Capítulo II · 12
~6 min · 1166 palabras
Veinticuatro horas después, Selby se había olvidado por completo de Rue Barrée. Durante la semana trabajó con ahínco en el taller, y el sábado por la noche se hallaba tan rendido que se acostó antes de cenar y tuvo una pesadilla con un río de ocre amarillo en el que se ahogaba. El domingo por la mañana, a propósito de nada, pensó en Rue Barrée, y diez segundos más tarde la vio. Fue en el mercado de flores del puente de mármol. Ella estaba examinando una maceta de pensamientos. El florista evidentemente ponía cuerpo y alma en la transacción, pero Rue Barrée sacudió la cabeza.
Es dudoso que Selby se hubiera detenido allí mismo a inspeccionar una rosa de Alejandría si Clifford no le hubiese largado la patraña del martes anterior. Es muy posible que su curiosidad estuviera picada, pues con excepción de una pava clueca, un muchacho de diecinueve años es el bípedo más abiertamente curioso sobre la faz de la tierra. Desde los veinte hasta la muerte se esfuerza por disimularlo. Pero, para ser justos con Selby, también es verdad que el mercado resultaba tentador. Bajo un cielo sin una sola nube las flores se apretujaban y amontonaban a lo largo del puente de mármol hasta el pretil. El aire era tibio, el sol tejía un calado de sombras entre las palmeras y ardía en el corazón de un millar de rosas. La primavera había llegado, estaba en su apogeo. Los carros y mangueras de riego esparcían frescor por el bulevar, los gorriones se habían vuelto vulgarmente entrometidos y el crédulo pescador del Sena seguía con ansiedad su vistosa boya de pluma flotando entre las pompas de jabón de los lavaderos. Los castaños de espigas blancas vestidos de verde tierno vibraban con el zumbido de las abejas. Mariposas andrajosas lucían sus harapos invernales entre los heliotropos. Había un olor a tierra fresca en el aire, un eco de arroyo montano en el murmullo del Sena, y las golondrinas se remontaban y planeaban entre las barcazas ancladas en el río. En alguna ventana alta un pájaro enjaulado desgranaba su corazón en cantos hacia el cielo.
Selby miró la rosa de Alejandría y luego miró al cielo. Algo en el canto del ave enjaulada pudo haberlo conmovido, o acaso fuera esa peligrosa dulzura que flota en el aire de mayo.
Al principio apenas fue consciente de que se había detenido; luego apenas fue consciente de por qué se había detenido; luego pensó en seguir su camino, luego pensó en quedarse, y finalmente miró a Rue Barrée.
El florista decía: —Mademoiselle, esta es indudablemente una magnífica maceta de pensamientos.
Rue Barrée sacudió la cabeza.
El florista sonrió. A todas luces ella no quería los pensamientos. Había comprado muchas macetas de pensamientos allí, dos o tres cada primavera, y jamás regateaba. ¿Qué quería entonces? Los pensamientos eran sin duda un tanteo hacia una compra más importante. El jardinero se frotó las manos y miró en derredor.
—Estos tulipanes son soberbios —observó—, y estos jacintos... —Cayó en éxtasis ante la sola contemplación de los olorosos macizos.
—Ese —murmuró Rue, señalando un espléndido rosal con su sombrilla plegada; mas muy a su pesar, la voz le tembló un poco. Selby lo notó —más vergüenza para él por estar escuchando—, y el florista también lo notó y, hundiendo la nariz en las rosas, venteó un buen negocio. Con todo, haciéndole justicia, no añadió ni un céntimo al valor honesto de la planta, pues a fin de cuentas Rue era probablemente pobre y saltaba a la vista que era encantadora.
—Cincuenta francos, mademoiselle.
El tono del florista era grave. Rue comprendió que regatear sería inútil. Ambos permanecieron en silencio durante un momento. El jardinero no ensalzó su joya: el rosal era magnífico y cualquiera podía verlo.
—Me quedo con los pensamientos —dijo la muchacha, y extrajo dos francos de un portamonedas raído. Luego alzó la mirada. Una lágrima asomaba en sus ojos refractando la luz como un diamante, pero cuando resbaló hacia un rinconcito junto a la nariz la visión de Selby la sustituyó; y cuando un toque de pañuelo hubo despejado los sobresaltados ojos azules, el propio Selby apareció, sumamente avergonzado. Al instante él alzó la vista hacia el cielo, al parecer devorado por una sed de indagaciones astronómicas, y como prosiguió con sus investigaciones durante cinco minutos largos, el florista también miró hacia arriba, y lo mismo hizo un guardia. Luego Selby clavó los ojos en la punta de sus botas, el jardinero lo miró a él y el guardia siguió su ronda con paso cansino. Rue Barrée se había marchado hacía ya un buen rato.
—¿Qué —dijo el florista— puedo ofrecer al señor?
Selby jamás supo por qué, pero de pronto comenzó a comprar flores. El jardinero quedó estupefacto. Jamás hasta entonces había vendido tantas flores, jamás a precios tan satisfactorios y jamás, jamás con una tan absoluta unanimidad de opiniones con un cliente. Pero echaba de menos el regateo, la discusión, el poner al cielo por testigo. A la transacción le faltaba sal.
—¡Estos tulipanes son magníficos!
—¡Lo son! —exclamó Selby con calor.
—Pero por desgracia son caros.
—Me los llevo.
«¡Dios santo! —murmuró el florista bañado en sudor—; está más chiflado que la mayoría de los ingleses».
—Este cactus...
—¡Es soberbio!
—Por desgracia...
—Envíelo con el resto.
El florista se apoyó contra el muro del río para cobrar aliento.
—Ese espléndido rosal... —comenzó débilmente.
—Es una belleza. Creo que son cincuenta francos...
Se detuvo, poniéndose muy rojo. El jardinero saboreó su turbación. Luego un repentino y frío aplomo reemplazó su apuro pasajero, y sujetó al florista con la mirada y lo amedrentó.
—Me llevo ese rosal. ¿Por qué no lo compró la señorita?
—Mademoiselle no es rica.
—¿Cómo lo sabe?
—Pardiez, le vendo muchos pensamientos; los pensamientos no son caros.
—¿Esos son los pensamientos que compró?
—Estos, señor, los azules y dorados.
—¿Entonces piensa enviárselos a su casa?
—Al mediodía, después del mercado.
—Lleve este rosal con ellos, y... —aquí fulminó con la mirada al jardinero— no se atreva a decir de parte de quién van. —Los ojos del florista parecían platos soperos, pero Selby, sereno y triunfante, dijo—: Envíe las demás al Hôtel du Sénat, calle de Tournon, número 7. Dejaré instrucciones en la portería.
Luego se abrochó el guante con gran dignidad y se alejó con paso marcial; pero una vez doblada la esquina y oculto a la vista del florista, la convicción de que era un perfecto idiota le subió al rostro en un bochorno abrasador. Diez minutos más tarde permanecía sentado en su habitación del Hôtel du Sénat repitiendo con una sonrisa estúpida: «¡Qué asno estoy hecho, qué rematado asno!»
Una hora después se hallaba en la misma silla, en la misma postura, todavía con el sombrero y los guantes puestos, con el bastón en la mano; pero guardaba silencio, al parecer absorto en la contemplación de la punta de sus botas, y su sonrisa era menos estúpida e incluso un punto retrospectiva.
Fin del Episodio 36 · de 39
Capítulo II · 12
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