El Rey de Amarillo·Episodio 38

Capítulo IV · 6

~10 min · 2065 palabras

El lunes por la mañana en el taller Julian, los estudiantes peleaban por los sitios; estudiantes con derechos prioritarios desalojaban a otros que habían estado encaramados anhelantes sobre codiciados taburetes desde que se abrió la puerta, con la esperanza de apropiárselos en el pase de lista; los alumnos reñían por paletas, pinceles y carpetas, o desgarraban el aire exigiendo a Ciceri y pan. El primero, un sucio exmodelo que en días más prósperos había posado como Judas, despachaba ahora pan duro a un sou y ganaba lo justo para costearse los cigarrillos. El señor Julian entró, sonrió con aire paternal y volvió a salir. Su desaparición fue seguida por la aparición del pasante, una criatura zorruna que revoloteaba entre las hordas beligerantes en busca de presas.

Tres hombres que no habían pagado las cuotas fueron cazados e intimados a pagar. Un cuarto fue venteado, perseguido, flanqueado, cortada su retirada hacia la puerta y finalmente capturado tras la estufa. Hacia esa hora, adquiriendo la revuelta proporciones agudas, se alzaron aullidos reclamando a: «¡Jules!»

Jules acudió, arbitró dos peleas con triste resignación en sus grandes ojos castaños, estrechó la mano de todo el mundo y se disolvió entre el gentío, dejando tras de sí una atmósfera de paz y concordia. Los leones se sentaron junto a los corderos, los massiers marcaron los mejores sitios para sí y para sus amigos y, subiéndose a las tarimas de los modelos, abrieron las listas.

Se corrió la voz: «Esta semana empiezan por la C».

Y así fue.

—¡Clisson!

Clisson saltó como un resorte y marcó su nombre en el suelo con tiza ante un asiento de primera fila.

—¡Caron!

Caron corrió a todo galope para asegurarse su puesto. ¡Pum!, cayó un caballete. «¡Nom de Dieu!», en francés; «¡Adónde c... vas!», en inglés. ¡Cataplum!, una caja de pinturas se vino abajo con pinceles y todo lo que contenía. «¡Dieu de Dieu de...!», ¡zas! Un golpe, una corta embestida, un forcejeo cuerpo a cuerpo, y la voz del massier, severa y de reproche:

—¡Cochon!

Luego se reanudó el pase de lista.

—¡Clifford!

El massier hizo una pausa y alzó la vista, con un dedo entre las hojas del libro de registro.

—¡Clifford!

Clifford no estaba allí. Se hallaba a unas tres millas de distancia en línea recta, y cada instante aumentaba el trecho. No porque caminase deprisa; al contrario, paseaba con aquel paso pausado que le era peculiar. Elliott iba a su lado y dos bulldogs cubrían la retaguardia. Elliott leía el Gil Blas, del que parecía extraer no poco regocijo, pero juzgando una hilaridad estrepitosa impropia del estado de ánimo de Clifford, redujo su diversión a una serie de sonrisas discretas. Este último, melancólicamente consciente de ello, no dijo nada, pero encabezando la marcha hacia los Jardines de Luxemburgo se acomodó en un banco junto a la terraza norte y contempló el paisaje con disgusto. Elliott, conforme a los reglamentos del Luxemburgo, ató a los dos perros y luego, con una mirada interrogativa hacia su amigo, reanudó la lectura del Gil Blas y las discretas sonrisas.

El día era espléndido. El sol pendía sobre Notre-Dame, encendiendo la ciudad con destellos fulgurantes. El tierno follaje de los castaños proyectaba su sombra sobre la terraza y salpicaba senderos y paseos con arabescos tan azules que Clifford bien podría haber encontrado aquí estímulo para sus violentas «impresiones» con solo mirar; pero como de costumbre en este período de su carrera, sus pensamientos estaban en cualquier parte menos en su oficio. En derredor, los gorriones reñían y gorjeaban sus cantos de cortejo, las grandes palomas rosadas planeaban de árbol en árbol, las moscas danzaban en los rayos de sol y las flores exhalaban un millar de perfumes que despertaban en Clifford una lánguida melancolía. Bajo esta influencia habló.

—Elliott, eres un verdadero amigo...

—Me pones enfermo —respondió este último, doblando el periódico—. Es justo lo que me temía: andas otra vez detrás de unas faldas nuevas. Y —continuó con furia—, si para esto me has hecho faltar a Julian, si es para atiborrarme con las perfecciones de alguna idiota...

—Idiota no —protestó Clifford con suavidad.

—Vamos a ver —exclamó Elliott—, ¿tienes la desfachatez de intentar decirme que estás enamorado otra vez?

—¿Otra vez?

—¡Sí, otra y otra y otra vez y... vive Dios, acaso lo estás!

—Esto —observó Clifford con tristeza— es muy serio.

Por un instante Elliott le habría puesto las manos encima; luego se echó a reír por pura impotencia. —Oh, sigue, sigue; veamos: están Clémence y Marie Tellec y Cosette y Fifine, Colette, Marie Verdier...

—Todas las cuales son encantadoras, sumamente encantadoras, pero jamás fui en serio...

—Que Dios me asista —dijo Elliott con solemnidad—; todas y cada una de las nombradas han desgarrado por separado y a su turno tu corazón con angustias y también me han hecho perder mi puesto en Julian del mismo modo; todas y cada una, por separado y a su turno. ¿Acaso lo niegas?

—Lo que dices puede estar fundado en hechos... en cierto modo... pero concédeme el mérito de ser fiel a una sola cada vez...

—Hasta que se cruza la siguiente.

—Pero esto... esto es en verdad muy diferente. Elliott, créeme: estoy destrozado.

Entonces, no habiendo otra cosa que hacer, Elliott apretó los dientes y escuchó.

—Es... es Rue Barrée.

—Bueno —observó Elliott con desdén—, si andas languideciendo y gimoteando por esa chica, la muchacha que os ha dado a ti y a mí mismo sobradas razones para desear que la tierra se abriera y nos tragase... ¡en fin, adelante!

—Sigo adelante, me da igual; la timidez ha huido...

—Sí, tu timidez ingénita.

—Estoy desesperado, Elliott. ¿Acaso estoy enamorado? Jamás, jamás me sentí tan rematadamente desdichado. No puedo dormir; de verdad, soy incapaz de comer en condiciones.

—Mismos síntomas observados en el caso de Colette.

—¿Quieres escucharme?

—Aguarda un momento, me sé el resto de memoria. Ahora permíteme que te pregunte una cosa. ¿Es tu convicción que Rue Barrée es una muchacha honrada?

—Sí —dijo Clifford, poniéndose rojo.

—¿La amas... no como revoloteas y andas de puntillas tras cada lindura vana... quiero decir, la amas de verdad?

—Sí —dijo el otro con obstinación—; yo...

—Espera un momento: ¿te casarías con ella?

Clifford se puso escarlata. —Sí —masculló.

—Noticia deliciosa para tu familia —gruñó Elliott con furia contenida—. «Querido padre: me acabo de casar con una encantadora modistilla a quien estoy seguro de que acogerás con los brazos abiertos, en compañía de su madre, una lavandera sumamente estimable y hacendosa». ¡Santo cielo! Esto parece haber ido un poco más lejos que las demás. Da gracias a tu buena estrella, muchacho, de que mi cabeza esté bien asentada por los dos. Con todo, en este caso no abrigo temor alguno. Rue Barrée cortó tus pretensiones de un modo categórico y final.

—Rue Barrée... —comenzó Clifford, irguiéndose, pero enmudeció de repente, pues allí donde la luz moteada brillaba en manchas de oro, a lo largo del sendero salpicado de sol, avanzaba con paso ligero Rue Barrée. Su vestido era inmaculado, y su gran sombrero de paja, ladeado un punto sobre la frente blanca, proyectaba una sombra sobre sus ojos.

Elliott se puso en pie e hizo una reverencia. Clifford se descubrió la cabeza con un aire tan quejumbroso, tan suplicante, tan profundamente humilde que Rue Barrée sonrió.

La sonrisa fue deliciosa, y cuando Clifford, incapaz de sostenerse sobre sus piernas por puro asombro, se tambaleó ligeramente, ella volvió a sonreír a su pesar. Unos momentos después tomó asiento en una silla de la terraza y, sacando un libro de su carpeta de música, pasó las páginas, halló el lugar y luego, colocándolo abierto boca abajo sobre el regazo, suspiró un poco, sonrió levemente y contempló la ciudad a lo lejos. Se había olvidado por completo de Foxhall Clifford.

Al cabo de un rato tomó de nuevo el libro, pero en lugar de leer comenzó a acomodar una rosa en su corpiño. La rosa era grande y roja. Ardía como el fuego sobre su pecho, y como el fuego templaba su corazón, que palpitaba bajo los pétalos sedosos. Rue Barrée suspiró de nuevo. Se sentía muy feliz. El cielo era tan azul, el aire tan suave y perfumado, el sol tan acariciador, y su corazón cantaba en su interior, cantaba a la rosa en su pecho. Esto era lo que cantaba: «De entre la multitud de transeúntes, de entre el mundo de ayer, de entre los millones que pasan, uno se ha apartado para mirarme a mí».

Así cantaba su corazón bajo la rosa prendida en su pecho. Entonces dos palomas grandes de color ceniciento llegaron silbando en su vuelo y se posaron en la terraza, donde hicieron reverencias, se pavonearon, cabecearon y giraron hasta que Rue Barrée rió encantada; y alzando los ojos vio a Clifford ante ella. Tenía el sombrero en la mano y su rostro estaba adornado por una serie de sonrisas suplicantes que habrían conmovido el corazón de un tigre de Bengala.

Por un instante Rue Barrée frunció el ceño; luego miró con curiosidad a Clifford; luego, al notar el parecido entre las inclinaciones de este y las palomas cabeceantes, muy a su pesar, sus labios se abrieron en la más hechicera de las risas. ¿Era esta Rue Barrée? Tan cambiada, tan mudada que no se reconocía a sí misma; mas ¡oh!, aquel canto en su corazón que acallaba todo lo demás, que temblaba en sus labios pugnando por brotar, y que se desbordaba en una risa por nada: por una paloma que se pavoneaba... y por el señor Clifford.

◇

—¿Y cree usted que porque devuelvo el saludo a los estudiantes del Barrio puede ser recibido en particular como amigo? No lo conozco a usted, caballero, pero vanidad es el otro nombre del varón; confórmese, señor Vanidad: seré puntillosa, sumamente puntillosa al devolverle el saludo.

—Pero le ruego... le imploro que me permita rendirle ese homenaje que durante tanto tiempo...

—¡Dios mío!, a mí no me interesan los homenajes.

—Permítame tan solo que le hable de vez en cuando... de tarde en tarde... muy de tarde en tarde.

—¿Y si se lo permito a usted, por qué no a otro?

—De ningún modo; seré la discreción misma.

—Discreción... ¿por qué?

Sus ojos eran límpidos, y Clifford vaciló por un instante, pero solo por un instante. Luego, apoderándose de él el demonio de la temeridad, se sentó y se ofreció a ella en cuerpo y alma, bienes y hacienda. Y en todo momento sabía que era un necio, y que la chifladura no es amor, y que cada palabra que pronunciaba lo ataba en honor de un modo del que no había escape posible. Y en todo momento Elliott miraba con el ceño fruncido la plaza de la fuente y sujetaba con fiereza a ambos bulldogs para impedirles correr en socorro de Clifford, pues hasta ellos intuían que algo no iba bien, mientras Elliott rabiaba por dentro y mascullaba imprecaciones.

Cuando Clifford terminó, terminó en un sofoco de excitación; pero la respuesta de Rue Barrée tardó en llegar y su ardor fue enfriándose mientras la situación recobraba poco a poco sus justas proporciones. Entonces el arrepentimiento comenzó a insinuarse, pero él lo apartó y rompió de nuevo en protestas de devoción. A la primera palabra Rue Barrée lo atajó.

—Se lo agradezco —dijo ella, hablando con suma gravedad—. Ningún hombre me había ofrecido jamás matrimonio. —Se volvió y contempló la ciudad a lo lejos. Al cabo de un momento habló de nuevo—: Me ofrece usted muchísimo. Estoy sola, no tengo nada, no soy nada. —Se volvió otra vez y miró a París, resplandeciente, hermoso, bajo el sol de un día perfecto. Él siguió su mirada.

—¡Oh! —murmuró ella—; es duro... duro trabajar siempre... siempre sola, sin un amigo a quien poder tratar con honra; y el amor que a una le ofrecen significa la calle, el bulevar... cuando la pasión ha muerto. Lo sé... nosotras lo sabemos... nosotras, las que nada tenemos, las que a nadie tenemos y que nos entregamos ciegamente cuando amamos... sí, ciegamente, en cuerpo y alma, conociendo el final.

Tocó la rosa en su pecho. Por un instante pareció olvidarse de él; luego, con suavidad: —Se lo agradezco, le quedo muy agradecida. —Abrió el libro y, arrancando un pétalo de la rosa, lo dejó caer entre las páginas. Luego, alzando la vista, dijo con dulzura—: No puedo aceptar.

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