El fuego que nadie puede apagar
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El canciller De la Riva desmontó muy despacio de su caballo de batalla. Sus botas de cordobán tocaron las losas templadas de la plaza mayor con un chasquido mudo y contenido. Con manos enguantadas que temblaban ligeramente, aceptó uno de los panecillos dorados que Maya le ofrecía con una inclinación de cabeza. Aspiró el aroma profundo a trigo de montaña molido a piedra, mantequilla fresca y miel de romero, y dio un mordisco vacilante. El sabor honesto y nutricio del pan pareció disolver de golpe la rigidez marcial que traía desde los palacios de Burgos.
—Los libros del auditor son legítimos —admitió De la Riva en voz baja, dirigiéndose al anciano juez de paz—. Si ese caldero arde antes del mediodía, la orden de embargo queda revocada y la chancillería reconocerá el Fuero de las Cuatro Lumbres. Si no arde, me llevo las llaves.
No hizo falta esperar al mediodía. Antes de que el canciller terminara la frase, los cuatro gremios ya estaban en marcha, y los doce alabarderos de la escolta, que llevaban toda la noche al raso, aceptaban sin disimulo las jarras de vino caliente y las escudillas de compota que les ofrecían las vecinas.
En el centro del atrio, Dorian y sus oficiales colocaron en el caldero tres troncos de roble curados al aire; Lucas y Celia vertieron sobre la leña una capa de cera solar con olor a tomillo. Pero la nevada de la noche había calado la madera, y la primera mecha se apagó con un siseo. La segunda, también. De la Riva, con el panecillo a medio comer, miró el reloj de la torre. Fue Alba quien acercó a Chispa al caldero: el pequeño dragón metió el hocico entre los troncos, estornudó dos veces y soltó una llamarada azul que prendió la cera de golpe. Entonces Maya arrojó un puñado de harina dorada y sal marina para bendecir las cosechas que vendrían.
La llama subió hacia el cielo de invierno como una columna de oro vivo de veinte pies, y su resplandor se vio desde tres leguas a la redonda. De la Riva la miró arder un largo rato. Luego, sin decir palabra, firmó la revocación sobre el pescante de su carruaje.
La fiesta se prolongó durante todo el día y buena parte de la noche más larga del año. En cada esquina sonaban gaitas de fuelle, panderos de piel de corzo y laúdes de madera de alerce, mientras los niños corrían por las calles templadas jugando con bolas de nieve que se derretían entre risas sonoras.
En la galería de la casa consistorial, los ocho contemplaban el bullicio. Noemí y Elías compartían una copa de aguardiente de membrillo junto a la barandilla; el cartógrafo llevaba bajo el brazo el plano de Montecanela con su rosa de los vientos nueva, la de las correas de mensajero, y Noemí apoyaba la cabeza en su hombro.
Unos pasos más allá, Lucas y Celia tenían los dedos entrelazados y la ropa oliendo a miel y propóleo. Celia llevaba atada a la muñeca la faja dorada de directora, como si fuera un pañuelo cualquiera, y Lucas, que cuatro años antes había huido de esa misma cancillería, no había vuelto a decir ni una palabra en su contra.
Dorian sostenía a Chispa en alto, que batía las alas cobrizas y dejaba caer chispas azules que se apagaban antes de tocar los rizos castaños de Alba. La curandera le acarició los nudillos encallecidos al carpintero, que por primera vez desde que le arrancaron los galones no se sentía de paso en ninguna parte.
En el extremo de la balconada, Maya y Eric miraban arder el caldero del concejo en mitad de la plaza. Eric le rodeó la cintura con el brazo. Llevaba en el bolsillo los recibos de la estafeta, todavía arrugados de nieve; pensaba enmarcarlos y colgarlos en la tahona, encima del horno, para que nadie en Montecanela olvidara nunca lo que cuesta una noche en vela.
—Pensar que llegué a este valle a auditar fanegas de grano y firmar órdenes de desahucio —susurró Eric, besándole la sien.
—Y terminaste con las mangas manchadas de masa madre y el corazón prendido de una lumbre que nunca se apaga —respondió Maya con una sonrisa dulce, volviéndose hacia él para rodearle el cuello con los brazos.
—El verdadero calor de un valle no lo da la leña que arde en el hogar, sino la certeza de que nunca más pasarás frío a solas. Eso lo aprendí contigo, Maya, desde el primer día que compartimos el pan.
Se besaron despacio. Abajo, en la plaza, De la Riva se marchaba con su escolta sin volver la cabeza, y uno de los alabarderos, al pasar junto a la tahona, se guardó un panecillo en la casaca para el camino. Maya lo vio y no dijo nada. En Montecanela, el pan no se le niega a nadie.
Fin del Episodio 4 · de 4
El fuego que nadie puede apagar
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