El último fuego del adarve·Episodio 05

La lumbre perpetua del norte

~4 min · 877 palabras

A la mañana siguiente, tres heraldos con una enseña blanca subieron hacia la barbacana. Detrás, a pie, venía el mariscal, un hombre viejo de barba blanca y cara de no haber dormido. Y detrás del mariscal, llevada por cuatro soldados, la litera de cortinas negras.

En el patio de armas, barrido de nieve, esperaban todos. Fadrique con el brazo vendado. Irene sin poder respirar hondo. Tomás con los fueros bajo el brazo, por si acaso. Beatriz delante de él, muy quieta.

—Vengo a pedir tregua —dijo el mariscal—. Mis piqueros no han cobrado en tres meses y esta mañana han quemado sus picas en el campamento. Los gremios del sur no nos venden pólvora. Y en Burgos dicen que el Consejo no sabía nada de esta campaña. —Hizo una pausa larga, de hombre que ha tenido que tragarse mucho—. Me dijeron que el norte era un bastión hambriento. Nadie me dijo que tuvierais un río.

—¿Y la litera? —preguntó Beatriz.

El mariscal se apartó. Los soldados dejaron la litera en el suelo y descorrieron las cortinas.

Dentro había un anciano envuelto en pieles, muy delgado, con las manos manchadas de tinta. Tenía los mismos ojos color ámbar oscuro que Beatriz. Miró el patio, miró las vidrieras, miró a su hija.

—Has engordado —dijo don Beltrán de Vivar.

—Y tú has resucitado. —Beatriz no se movió—. Me escribieron que habías muerto de fiebres en la torre de San Juan.

—Lo escribí yo. Tengo buena letra. —El viejo sonrió apenas—. Las tres familias del lindero me sacaron de la torre a cambio de una guerra. Yo les di una guerra. No es culpa mía que la hayan perdido.

—El mariscal te entrega —dijo Fadrique.

—El mariscal me vende. Es distinto. —Beltrán miró a su sobrino, a Íñigo, detrás de Irati, y por un momento algo le cambió en la cara—. Vosotros dos me robasteis dos guerras con dos papeles. Yo os enseñé a leer, y así me lo pagáis.

—Nos enseñaste a leer —dijo Beatriz—. Lo demás lo aprendimos solos.

◇

El tratado se firmó en el patio, sobre el atril de caoba de Tomás. El mariscal estampó el sello de armas y renunció en nombre del virrey a los censos, a las aduanas del Arlanza y a los gobernadores forzosos en las marcas del norte. Después firmó Fadrique, y después Irene, y después, porque Irene lo pidió, firmaron todos: Tomás y Beatriz, Íñigo e Irati, Bruno y Brianda, Sira y Nuño, Nerea y Lope, Rodrigo y Leonor. Rodrigo firmó con la mano y debajo, en letra pequeña, añadió una línea que solo leyó Leonor.

En la última hoja, Nerea pidió que se escribiera un nombre más. Tomás lo escribió con su mejor letra, la del nudo de San Julián: Jarek, de la Garganta de las Ánimas, que cerró el paso de las Tres Hermanas.

A don Beltrán lo llevaron a la torre del bastión, a una celda con ventana. Beatriz subió a verlo esa tarde y estuvo una hora. Nadie supo nunca de qué hablaron. Cuando bajó, tenía los ojos secos y la mandíbula apretada, y le dijo a Tomás que su padre había pedido papel y tinta, y que ella se los había llevado.

—¿Para qué?

—Dice que va a escribir sus memorias. —Beatriz casi se rio—. Le he dicho que se las corregiré yo.

◇

Al anochecer, todo Oakhaven subió al adarve más alto. En el centro, sobre un pedestal de granito con los nombres de los caídos de los diez días, Bruno había colocado un pebetero de bronce fundido en la fragua aquella misma semana. Ciro y sus aprendices lo habían llenado de leña de enebro, resina de pino y aceite de las almazaras de Valdelobos.

Fadrique e Irene subieron los escalones del pedestal. Él llevaba el eslabón y el pedernal; ella, un puñado de estopa empapada en aceite. Irene se acordó, sin querer, de la noche en que había cruzado el viaducto de los Siete Ojos con un salvoconducto falso y una mentira que contar. Pensó que en aquella mentira había empezado todo esto, y que no la cambiaría por ninguna verdad.

Fadrique golpeó el pedernal. La estopa prendió, Irene la acercó a la resina y una columna de fuego limpio subió hacia el cielo y encendió de naranja los picos nevados.

—Una lumbre no se enciende para que dure —dijo Fadrique en voz baja, solo para ella—. Se enciende para que alguien la vea desde lejos.

Y desde lejos la vieron. Una a una, a lo largo de cinco leguas, empezaron a responder las almenaras de las aldeas de la Garganta, los fanales de las gabarras del Arlanza, las hogueras de las plazas de Valdelobos. En el bosque de la Niebla, alguien encendió una tea en lo alto de un abeto. Y muy arriba, en el glaciar de las Tres Hermanas, donde ya no quedaba nadie, el viento movió la nieve sobre el espolón sin nombre y por un momento pareció que también allí ardía algo.

Nerea lo miró mucho rato, con la ballesta de Jarek a la espalda. Lope no le dijo nada. Le pasó el brazo por los hombros y se quedaron así hasta que la lumbre del adarve fue lo único encendido en toda la cordillera.

Fin del Episodio 5 · de 5

La lumbre perpetua del norte

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