Capítulo III · 9
~5 min · 979 palabras
Hacia las cinco de la tarde, la mujercita de ojos tristes que desempeñaba las funciones de portera en el Hôtel du Sénat alzó las manos al cielo asombrada al ver cómo un carro cargado de arbustos floridos se detenía ante el portal. Llamó a Joseph, el intemperante criado, quien, mientras calculaba el valor de las flores en copitas de aguardiente, desmintió con aire sombrío tener la menor idea sobre su destino.
—Voyons —dijo la menuda portera—, ¡cherchons la femme!
—¿Usted? —sugirió él.
La mujercita permaneció un instante pensativa y luego suspiró. Joseph se acarició la nariz, una nariz que por su vistosidad podía competir con cualquier alarde floral.
Entonces entró el florista, sombrero en mano, y unos minutos más tarde Selby se encontraba en medio de su habitación, sin chaqueta y con las mangas de la camisa remangadas. El aposento contenía originariamente, además de los muebles, unos dos pies cuadrados de espacio para caminar, y ahora este se hallaba ocupado por un cactus. La cama crujía bajo cajones de pensamientos, lirios y heliotropos; el diván estaba cubierto de jacintos y tulipanes, y el lavabo sostenía una especie de arbolillo joven garantizado para dar flores en algún momento u otro.
Clifford entró poco después, tropezó con una caja de guisantes de olor, soltó una maldición, pidió disculpas y luego, al revelársele en todo su esplendor la fiesta floral, se sentó de golpe y con pasmo sobre un geranio. El geranio quedó hecho una ruina, pero Selby dijo: «No te preocupes», y clavó la vista en el cactus.
—¿Acaso vas a dar un baile? —reclamó Clifford.
—N... no; me gustan mucho las flores —dijo Selby, pero a la afirmación le faltaba entusiasmo.
—Ya me lo imagino. —Luego, tras un silencio—: Es un hermoso cactus.
Selby contempló el cactus, lo tocó con aire de entendido y se pinchó el pulgar.
Clifford hurgó en un pensamiento con su bastón. Luego entró Joseph con la cuenta, anunciando el importe total en voz bien alta, en parte para impresionar a Clifford y en parte para intimidar a Selby a fin de que soltase una propina que compartiría, si le venía en gana, con el florista. Clifford intentó aparentar que no había oído nada, mientras Selby pagaba factura y tributo sin pestañear. Luego regresó al centro de la habitación intentando mostrar una indiferencia que fracasó por completo cuando se desgarró los pantalones en el cactus.
Clifford hizo algún comentario trivial, encendió un cigarrillo y miró por la ventana para darle una tregua a Selby. Selby intentó aprovecharla, pero al llegar a: «Sí, al fin llegó la primavera», se quedó helado como una piedra. Miró la nuca de Clifford. Aquella coronilla expresaba volúmenes enteros. Aquellas orejitas tiesas parecían vibrar de gozo contenido. Hizo un esfuerzo desesperado por dominar la situación y saltó para coger unos cigarrillos rusos como acicate para la conversación, pero fue frustrado por el cactus, del que de nuevo cayó víctima. Aquello colmó el vaso.
—¡Maldito sea el cactus! —Esta observación le fue arrancada a Selby contra su voluntad, contra su propio instinto de conservación; pero las espinas del cactus eran largas y agudas, y ante sus reiterados pinchazos su cólera contenida estalló. Ya era demasiado tarde; estaba hecho, y Clifford se había vuelto en redondo.
—Vamos a ver, Selby, ¿por qué demonios compraste esas flores?
—Me gustan —dijo Selby.
—¿Y qué piensas hacer con ellas? Aquí no puedes dormir.
—Podría, si me ayudaras a quitar los pensamientos de la cama.
—¿Dónde puedes meterlos?
—¿No podría dárselos a la portera?
En cuanto lo hubo dicho se arrepintió. ¡Qué demonios pensaría Clifford de él! Había oído el monto de la cuenta. ¿Creería acaso que había invertido en tales lujos a modo de tímida declaración a su portera? ¿Y lo comentaría el Barrio Latino a su manera brutal? Temía el ridículo y conocía bien la reputación de Clifford.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Selby miró a Clifford con una expresión acorralada que conmovió el corazón de aquel joven. Era una confesión y al mismo tiempo una súplica. Clifford se levantó de un salto, se abrió paso a través del laberinto floral y, aplicando el ojo a la rendija de la puerta, dijo: —¿Quién demonios es?
Este refinado estilo de recibimiento es autóctono del Barrio.
—Es Elliott —dijo, mirando hacia atrás—, y Rowden también, con sus bulldogs. —Luego se dirigió a ellos a través de la rendija.
—Sentaos en la escalera; Selby y yo salimos enseguida.
La discreción es una virtud. El Barrio Latino posee pocas, y la discreción rara vez figura en la lista. Se sentaron y comenzaron a silbar.
Poco después Rowden gritó: —Huelo a flores. ¡Ahí dentro están de fiesta!
—Deberías conocer a Selby mejor que eso —gruñó Clifford tras la puerta, mientras el aludido se cambiaba apresuradamente los pantalones desgarrados por otros.
—Conocemos a Selby —dijo Elliott con énfasis.
—Sí —dijo Rowden—; organiza recepciones con adornos florales e invita a Clifford mientras nosotros nos sentamos en la escalera.
—Sí, mientras la juventud y la hermosura del Barrio se regocijan —sugirió Rowden; luego, con repentino recelo—: ¿Está Odette ahí?
—Oye —reclamó Elliott—, ¿está Colette ahí?
Luego alzó la voz en un lamento quejumbroso: —¿Estás ahí, Colette, mientras yo me deslomo en estas baldosas?
—Clifford es capaz de cualquier cosa —dijo Rowden—; su carácter se ha agriado desde que Rue Barrée lo puso en su sitio.
Elliott alzó la voz: —Oíd, muchachos, al mediodía vimos entrar flores en casa de Rue Barrée.
—Ramilletes y rosas —puntualizó Rowden.
—Probablemente para ella —añadió Elliott, acariciando a su bulldog.
Clifford se volvió con repentina sospecha hacia Selby. Este tarareó una tonada, escogió un par de guantes y, seleccionando una docena de cigarrillos, los guardó en la pitillera. Luego, caminando hacia el cactus, arrancó deliberadamente una flor, la pasó por su ojal y, cogiendo sombrero y bastón, sonrió a Clifford, ante lo cual este último quedó sumamente perplejo.
Fin del Episodio 37 · de 39
Capítulo III · 9
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