El Rey de Amarillo·Episodio 05

Capítulo III · I

~15 min · 2942 palabras

Una mañana a principios de mayo me hallaba de pie frente a la caja fuerte de acero de mi dormitorio, probándome la corona de oro cuajada de pedrería. Los diamantes despedían destellos ígneos al volverme hacia el espejo, y el pesado oro cincelado ardía a modo de aureola sobre mis sienes. Acudieron a mi memoria el alarido desgarrador de Camilla y aquellas terribles palabras que resonaban por las sombrías callejas de Carcosa. Eran los versos finales del primer acto, y no me atrevía a evocar lo que venía a continuación... no me atrevía, ni siquiera bajo el tibio sol de primavera, allí en mi propia alcoba, rodeado de objetos familiares y confortado por el bullicio de la calle y las voces de la servidumbre en el corredor. Pues aquellas frases emponzoñadas habían destilado gota a gota en mi corazón, del mismo modo que el sudor de la agonía gotea sobre las sábanas y es absorbido por la tela. Trémulo, me retiré la diadema de la cabeza y me enjugué la frente; mas pensé en Hastur y en mi legítima ambición de reinar, y recordé al señor Wilde tal como lo había visto por última vez, con el rostro desgarrado y sanguinolento por las garras de aquel engendro diabólico, y lo que me había dicho... ¡ay, lo que me había dicho! El timbre de aviso de la caja fuerte comenzó a zumbar con estridencia, advirtiéndome de que mi tiempo se había agotado; pero me negué a prestarle atención y, encasquetándome de nuevo el aro refulgente en la frente, me encaré desafiante con el espejo. Permanecí largo rato absorto en la expresión mudable de mis propios ojos. El cristal reflejaba una faz semejante a la mía, pero cadavérica y tan demacrada que apenas la reconocí. Y todo el tiempo no cesé de repetir entre dientes apretados: «¡El día ha llegado! ¡El día ha llegado!», mientras la alarma de la caja zumbaba y clamaba con furor y los diamantes centelleaban como ascuas sobre mis cejas. Oí abrirse una puerta, pero no me volví. Solo cuando divisé dos rostros en el espejo... solo cuando otra cabeza se asomó por encima de mi hombro y otros dos ojos se cruzaron con los míos, di media vuelta como una centella y aferré un largo cuchillo de mi tocador. Mi primo dio un brinco hacia atrás, pálido como un muerto, gritando: «¡Hildred, por el amor de Dios!». Luego, al caer mi brazo inerte, exclamó: «¡Soy yo, Louis! ¿Es que no me reconoces?». Permanecí mudo; no habría podido articular palabra por nada del mundo. Él se acercó despacio y me arrebató el arma de la mano.

—¿Qué significa todo esto? —inquirió con voz suave—. ¿Te encuentras enfermo?

—No —respondí, aunque dudo de que me oyera.

—Vamos, vamos, primo —dijo él—; quítate esa corona de latón y pasemos al gabinete. ¿Acaso vas a asistir a un baile de máscaras? ¿A qué viene tanta quincalla teatral?

Me alegré de que tomara la diadema por mero latón y baratijas de oropel, si bien no le cobré mayor aprecio por creerlo. Dejé que me la quitara de las manos, sabedor de que convenía seguirle la corriente. Arrojó la espléndida joya al aire y, recogiéndola al vuelo, se volvió hacia mí con una sonrisa.

—Resultaría cara por cincuenta centavos —dijo—. ¿Para qué sirve esto?

No respondí; le retiré la corona de las manos, la deposité en el interior de la caja fuerte y cerré de golpe el pesado portón de acero. La alarma interrumpió de inmediato su estruendo infernal. Louis me contempló con curiosidad, pero no pareció reparar en el súbito cese del timbre; con todo, se refirió con desdén a la caja acorazada llamándola lata de galletas. Temiendo que se fijara en los discos de la combinación, le invité a pasar a mi gabinete. Louis se arrojó sobre el diván y se entretuvo en espantar moscas con su eterna fusta de montar. Vestía el uniforme de servicio, con guerrera bordada y gorra airosa, y advertí que sus botas de montar venían salpicadas de barro rojizo.

—¿De dónde vienes? —le pregunté.

—De saltar lodazales en Nueva Jersey —repuso—. No he tenido tiempo de mudar de ropa todavía; tenía bastante prisa por verte. ¿No tendrás una copa de algo fuerte? Estoy rendido de fatiga: llevo veinticuatro horas seguidas sobre la silla.

Le serví un poco de aguardiente de mi botiquín medicinal, que bebió haciendo una mueca de disgusto.

—Maldita pócima infame —observó—. Ya te daré la dirección de un sitio donde despachan coñac que es coñac de verdad.

—Me basta para mis necesidades —contesté con desapego—; lo empleo para friccionarme el pecho. —Él me miró de hito en hito y espantó otra mosca.

—Mira, primo —comenzó—, tengo algo que proponerte. Llevas cuatro años encerrado entre estas cuatro paredes como un mochuelo, sin salir a ninguna parte, sin hacer ejercicio saludable, sin hacer otra maldita cosa que desgañitarte sobre esos volúmenes alineados ahí arriba en la repisa de la chimenea.

Paseó la mirada por la hilera de estantes. —«¡Napoleón, Napoleón, Napoleón!» —leyó—. ¡Por el amor del cielo! ¿Es que no tienes más que Napoleones ahí?

—Desearía que estuviesen encuadernados en oro —repuse—. Pero aguarda; sí, hay otro libro: El Rey de Amarillo. —Y le clavé la mirada directamente en los ojos.

—¿No lo has leído nunca? —pregunté.

—¿Yo? ¡No, gracias a Dios! No tengo ganas de volverme loco de remate.

Advertí que se arrepentía de sus palabras en cuanto las hubo pronunciado. Tan solo hay un vocablo que deteste con más furor que «chiflado», y ese vocablo es «loco». Pero logré dominarme y le inquirí por qué consideraba peligroso El Rey de Amarillo.

—¡Oh, no lo sé! —repuso con presteza—. Solo recuerdo el escándalo que desató y los anatemas lanzados desde el púlpito y la prensa. Tengo entendido que el autor se pegó un tiro tras alumbrar semejante monstruosidad, ¿no es así?

—Tengo noticias de que aún sigue con vida —respondí.

—Bien pudiera ser verdad —murmuró—; las balas no acaban con un demonio semejante.

—Es un libro preñado de sublimes verdades —afirmé.

—Sí —repuso él—, de «verdades» que arrojan a los hombres al frenesí y arruinan sus existencias. Me importa un ardite que esa obra sea, como afirman, la quintaesencia misma del arte: resulta un crimen haberla redactado, y yo jamás abriré sus páginas.

—¿Es eso lo que has venido a decirme? —inquirí.

—No —dijo él—; he venido a anunciarte que voy a contraer matrimonio.

Creo que por un instante mi corazón dejó de latir, pero mantuve la mirada clavada en su rostro.

—Sí —prosiguió sonriendo dichoso—; voy a casarme con la muchacha más primorosa del mundo.

—Con Constance Hawberk —dije maquinalmente.

—¿Cómo lo has adivinado? —exclamó estupefacto—. Ni yo mismo lo supe hasta aquella tarde del pasado abril, cuando paseamos por el malecón antes de cenar.

—¿Cuándo ha de celebrarse el enlace? —pregunté.

—Iba a tener lugar el próximo septiembre; pero hace apenas una hora llegó una orden disponiendo el traslado inmediato de nuestro regimiento al Presidio de San Francisco. Partimos mañana al mediodía. Mañana —repitió—. Piénsalo, Hildred: mañana seré el ser más dichoso que jamás haya respirado sobre la faz de este mundo, pues Constance vendrá conmigo.

Le tendí la mano para felicitarlo, y él la aferró y me la estrechó como el ingenuo bonachón que en verdad era... o fingía ser.

—Me concederán el mando del escuadrón como regalo de bodas —charloteó—. El capitán Louis Castaigne y señora, ¿qué te parece, Hildred?

Luego pasó a detallarme dónde tendría lugar la ceremonia y quiénes asistirían, arrancándome la promesa formal de comparecer como padrino. Apreté los dientes y escuché su parloteo pueril sin dejar traslucir mis verdaderos sentimientos; pero...

Estaba llegando al límite extremo de mi resistencia, de suerte que, cuando se puso en pie de un brinco y haciendo sonar las espuelas anunció que debía marcharse, no lo retuve.

—Tan solo deseo pedirte un favor —le dije con calma.

—Desembucha, lo tienes concedido —rio él.

—Deseo que nos encontremos esta noche para charlar a solas un cuarto de hora.

—Por supuesto, si así lo deseas —dijo algo perplejo—. ¿Dónde?

—En cualquier sitio: allí en el parque.

—¿A qué hora, Hildred?

—A medianoche.

—¿Por qué diablos a...? —empezó a decir, pero se contuvo y asintió entre risas. Lo contemplé bajar las escaleras y marcharse a toda prisa, con el sable golpeándole los muslos a cada tranco. Dobló hacia Bleecker Street, y comprendí que se dirigía a ver a Constance. Le concedí diez minutos de ventaja para esfumarse y luego seguí sus huellas, llevando conmigo la corona enjoyada y la túnica de seda bordada con el Signo Amarillo. Al doblar por Bleecker Street y franquear el portal que lucía el rótulo:

SEÑOR WILDE, REPARADOR DE REPUTACIONES. Tercer timbre.

Divisé al viejo Hawberk trajinando en su taller, y me pareció escuchar la voz de Constance en la salita; pero evité a ambos y subí a toda prisa por la temblorosa escalera hasta el cuchitril del señor Wilde. Llamé y entré sin ceremonias. El señor Wilde yacía gimiendo sobre el suelo, con el rostro ensangrentado y las ropas hechas jirones. Había salpicaduras de sangre sobre la alfombra, desgarrada y deshilachada a consecuencia de una contienda a todas luces reciente.

—Ha sido esa maldita gata —dijo, interrumpiendo sus quejidos y volviendo sus ojos descoloridos hacia mí—; se abalanzó sobre mí mientras dormía. Me temo que va a terminar por matarme cualquier día.

Aquello colmaba la medida: pasé a la cocina y, empuñando una hachuela de la despensa, me dispuse a dar con la infernal bestia para ajustarle las cuentas en el acto. Mi pesquisa resultó vana, de modo que al cabo de un rato desistí y regresé para encontrar al señor Wilde acuclillado de nuevo en su trona alta junto a la mesa. Se había lavado la cara y mudado de ropa: había rellenado con colodión los profundos surcos que las zarpas de la fiera le habían abierto en las mejillas, y un trapo mugriento le cubría el desgarrón de la garganta. Le advertí que mataría a la gata en cuanto me tropezara con ella; pero él se limitó a sacudir la cabeza y volvió la vista hacia el libro de registro abierto ante sus ojos. Leyó nombre tras nombre de las personas que habían acudido a él para salvar su reputación, y las sumas que había amasado resultaban pasmosas.

—Aprieto las clavijas de vez en cuando —explicó con sorna.

—Un día u otro alguno de esos individuos acabará por asesinarlo —le advertí.

—¿Eso cree usted? —repuso frotándose las orejas mutiladas.

Resultaba inútil discutir con él, de suerte que descolgué el manuscrito titulado La Dinastía Imperial de América, por última vez en mi vida en aquel estudio del señor Wilde. Lo leí de cabo a rabo, vibrando y estremeciéndome de arrobamiento. Cuando hube concluido, el señor Wilde tomó el legajo y, volviéndose hacia el oscuro pasadizo que comunicaba su gabinete con la alcoba, gritó con potente voz: «¡Vance!». Entonces, por primera vez, advertí la presencia de un hombre agazapado allí entre las sombras. Cómo había podido pasármele por alto durante mi batida en pos de la gata es algo que no alcanzo a imaginar.

—Vance, entra aquí —ordenó el señor Wilde.

La silueta se incorporó y avanzó a rastras hacia nosotros; jamás podré olvidar la faz desencajada que alzó hacia mí cuando la luz de la ventana la iluminó de lleno.

—Vance, este es el señor Castaigne —presentó el señor Wilde. Antes de que terminase de hablar, el desdichado se arrojó al suelo de hinojos frente a la mesa, implorando entre sollozos desgarradores—: «¡Oh, Dios! ¡Dios mío bendito! ¡Piedad, perdónenme! ¡Señor Castaigne, aparte a ese monstruo de mi lado! ¡Usted no puede hablar en serio, usted es distinto, sálveme! Estoy deshecho... estuve encerrado en el manicomio y ahora... ahora que todo se arreglaba, que había olvidado al Rey... ¡al Rey de Amarillo!... ¡Me volveré loco de nuevo, perderé el juicio otra vez...!».

Su voz se ahogó en un estertor gutural, pues el señor Wilde se había abalanzado sobre él atenazándole la garganta con la mano diestra. Cuando Vance se desplomó exánime sobre el piso, el señor Wilde trepó de nuevo con presteza a su asiento y, frotándose las orejas desgarradas con el muñón mutilado, se volvió hacia mí pidiéndome el libro mayor. Se lo bajé de la repisa y lo abrió: tras buscar unos instantes entre las pulcras columnas caligrafiadas, tosió satisfecho señalándome el apellido Vance.

—«Vance —leyó en voz alta—: Osgood Oswald Vance». Al oír su nombre, el hombre postrado alzó la cabeza mostrando un semblante demudado: tenía los ojos inyectados en sangre y los labios amoratados—. «Compareció el 28 de abril —prosiguió el señor Wilde—. Oficio: cajero del Seaforth National Bank; ha cumplido condena por falsificación en Sing Sing, desde donde fue trasladado al Manicomio para Criminales Dementes. Indultado por el gobernador de Nueva York y dado de alta el 19 de enero de 1918. Reputación comprometida en Sheepshead Bay por rumores de que gasta por encima de sus ingresos. Honra a reparar de inmediato. Anticipo: mil quinientos dólares.

»Nota: ha malversado sumas que ascienden a treinta mil dólares desde el 20 de marzo de 1919; familia de buena alcurnia; obtuvo el empleo por influencia de su tío; su padre preside el Seaforth Bank».

Miré al desdichado tendido en el suelo.

—Levántate, Vance —ordenó el señor Wilde en tono sosegado. Vance se puso en pie como sumido en trance hipnótico—. Ahora hará puntualmente cuanto le mandemos —observó el señor Wilde; y, abriendo el legajo, procedió a leerle de principio a fin la crónica de la Dinastía Imperial de América. Luego, en un murmullo melifluo y tranquilizador, repasó los puntos capitales con Vance, que permanecía erguido como un autómata estupefacto. Su mirada era tan vacía e inexpresiva que me figuré que había perdido el juicio, y así se lo hice notar al señor Wilde, quien replicó que aquello carecía de toda importancia. Con suma paciencia le señalamos a Vance cuál sería su cometido específico en la empresa, y él pareció comprender al cabo de un instante. El señor Wilde le ilustró el manuscrito valiéndose de varios tratados de heráldica para apuntalar sus conclusiones: mencionó la fundación de la Dinastía en Carcosa, los lagos que enlazaban Hastur, Aldebarán y el misterio arcano de las Híades. Evocó a Cassilda y a Camilla, sondeando los abismos brumosos de Demhe y las aguas del lago de Hali. «Los jirones festoneados del Rey de Amarillo deben ocultar a Yhtill para siempre jamás», masculló entre dientes, aunque no creo que Vance lo escuchara. Luego, paso a paso, condujo a Vance por las intrincadas ramificaciones del linaje imperial: hasta Uoht y Thale, desde Naotalba y el Fantasma de la Verdad hasta Aldones; y entonces, arrojando a un lado legajos y notas, entonó la prodigiosa leyenda del Último Rey. Fascinado y sobrecogido, no le quitaba ojo de encima: alzó la cabeza, extendió sus largos brazos en un gesto colosal de soberbia y señorío, y sus pupilas fulguraron en sus órbitas cavernosas como dos esmeraldas vivas. Vance escuchaba aterido; en cuanto a mí, cuando al fin el señor Wilde concluyó y, señalándome con el dedo índice, proclamó: «¡He aquí al primo del Rey!», la cabeza me dio vueltas de puro éxtasis.

Dominándome con un esfuerzo sobrehumano, le expliqué a Vance por qué yo era el único digno de ceñir la corona y por qué razón mi primo debía partir al destierro o morir sin remedio. Le hice comprender que Louis jamás debía desposarse, ni siquiera tras abdicar de todos sus derechos sucesorios; y mucho menos emparentar con la hija del marqués de Avonshire, introduciendo a la corona de Inglaterra en el pleito. Le mostré una nómina con miles de nombres censados por el señor Wilde: cada uno de aquellos individuos había recibido ya el Signo Amarillo, que ningún ser humano vivo osaba desobedecer. La urbe, el estado y la nación entera se hallaban prestos a alzarse en armas y postrarse trémulos ante la Máscara Pálida.

La hora había sonado por fin: los pueblos conocerían al hijo de Hastur, y el orbe entero rendiría pleitesía a las estrellas negras que penden en el firmamento sobre Carcosa.

Vance permanecía recostado sobre el bufete, con la cabeza sepultada entre las manos. El señor Wilde trazó un tosco croquis en el margen del Herald de la víspera con la punta de un lápiz de plomo: era el plano de las dependencias de Hawberk. Luego redactó la orden y estampó el sello imperial; y yo, temblando como un poseso azogado, estampé mi firma en mi primera orden de ejecución con el nombre sagrado de Hildred-Rex.

El señor Wilde descendió al piso y, abriendo el armario, extrajo un estuche alargado del primer anaquel. Lo depositó sobre la mesa y abrió la tapa: un cuchillo flamante descansaba envuelto en papel de seda en su interior. Lo así por el mango y se lo entregué a Vance junto con la sentencia de muerte y el plano del taller de Hawberk. Entonces el señor Wilde ordenó a Vance que partiese; y él se marchó arrastrando los pies como un paria de los arrabales.

Me quedé sentado unos momentos contemplando la luz del crepúsculo extinguirse tras la torre cuadrada de la iglesia conmemorativa de Judson; finalmente recogí el manuscrito y las notas, tomé el sombrero y me encaminé hacia la salida.

El señor Wilde me despidió con la mirada en silencio. Al franquear el umbral me volví a mirar hacia atrás: los ojillos del señor Wilde continuaban clavados fijamente en mi persona. A sus espaldas, las sombras iban devorando los últimos resplandores de la tarde. Cerré la puerta tras de mí y me adentré en las calles oscurecidas.

Fin del Episodio 5 · de 39

Capítulo III · I

Siguiente Episodio 6~11 minCapítulo III · II“Le entregué unas monedas, no sé bien por qué impulso, y se alejó sin darme las gracias.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.