El Rey de Amarillo·Episodio 08

Capítulo II · III

~6 min · 1187 palabras

Cierta labor que por aquel entonces me ocupaba en las decoraciones del gabinete de Geneviève me retenía de continuo en el pequeño y pintoresco palacete de la Rue Sainte-Cécile. Boris y yo en aquellos días trabajábamos duro pero a nuestro antojo, es decir, a salto de mata, y los tres, junto con Jack Scott, holgazaneábamos bastante en mutua compañía.

Una tarde apacible me hallaba vagando a solas por la casa, examinando curiosidades, husmeando en rincones insólitos y sacando golosinas y cigarros de extraños escondrijos, hasta que al cabo me detuve en el aposento de baño. Boris, embadurnado de arcilla, se lavaba allí las manos.

La estancia estaba construida en mármol rosado, con excepción del piso, que ostentaba un teselado en rosa y gris. En el centro había un estanque cuadrangular hundido bajo el nivel del suelo; una gradería descendía hasta él y pilares esculpidos sostenían un techo pintado al fresco. Un delicioso Cupido de mármol parecía acabar de posarse sobre su pedestal en el extremo superior del recinto. La totalidad del interior era obra de Boris y mía. Boris, con su atuendo de trabajo de lona blanca, se raspaba de sus hermosas manos los rastros de arcilla y de cera roja de modelar, y coqueteaba por encima del hombro con el Cupido.

—Te veo —insistía—, no intentes mirar hacia otro lado ni fingir que no me ves. ¡Tú bien sabes quién te hizo, pequeño embaucador!

A mí me correspondía siempre el papel de interpretar los sentimientos de Cupido en aquellas pláticas, y al llegar mi turno respondí de tal guisa que Boris me aferró del brazo y me arrastró hacia el estanque, asegurando que me daría un chapuzón. Al instante soltó mi brazo y palideció. —¡Dios bendito! —dijo—. ¡Había olvidado que la alberca está llena de la disolución!

Me estremecí un poco y le aconsejé con sequedad que recordase mejor dónde almacenaba aquel preciado líquido.

—¡Por el cielo!, ¿por qué guardas un pequeño lago de ese espantoso brebaje precisamente aquí y no en otro sitio? —pregunté.

—Quiero experimentar con algo grande —respondió.

—¿Conmigo, por ejemplo?

—¡Ah!, eso rozó demasiado el peligro para bromear; pero en verdad deseo observar la acción del compuesto en un cuerpo vivo de organización más compleja; ahí está ese gran conejo blanco —dijo, siguiéndome al taller.

Jack Scott, con una chaqueta manchada de óleo, entró vagabundeando, se adueñó de todos los dulces orientales que pudo atrapar, saqueó la pitillera y, por fin, él y Boris se marcharon juntos a visitar la Galería de Luxemburgo, donde un nuevo bronce plateado de Rodin y un paisaje de Monet acaparaban la atención exclusiva de la Francia artística. Volví al taller y reanudé mi tarea. Se trataba de un biombo renacentista que Boris deseaba que yo pintara para el gabinete de Geneviève. Pero el chiquillo que a regañadientes holgazaneaba a través de una serie de poses, hoy se negaba a cualquier soborno para portarse bien. Jamás permanecía un instante quieto en la misma postura, y en menos de cinco minutos tracé otros tantos perfiles distintos del pequeño bribonzuelo.

—¿Estás posando o estás bailando y cantando una zarzuela, amigo mío? —inquirí.

—Lo que al señor le plazca —repuso con una sonrisa angelical.

Por supuesto lo despedí por el resto del día, y desde luego le pagué la jornada completa, que tal es el modo en que echamos a perder a nuestros modelos.

Una vez que el rapazuelo se hubo marchado, apliqué unos pocos manchones desganados a mi obra, pero estaba tan completamente de mal temple que me llevó el resto de la tarde deshacer el estropicio que había causado; de modo que al fin raspé la paleta, sumergí los pinceles en un cuenco de jabón negro y me dirigí con calma a la sala de fumar. Creo de veras que, con excepción de los aposentos de Geneviève, ninguna estancia de la casa se hallaba tan exenta del perfume del tabaco como aquella. Era un extraño caos de cachivaches, tapizado de colgaduras raídas. Una vieja espineta de tono dulce y bien conservada descansaba junto a la ventana. Había panoplias de armas, algunas antiguas y deslucidas, otras brillantes y modernas, guirnaldas de armaduras indias y turcas sobre la repisa de la chimenea, dos o tres buenos cuadros y un estante de pipas. Era allí donde acudíamos en busca de sensaciones novedosas al fumar. Dudo que haya existido algún tipo de pipa que no estuviese representado en aquel anaquel. Una vez elegida una, de inmediato la llevábamos a otro sitio para fumarla, pues el lugar resultaba, a fin de cuentas, más tétrico y menos acogedor que cualquier otro de la casa. Pero aquella tarde el crepúsculo era apaciguador, las alfombras y pieles del suelo lucían pardas, suaves y soñolientas; el gran canapé estaba colmado de cojines: hallé mi pipa y me acurruqué allí para una desacostumbrada fumada en el salón de fumar. Había escogido una con un largo tubo flexible y, tras encenderla, me sumí en ensoñaciones. Al cabo de un rato se apagó, mas no me moví. Seguí soñando y pronto me quedé dormido.

Desperté al son de la música más triste que jamás hubiera escuchado. La estancia estaba en completa penumbra; no tenía la menor idea de qué hora fuese. Un rayo de luna plateaba un borde de la vieja espineta, y la madera barnizada parecía exhalar los sones como el aroma flota sobre una arqueta de sándalo. Alguien se alzó en la oscuridad y se alejó llorando calladamente, y fui tan insensato que grité: «¡Geneviève!».

Se desplomó al oír mi voz, y tuve tiempo de maldecirme mientras encendía una luz e intentaba levantarla del suelo. Se encogió con un murmullo de dolor. Permanecía muy quieta y preguntó por Boris. La llevé en brazos hasta el diván y salí a buscarlo, pero él no estaba en la casa y los sirvientes se habían ido a dormir. Desconcertado y angustiado, volví apresuradamente junto a Geneviève. Yacía donde la había dejado, sumamente pálida.

—No encuentro a Boris ni a ninguno de los criados —dije.

—Lo sé —respondió débilmente—, Boris ha ido a Ept con el señor Scott. No lo recordaba cuando te envié a buscarlo hace un momento.

—Pero en tal caso no puede regresar antes de mañana por la tarde, y... ¿estás lastimada? ¿Te asusté hasta hacerte caer? ¡Qué insensato rematado soy!, pero apenas estaba despierto a medias.

—Boris creyó que te habías ido a casa antes de la cena. Te ruego que nos perdones por haberte dejado aquí todo este tiempo.

—He dormido una larga siesta —reí—, tan profunda que no supe si aún seguía dormido o despierto al encontrarme contemplando una figura que avanzaba hacia mí, y grité tu nombre. ¿Has estado probando la vieja espineta? Debiste de haber tocado con extremada suavidad.

Diría mil mentiras peores que aquella por ver la expresión de alivio que asomó a su semblante. Sonrió de modo adorable y dijo con su tono natural: —Alec, tropecé con esa cabeza de lobo y creo que me he torcido el tobillo. Por favor, llama a Marie y luego márchate a casa.

Hice lo que me pedía y la dejé allí cuando la sirvienta entró.

Fin del Episodio 8 · de 39

Capítulo II · III

Siguiente Episodio 9~9 minCapítulo III · III“—Geneviève duerme ahora —me dijo—; la torcedura no es nada, pero ¿por qué habría de tener una fiebre tan alta?”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.