El pregón de embargo en la plaza
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La nieve empezó a caer, espesa y callada, justo cuando las campanas de la parroquia daban las cinco de la tarde. En la víspera del solsticio de invierno, la noche se adueñaba de Montecanela en cuestión de minutos. Los vecinos se apresuraban a cerrar los postigos, atrancar las leñeras y amontonar heno seco en los establos para la noche más larga del año.
Fue entonces cuando el retumbo sordo de cuatro carruajes pesados y el paso marcial de doce alabarderos montados rompió la calma del pueblo. Los caballos resoplaban nubes blancas de vapor caliente en el aire gélido, haciendo resonar sus herraduras contra las losas resbaladizas de la plaza mayor. Al frente de la columna cabalgaba el gran canciller De la Riva, envuelto en una capa de paño negro forrada de armiño, escoltado por dos maceros con ropajes heráldicos de la chancillería real.
El séquito se detuvo en seco ante las puertas de roble del concejo municipal. Con un gesto seco de su guante de terciopelo, el canciller ordenó desenrollar un pergamino sellado con tres sellos colgantes de plomo. El escribano real, temblando por el viento cortante que bajaba de los riscos, aclaró la garganta y leyó el pregón a gritos.
—¡Por orden de la Real Chancillería de Hacienda! —tronó la voz nasal del funcionario—. Queda declarado el embargo general preventivo de todos los hornos comunales, batanes, colmenares y fraguas del término de Montecanela por falta de liquidación de los tributos de paso. Todo taller que permanezca activo tras la medianoche será clausurado y sus aperos confiscados para la corona.
Un murmullo de indignación sorda recorrió los soportales de la plaza, donde decenas de artesanos, hilanderas y leñadores se habían congregado al escuchar el alboroto. El anciano juez de paz del concejo intentó dar un paso al frente para blandir los fueros antiguos, pero un alabardero cruzó el asta de fresno de su arma, cerrándole el paso con una mirada fría de desdén.
—Tienen hasta el canto del gallo para desocupar los talleres comunales o entregar las llaves de los obradores —añadió el canciller con desprecio—. Si intentan oponer resistencia armada, este destacamento tiene potestad para declarar el estado de rebeldía y arrestar a los maestros mayores.
A doscientos pasos de la plaza mayor, en el obrador de la Tahona del Sol, el calor reconfortante del gran horno abovedado contrastaba con la hostilidad del exterior. El aire estaba impregnado de un aroma delicioso y profundo a corteza tostada, masa fermentada con centeno, canela en rama y manteca fresca. Maya amasaba una tanda de hogazas doradas con movimientos firmes y acompasados, hundiendo los nudillos en la masa tibia con la seguridad de quien conoce el latido de la harina.
A su lado, Eric terminaba de apilar sobre una mesa de nogal los libros de cuentas del concejo municipal. Ya no vestía el jubón oscuro de auditor real con el que había llegado al valle semanas atrás, sino una camisa de lino crudo con las mangas arremangadas hasta los codos, manchada de harina blanca en las solapas y el delantal.
—Las cuentas de la chancillería están viciadas de origen, Maya —dijo Eric, recorriendo con el índice manchado de tinta una columna de números anotados con tinta de agallas—. Han duplicado deliberadamente el impuesto del portazgo en los libros de Burgos para justificar la quiebra del concejo. Si demuestro la duplicidad ante un notario público, la orden de embargo quedará suspendida por vicio de forma.
—El notario de Burgos está a cuatro jornadas de camino y el canciller tiene doce alabardas en la plaza —respondió Maya, depositando con delicadeza una hogaza en el banasto de mimbre—. No podemos esperar a que las leyes de la corte se acuerden de nosotros cuando la ventisca arrecia en la puerta.
El picaporte de la tahona sonó con fuerza y la puerta de madera se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire helado y a un tropel de vecinos ateridos. Entre ellos entraron Lucas con Celia, que cargaban dos cajones de velas de cera de sol recién moldeadas; Alba con Dorian, que traían al pequeño dragón Chispa envuelto en una manta de lana gruesa; y Noemí con Elías, que sacudían la nieve de sus capotes de montaña.
La pequeña panadería, que apenas solía albergar a cuatro clientes a la vez, se llenó de pronto de calor humano, miradas de incertidumbre y respiraciones contenidas. Maya limpió sus manos enharinadas en el delantal, miró a cada uno de sus amigos a los ojos y sonrió con una serenidad que transmitió alivio a toda la estancia.
—Una casa no se defiende con cerrojos más gruesos, sino abriendo las puertas a quien viene a compartir el fuego. Aquí nadie va a entregar una sola llave al canciller. Esta noche Montecanela cena junta, y mañana el solsticio nos encontrará más unidos que nunca.
Nadie la contradijo. Pero cuando Eric abrió el último libro del concejo para buscar la duplicidad del portazgo, se quedó muy quieto: faltaban las hojas del año pasado. Alguien las había arrancado por el cosido, con cuidado, como solo sabe hacerlo un contable. Sin ellas, no había forma de demostrar que el valle había pagado.
Fin del Episodio 1 · de 4
El pregón de embargo en la plaza
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