El último fuego del adarve·Episodio 02

El plomo de los escribanos y el acero del adarve

~4 min · 811 palabras

La fragua de la torre baja no se apagó en seis días. Bruno había hecho subir carbón de las turberas, hierro de las minas y dos carros de leña de encina, y los fuelles grandes, los que movía el torrente, soplaban día y noche sobre el hogar con un rugido que se oía desde el patio. Brianda medía los muñones de las cureñas con un compás de carpintero; Ciro y sus tres aprendices martillaban planchas para blindar las aspilleras bajas, y cada vez que uno se distraía, Ciro le daba un pescozón y le decía lo que a él le habían dicho a su edad: tres grados menos y se enfría, tres más y se raja, y no te pares a pensarlo.

—Dieciséis no va a poder ser —dijo Brianda la cuarta noche, secándose el hollín con el dorso del brazo—. Doce. Y uno de los doce me da miedo: el ánima ha salido con una burbuja.

—Ese lo ponemos donde no haya nadie al lado.

—En el adarve no hay ningún sitio donde no haya nadie al lado, Bruno.

Bruno metió la pieza al rojo en la tina de salmuera y la fragua se llenó de vapor. Cuando se aclaró, Brianda lo estaba mirando con la cara que ponía cuando sabía que él iba a hacer una tontería.

—Lo dispararé yo —dijo Bruno.

—Lo dispararemos los dos —dijo ella—. Que ya sabemos lo que pasa cuando sueltas algo por salvarme.

◇

En la torre del archivo, a la luz de los candiles de colza, Tomás y Beatriz llevaban tres noches desmontando la carta del virrey y los despachos que los hombres de Íñigo habían quitado a un correo de la vanguardia.

—El sello es de cancillería menor —dijo Tomás, señalando la orla con el estilete—. Sin refrendo del Consejo. El rey no ha firmado esta guerra. No tiene con qué: debe tres millones a los genoveses desde lo de Italia.

—Entonces, ¿quién la paga?

Beatriz desplegó sobre la mesa unas cuentas que no tenían que estar allí: libranzas de una casa de cambio de Amberes, pagos a capitanes del Rin, compras de pólvora. Las había encontrado cosidas en el forro de la valija del correo.

—Las tres familias del lindero que perdieron el peaje del río cuando Sira rompió la cadena —dijo—. Los especuladores de trigo de Burgos que no cobran diezmo desde la concordia. Y una casa de Amberes que firma sus libranzas con un nombre que no conozco y unas eses largas que sí. —Se le endureció la voz—. El rey no paga esta guerra. La pagan los que perdieron el peaje del río.

—Y tu padre les pone la pluma.

Íñigo, que había subido con un despacho de los puestos del bosque, se quedó en la puerta oyendo. Durante diez años se había alegrado de no saber nada de su tío. Ahora se dio cuenta de que, en el fondo, había estado esperando esto: que la misma letra redonda que firmaba las cartas de sus santos volviera a firmar otra guerra. Irati, a su lado, le apretó la muñeca del brazo malo sin decir nada.

—Mi padre siempre supo que la pluma vale más que la espada. Lo que nunca entendió es que también vale para los demás. —Beatriz sacó otra carta, esta con el sello de diez concejos—. Los gremios de Burgos, de Valladolid y de Soria se niegan a venderle pólvora y herrajes a ese ejército. Si aguantamos cinco días, los piqueros del Rin se quedan sin soldada. Y un mercenario sin soldada no es un soldado: es un hombre que se acuerda de que tiene casa.

◇

Rodrigo llegó al archivo pasada la medianoche, con Leonor y un mapa bajo el brazo. Lo desplegó encima de las cuentas de Amberes sin pedir permiso. Era el mapa de las Tierras Mudas, el que habían trazado entre los dos en el collado diez años atrás, con el espolón sin nombre y el laberinto de grietas marcado en rojo.

Escribió en la pizarra y se la pasó a Leonor.

—Dice que el grueso del ejército viene por la garganta baja, con la artillería —leyó Leonor—. Que mandarán jinetes al vado del Arlanza para cortar el río. Y que alguien les ha enseñado el paso de las Tres Hermanas.

—Ese paso no lo conoce nadie fuera de Oakhaven —dijo Tomás.

Rodrigo volvió a escribir. Esta vez la pizarra se la pasó directamente a Beatriz.

Lo conocía el canciller. Fue él quien me mandó quemar la lengua por no borrarlo.

Beatriz se quedó mirando la pizarra mucho rato. Luego mandó llamar a Íñigo, a Irati, a Nerea y a Lope, y antes del alba había dos partidas preparadas: una que bajaría al río con Sira y Nuño, y otra que subiría al glaciar con un cartógrafo mudo y un mapa que el enemigo creía conocer.

Fin del Episodio 2 · de 5

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