La frontera sin orillas
~7 min · 1377 palabras
El eco metálico de la voz de Arteche tardó tres segundos en apagarse por la trompeta de latón, devorado por el rugido sordo del aire exterior. Mara no contestó. En lugar de buscar las palabras adecuadas, le arreó una patada a la leva del paso de vapor para asegurar el cierre.
La bota derecha le bailaba en el tobillo; el cordón de cáñamo desatado se arrastraba entre el aceite negro del suelo, pringoso y amenazando con engancharse en cualquier engranaje.
—¡Sujétate a algo que no esté al rojo! —bramó Onofre desde la pasarela.
No había dónde agarrarse.
El galeón cayó en un bache de presión que les vació el estómago de golpe. La sentina crujió de punta a punta, con un chasquido agudo de remaches sometidos al límite mientras las costillas de bronce del casco protestaban como si fueran a doblarse hacia adentro. La luz lechosa de las escotillas superiores se tiñó de inmediato de un ocre espeso y cetrino; el estrato medio los envolvía como puré de garbanzos, dejando en la lengua ese regusto áspero, a limaduras de cobre viejo, que siempre avisaba cuando se rompía la cota respirable.
—¡Los manómetros, niña! —gritó el viejo, frotándose la rodilla mala contra una barandilla mientras el galeón daba un bandazo salvaje—. ¡Dime que la aguja de babor no se ha clavado en el tope!
Mara se limpió el salitre de las gafas de vuelo con la manga grasienta de la camisa. Se le habían pegado granos finos a la frente, como arena salada.
—¡No se ha clavado! —respondió, gritando sobre el silbido del vapor que se fugaba por las juntas de plomo de la caldera—. ¡Está temblando en el trescientos cuarenta! Si sube diez cuartos más, el vástago principal va a reventar el cilindro antes de que crucemos la corriente.
—¡Pues dale purga a la tobera!
—¡Si purgo nos quedamos sin sustentación y nos tragamos la Espuma!
Onofre soltó una maldición corta y masticada, de las que reservaba para cuando las tuercas de paso invertido se le resistían en el taller.
El inventario mental de Mara en ese segundo exacto era un desastre:
Objeto uno: una barra de desencofrar de hierro forjado, sesenta centímetros de largo, con la uña mellada y una capa de óxido que manchaba de naranja las palmas.
Objeto dos: la llave Chata colgada del cinto de Onofre, balanceándose como un péndulo loco.
Objeto tres: medio paquete de galletas de manteca aplastadas en el bolsillo del chaleco, reducidas a polvo incomible.
Y la corbeta imperial arriba, persiguiéndolos a ciegas.
Un estampido seco retumbó sobre sus cabezas. Arteche había disparado los morteros de compresión para calcular el rebote acústico; la onda expansiva golpeó la quilla como un martillazo submarino, haciendo vibrar las chapas bajo los pies de Mara con tanta furia que los dientes le castañetearon.
—Nos tiene la distancia —dijo Onofre, jadeando mientras se apoyaba en el mamparo cortafuegos—. Ese bastardo no necesita vernos las caras. Solo necesita que frenemos.
—No vamos a frenar —dijo Mara.
—La biela se va a doblar, cría. Mírala.
La biela del pistón secundario subía y bajaba con un traqueteo histérico, perdiendo el compás a cada golpe. Cada vez que alcanzaba el punto muerto superior, la biela cabeceaba hacia la izquierda, rozando la guía de bronce fundido con un chirrido de dientes que erizaba la piel. Si el vástago se salía de su eje, el pistón perforaría la cámara y la caldera secundaria estallaría como una granada de zapa.
Mara se agachó, recogió el cordón sucio de la bota y le dio dos vueltas rápidas alrededor del tobillo, haciendo un nudo ciego sin soltar la barra de hierro con la otra mano.
—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Onofre, abriendo los ojos desmesuradamente.
—Trabar el recorrido.
—¡Te va a arrancar los brazos!
—Solo son cuatro pulgadas —dijo ella, con la respiración entrecortada por el olor agrio a colza requemada y estopa—. Si obligo al vástago a completar la carrera recta, la sobrepresión irá directa a las toberas de popa.
—¿Y si partes la barra?
—Entonces me devuelves a Chata, que para algo es mía.
Onofre soltó un bufido que pareció casi una carcajada, pero la tensión le tensaba las arrugas del cuello como alambres.
—Hazlo de una vez si no quieres que nos estrellemos contra las chimeneas ciegas.
Mara no lo pensó dos veces.
Esperó a que el pistón bajara. Uno. Dos. Al tercer golpe, cuando el metal caliente subió en su carrera desigual, encajó la uña de la barra de desencofrar entre el tope del bastidor y la garganta de la guía. El impacto resonó en sus codos, una sacudida seca que le mordió las muñecas y le dejó los brazos temblando por el esfuerzo.
El hierro contra el bronce.
La biela chilló, obligada a entrar derecha en el carril a la fuerza, expulsando una nube de vapor lechoso que le abrasó los nudillos enguantados. El galeón entero pegó un salto hacia adelante, como si un gigante le hubiera propinado una patada en el codaste. El aire en la sentina se volvió un zumbido ensordecedor; las costillas crujieron, pero aguantaron.
—¡Entró! —aulló Mara, sosteniendo la palanca con todo el peso de su cuerpo, con las botas resbalando sobre las planchas grasientas—. ¡Onofre, abre las válvulas de las toberas, ya!
El viejo no se lo hizo repetir. Se lanzó sobre las ruedas de paso y las giró a manotazos, con la destreza de quien lleva cuarenta años quemándose las manos con vapor vivo.
El galeón aceleró en caída oblicua, cortando el banco denso como una cuña de madera podrida.
Por el tubo acústico, abierto a la intemperie superior, llegó el aullido sordo de una rabotada térmica. Un vendaval ascendente de aire recalentado que golpeó la popa de la corbeta imperial. Mara oyó el crujido distante de las palas de Arteche astillándose contra el aire caliente, el sonido hueco de un timón que pierde agarre y la orden rota de virar antes de que la corriente los hiciera zozobrar.
La corbeta se quedaba atrás. Arteche no podía arriesgar el casco blindado en una corriente que no figuraba en sus ordenanzas de navegación.
El silencio que siguió fue paulatino, roto únicamente por el resoplido pesado de la caldera desahogándose por los escapes de seguridad.
Mara aflojó la presión de los brazos poco a poco. La barra de desencofrar había quedado curvada, con la uña doblada en un ángulo absurdo que ya no serviría para abrir ninguna caja de pernos. La dejó caer al suelo; el tintineo del hierro contra la chapa sonó limpio y solitario.
—Vaya estropicio de palanca —rezongó Onofre, aunque tenía los ojos húmedos por el humo y se limpiaba las mejillas con un trapo sucio.
—Servía para esto —dijo Mara.
Se sacó del bolsillo interior el cuaderno de tapas de hule negro. Las esquinas estaban ablandadas por el sudor y la humedad salina, pero el papel grueso seguía intacto. En la última página anotada, junto a la firma con los dos puntos, su padre había trazado un rumbo que ningún piloto imperial se atrevería a poner en un informe oficial.
Mara recorrió el trazo con la yema del pulgar, leyendo las notas al margen escritas con tinta ferrogálica desvaída:
No estábamos huyendo del desguace; solo buscábamos un cielo lo bastante ancho para no tener que arrodillarnos al aterrizar.
—Mira —dijo Onofre, señalando hacia las rendijas de ventilación del mamparo de proa.
La niebla densa y sorda comenzó a abrirse, desgarrándose como una gasa vieja.
El galeón emergió de la capa sulfurosa a un espacio abierto, un pozo de aire claro donde el viento no soplaba de costado. Frente a ellos, suspendidas sobre torres de celosía que flotaban gracias a enormes campanas invertidas, se alzaban decenas de chimeneas de ladrillo y hojalata, escupiendo columnas de humo azulado hacia el vacío. Había pasarelas colgantes, barcazas remendadas atadas a boyas de chatarra y ropa tendida secándose entre los cables.
Era el refugio libre.
Mara guardó el cuaderno en el chaleco, se ajustó las gafas de vuelo sobre la frente y se apoyó en la barandilla con las piernas todavía temblorosas por la sobrepresión.
—Bueno —murmuró, mirando el laberinto de hierro suspendido—. Al menos aquí no van a pedirnos los papeles del timón.
Fin del Episodio 4 · de 4
La frontera sin orillas
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