El choque en el bastión de roca
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El décimo día amaneció sin sol. Una ventisca del norte bajaba por los desfiladeros arrastrando remolinos de nieve, y en el valle los regimientos del virrey, sin pólvora de reserva, sin grano y con el paso del glaciar cerrado, solo tenían una salida antes de que el hambre los desbandara: tomar el bastión por la fuerza. A la tercia sonaron los atabales. Tres regimientos de infantería veterana empezaron a subir la ladera con mantas blindadas, escalas y garfios, bajo un fuego de arcabuces que la nieve volvía ciego.
En el adarve mayor la nieve se acumulaba en las almenas en una costra resbaladiza. Irene recorría la línea de aspilleras con una cota de malla bajo el sayo, indicando blancos a los arqueros del burgo.
—¡Esperad a la segunda zanja! ¡Que se os vea el brillo de las viseras antes de soltar!
A su lado, Íñigo e Irati alineaban a cincuenta ballesteros de la frontera. Irati tenía los ojos rojos desde el glaciar y no había dicho una palabra en toda la mañana; Íñigo no le había pedido que la dijera. Nerea y Lope estaban en la torre de la puerta con los hombres de los clanes. Nerea llevaba cruzada a la espalda la ballesta de Jarek.
La primera oleada apoyó las escalas contra la barbacana y la muralla pareció crujir entera. Subían cientos, con alabardas, dagas de mano izquierda, pistolas de rueda en fundas de cuero. Desde las troneras bajas, los molineros y los carpinteros de Oakhaven volcaban agua hirviendo y cal viva; las mujeres del burgo, organizadas por Brianda desde la víspera, pasaban cántaros de brea caliente de mano en mano por la escalera de caracol.
En la torre del archivo, Tomás y Beatriz no tenían ballestas. Tenían los fueros del valle, los tratados y las cartas de los gremios, y los fueron bajando en cestos al sótano más hondo del bastión, por si la muralla caía: que nadie pudiera quemar por segunda vez lo que había costado diez años escribir. Cuando terminaron, Tomás cogió un hacha de la armería y subió al adarve. Beatriz subió detrás con dos cántaros de brea.
A tres brazas de la escala principal, Bruno y Brianda giraron la cureña del falconete. El de la burbuja.
—¡Atrás todo el mundo! —gritó Bruno.
—No hay atrás —dijo Brianda, y le puso el botafuego en la mano y la suya encima.
El cañón detonó con un chasquido agudo. Aguantó. Una nube de postas barrió la escala de arriba abajo, partió los maderos de roble y desbarató el asalto en una cascada de gritos y metal. Bruno soltó el aire que llevaba guardado desde la noche de la fragua. Brianda se rio, la misma risa de la primera vez que el plomo corrió limpio.
Por el flanco de levante, una segunda columna coronó la muralla. Seis oficiales acorazados rodearon a Fadrique con picas cortas, buscando abrir paso hacia la torre de la puerta. Irene sacó la espada corta y cargó contra ellos, y durante un rato largo combatieron espalda contra espalda sobre losas resbaladizas de hielo y sangre, como habían combatido diez años atrás en el patio de armas la noche del golpe de Morvath. Fadrique se llevó un corte en el antebrazo. Irene, un golpe de asta en las costillas que la dejó sin aire. No retrocedieron.
Íñigo e Irati cargaron por la rampa con los ballesteros y cerraron el cerco sobre los últimos asaltantes. Irati saltó al parapeto a cortar con el cuchillo las cuerdas de los garfios que todavía colgaban de las piedras. Desde la torre de la puerta, Lope tocó el cuerno, y los hombres de los clanes bajaron por la poterna a hostigar a los que se reagrupaban al pie del muro.
A media tarde, las cornetas del virrey tocaron retirada.
En el adarve nadie gritó victoria enseguida. Estaban demasiado cansados. Bruno se sentó en el suelo junto al falconete, que todavía humeaba. Ciro le pasó un odre. Sira y Nuño, que habían subido del río para cargar cántaros, se apoyaban el uno en el otro en la escalera. Rodrigo, que había pasado la batalla en la torre de vigía apuntando en su cuaderno por dónde subía cada columna, bajó y le enseñó a Leonor una página: el contorno de la muralla y, sobre ella, una cruz por cada sitio donde alguien había aguantado.
Irene, con la mano en las costillas, miró a lo largo del adarve: barqueros junto a ballesteros, herreros junto a escribanos, una dama de Toledo y un montañés de los clanes compartiendo el mismo odre. Tres siglos de invierno no habían conseguido lo que consiguió aquella mañana: que nadie en Oakhaven preguntara de dónde era el de al lado.
En el valle, el ejército del virrey empezaba a desmontar las tiendas. Y en el centro del campamento, junto a la del mariscal, Beatriz vio por el catalejo una litera cerrada, con las cortinas negras, que nadie se acercaba a desmontar.
Fin del Episodio 4 · de 5
El choque en el bastión de roca
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