoño, y sonrió por primera vez.
—El Fuero de las Cuatro Lumbres solo ampara a un pueblo cuya lumbre comunal esté encendida —dijo—. Y la de ustedes, por lo que veo, lleva meses apagada.
Fin del Episodio 3 · de 4
La noche de las velas de estrellas
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