Capítulo I · III
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Aunque yo no sabía nada de química, escuchaba fascinado. Cogió un lirio de Pascua que Geneviève había traído aquella mañana de Notre Dame y lo dejó caer en la jofaina. Al instante, el líquido perdió su diafanidad cristalina. Durante un segundo, el lirio se vio envuelto en una espuma de blancura láctea que desapareció luego, dejando el fluido opalescente. Cambiantes matices de naranja y carmesí jugaron sobre la superficie, y luego lo que parecía ser un rayo de pura luz solar brotó desde el fondo donde descansaba el lirio. En el mismo instante, hundió la mano en la jofaina y extrajo la flor. «No hay peligro alguno —explicó—, si se escoge el momento oportuno. Ese rayo dorado es la señal».
Me tendió el lirio y lo tomé en mi mano. Se había convertido en piedra, en el más puro mármol.
—Ya ves —dijo—, carece de defecto alguno. ¿Qué escultor podría reproducirlo?
El mármol era blanco como la nieve, pero en sus profundidades las nervaduras del lirio estaban teñidas de un azul purísimo y pálido, y un leve rubor perduraba en lo hondo de su corazón.
—No me pidas la razón de eso —sonrió, al notar mi asombro—. No tengo la menor idea de por qué las venas y el corazón se tiñen, pero siempre ocurre. Ayer probé con uno de los peces dorados de Geneviève... ahí está.
El pez parecía esculpido en mármol. Pero si uno lo sostenía a la luz, la piedra aparecía bellamente veteada de un azul tenue, y de algún rincón de su interior manaba una lumbre rosada como el matiz que reposa en el ópalo. Miré dentro de la jofaina. Una vez más parecía llena del cristal más límpido.
—¿Y si lo tocase ahora? —inquirí.
—No lo sé —respondió—, pero será mejor que no lo intentes.
—Hay algo que me causa curiosidad —dije—, y es de dónde procedía ese rayo de sol.
—Ciertamente parecía un rayo de sol —dijo—. No lo sé, siempre surge cuando sumerjo cualquier ser viviente. Quizá —prosiguió sonriendo—, quizá sea la chispa vital de la criatura que escapa hacia el manantial de donde provino.
Vi que se burlaba de mí y lo amenacé con el tiento de pintor, pero él no hizo más que reír y cambiar de asunto.
—Quédate a almorzar. Geneviève llegará en cualquier momento.
—La vi ir a la misa de primera hora —dije—, y se la veía tan fresca y dulce como ese lirio... antes de que lo destruyeras.
—¿Crees que lo destruí? —dijo Boris con gravedad.
—Destruido, preservado... ¿cómo podríamos saberlo?
Nos sentamos en un rincón del taller, cerca de su grupo inconcluso de las «Parcas». Se recostó en el diván, haciendo girar un cincel de escultor y entrecerrando los ojos ante su obra.
—A propósito —dijo—, he terminado de puntear esa vieja y académica Ariadna, y supongo que tendrá que ir al Salón. Es todo lo que tengo listo este año, pero tras el éxito que me brindó la «Madonna», me da vergüenza enviar una pieza como esa.
La «Madonna», un mármol exquisito para el cual Geneviève había posado, había constituido la sensación del Salón del año anterior. Miré la Ariadna. Era una pieza magnífica desde el punto de vista técnico, pero coincidí con Boris en que el mundo esperaría de él algo mejor. Con todo, resultaba ya imposible pensar en concluir a tiempo para el Salón aquel espléndido y terrible grupo a medio desbastar en el mármol a mis espaldas. Las «Parcas» tendrían que esperar.
Estábamos orgullosos de Boris Yvain. Lo reclamábamos como nuestro y él nos reclamaba en virtud de haber nacido en América, aun cuando su padre era francés y su madre rusa. Todo el mundo en las Bellas Artes lo llamaba Boris. Y, sin embargo, solo a dos de nosotros nos trataba con la misma familiaridad: a Jack Scott y a mí mismo.
Quizá el hecho de que yo estuviera enamorado de Geneviève tuviera algo que ver con su afecto hacia mí. No es que jamás lo hubiéramos reconocido de palabra entre nosotros. Pero una vez que todo quedó resuelto, y ella me hubo confesado con lágrimas en los ojos que era a Boris a quien amaba, fui a su casa y lo felicité. La perfecta cordialidad de aquella entrevista no nos engañó a ninguno de los dos, según siempre creí, aunque al menos para uno de nosotros fue un gran consuelo. No creo que él y Geneviève hablaran nunca del asunto juntos, pero Boris lo sabía.
Geneviève era encantadora. La pureza virginal de su rostro bien habría podido inspirarse en el Sanctus de la misa de Gounod. Pero a mí siempre me alegraba cuando trocaba aquel talante por lo que nosotros llamábamos sus «maniobras de abril». Solía ser tan mudable como un día abrileño. Por la mañana grave, digna y dulce; al mediodía risueña, caprichosa; al atardecer lo que uno menos aguardaba. La prefería de ese modo antes que en aquella quietud de madona que conmovía las profundidades de mi corazón. Estaba soñando con Geneviève cuando él volvió a hablar.
—¿Qué piensas de mi descubrimiento, Alec?
—Lo encuentro prodigioso.
—No haré uso de él, como bien sabes, fuera de colmar mi propia curiosidad en la medida de lo posible, y el secreto morirá conmigo.
—Sería un rudo golpe para la escultura, ¿no crees? Nosotros los pintores perdemos más de lo que jamás ganamos con la fotografía.
Boris asintió, jugueteando con el filo del cincel.
—Este vicioso y nuevo hallazgo corrompería el mundo del arte. No, jamás confiaré el secreto a nadie —dijo despacio.
Sería difícil hallar a alguien menos versado que yo en tales fenómenos; pero por supuesto había oído hablar de manantiales minerales tan saturados de sílice que las hojas y ramitas que caían en ellos se transformaban en piedra al cabo de un tiempo. Comprendía vagamente el proceso, de qué manera la sílice reemplazaba la materia vegetal átomo por átomo, dando por resultado un duplicado del objeto en piedra. Esto, lo confieso, jamás me había interesado demasiado, y en cuanto a los antiguos fósiles así formados, me causaban aversión. Al parecer Boris, sintiendo curiosidad en vez de repugnancia, se había puesto a investigar la cuestión y había dado por azar con una disolución que, acometiendo al cuerpo sumergido con una ferocidad inaudita, realizaba en un segundo la labor de años. Eso era cuanto pude colegir del extraño relato que me acababa de referir. Volvió a hablar tras un dilatado silencio.
—Casi me asusta pensar en lo que he encontrado. Los hombres de ciencia enloquecerían con semejante hallazgo. Además fue tan sencillo; se descubrió por sí solo. Cuando pienso en esa fórmula y en ese nuevo elemento precipitado en escamas metálicas...
—¿Qué elemento nuevo?
—¡Oh!, no he pensado en bautizarlo, ni creo que lo haga jamás. Ya existen bastantes metales preciosos en el mundo por los que degollarse unos a otros.
Agucé el oído. —¿Acaso has encontrado oro, Boris?
—No, algo mejor... ¡pero mírame, Alec! —rió al levantarse de un salto—. Tú y yo tenemos cuanto necesitamos en este mundo. ¡Ah, qué aspecto tan siniestro y codicioso tienes ya! Yo reí también y le contesté que estaba devorado por el ansia de oro y que era mejor que habláramos de otra cosa; de suerte que cuando Geneviève entró poco después, ya le habíamos vuelto la espalda a la alquimia.
Geneviève vestía de gris plateado de los pies a la cabeza. La luz destellaba a lo largo de las suaves curvas de sus cabellos claros mientras ofrecía la mejilla a Boris; luego me vio y correspondió a mi saludo. Jamás hasta entonces había dejado de enviarme un beso al vuelo con la yema de sus dedos albos, y yo no tardé en quejarme de la omisión. Sonrió y me tendió la mano, que cayó casi antes de haber rozado la mía; luego dijo, mirando a Boris:
—Debes pedirle a Alec que se quede a almorzar. Aquello también era nuevo. Siempre me lo había pedido ella misma hasta el día de hoy.
—Ya lo hice —dijo Boris con sequedad.
—¿Y respondiste que sí, confío? —Se volvió hacia mí con una sonrisa de cortesía encantadora. Bien podría yo haber sido un conocido de anteayer. Le hice una profunda reverencia—. «J’avais bien l’honneur, madame» —pero negándose a admitir nuestro habitual tono de chanza, murmuró un cumplido hospitalario y desapareció. Boris y yo nos miramos.
—Sería mejor que me marchase a casa, ¿no crees? —pregunté.
—Maldita sea si lo sé —repuso con franqueza.
Mientras discutíamos la conveniencia de mi partida, Geneviève reapareció en el umbral sin su sombrero. Era prodigiosamente hermosa, pero su color resultaba demasiado encendido y sus bellos ojos brillaban con excesivo fulgor. Se dirigió en derechura hacia mí y me tomó del brazo.
—El almuerzo está listo. ¿Estuve desabrida, Alec? Creí tener jaqueca, pero no es así. Ven aquí, Boris —y deslizó el otro brazo en el de él—. Alec bien sabe que después de ti no hay nadie en el mundo a quien quiera tanto como a él, de modo que si a veces se siente desairado, no le hará daño.
—«¡À la bonheur!» —exclamé—, ¿quién dice que no hay tempestades en abril?
—¿Listos? —entonó Boris—. ¡Siempre listos! —y del brazo entramos a la carrera en el comedor, escandalizando a los sirvientes. Después de todo, no éramos tan culpables: Geneviève tenía dieciocho años, Boris veintitrés y yo apenas veintiuno.
Fin del Episodio 7 · de 39
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