El Rey de Amarillo·Episodio 39

Capítulo V · II

~12 min · 2453 palabras

A Clifford le llevó un mes entero reponerse del todo, si bien al cabo de la primera semana fue declarado convaleciente por Elliott, que era una autoridad en la materia; y su convalecencia se vio favorecida por la cordialidad con que Rue Barrée correspondía a sus solemnes reverencias. Cuarenta veces al día bendecía a Rue Barrée por su negativa y daba gracias a su buena estrella, al tiempo que —¡oh prodigioso corazón el nuestro!— padecía los tormentos del despechado.

Elliott estaba molesto, en parte por la reticencia de Clifford y en parte por el inexplicable deshielo en la frialdad de Rue Barrée. En sus frecuentes encuentros, cuando ella, caminando con paso ligero por la Rue de Seine con su carpeta de música y su gran sombrero de paja, se cruzaba con Clifford y sus íntimos que ponían proa hacia el Café Vachette, y ante el respetuoso descubrimiento de la pandilla se ruborizaba y sonreía a Clifford, las dormidas sospechas de Elliott despertaban. Pero jamás logró averiguar nada, y finalmente se dio por vencido considerándolo superior a su comprensión, limitándose a calificar a Clifford de idiota y reservándose su opinión sobre Rue Barrée. Y durante todo este tiempo Selby ardía en celos. Al principio se negó a reconocérselo a sí mismo y se saltó el taller para pasar un día en el campo; pero los bosques y los prados, como es natural, no hicieron sino agravar su mal: los arroyos murmuraban el nombre de Rue Barrée y los segadores que se llamaban de un confín a otro del prado remataban en un quejumbroso: «¡Rue Bar-rée-e!». Aquel día campestre lo puso de mal humor durante una semana, y trabajó de morros en Julian, atormentado a cada instante por el deseo de saber dónde andaba Clifford y qué podía estar tramando. Esto culminó en un errabundo paseo dominical que remató en el mercado de flores del Pont au Change, recomenzó, se extendió con lúgubre obstinación hasta la morgue y fue a parar de nuevo al puente de mármol. Aquello no podía seguir así, y Selby lo comprendió; de modo que fue a ver a Clifford, que convalecía a base de julepes de menta en su jardín.

Se sentaron juntos y departieron sobre la moral y la felicidad humana, y cada uno halló al otro sumamente entretenido; solo que Selby no logró sacarle nada a Clifford, para indisimulado regocijo de este último. Pero los julepes vertieron bálsamo sobre la herida de los celos y destilaron esperanza en el desengañado; y cuando Selby dijo que debía marcharse, Clifford salió con él, y cuando Selby, para no ser menos, insistió en acompañar a Clifford de vuelta hasta su portal, Clifford se empeñó en escoltar a Selby hasta mitad del camino, y resultándoles difícil separarse, decidieron cenar juntos e irse «de picos pardos». Irse de picos pardos, verbo aplicado a las correrías nocturnas de Clifford, expresaba acaso mejor que nada la juerga que se proponían. Se encargó la cena en Mignon, y mientras Selby conferenciaba con el jefe de cocina, Clifford vigilaba paternalmente al sumiller. La cena fue un éxito, o al menos de esa clase de cenas que generalmente se califican de tales. Hacia el postre Selby oyó decir a alguien, como desde una lejanía infinita: «Kid Selby, borracho como una cuba».

Un grupo de hombres pasó cerca de ellos; le pareció que estrechaba manos y reía a mandíbula batiente, y que todo el mundo estaba sumamente ingenioso. Allí enfrente permanecía Clifford, jurando lealtad eterna a su compadre Selby, y parecía haber más gente presente, bien sentada a su lado, bien pasando de continuo con frufrú de faldas sobre el entarimado encerado. El perfume de las rosas, el revoloteo de los abanicos, el roce de brazos torneados y las risotadas se tornaron más y más vagos. La estancia parecía envuelta en bruma. Luego, de golpe y porrazo, cada objeto se recortó con dolorosa nitidez, solo que figuras y semblantes se hallaban deformados y las voces sonaban estridentes. Se incorporó, erguido, solemne, por el momento dueño de sí, pero completamente borracho. Sabía que estaba ebrio, y permanecía tan en guardia y alerta, tan receloso de sí mismo como lo habría estado de un ladrón pegado a su codo. Su dominio propio permitió a Clifford meter la cabeza bajo un chorro de agua corriente con relativa seguridad y salir a la calle bastante averiado, pero sin sospechar jamás que su compañero estaba beodo. Durante un tiempo mantuvo el control de sus actos. Su rostro estaba tan solo un poco más pálido, algo más tenso que de ordinario; solo hablaba con una pizca más de lentitud y rebuscamiento. Era medianoche cuando dejó a Clifford durmiendo plácidamente en el sillón de alguien, con un largo guante de ante colgándole de la mano y una boa de plumas enroscada al cuello para resguardar la garganta de las corrientes de aire. Cruzó el zaguán, bajó las escaleras y se encontró sobre la acera en un barrio que no conocía. Maquinalmente alzó la vista hacia el rótulo de la calle. El nombre no le resultaba familiar. Dio media vuelta y puso rumbo hacia unas luces agrupadas al fondo de la calle. Resultaron estar más lejos de lo previsto, y tras una larga pesquisa llegó a la conclusión de que sus ojos habían sido misteriosamente arrancados de sus órbitas habituales y colocados a ambos lados de su cabeza como los de un pájaro. Le afligió pensar en los inconvenientes que esta transformación podría ocasionarle e intentó ladear la cabeza, al modo de una gallina, para probar la movilidad del cuello. Entonces una inmensa desesperación se apoderó de él: las lágrimas asomaron a sus conductos lagrimales, su corazón se derritió y tropezó de bruces contra un árbol. El golpe lo devolvió a la lucidez; sofocó la violenta ternura que le nacía en el pecho, recogió su sombrero y prosiguió la marcha con paso más vivo. Su boca estaba blanca y tirante, sus dientes fuertemente apretados. Mantenía el rumbo bastante bien y apenas se desviaba, y tras lo que antojósele una eternidad se encontró desfilando ante una hilera de carruajes. Las farolas brillantes, rojas, amarillas y verdes le molestaban, y sintió que sería placentero demolerlas con el bastón, pero dominando este impulso continuó de largo. Más tarde se le ocurrió la idea de que se ahorraría fatiga tomando un coche de plaza, y desanduvo lo andado con esa intención; pero los coches parecían ya tan lejanos y los faroles resultaban tan deslumbrantes y confusos que desistió del empeño y, cobrando fuerzas, miró en derredor.

Una sombra, una mole enorme e indefinida, se alzó a su derecha. Reconoció el Arco de Triunfo y lo amenazó solemnemente con el bastón. Su tamaño le irritaba; sintió que era demasiado grande. Luego oyó que algo caía con estrépito sobre el pavimento y pensó que probablemente sería su bastón, pero no importaba gran cosa. Cuando hubo recobrado el dominio de sí y se adueñó de su pierna derecha, que mostraba síntomas de insubordinación, se descubrió cruzando la Plaza de la Concordia a un paso que amenazaba con depositarlo en la Madeleine. Aquello no podía ser. Viró bruscamente a la derecha y, cruzando el puente, pasó trotando ante el Palacio Borbón y dobló por el Boulevard Saint-Germain. Se las arregló bastante bien, aunque el volumen del Ministerio de la Guerra se le antojó un insulto personal, y echó de menos su bastón, con el cual habría sido tan grato rozar las verjas de hierro al pasar. Se le ocurrió, sin embargo, sustituirlo por el sombrero, pero al dar con él olvidó para qué lo quería y se lo encasquetó de nuevo en la cabeza con gravedad. Luego tuvo que lidiar con una violenta inclinación a sentarse en el suelo y romper a llorar. Esto duró hasta alcanzar la Rue de Rennes, pero allí quedó absorto contemplando el dragón del balcón que domina la Cour du Dragon, y el tiempo se esfumó hasta que recordó vagamente que no tenía nada que hacer allí, y reanudó la marcha. Era una labor pesada. El deseo de sentarse a llorar había dado paso a un anhelo de honda y solitaria reflexión. Aquí su pierna derecha olvidó la obediencia debida y, arremetiendo contra la izquierda, la flanqueó y lo estrelló de golpe contra una valla de madera que parecía cerrarle el paso. Intentó bordearla, pero la calle estaba cortada. Intentó empujarla y descubrió que no podía. Entonces reparó en un farol rojo plantado sobre un montón de adoquines tras la barrera. Aquello resultaba desconcertante. ¿Cómo iba a regresar a casa si el bulevar estaba cortado? Pero no se hallaba en el bulevar. Su traicionera pierna derecha lo había conducido por un extravío, pues allá, a sus espaldas, se extendía el bulevar con su interminable hilera de farolas... y aquí, ¿qué era esta callejuela estrecha y destartalada atestada de tierra, argamasa y montones de piedra? Alzó la vista. Escrito en llamativas letras negras sobre la valla rezaba:

RUE BARRÉE.

Se sentó en el suelo. Dos guardias a quienes conocía pasaron a su lado y le aconsejaron levantarse, pero él debatió la cuestión desde un punto de vista de preferencia personal, y ellos siguieron su camino echándose a reír. Pues en ese instante se hallaba absorto en un dilema: cómo ver a Rue Barrée. Ella estaba en alguna parte de aquella caserona de balcones de hierro, y la puerta estaba cerrada con llave, pero ¿qué importaba eso? Se le ocurrió la sencilla idea de gritar hasta que ella bajase. Esta idea fue reemplazada por otra igualmente lúcida: aporrear la puerta hasta que ella bajase; pero rechazando al fin ambas por demasiado inciertas, decidió trepar al balcón y, abriendo una ventana, preguntar cortésmente por Rue Barrée. Solo había una ventana iluminada en la casa que pudiera divisar. Estaba en el primer piso, y hacia allí clavó los ojos. Luego, subiéndose a la valla de madera y gateando sobre los montones de adoquines, alcanzó la acera y escudriñó la fachada en busca de un punto de apoyo. Parecía imposible. Mas una furia repentina se apoderó de él, una obstinación ciega y borracha; y la sangre se le subió a la cabeza, latiendo, retumbando en sus oídos como el sordo trueno del océano. Apretó los dientes y, saltando hacia el alféizar de una ventana baja, se izó con los brazos y quedó suspendido de los barrotes de hierro. Entonces la razón huyó; en su cerebro resonó el clamor de una multitud de voces, su corazón dio un vuelco desbocado marcando un redoble enloquecido y, aferrándose a cornisas y molduras, fue abriéndose camino a lo largo de la fachada, colgándose de cañerías y contraventanas, hasta alzarse, pasar por encima del pretil y entrar en el balcón junto a la ventana iluminada. El sombrero se le cayó y rodó contra el cristal. Durante un instante se apoyó jadeante en la barandilla; luego la ventana fue abierta lentamente desde dentro.

Se contemplaron el uno al otro durante largo rato. Al poco la muchacha dio dos pasos vacilantes hacia el interior de la habitación. Él vio su rostro, ahora completamente teñido de carmín; la vio dejarse caer en una silla junto a la mesa iluminada por la lámpara y, sin decir palabra, la siguió al interior cerrando los grandes batientes tras de sí. Luego se miraron en silencio.

La habitación era pequeña y blanca; todo era blanco en ella: la cama con cortinas, el modesto lavabo en el rincón, las paredes desnudas, la lámpara de porcelana... y su propio rostro, de haberlo sabido; pero el semblante y el cuello de Rue se anegaban en el mismo carmín que teñía el florecido rosal allá sobre la chimenea a su lado. A él no se le ocurrió hablar. Ella no parecía esperarlo. Su mente pugnaba con las impresiones de la estancia. La blancura, la pureza extrema de todo cuanto lo rodeaba le llenaba los sentidos... comenzaba a turbarlo. A medida que su vista se acostumbraba a la luz, otros objetos fueron destacándose del entorno y ocupando su lugar en el círculo de luz de la lámpara. Había un piano, un cubo para el carbón, un pequeño baúl de hierro y una tina de baño. Había también una hilera de perchas de madera clavadas en la puerta, con una cortina blanca de zaraza que cubría la ropa colgada debajo. Sobre la cama descansaban una sombrilla y un gran sombrero de paja, y sobre la mesa, una carpeta de música desatada, un tintero y pliegos de papel pautado. A su espalda se erguía un armario de luna, pero por alguna razón no deseaba ver su propio rostro en ese instante. La embriaguez se le iba pasando.

La muchacha permanecía sentada mirándolo sin decir palabra. Su rostro carecía de expresión, aunque los labios le temblaban de tarde en tarde casi imperceptiblemente. Sus ojos, tan prodigiosamente azules a la luz del día, antojábanse oscuros y suaves como el terciopelo, y el carmín de su cuello se encendía y palidecía con cada aliento. Parecía más menuda y frágil que cuando la había visto en la calle, y había ahora en la curva de su mejilla algo casi infantil. Cuando al fin él se volvió y descubrió su propio reflejo en el espejo a su espalda, un estremecimiento lo sacudió como si hubiese visto algo infame, y su mente enturbiada y sus pensamientos nublados se despejaron. Por un instante sus ojos se encontraron; luego los de él buscaron el suelo, sus labios se apretaron y la lucha que libraba en su fuero interno le dobló la cabeza y tensó cada nervio hasta el límite. Y ahora todo había terminado, pues la voz interior había hablado. Escuchó, con un interés apagado pero conociendo ya el final; en verdad poco importaba: el final siempre sería el mismo para él; ahora lo comprendía, siempre el mismo para él, y escuchó, con sordo interés, una voz que crecía dentro de su pecho. Al cabo de un rato se puso en pie y ella se levantó al instante, con una mano pequeña apoyada en la mesa. Poco después él abrió la ventana, recogió su sombrero y volvió a cerrarla. Luego se acercó al rosal y rozó las flores con el rostro. Una de ellas descansaba en un vaso de agua sobre la mesa y maquinalmente la muchacha la sacó, la apretó contra sus labios y la dejó sobre la mesa junto a él. Él la tomó sin pronunciar palabra y, cruzando la estancia, abrió la puerta. El descansillo estaba oscuro y silencioso, pero la joven alzó la lámpara y, deslizándose por delante de él, bajó con paso leve las escaleras enceradas hasta el zaguán. Luego, descorriendo los cerrojos, abrió la cancela de hierro.

A través de ella pasó él con su rosa.

Fin del Episodio 39 · de 39

Capítulo V · II

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