La alianza de las cuatro lumbres
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La mesa de amasar de la Tahona del Sol, de nogal macizo y blanqueada por tres generaciones de harina, se convirtió en el cuartel general de la resistencia de Montecanela. A medianoche, mientras la ventisca sacudía los aleros y silbaba en el tiro de la chimenea, los ocho se reunieron alrededor de una bandeja de cobre con sopa de cebolla caliente, queso curado de cabra y pan recién sacado del horno. Nadie hablaba en voz alta; tres velas de cera de sol alargaban las sombras sobre la piedra encalada.
Elías desenrolló sobre la madera enharinada el gran plano maestro del término municipal y sus accesos montañosos, sujetando las esquinas con cuatro pesados moldes de pan de hierro forjado. Con un compás de latón pulido señaló los tres puntos neurálgicos por donde la comitiva del canciller De la Riva pensaba desplegarse a primera hora de la mañana para clausurar los talleres comunales.
—De la Riva ha acantonado a sus doce soldados en las caballerizas de la posada del Ciervo Blanco —explicó Elías en un susurro claro y pausado—. A las seis en punto de la mañana pretenden colocar cadenas de hierro y candados de la corona en la forja comunal, en los colmenares de la ladera sur y en este mismo obrador. Si nos dispersamos y tratamos de defender cada taller por separado, nos aplastarán uno tras otro amparándose en su orden de rebeldía armada.
—Entonces no vamos a cometer la torpeza de dispersarnos —intervino Noemí, apoyando los codos sobre la mesa con la determinación brillando en sus ojos castaños—. Yo he bajado a mi mula Parda al cobertizo protegido de los batanes comunales. Si Elías y yo salimos dos horas antes del amanecer por la senda de los neveros que cruza los riscos ciegos, podemos alcanzar la estafeta de la cumbre y hacer ondear el estandarte comunal en la torre de vigía. Eso convocará a todos los pastores y leñadores de los valles altos para que desciendan al pueblo antes del mediodía.
—Eso nos dará al valle entero en la plaza —asintió Eric, anotando plazos y distancias en el margen del mapa—. Y algo más importante: la estafeta de la cumbre guarda copia de cada recibo que sale hacia Burgos. Si me bajáis los del año pasado antes de las seis, De la Riva no tendrá dónde esconder la duplicidad.
Celia levantó una pequeña vela de cera de sol moldeada con esmero en forma de piña de alerce. La mecha trenzada de lino crudo prendió con una llama de un tono ámbar purísimo que no soltaba una sola brizna de hollín negro y desprendía un calor tan intenso que derritió la escarcha de la ventana más cercana en cuestión de segundos.
—Las abejas de la solana nos dieron toda la cera que pudieron este otoño —dijo Celia, mirando a Lucas—. Si ponemos faroles de cera solar en cada esquina de la plaza y en los aleros de la casa consistorial, la plaza no se cubrirá de nieve y todo el pueblo podrá estar al raso sin helarse.
—Y yo he preparado cuarenta teas largas embreadas con resina virgen de romero y brezo montano —añadió Lucas, apretando la mano de la botánica sobre el tablero—. La cera de Celia arde con tanta potencia luminosa que convertirá la noche más oscura en pleno mediodía. Los soldados de la corte están acostumbrados a patrullar callejones tenebrosos intimidando a familias asustadas, no a enfrentarse a la mirada limpia de un pueblo entero bañado por una luz dorada.
En el rincón más abrigado junto al horno, el pequeño dragón Chispa levantó la cabeza de su lecho de lana. Al oír su nombre soltó un bufido parecido al ronroneo de un gato de molino y exhaló un hilo de fuego azul que dibujó una espiral en el aire antes de ir a posarse en el hombro de Dorian. Alba le rascó las escamas cobrizas de la barbilla.
—Chispa tiene el ala curada del todo y los pulmones de fuego a pleno rendimiento —dijo Alba, mirando a Dorian—. Su aliento puede calentar la caldera del baño comunal y las tuberías de plomo que pasan bajo la plaza. Si templamos las canalizaciones, el hielo se fundirá bajo los cascos de los caballos de los alguaciles y no habrá carga de caballería posible, sin hacer daño a nadie ni a ninguna bestia.
—El herrero del pueblo tiene la forja cargada con tres sacos de carbón de brezo —confirmó Dorian con su voz honda y tranquila—. Y yo he reforzado las trancas de roble del concejo y he labrado pasadores nuevos para el gran portón. Si juntamos los cuatro oficios, el canciller no va a encontrar una aldea que suplica clemencia, sino un pueblo que no se mueve.
Maya miró a los siete reunidos a su alrededor: la botánica y el apicultor que sabían los secretos de las flores y la cera, la curandera y el carpintero que juntaban el cuidado y la fuerza, la mensajera y el cartógrafo que conocían cada palmo de la sierra, y el auditor que había preferido el trabajo compartido a los honores de la cancillería. Se le pasó el miedo.
—Ningún decreto tiene fuerza suficiente para apagar la lumbre que cuatro oficios mantienen viva a la vez. Esta noche amasamos el pan de la concordia, encendemos las velas de la dignidad y demostramos de qué madera está hecho el corazón de Montecanela.
A las tres, Noemí y Elías salieron por la puerta trasera hacia la senda de los neveros. A las tres y media, el viento cambió y empezó a nevar como no nevaba en Montecanela desde hacía cuarenta años. Si no volvían con los recibos antes de las seis, todo lo demás no serviría de nada.
Fin del Episodio 2 · de 4
La alianza de las cuatro lumbres
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