Capítulo III · II
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No había probado bocado desde el desayuno, pero no sentía apetito alguno. Un desdichado esquelético y famélico, que contemplaba la Cámara Letal apostado al otro lado de la calzada, reparó en mi presencia y se acercó a relatarme un rosario de desdichas. Le entregué unas monedas, no sé bien por qué impulso, y se alejó sin darme las gracias. Una hora más tarde se aproximó otro mendigo gimoteando sus cuitas: llevaba en el bolsillo una tira de papel en blanco sobre la que había trazado el Signo Amarillo, y se la alargué en silencio. La contempló con aire atontado durante unos instantes; luego, dirigiéndome una mirada vacilante, la dobló con lo que me pareció un esmero exagerado y se la guardó devotamente en el pecho.
Las bombillas eléctricas centelleaban entre la arboleda, y la luna nueva brillaba en el cielo sobre el tejado de la Cámara Letal. La espera en la plaza se hacía interminable: deambulé desde el Arco de Mármol hasta las caballerizas de la artillería, regresando una y otra vez junto a la fuente de los lotos. Los macizos de flores y el césped despedían un perfume denso que me desasosegaba. El surtidor danzaba bajo los rayos lunares, y el chapoteo rítmico de las gotas me traía a la memoria el tintineo de las cotas de malla en el taller de Hawberk; pero carecía de su irresistible encanto, y los apagados destellos de la luna sobre el agua no despertaban en mis sentidos aquel gozo exquisito que sentía cuando el sol jugueteaba sobre el peto de acero bruñido apoyado en las rodillas del armero. Observé a los murciélagos trazar requiebros vertiginosos sobre las plantas acuáticas del estanque, mas sus aleteos espasmódicos e imprevistos crisparon mis nervios, empujándome a vagar sin rumbo entre los árboles.
Las cuadras de artillería permanecían sumidas en la penumbra; pero en el cuartel de caballería las ventanas de la oficialidad resplandecían iluminadas, y la poterna no cesaba de ver trajinar a soldados de faena cargados de paja, arreos y cestas repletas de vajilla de campaña.
Por dos veces mudaron al centinela montado ante las verjas mientras yo iba y venía por la senda de asfalto. Consulté mi reloj: el momento convenido estaba al caer. Las luces de los barracones se extinguieron una a una, se atrancó el portalón enrejado y cada minuto o dos un oficial franqueaba el postigo lateral, dejando tras de sí el rumor de correajes y el tintineo de las espuelas en el aire nocturno. La plaza quedó sumida en un profundo silencio. El último mendigo rezagado había sido desalojado por el guardia del parque con su capote gris; las vías del tranvía en Wooster Street yacían solitarias, y el único rumor que turbaba la quietud era el piafar del caballo del centinela y el roce metálico de su sable contra el pomo de la silla de montar. En el acuartelamiento, las dependencias de la oficialidad aún lucían iluminadas, y los asistentes militares iban y venían tras los ventanales. Las doce en punto sonaron desde la nueva torre de San Francisco Javier; y a la postrera campanada de aquel bronce de tañido melancólico, una silueta cruzó el postigo junto a la rastrillo, devolvió el saludo al centinela y, atravesando la calzada, se internó en la plaza avanzando hacia el edificio de apartamentos Benedick.
—¡Louis! —lo llamé.
El oficial giró sobre sus talones espoleados y avanzó resueltamente hacia mí.
—¿Eres tú, Hildred?
—Sí; llegas con puntualidad.
Acepté la mano que me tendía y echamos a andar hacia la Cámara Letal.
Charloteó sin pausa acerca de sus nupcias, de los primores de Constance y de sus proyectos futuros, llamando mi atención sobre sus flamantes charreteras de capitán y el triple bordado dorado en la bocamanga y la gorra de cuartel. Creo que prestaba tanta atención a la música de sus espuelas y su sable como a su pueril parloteo; al fin nos detuvimos bajo los olmos en la esquina de Fourth Street, frente a la Cámara Letal. Entonces rio abiertamente preguntándome qué deseaba de él: le señalé un banco bajo la farola eléctrica y me acomodé a su vera. Me contempló con extrañeza, posando sobre mí esa misma mirada inquisitiva que tanto odio y temo en los facultativos. Me sentí profundamente ultrajado por su escrutinio, pero él no lo advirtió y yo me cuidé de disimular mis impresiones.
—Bien, primo —inquirió—, ¿en qué puedo servirte?
Extraje del bolsillo el manuscrito y las notas de la Dinastía Imperial de América y, mirándolo a los ojos, dije:
—Te lo diré. Por tu honor de militar, prométeme leer este legajo de principio a fin sin hacerme una sola pregunta. Prométeme leer estas notas de idéntica manera y comprométete a escuchar cuanto tenga que revelarte después.
—Te lo prometo, si así lo deseas —repuso con afabilidad—. Pásame el documento, Hildred.
Comenzó a leer, enarcando las cejas con un ademán de burlona perplejidad que me hizo temblar de ira reprimida. Conforme avanzaba en las líneas fue frunciendo el entrecejo, y sus labios parecieron musitar la palabra «estupideces».
Luego pareció ligeramente hastiado; pero, al parecer por deferencia hacia mí, continuó leyendo con un conato de interés que muy pronto dejó de ser fingido. Se sobresaltó cuando en aquellas apretadas cuartillas tropezó con su propio nombre; y al dar con el mío bajó el papel mirándome fijamente por unos instantes. Mas cumplió su palabra y prosiguió la lectura, dejando morir en sus labios la pregunta aún no formulada. Cuando alcanzó el desenlace y leyó la rúbrica del señor Wilde, dobló con cuidado el documento y me lo devolvió. Le entregué entonces las notas complementarias: él se acomodó en el banco echándose la gorra hacia la coronilla, con un ademán travieso que recordaba tan bien de nuestros años escolares. Escudriñé su semblante conforme leía y, al terminar, recogí las notas junto con el manuscrito guardándomelas en el bolsillo. Acto seguido desplegué un pergamino sellado con el Signo Amarillo: él lo vio, pero no pareció identificarlo, por lo que llamé su atención con cierta aspereza.
—Bien —dijo—; lo veo. ¿Qué significa?
—Es el Signo Amarillo —contesté colérico.
—¡Ah, conque es eso! —exclamó Louis con esa voz melosa y condescendiente que el doctor Archer solía gastar conmigo, y que sin duda habría vuelto a emplear de no haberle ajustado las cuentas la pasada noche.
Contuve mi cólera y pregunté con la mayor firmeza posible: —Escucha: ¿has empeñado tu palabra de honor?
—Te escucho, querido primo —repuso él para apaciguarme.
Comencé a hablar con extremada calma:
—El doctor Archer, habiéndose adueñado por medios aviesos del secreto de la Sucesión Imperial, pretendió despojarme de mis derechos aduciendo que, a raíz de mi caída del caballo cuatro años atrás, me hallaba perturbado de las facultades mentales. Se atrevió a recluirme por la fuerza en su propia clínica con la aviesa intención de volverme loco o envenenarme. No lo he olvidado: anoche le hice una visita, y nuestra entrevista resultó definitiva.
Louis palideció como la cera, pero no hizo un solo movimiento. Proseguí en tono de triunfo: —Todavía quedan tres personas que deben ser interrogadas en pro de los intereses del señor Wilde y de los míos propios: son mi primo Louis, el señor Hawberk y su hija Constance.
Louis se puso en pie de un brinco y yo me levanté también, arrojando al suelo el pergamino marcado con el Signo Amarillo.
—¡No preciso de eso para decirte lo que tengo que decirte! —exclamé con una risa victoriosa—. ¡Debes abdicar de la corona en mi favor! ¿Me oyes? ¡En favor mío!
Louis me contempló sobrecogido; mas, recobrando el aplomo, dijo con dulzura: —Por supuesto que abdico de... ¿de qué es de lo que debo abdicar?
—De la corona —espeté furioso.
—Por descontado —accedió él—; abdico de ella. Ven, primo, te acompañaré de vuelta a tus habitaciones.
—¡No ensayes conmigo tus tretas de manicomio! —grité temblando de rabia—. ¡No te comportes como si me creyeras loco de atar!
—Qué tonterías dices —repuso—. Ven, se hace tarde, Hildred.
—¡No! —bramé—. ¡Tienes que escucharme! ¡No puedes casarte, te lo prohíbo terminantemente! ¿Me oyes? ¡Te lo prohíbo! Abdicarás de la corona y en recompensa te otorgaré el destierro; mas si te niegas, ¡morirás!
Intentó calmarme; pero mi furor había estallado al fin y, desenvainando mi largo cuchillo, le cerré el paso amenazador.
Entonces le revelé cómo hallarían al doctor Archer en el sótano con la garganta seccionada de oreja a oreja, y me reí en su propia cara al representarme a Vance con su daga y la orden rubricada por mi mano.
—¡Ah, tú eres el Rey por linaje —chillé—, pero yo seré el verdadero Monarca! ¿Quién eres tú para apartarme del Imperio sobre la tierra entera? ¡Nací siendo el primo de un rey, pero yo seré el Rey!
Louis permanecía lívido y petrificado frente a mí. De pronto un hombre apareció corriendo por Fourth Street, cruzó la verja del Templo Letal, devoró el sendero de grava hacia las puertas de bronce a la carrera y se precipitó en la cámara de muerte con el aullido desgarrador de un enajenado. Yo reí hasta llorar lágrimas de regocijo, pues había reconocido a Vance y supe que Hawberk y su hija ya no se interponían en mi camino.
—¡Márchate! —le grité a Louis—. Has dejado de ser una amenaza: ya jamás desposarás a Constance y, si te casas con cualquier otra mujer en tu destierro, te haré la misma visita que dispensé a mi médico anoche. El señor Wilde se hará cargo de tu destino mañana. —Me di media vuelta y eché a correr hacia South Fifth Avenue; y con un grito de pavor, Louis se despojó del tahalí y del sable persiguiéndome veloz como el viento. Lo sentí pisándome los talones en la esquina de Bleecker Street, y me precipité en el portal bajo el letrero de Hawberk. Él bramó: «¡Alto o disparo!»; pero al ver que yo volaba escaleras arriba dejando atrás el taller, me abandonó, y le oí aporrear la puerta gritando desesperado como si pretendiese despertar a los muertos.
La puerta del señor Wilde se hallaba abierta de par en par e irrumpí gritando: «¡Consumado es! ¡Que se alcen las naciones y contemplen a su soberano!». Pero no encontré al señor Wilde, de modo que acudí al armario y extraje la espléndida diadema de su estuche. Me revestí con la túnica de seda blanca bordada con el Signo Amarillo y ceñí la corona sobre mi frente. ¡Por fin era Rey: Rey por mi legítimo derecho en Hastur, Rey porque conocía el misterio de las Híades y mi mente había sondeado los abismos del lago de Hali! ¡Era Rey! Los primeros rayos cenicientos del alba desatarían una tempestad que sacudiría a ambos hemisferios. Mas mientras permanecía allí, con cada fibra de mi cuerpo tensa al límite y desvanecido de gozo ante el esplendor de mi triunfo, en el pasillo oscuro resonó el gemido apagado de un hombre.
Aferré la vela de sebo y me abalancé hacia la puerta. La gata pasó zumbando a mi lado como una centella diabólica apagando la llama; pero mi largo cuchillo voló más raudo que ella, escuché su chillido agónico y supe que el acero había hecho blanco. Escuché unos instantes sus estertores y sacudidas en la oscuridad; luego, cuando cesó su frenesí, encendí un candil y lo alcé por encima de mi cabeza. El señor Wilde yacía en el suelo con la garganta desgarrada. Al principio lo creí muerto; pero, al mirarlo de cerca, un destello verde brilló en sus ojos hundidos, su mano mutilada tembló y un espasmo convulsivo le estiró la boca de oreja a oreja. Por un segundo mi espanto dio paso a la esperanza; mas al inclinarme sobre él, sus pupilas giraron en blanco en sus cuencas y expiró. Entonces, mientras permanecía allí petrificado de cólera y desamparo, viendo mi corona, mi imperio, cada anhelo y cada ambición, mi propia vida entera, yacentes sobre el polvo junto al cadáver de mi mentor, irrumpieron ellos: me atenazaron por la espalda y me ataron hasta hacerme saltar las venas como cuerdas tensas, extinguiéndose mi voz entre los alaridos de mi frenesí. Luché enfurecido y ensangrentado entre ellos, y más de un policía probó la mordedura de mis dientes. Cuando ya no pude moverme se aproximaron: vi al viejo Hawberk y, tras él, el semblante demudado de mi primo Louis; y más allá, en un rincón, a una mujer, Constance, que lloraba desconsolada.
—¡Ah, ya lo veo todo con claridad! —aullé—. ¡Os habéis apoderado del trono y del imperio! ¡Ay, desdichados de vosotros que os ceñís la corona del Rey de Amarillo!
(Nota editorial: el señor Castaigne falleció ayer en el Manicomio para Criminales Dementes).
LA MÁSCARA
CAMILLA: Vos, señor, debierais desenmascararos.
EL EXTRAÑO: ¿De veras?
CASSILDA: En verdad es la hora. Todos nos hemos despojado del disfraz excepto vos.
EL EXTRAÑO: Yo no llevo máscara.
CAMILLA: (Aterrorizada, aparte a Cassilda). ¿Sin máscara? ¡Sin máscara!
El Rey de Amarillo, acto I, escena 2.
Fin del Episodio 6 · de 39
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