Cota de ceniza y salmuera
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Mara se arrojó de bruces contra las planchas aceitosas antes de que el vapor le pelara las cejas.
El metal ardía a través de la tela de su overol, pero no soltó a Chata. La llave inglesa —treinta centímetros de acero dulce con mango encintado en hiladillo sucio y tres muescas limadas en la mandíbula móvil— encajó en la tuerca hexagonal con un chasquido seco. Era un acople perfecto, de esos que solo ocurren cuando la suerte decide no cobrar peaje.
—¡Gira, condenada! —rugió Onofre desde arriba, metiendo el gato mecánico bajo la bancada del compresor.
Mara apretó los dientes, apoyó la bota contra una costilla del casco y tiró con las dos manos. El cordón desatado de su bota izquierda se enganchó en el grifo de purga, tironeándole del tobillo con fastidio. Ni se molestó en soltarlo; metió todo el peso del hombro. La contratuerca crujió, soltó una costra de óxido alcalino y cedió media pulgada hacia estribor. El silbido agónico del vapor bajó dos octavas, transformándose en un gorgoteo contenido.
El galeón dio un bandazo hacia arriba, crujiendo en cada una de sus maderas, y luego flotó.
Silencio.
No un silencio de calma, sino esa pausa sorda que llega cuando las toberas tragan aire ralo y la nave se estabiliza a mitad de camino entre la tierra y la nada.
Los estratos medios olían a piedra pómez y a manteca rancia.
A esa altura, el sol no era más que un huevo poché reventado contra una sábana gris; una mancha lechosa que quitaba las sombras pero volvía los rostros del color de la ceniza de colza. El viento se había muerto del todo. En la jerga de los puertos ciegos lo llamaban «la calma chicha del calderero»: ni una brisa para hinchar el velamen auxiliar, ni suficiente densidad para que las aletas de deriva mordieran con ganas.
Toda la tripulación en cubierta andaba con limas sordas, repasando las rebabas de las toberas para que el poco aire tibio no silbara. En la sentina, Onofre Cuesta se sentó sobre un barril de sebo y se frotó la rodilla mala con la palma encallecida.
—Tienes maña para los fierros, mocosa —dijo, escupiendo una hebra de tabaco negro que fue a estrellarse contra la chapa caliente de la caldera—. Aunque casi nos despanzurras contra el muelle con tus prisas.
—Si no me meto abajo, la tuerca habría reventado la camisa de plomo —respondió Mara, sentada en una caja de estopa. Tenía la cara manchada de hollín y una costra salina le picaba furiosamente en el puente de la nariz, justo bajo el borde de goma de las gafas de vuelo—. Me debes una vida, Cuesta.
—Te debo una patada en el trasero si Sabino baja por la escala. Y no me llames Cuesta a secas, que tengo edad para ser tu abuelo tres veces.
Onofre metió la mano en el bolsillo de su chaleco de cuero cuarteado, sacó una navaja roma y cortó un trozo de cecina correosa del tamaño de un pulgar. Le tendió un pedazo.
Mara lo miró. Olía a salitre concentrado y polvo de carbón.
—Paso. Todavía me queda comida.
Hurgó en el bolsillo lateral de su mochila de lona —la que tenía la cremallera atascada con un imperdible oxidado— y extrajo un envoltorio grasiento. Una galleta de algarroba prensada: sesenta por ciento migas sueltas, cuarenta por ciento pelusa de bolsillo. Partió un trozo con las uñas y se lo metió en la boca. Sabía a harina vieja y serrín, pero calmaba el regusto metálico que dejaba el aire espeso de las sentinas.
—¿Siempre vuela tan despacio este cacharro? —preguntó ella, masticando con desgana.
—Vuela como vuelan los barcos que no quieren que los apunten en un libro oficial —replicó el viejo, masticando su cecina con un movimiento circular de quijada que hacía bailar las verrugas de su barbilla—. Prado sabe lo que hace. Allá arriba no hay leyes, pero hay cañones que no piden explicaciones.
—Prado parece un maestro de escuela con mal café encima.
—Prado es un perro sarnoso, pero conoce los bajíos de niebla mejor que ningún borracho de San Telmo.
Desde el tubo acústico de latón que colgaba del techo cayó una voz metálica, filtrada y lejana como si saliera del fondo de un pozo:
—Máquinas. Informe de tobera dos.
Onofre no se inmutó. Terminó de masticar, se limpió los dedos en el muslo y se acercó con parsimonia a la bocina.
—Tobera dos con tiro limpio, comandante —soltó con una voz tan plana que parecía leída de un manual de aduanas—. Salmuera en las aletas, nada que un par de mocosos no puedan raspar con espátula de bronce.
—No quiero estelas blancas. Si dejamos rastro en la capa lechosa, nos van a cazar los guardacostas antes del mediodía. Mantenga la purga en circuito cerrado.
—Entendido, señor.
El tubo hizo un chasquido cuando Prado cerró la válvula desde el puente. Onofre dejó escapar un resoplido que le agitó los pelos de la nariz.
—Cómplices de la niebla —masculló el viejo, recogiendo un mazo de madera y un raspador curvo—. La niebla no absuelve a nadie de sus deudas, pero al menos te regala media hora de ceguera mutua. Toma, haz algo útil antes de que me arrepienta de no haberte tirado a la dársena.
Le arrojó una espátula de hoja flexible.
La bancada de popa era un laberinto de tubos que sudaban condensación tibia.
A Mara le gustaba el desorden mecánico. Tenía una lógica que la gente rara vez entendía: los engranajes no mentían; si una válvula fallaba, era por desgaste o por mal temple, nunca por rencor. Con la espátula fue limpiando las costras de salitre que crecían como hongos blanquecinos en las uniones de las bridas.
La nave flotaba tan quieta que una plomada colgada del mamparo apenas oscilaba medio dedo. Era esa calma engañosa de los estratos medios, donde no se oye el viento, solo el lamento amortiguado de los remaches dilatándose por el calor de las cámaras.
Al llegar al mamparo cortafuegos, detrás de la caldera secundaria, Mara se topó con la plancha del fogonero.
Era una placa gruesa de hierro dulce asegurada por cuatro tuercas de mariposa. Dos de ellas estaban flojas, dobladas a golpes de martillo como si alguien hubiera intentado forzarlas sin las herramientas adecuadas. Mara se agachó. Una corriente de aire frío se filtraba por la rendija inferior.
No tenía por qué abrirla.
Su tarea era raspar la sal.
Metió la uña de Chata bajo la pestaña y apalancó.
La plancha cedió con un chasquido apagado. Detrás no había tuberías de retorno ni camisas de vapor. Había un nicho ciego, un hueco de contrabando de los que se construían en las cuadernas maestras para pasar licor o instrumental sin pagar diezmo en los muelles libres.
Dentro descansaba una lata cuadrada de tabaco de pipa, precintada con cinta de alquitrán para protegerla de la humedad sulfurosa.
Mara miró por encima del hombro. Onofre seguía en la tobera de proa, dándole golpes acompasados y rítmicos a una abrazadera rebelde: tac, tac, tac.
Con cuidado, desgarró el alquitrán reseco con la punta de la navaja. Dentro no había tabaco.
Había un librillo de tapas de hule negro, atado con una goma elástica podrida que se partió nada más rozarla. Un registro técnico de mantenimiento no oficial. Las hojas eran de papel de arroz, amarilleadas por el vapor de aceite, llenas de cálculos de presión, esquemas de toberas de tres vías y correcciones de empuje.
Mara pasó las primeras páginas mecánicamente, buscando entender la letra apretada del maquinista anterior.
Se detuvo en seco.
A mitad del cuaderno, la tinta desvaída daba paso a trazos firmes de lápiz de grafito blando. Un trazo inclinado hacia la izquierda, con los números cuatro dibujados con una lazada abierta y las letras «d» con un rabo larguísimo que cruzaba el renglón superior.
Nadie en los tres archipiélagos escribía los registros de presión de esa manera.
Solo una persona.
«Ajustada la holgura del álabe secundario a dos líneas de pulgada. La tobera tose con aire frío, pero aguantará el paso del Canal de San Jerónimo si no forzamos el tiro.»
Al pie del párrafo, junto a la firma abreviada —una 'S' cruzada por dos puntos—, figuraba la fecha.
Mara leyó los números tres veces.
Catorce de noviembre.
Su padre había naufragado en los arrecifes exteriores el veinte de octubre. Ochenta leguas al sur, según el informe sellado que la Capitanía había entregado a su madre junto con un cofre vacío y una pensión denegada.
Catorce de noviembre.
Tres semanas después de estar oficialmente muerto, su padre había estado en esta misma sentina, apretando los mismos tornillos con un lápiz en la oreja.
Fin del Episodio 2 · de 4
Cota de ceniza y salmuera
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