El estandarte en el horizonte
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Diez inviernos después del deshielo, la nieve de Oakhaven ya no era una maldición. Caía en noviembre y se iba en abril, como en cualquier sitio, y los niños nacidos después de la noche del talismán no entendían por qué los viejos se quedaban mirando los primeros brotes de los alerces como quien mira un milagro. En el gran salón, la luz de la mañana entraba por trescientas vidrieras remendadas con plomo y dejaba en el suelo rombos de colores. El rosetón de levante, el del sol hecho de cien pedazos azules, seguía siendo el que más gente se paraba a mirar.
Irene de la Torre subió al adarve de poniente con la capa abrochada hasta el cuello y una carta en la mano. Fadrique estaba allí desde antes del alba, con el catalejo, y no se volvió al oírla. Tenía las primeras canas en las sienes y la costumbre, que no había perdido en diez años, de quedarse callado cuando algo le preocupaba de verdad.
—Ha llegado el correo de Valdelobos —dijo Irene—. El caballo ha reventado en la barbacana. Trae una carta con el águila del nuevo virrey.
—No hace falta que me la leas. —Fadrique le pasó el catalejo y señaló la loma de los Tejos, donde la niebla del pinar empezaba a desgarrarse—. Mira.
Irene miró. Por el camino real, como una serpiente gris que no terminaba nunca, subía una columna: coraceros, piqueros del Rin, carros de artillería tirados por bueyes, el estandarte púrpura y gualda del virrey nuevo ondeando sobre todo ello. Contó las banderas de compañía hasta que perdió la cuenta.
—Doce mil —dijo Fadrique—. Más o menos.
—En diez años no hemos hecho nada que justifique doce mil hombres.
—Hemos dejado de pagar. A los barones, al diezmo, a los prestamistas de Burgos. —Fadrique le quitó la carta de la mano y rompió el sello sin mirarlo—. Para algunos, eso justifica bastante.
Al mediodía, el salón del consejo estaba lleno como no se había llenado en una generación. Alrededor de la mesa de roble no se sentaban solo los capitanes de la guardia, sino la gente que había sostenido Oakhaven durante aquellos diez años con las manos y con la pluma.
Tomás de la Torre había desplegado sobre el tablero los fueros del valle, cada uno con su sello, y Beatriz, a su lado, ordenaba las cartas de adhesión de los concejos del sur con la misma cara que ponía cuando cuadraba una cuenta. Junto a la ventana, Íñigo de Vivar e Irati traían todavía barro del bosque de la Niebla en las botas; él llevaba el brazo izquierdo un poco rígido desde hacía diez años y ella seguía llamándolo señorito cuando quería fastidiarlo. Bruno y Brianda habían subido de la fragua con las manos negras; detrás, sin atreverse a sentarse, estaba Ciro, que ya no era aprendiz sino oficial y tenía tres aprendices propios. Sira y Nuño acababan de llegar río arriba por el camino de sirga, con el ámbar colgado del cuello de ella por encima de la camisa. Nerea y Lope habían bajado de la Garganta de las Ánimas con el viejo Jarek, que se negaba a quedarse en el aprisco por mucho que le dolieran las rodillas. Y en un rincón, con un rollo de mapas bajo el brazo, Rodrigo de Molina escribía algo en su pizarra para que Leonor lo leyera en voz alta.
—Rodrigo pregunta cuántos son —dijo Leonor.
—Doce mil —dijo Fadrique—. Y piden que abramos las puertas, que aceptemos un gobernador y que devolvamos las aduanas del río. Si no, asedio.
Nadie dijo nada durante un momento. Luego Jarek escupió en el suelo, como hacía siempre que algo le parecía una tontería, y Nerea le dio un codazo.
—Tenemos harina para seis meses —dijo Sira—. Lo que subimos el otoño por el río.
—Tenemos dieciséis falconetes, si me dejáis tres semanas —dijo Bruno—. Diez, si me dejáis una.
—Tenéis una —dijo Fadrique.
Beatriz había cogido la carta del virrey mientras hablaban. La leía despacio, con el dedo, como leía todo. Al llegar a la cláusula final, la de las condiciones, el dedo se detuvo.
Tomás lo notó antes que nadie. Le conocía aquel gesto: era el de la noche de la cámara de los sellos, cuando reconoció en un pergamino el nudo de San Julián.
—¿Qué pasa?
—La carta la firma el virrey —dijo Beatriz, sin levantar la vista—. Pero la cláusula de las aduanas está añadida con otra mano. Una mano que hace las eses largas, al modo antiguo de la Chancillería, y que cierra cada renglón con un trazo hacia abajo, como quien da un portazo.
Íñigo se acercó por detrás de ella y miró el pergamino. Se le fue el color de la cara.
—No puede ser. Está en la torre de San Juan.
—Estaba. —Beatriz dejó la carta sobre la mesa, muy despacio, como si pesara mucho—. Hace dos inviernos me escribieron que había muerto de fiebres en la torre. No fui al entierro. Nunca vi el cuerpo.
Puso el dedo sobre la última línea.
—Es la letra de mi padre.
Fin del Episodio 1 · de 5
El estandarte en el horizonte
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