El último barco de las nubes·Episodio 03

Por debajo del límite respirable

~7 min · 1375 palabras

Mara no tuvo tiempo de pasar la página.

El estampido sordo de un mortero de presión sacudió el maderamen desde la popa hasta la quilla, arrancándole un chasquido agónico a las cuadernas maestras. El cuaderno de hule negro salió despedido hacia la rejilla de drenaje, pero Mara se tiró al suelo de chapa y lo atrapó contra su pecho antes de que el caldo de sentina se lo tragara. Arriba, a través de dos cubiertas de roble y hierro batido, resonó un crujido seco, metálico, como si un ciempiés de acero gigantesco acabara de clavar las patas en la coronación del alcázar.

Ganchos de abordaje.

—¡Maldita sea su estirpe de burócratas! —bramó Onofre Cuesta desde el pasillo de las toberas.

El viejo maquinista apareció trastabillando, con la llave Chata aferrada en la diestra y una mancha fresca de hollín cruzándole la frente arrugada. Cojeaba con más rabia que dolor, arrastrando la pierna torpe mientras un chorro de vapor silbaba como una víbora detrás del mamparo.

—¿Nos han alcanzado? —preguntó Mara, metiendo el cuaderno a la fuerza en su mochila de lona deshilachada. La cremallera, rota desde hacía dos inviernos, se encalló en los dientes intermedios como de costumbre—. Creí que la purga en circuito cerrado no dejaba rastro en la capa lechosa.

—Y no lo deja, mocosa, a menos que el perro que te busca traiga la nariz pegada a tu estela. Es la corbeta de Arteche, el sabueso de la Capitanía. Reconozco el chasquido de sus morteros de compresión a diez leguas. Viene recortando el estrato alto, bien limpito por encima de la mugre, tirándonos hierros para amarrarnos en corto.

La cubierta volvió a cimbrear con violencia. Desde el techo de la sentina cayeron virutas de madera podrida y una lluvia fina de salitre alcalino que chisporroteó sobre las planchas calientes.

Mara se ajustó las gafas de vuelo sobre la frente. El cristal izquierdo tenía una raya diagonal y el cerco de cuero olía a sudor viejo, pero eran suyas. En el bolsillo de la chaqueta todavía guardaba dos galletas de centeno aplastadas; sacó una con la punta de los dedos, partida en tres pedazos terrosos, y se metió el más grande en la boca por pura inercia antes de ponerse en pie.

—¿Tienes hambre ahora? —gruñó Onofre, parpadeando con fastidio mientras ajustaba a golpes de puño el manómetro de mercurio de la caldera auxiliar.

—Se me iba a llenar de polvo de azufre —respondió ella masticando con dificultad—. ¿Quieres la mitad?

—Tiene pelusa.

—Pues no comas.

Onofre chasqueó la lengua, le arrebató el trozo con los dedos tiznados de grasa y se lo tragó de un bocado sin dejar de mirar la aguja que temblaba en la zona encarnada.

Un nuevo temblor, más prolongado y chirriante, tensó los cables de arriostramiento que bajaban por las paredes del casco. Los garfios de la corbeta imperial habían mordido firme en el maderamen exterior. El silbido del vapor en las juntas de plomo cambió de tono, volviéndose un jadeo ronco y agudo.

—Nos está remolcando hacia la cota clara —dijo Mara, apoyando una mano sobre las cuadernas vibrantes. Notaba el tirón en las palmas: el barco entero protestaba, levantado por la nariz hacia la luz reglamentaria donde las patrullas imperiales cazaban a placer—. Si salimos de la nube, estamos muertos.

—Y si nos quedamos aquí, esos ganchos nos parten el espinazo en diez minutos —replicó el viejo. Se rascó la barba gris, dejando un reguero blanco de salitre sobre los pelos duros—. Ese Arteche no dispara a matar. Quiere la nave entera. Quiere lo que tu padre dejó aquí metido.

Mara se congeló con la mano aún sobre la madera.

—¿Él lo sabe?

—Arteche sabe hasta la marca de tabaco que fuman los fogoneros en San Telmo, chiquilla. ¿Crees que tu padre se escondió en esta sentina durante un mes solo por cambiar tornillos? No seas boba. Miró cada costilla de este cascarón.

◇

El tubo acústico de latón que conectaba el puente secundario con la sentina estalló en un pitido seco. La lengüeta de bronce bailó como loca dentro de la boquilla.

Mara y Onofre se quedaron inmóviles. El único sonido en la penumbra ocre era el gotear rítmico del aceite quemado sobre una bandeja de cinc y el crujido distante de las cadenas de abordaje tensándose contra el combés.

—No descuelgues —susurró Mara.

—No hace falta —dijo Onofre en voz baja—. Ese trasto tiene la bocina abierta de par en par.

Un carraspeo metálico resonó en la campana de latón, pulcro, pausado, con el eco hueco que solo producían los amplificadores de resonancia de la oficialidad imperial. Íñigo Arteche hablaba como si estuviera sentado en una sala de té en tierra firme, midiendo cada consonante con la precisión de un compás de dibujo.

—Sentina cuatro —dijo la voz de Arteche, nítida y gélida—. Sé que estás escuchando, Cuesta. Y sé perfectamente quién te está pasando las herramientas esta mañana.

A Mara se le desató el cordón de la bota izquierda. Bajó la vista hacia la lazada suelta sobre el suelo manchado de brea, pero no se agachó. No se atrevió ni a respirar.

—No tenéis maniobra —continuó la bocina acústica, acompañada de fondo por el latido acompasado de los pistones de la corbeta imperial amarrada a sus espaldas—. Mis cabrestantes tienen aferrada vuestra popa. Si meto presión a las calderas de tiro, desgajaré vuestro timón en tres minutos y caeréis al fondo como un fardo de plomo sin control.

Onofre se inclinó hacia Mara y señaló con la barbilla hacia el mamparo de estribor.

Allí, bajo una capa de grasa reseca, colgaba una palanca de forja pintada de amarillo desvaído. La válvula de los tanques de lastre secundarios. Tres pasos de distancia.

Mara conocía la regla no escrita de los caldereros, la que su padre repetía cuando dibujaba secciones de quilla sobre papel de estraza: el barco que se traga la niebla pesada cae como una piedra, pero el barco que cae demasiado rápido nunca vuelve a subir.

—Ibarra —llamó la voz de Arteche desde el tubo, con una suavidad que resultaba más cortante que un hacha de abordaje—. Tu padre era un artesano competente, pero cometió la torpeza de creer que los secretos de la Corona caben en el bolsillo de un chaleco. Sé lo que grabó en las cuadernas maestras de esa bodega. Entrégame el registro y las coordenadas que dejó talladas en el roble. A cambio, bajaré una escala de cuerda. Inmunidad absoluta para ti y un pasaje de desembarco limpio en San Jerónimo para el viejo. Tienes diez segundos antes de que ordene virar en redondo.

Diez segundos.

—La palanca —murmuró Onofre sin mover los labios, clavando sus ojos cansados en los de la muchacha—. Si la bajas, Mara, nos vamos derecho a la porquería. A tres mil brazas bajo el cielo reglamentario, el aire sabe a cobre y no queda papel donde firmar un perdón.

Mara no esperó a que Arteche contara hasta tres.

Saltó sobre el maderamen húmedo, ignorando el lazo suelto de su bota que le azotaba el tobillo, y se colgó con las dos manos de la palanca de inundación.

El hierro opuso una resistencia tenaz, agarrotado por semanas de salitre acumulado, pero Mara echó todo su peso hacia atrás, apoyando los talones contra el zócalo de la caldera. La chapa crujió. Un resorte reventó con el sonido seco de un disparo y la válvula cedió hacia abajo en un recorrido brusco y grasiento.

Un bramido ensordecedor sacudió el fondo de la nave.

Las compuertas inferiores se abrieron de golpe a la Espuma. Toneladas de gas denso y sulfuroso inundaron los tanques ciegos, y el galeón, liberado por la fuerza bruta de su propio peso muerto, arrancó de cuajo dos de los ganchos de la corbeta en una lluvia de astillas y eslabones rotos.

Cayeron en picado.

El estómago de Mara flotó dentro de su pecho mientras la gravedad desaparecía bajo sus pies. A través de la bocina acústica, antes de que el vapor sulfuroso anegara las conducciones de aire y ahogara el latón en un gorgoteo fétido, la voz del capitán Arteche volvió a filtrarse entre chasquidos estáticos:

—Baja todo lo que quieras, Mara. No hay fondo en el que no pueda encontrarte.

Fin del Episodio 3 · de 4

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