El último barco de las nubes·Episodio 01

El silbido de las juntas ciegas

~6 min · 1265 palabras

Cuatro cuadernas de roble acorazado y dos fardos de estopa que olían a perro mojado y brea vieja. Ese era todo el espacio vital de Mara Ibarra en el vientre del galeón imperial.

Ni un centímetro más.

Se reacomodó despacio, buscando un hueco entre dos sacos apelmazados porque el extremo de un perno de bronce le estaba mordiendo la cadera a través de la lona del overol. En la penumbra verdosa del doble fondo, el mundo se reducía a tres cosas muy concretas: el vaho tibio de su propia respiración contra los cristales rayados de sus gafas de mecánico, el cordón desatado de su bota derecha —que amenazaba con hacerla rodar por la sentina al primer sobresalto— y un silbido agudo, enfermo, que no debería haber estado allí.

—Tres milésimas de holgura —masculló contra el cuello de su chaqueta, sin soltar la herramienta que llevaba aferrada a los muslos.

[Inventario: Llave inglesa 'Chata', calibre 24. Acero dulce con mango encintado en cuero deshilachado. Manchas persistentes de aceite de colza. Utilidad: ajustar tuercas rebeldes o partirle la crisma a quien haga preguntas de más.]

El silbido volvió a sonar, más fino ahora, casi un quejido de tetera vieja. Venía del mamparo de babor, justo donde las tuberías de condensación atravesaban la quilla hacia los balancines de sustentación. Una junta ciega de plomo estaba cediendo antes incluso de que soltaran las amarras de piedra en el muelle de San Telmo. El plomo era barato, blando y maleable; a la intendencia imperial le encantaba porque abarataba los presupuestos en los despachos de la capital, pero a cuatrocientas varas sobre el abismo de nubes el plomo se derretía como manteca rancia.

Si la junta reventaba en pleno despegue, los estabilizadores escupirían vapor muerto y la mole de madera y chapa se escoraría como un fardo de plomo directo al vacío de la Espuma.

Arriba, a través del enrejado de hierro que separaba la sentina de la cubierta de calderas, retumbaron botas con suela de cuero guarnecido. El paso era seco, marcial, sin la menor consideración por la elasticidad de los tablones.

—¡Le he pedido presión de maniobra inmediata, contramaestre, no una lista de excusas meteorológicas! —bramó una voz que bajó por el tubo acústico con la claridad de una pedrada. El Comandante Sabino Prado. No hacía falta ver sus charreteras doradas para imaginarlo erguido junto a la rueda de timón, con el mentón afeitado al milímetro y los guantes de cabritilla impecables—. La Tercera Flotilla zarpó hace veinte minutos. Si nos quedamos rezagados en el estrato de niebla, le aseguro que no será mi hoja de servicios la que termine en el archivo de bajas.

—La purga no ha concluido, mi comandante —respondió otra voz, mucho más cascada, ahogada por un golpe de tos seca—. El vapor de colza todavía viene sucio del precalentador. Si metemos tiro forzado a las turbinas antes de cruzar la cota doscientos...

—¡Doscientos ochenta barres de presión antes de la campana de las seis! ¿Me ha oído? Cumpla la orden.

El eco metálico de una trampilla al cerrarse de golpe cortó la discusión.

Silencio.

Salvo por el silbido. Fssss-tic. Fssss-tic.

Mara metió la mano izquierda en el bolsillo lateral de la mochila, esa que tenía la cremallera atascada con un imperdible de latón, y tanteó en busca de algo sólido. Sus dedos dieron con una galleta de avena rota en cuatro pedazos. Sacó uno cubierto de pelusa gris, sopló sin mucho entusiasmo para limpiarlo y se lo metió entre los dientes. Sabía a harina cruda y a hierro.

Masticó despacio, con la espalda apoyada contra el casco exterior. La madera temblaba. No con la vibración rítmica y noble de un motor bien centrado, sino con ese traqueteo errático que avisa que un engranaje está mordiendo viruta. Fuera, el viento de los estratos medios empujaba contra los costados del navío, trayendo a través de las juntas ese olor inconfundible de la Espuma que se arremolinaba bajo la quilla: un hedor denso, picante, como a azufre apagado y lejía quemada que dejaba una aspereza fría en el paladar.

Si Prado forzaba las calderas con la junta en ese estado—

Un chasquido sordo la interrumpió.

No fue arriba. Fue a escasos tres metros de su escondite, justo detrás de la bomba de achique auxiliar. El plomo de la brida acababa de rajarse. Una hebra de vapor blanco, finísima y recta como una aguja de coser, empezó a silbar contra las tablas con un chirrido histérico.

—Maldita sea mi estampa y la del herrero que fundió esta basura —rezongó una voz entre las sombras.

Mara contuvo el aliento, encogiéndose tanto que la hebilla de sus gafas se le clavó detrás de la oreja. Por el pasillo central de la sentina avanzaban unas botas pesadas, deformadas por los juanetes, que arrastraban los talones con una cadencia cansina.

Apareció una luz. Una llama blanca, viva y apestosa a acetileno, brotando de la tobera de un candil de carburo cuyo reflector de latón tenía más abolladuras que un caldero de rancho. El cristal protector estaba cruzado de parte a parte por una grieta reparada con alambre fino.

El hombre que sostenía la lámpara vestía una chaquetilla de dril empapada en lamparones negros y llevaba una llave de golpe al hombro como si fuera un fusil. Era ancho, cetrino, con unos bigotes amarilleados por el tabaco de mascar y el ceño fruncido en un gesto de perpetuo disgusto con las leyes de la termodinámica.

Onofre Cuesta.

El viejo maquinista se detuvo frente a la brida rota, resopló y levantó el candil.

La luz amarillenta barrió la sentina, resbaló por las costillas de madera, iluminó los fardos de estopa y fue a clavarse directamente en la cara de Mara.

Ella no pestañeó. Tenía la llave de acero aferrada contra el pecho con los nudillos blancos y el corazón repicándole contra las costillas a doscientos golpes por minuto.

Onofre no gritó. Ni siquiera abrió los ojos más de la cuenta. Se quedó mirándola durante cinco segundos enteros, como quien mira una mancha de humedad nueva en el techo de su camarote: con una mezcla de fastidio burocrático y resignación cósmica. La mirada del viejo bajó despacio desde los mechones revueltos de la chica hasta la herramienta que sostenía entre las manos, reluciente de grasa fresca.

—Esa chata no es del inventario de a bordo —dijo Onofre. Su voz sonaba a grava triturada en un molino—. El mango está demasiado limpio.

—Es de acero forjado de los talleres de bajamar —consiguió articular Mara, sin moverse un ápice—. Aguanta cuarenta kilos de par sin redondear las aristas.

—¿Ah, sí? —Onofre se rascó la comisura del labio con la uña sucia del pulgar—. Pues qué alegría me das, polizona.

—No soy—

—Me importa un bledo lo que seas —cortó el viejo con un ademán brusco del codo—. Un galeón no vuela por decreto ni por bandera, muchacha; vuela porque cuatro desgraciados aprietan las tuercas a tiempo.

Sin previo aviso, el maquinista dio dos zancadas, estiró el brazo y le encajó el asa ardiente del candil de carburo en pleno pecho, obligándola a soltar un bufido cuando el metal tibio le golpeó el esternón.

—Sostén esto y no te quemes los dedos —ladró Onofre mientras se agachaba con un crujido penoso de rodillas—. Se nos está yendo la presión del sello secundario y la turbina de babor va a entrar en pérdida antes de que salgamos de la dársena. Si esa porquería de llave tuya vale lo que dices, métete ahí abajo y calza la contratuerca mientras yo meto el gato. ¡Muévete, que nos caemos antes de subir!

Fin del Episodio 1 · de 4

El silbido de las juntas ciegas

Siguiente Episodio 2~8 minCota de ceniza y salmuera“La niebla no absuelve a nadie de sus deudas, pero al menos te regala media hora de ceguera mutua.”Seguir leyendo
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