El último fuego del adarve·Episodio 03

La noche de las mil teas

~4 min · 812 palabras

La noche del noveno día, el valle se encendió. A medianoche, miles de teas de brea prendieron a la vez a lo largo de las trincheras enemigas, una serpiente de fuego que rodeaba la montaña desde el vado de los Álamos hasta los riscos de poniente, y las culebrinas del virrey abrieron fuego contra la barbacana baja con un rugido que hizo temblar las vidrieras del salón. Era el ruido que querían que oyeran. Lo que importaba esa noche estaba pasando en otros dos sitios, en silencio.

◇

Dos leguas río abajo, entre los sauces de la orilla, la flotilla de Sira esperaba con las cubiertas tapadas con ramas de abeto y las bordas forradas de fieltro empapado. Cuatro barcazas de fondo plano, sin una luz. Más abajo, los zapadores del virrey habían tendido durante el día dos puentes de pontones para pasar los convoyes de pólvora y grano a la orilla norte.

—Los centinelas están dormidos junto a los braseros —susurró Nuño, que había bajado a nado por la orilla a mirar—. Los barriles de pólvora están en la ribera sur, bajo lonas. Y hay uno despierto. Uno solo.

—Uno solo grita igual que veinte —dijo Sira.

Se tocó el ámbar por encima de la camisa, como hacía siempre antes del Salto del Fraile, y soltó amarras. Las barcazas derivaron con la corriente, pegadas a los cañaverales, sin un golpe de remo. Cuando el centinela despierto vio las sombras, Nuño ya estaba sobre el pontón con veinte barqueros y las hachas. El grito se quedó a medias. Las maromas que sujetaban los pontones a las orillas cayeron al agua una detrás de otra.

Sira mandó lanzar las vasijas de pez encendida sobre las lonas de la ribera. Tardaron un minuto en prender y luego prendieron todas a la vez. Los barriles de reserva estallaron en una cadena de truenos secos; los pontones, sueltos, ardiendo, se fueron río abajo como piras, iluminando los acantilados de un dorado sucio. Los caballos de tiro de la artillería rompieron los arreos y salieron desbocados por los barrizales.

Nuño volvió a la barcaza de un salto, tiznado de humo hasta las cejas.

—¿Algún día me vas a dejar volver a mi bodega sin que haya un río ardiendo? —le preguntó Sira, virando hacia el remanso.

—Ya te dije que no sé rezar —contestó él—. Pero remo bien.

◇

A la misma hora, a cuatro leguas de allí, en el glaciar de las Tres Hermanas, hacía tanto frío que el aliento caía al suelo convertido en escarcha.

Rodrigo iba delante, sondeando con la vara herrada. Detrás iban Leonor, Nerea, Lope, Íñigo con el brazo rígido e Irati con el arco, y cuarenta hombres de los clanes cargados con cuerdas, picos y piedras. Y al final, quejándose de las rodillas a cada paso, Jarek, que había dicho que no se quedaba abajo ni aunque lo ataran.

El destacamento del virrey —trescientos hombres con guías comprados en Burgos y una copia del viejo portulano de la reina— subía por la línea antigua, la que iba recta hacia la tercera Hermana. Recta hacia el laberinto de grietas. Rodrigo lo había previsto en el archivo: quien había copiado el mapa no sabía que el glaciar había bajado en trescientos años.

Pero los guías no eran tontos. Al ver las primeras grietas se detuvieron, y los oficiales empezaron a buscar el espolón. El espolón sin nombre, el que Rodrigo había marcado en el mapa verdadero. Si lo encontraban, por la mañana tendrían trescientos hombres a la espalda de Oakhaven.

—Hay que cerrarlo —dijo Lope—. Y alguien tiene que quedarse en la boca del espolón mientras se cierra, para que no suban antes.

—Me quedo yo —dijo Jarek.

Nerea se volvió hacia él.

—Ni lo sueñes.

—Niña, tengo setenta y un años y no me quedan rodillas para bajar otra vez por ese glaciar. —El viejo se sentó en una piedra y montó la ballesta con una calma de parte meteorológico—. Tu madre me hizo prometer que no te dejaría hacer ninguna tontería. Esta la hago yo, que así cumplo.

Nerea quiso discutir. Lope le puso la mano en el hombro. Íñigo e Irati ya estaban subiendo con los hombres de los clanes hacia el borde del espolón, donde la nieve vieja colgaba en una cornisa sobre el único paso.

Tardaron una hora en cortar la cornisa con los picos. Durante esa hora, desde la boca del espolón, se oyó la ballesta de Jarek, despacio, con la paciencia de un hombre que lleva toda la vida contando las cosas antes de decirlas: un disparo, una pausa larga, otro disparo. Luego la cornisa cedió con un estampido y cayó sobre el paso como una sábana, y después ya no se oyó nada.

Al amanecer, el destacamento del virrey daba la vuelta glaciar abajo, por donde había venido.

Jarek no bajó.

Fin del Episodio 3 · de 5

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