El Rey de Amarillo·Episodio 34

Capítulo VI

~13 min · 2618 palabras

Con otro sobresalto gozoso en el pecho despertó a la mañana siguiente, pues su primer pensamiento fue para Valentine.

El sol doraba ya las torres de Notre-Dame, el traqueteo de los zuecos de los obreros despertaba ecos agudos en la calle y, al otro lado de la calzada, un mirlo en un almendro de flores rosas se entregaba a un éxtasis de trinos.

Decidió despertar a Clifford para dar un paseo vigoroso por el campo, esperando más tarde persuadir a aquel caballero a acudir a la iglesia americana por el bien de su alma. Encontró a Alfred, el de los ojos de lezna, baldeando el paseo de asfalto que conducía al taller.

—¿El señor Elliott? —respondió este a la obligada pregunta—; je ne sais pas.

—¿Y el señor Clifford? —comenzó Hastings, algo asombrado.

—El señor Clifford —dijo el portero con fina ironía— se alegrará de verlo, pues se recogió temprano; de hecho, acaba de llegar.

Hastings vaciló mientras el portero pronunciaba un elocuente elogio de las personas que jamás pasaban la noche en vela para luego golpear la cancela de la portería a horas que hasta un gendarme consideraba sagradas para el reposo. También disertó prolijamente sobre las virtudes de la templanza y bebió con ostentación un largo trago de la fuente del patio.

—No creo que entre —dijo Hastings.

—Perdone, señor —gruñó el portero—, pero acaso conviniera que viese usted al señor Clifford. Es muy posible que necesite socorro. A mí me echa a escobazos y botinazos. Milagro será si no ha prendido fuego a algo con su vela.

Hastings vaciló un instante, pero tragándose su repugnancia ante semejante misión, cruzó despacio el callejón cubierto de hiedra y atravesó el jardín interior hacia el taller. Llamó a la puerta. Silencio absoluto. Llamó de nuevo, y esta vez algo golpeó la puerta desde dentro con estrépito.

—Eso —dijo el portero— ha sido una bota. —Encajó su llave maestra en la cerradura e hizo pasar a Hastings. Clifford, con el frac revuelto y desaliñado, permanecía sentado en la alfombra en medio de la estancia. Sostenía un zapato en la mano y no pareció asombrarse al ver a Hastings.

—Buenos días, ¿usa usted jabón Pears? —inquirió con un vago ademán de la mano y una sonrisa todavía más vaga.

El alma de Hastings se desplomó a los pies. —Por amor del cielo —dijo—, Clifford, acuéstate.

—No mientras ese... ese Alfred asome su greñuda cabeza por aquí y a mí me quede un zapato.

Hastings apagó la vela, recogió el sombrero y el bastón de Clifford y dijo, con una emoción que no pudo disimular: —Esto es terrible, Clifford... yo... jamás imaginé que hicieras esta clase de cosas.

—Pues ya ves que sí —dijo Clifford.

—¿Dónde está Elliott?

—Viejo amigo —repuso Clifford, poniéndose lacrimoso—, la Providencia que alimenta... alimenta... estooo... a los gorriones y a toda esa ralea, vela sobre el caminante destemplado...

—¿Dónde está Elliott?

Pero Clifford solo sacudió la cabeza y agitó el brazo en derredor. —Está por ahí... en alguna parte. —Luego, sintiendo de pronto el deseo de ver a su compañero extraviado, alzó la voz y comenzó a llamarlo aullando su nombre.

Hastings, profundamente horrorizado, se sentó en el diván sin pronunciar palabra. Al poco rato, tras derramar varias lágrimas abrasadoras, Clifford se animó y se levantó con inmensas precauciones.

—Viejo amigo —observó—, ¿quieres presenciar un... un milagro? Bueno, pues allá va. Voy a empezar.

Hizo una pausa, sonriendo al vacío.

—Un milagro —repitió.

Hastings supuso que se refería al milagro de mantener el equilibrio y no dijo nada.

—Me voy a la cama —anunció—; el pobre viejo Clifford se va a la cama, ¡y eso sí que es un milagro!

Y así lo hizo, con un cálculo tan preciso de distancias y equilibrios que habría arrancado clamorosos vítores de aplauso a Elliott de haber estado allí para apreciarlo en connaisseur. Pero no estaba. Aún no había llegado al taller. Venía de camino, sin embargo, y sonrió con magnífica condescendencia a Hastings, quien media hora más tarde lo encontró tendido sobre un banco del Luxemburgo. Se dejó despertar, sacudir el polvo y escoltar hasta la cancela. Aquí, no obstante, rechazó todo auxilio ulterior y, dedicando una reverencia protectora a Hastings, puso rumbo bastante certero hacia la Rue Vavin.

Hastings lo siguió con la mirada hasta perderlo de vista y luego desanduvo despacio el camino hacia la fuente. Al principio se sentía sombrío y apesadumbrado, pero poco a poco el aire límpido de la mañana fue aliviando la opresión de su pecho, y se sentó en el banco de mármol bajo la sombra del dios alado.

El aire era fresco y dulce con el aroma de los azahares. Por todas partes las palomas se bañaban, salpicando el agua sobre sus pechos tornasolados, entrando y saliendo del rocío de la fuente o acomodándose casi hasta el cuello a lo largo del pilón pulimentado. Los gorriones también andaban sueltos en gran número, empapando sus plumas cenicientas en el remanso transparente y piando con todas sus fuerzas. Bajo los sicomoros que rodeaban el estanque de los patos frente a la fuente de María de Médicis, las aves acuáticas picoteaban la hierba o bajaban en fila por la orilla para embarcarse en algún solemne y desocupado crucero.

Las mariposas, algo entumecidas por el frío reposo nocturno bajo las hojas de las lilas, se arrastraban una y otra vez sobre los flox blancos o emprendían un vuelo reumático hacia algún arbusto caldeado por el sol. Las abejas andaban ya afanosas entre los heliotropos, y una o dos moscas grises de ojos encarnados descansaban en una mancha de sol junto al banco de mármol o se perseguían en derredor, solo para regresar al punto soleado y frotarse las patas delanteras, regocijadas.

Los centinelas marchaban con paso vivo ante las garitas pintadas, deteniéndose a veces para mirar hacia el cuerpo de guardia en espera del relevo.

Llegaron al fin, con arrastrar de pies y chasquido de bayonetas; se transmitió la consigna, la guardia saliente rompió filas y allá se fueron todos, crac, crac, sobre la grava.

Un carillón melodioso flotó desde la torre del reloj del palacio; el campanil grave de Saint-Sulpice hizo eco a la hora. Hastings permanecía soñando bajo la sombra del dios, y mientras cavilaba, alguien llegó y se sentó a su lado. Al principio él no alzó la cabeza. Solo cuando ella habló se puso en pie de un salto.

—¡Tú! ¿A estas horas?

—Estaba inquieta, no podía conciliar el sueño. —Luego, con voz queda y gozosa—: ¿Y tú? ¿A estas horas?

—Yo... yo dormí, pero el sol me despertó.

—Yo no pude dormir —dijo ella, y por un instante una sombra indefinible veló sus ojos. Luego, sonriendo—: Me alegro tanto... sentía como si supiera que vendrías. No te rías: creo en los sueños.

—¿Soñaste de veras que... que yo estaba aquí?

—Creo que estaba despierta cuando lo soñé —admitió ella. Luego, durante un rato permanecieron callados, reconociendo en el silencio la inmensa dicha de hallarse juntos. Y a fin de cuentas su mutismo era elocuente, pues sonrisas tenues y miradas nacidas de sus pensamientos se cruzaban y recruzaban, hasta que los labios se movieron y brotaron palabras que antojábanse casi superfluas. Lo que dijeron no fue nada profundo. Acaso la joya más valiosa que cayó de los labios de Hastings guardaba relación directa con el desayuno.

—Todavía no he tomado mi chocolate —confesó ella—; pero qué hombre tan materialista eres.

—Valentine —dijo él con vehemencia—, desearía... desearía de corazón que... solo por esta vez... me entregaras el día entero... solo por esta vez.

—¡Válgame Dios! —sonrió ella—, ¡no solo materialista, sino también egoísta!

—Egoísta no; hambriento —dijo él mirándola.

—¡Caníbal además, qué horror!

—¿Aceptas, Valentine?

—Pero mi chocolate...

—Tómalo conmigo.

—Pero el déjeuner...

—Juntos, en Saint-Cloud.

—Pero no puedo...

—Juntos... el día entero... todo el santo día; ¿quieres, Valentine?

Ella guardó silencio.

—Solo por esta vez.

De nuevo aquella sombra indefinible cruzó por sus ojos, y cuando se disipó, suspiró: —Sí... juntos, solo por esta vez.

—¿Todo el día? —dijo él, dudando de su propia ventura.

—Todo el día —sonrió ella—; ¡y oh, qué hambre tengo!

Él rió encantado.

—Qué señorita tan materialista.

En el Boulevard Saint-Michel hay una lechería pintada de blanco y azul por fuera, limpia y reluciente como una patena por dentro. La joven pelirroja que habla francés como una nativa y responde al nombre de Murphy les sonrió al entrar y, arrojando una servilleta limpia sobre la mesita de zinc, dispuso ante ellos dos tazas de chocolate y una canastilla repleta de cruasanes frescos y crujientes.

Las porciones de manteca color prímula, marcadas cada una con un trébol en relieve, parecían impregnadas del perfume de los pastos de Normandía.

—¡Qué delicia! —exclamaron al unísono, y luego rieron ante la coincidencia.

—Con un solo pensamiento... —comenzó él.

—¡Qué absurdo! —exclamó ella con las mejillas encendidas—. Estoy pensando que me comería otro cruasán.

—Yo también —respondió él triunfante—; eso lo demuestra.

Luego tuvieron una disputa: ella acusándolo de conducirse como una criatura de teta, y él negándolo y presentando cargos en contra, hasta que Mademoiselle Murphy rió con simpatía y el último cruasán fue devorado bajo bandera de tregua. Entonces se levantaron y ella tomó su brazo con una inclinación vivaz hacia Mademoiselle Murphy, quien les gritó alegremente: «¡Bonjour, madame! ¡Bonjour, monsieur!», y los vio detener un carruaje y alejarse. «Dieu! qu’il est beau! —suspiró ella, añadiendo al cabo de un instante—: ¿Estarán casados?... No lo sé; ma foi ils ont bien l’air».

El coche dobló por la Rue de Médicis, entró en la Rue de Vaugirard, la siguió hasta el cruce con la Rue de Rennes y, tomando aquella ruidosa arteria, se detuvo frente a la Gare Montparnasse. Llegaron justo a tiempo para un tren y subieron a la carrera la escalera hacia los andenes en el instante en que la última campanada de salida retumbaba bajo la bóveda de la estación. El empleado cerró de golpe la puerta del departamento, sonó un silbato, contestado por un chirrido de la locomotora, y el largo convoy se deslizó fuera de la estación, más y más veloz, adentrándose en el sol matinal. El viento del estío les daba en la cara desde la ventanilla abierta y hacía bailar los suaves cabellos en la frente de la joven.

—Tenemos el departamento para nosotros solos —dijo Hastings.

Ella se apoyó contra el asiento almohadillado junto a la ventanilla, con los ojos radiantes y abiertos de par en par, los labios entreabiertos. El viento le levantó el sombrero y agitó las cintas bajo su barbilla. Con un ademán ágil las desató y, sacando una larga aguja del tocado, lo depositó sobre el asiento a su lado. El tren volaba.

El carmín brotó en sus mejillas y, con cada bocanada de aire, su pecho subía y bajaba bajo el ramillete de lirios en su escote. Árboles, casas y charcas danzaban a su paso, cortados por la ráfaga de los postes de telégrafo.

—¡Más rápido! ¡Más rápido! —gritaba ella.

Los ojos de él no se apartaban de ella, pero los de ella, abiertos de par en par y azules como el cielo de verano, parecían fijos en algo muy lejano, algo que no se aproximaba, sino que huía ante ellos mientras ellos volaban.

¿Acaso era el horizonte, cortado ahora por la severa fortaleza sobre la colina, ahora por la cruz de una capilla campestre? ¿Acaso la luna estival, fantasmagórica, deslizándose por el azul más tenue de las alturas?

—¡Más rápido! ¡Más rápido! —clamaba ella.

Sus labios entreabiertos ardían escarlatas.

El vagón temblaba y se estremecía, y los campos desfilaban como un torrente de esmeralda. Él se contagió de aquel frenesí y su rostro resplandeció.

—¡Oh! —exclamó ella, y con un ademán inconsciente tomó la mano de él, atrayéndolo hacia la ventanilla a su lado—. ¡Mira! ¡Asómate conmigo!

Él solo vio moverse sus labios; la voz de ella quedó ahogada en el estruendo de un viaducto, pero su mano se cerró sobre la de ella y se aferró al marco. El viento silbaba en sus oídos. —¡No te asomes tanto, Valentine, cuidado! —jadeó él.

Abajo, a través de las traviesas del puente, un ancho río centelleó a la vista y volvió a esfumarse, mientras el tren retumbaba a lo largo de un túnel y salía una vez más a través de los más frescos prados verdes. El viento rugía a su alrededor. La muchacha se inclinaba muy afuera por la ventanilla y él la asió por la cintura, gritando: «¡No tanto!»; pero ella solo murmuraba: «¡Más rápido! ¡Más rápido! ¡Lejos, fuera de la ciudad, fuera de este suelo, más rápido, más rápido, lejos del mundo entero!»

—¿Qué estás diciendo para tus adentros? —dijo él, pero su voz se quebró y el viento se la devolvió a la garganta.

Ella lo oyó y, volviéndose de la ventanilla, miró el brazo de él que la rodeaba. Luego alzó los ojos hacia los suyos. El vagón vibraba y los cristales traqueteaban. Cruzaban ahora a toda máquina por un bosque y el sol barría las ramas húmedas de rocío con fugitivos relámpagos de fuego. Él miró sus ojos turbados; la atrajo hacia sí y besó los labios entreabiertos, y ella soltó un grito amargo y desesperado: —¡Eso no... eso no!

Pero él la sostuvo fuerte y estrechamente, susurrándole palabras de amor noble y apasionado, mientras ella sollozaba: «¡Eso no... eso no... lo he prometido! Debes... debes saber... que no... no soy digna...». En la pureza de su propio corazón las palabras de ella carecían de sentido para él en aquel instante, y carecerían de sentido para siempre. Poco después la voz de ella enmudeció y su cabeza descansó sobre el pecho de él. Él permaneció apoyado en la ventanilla, con los oídos azotados por el viento furioso y el corazón en jubiloso tumulto. El bosque quedó atrás y el sol asomó de entre los árboles, inundando de nuevo la tierra de luminosidad. Ella alzó los ojos y contempló el mundo desde la ventanilla. Luego comenzó a hablar, pero su voz era débil y él inclinó la cabeza junto a la suya para escuchar. «No puedo apartarme de ti; soy demasiado débil. Desde hace mucho tiempo eras mi dueño... dueño de mi corazón y de mi alma. He faltado a mi palabra dada a quien confiaba en mí, pero te lo he dicho todo... ¿qué importa lo demás?». Él sonrió ante la inocencia de ella, y ella adoró la de él. Volvió a hablar: «Tómame o arrójame lejos... ¿qué importa ya? Ahora con una sola palabra puedes matarme, y acaso fuera más fácil morir que contemplar una dicha tan inmensa como la mía».

Él la tomó entre sus brazos. —Calla, ¿qué estás diciendo? Mira... mira afuera la luz del sol, los prados y los arroyos. Seremos sumamente felices en un mundo tan radiante.

Ella se volvió hacia la luz. Desde la ventanilla, el mundo allá abajo antojábasele sumamente hermoso.

Temblando de dicha, suspiró: —¿Es este el mundo? Entonces jamás lo había conocido.

—Ni yo tampoco, que Dios me perdone —murmuró él.

Acaso fuera Nuestra Señora de los Campos quien los perdonó a ambos.

RUE BARRÉE

«Que prediquen filósofo y doctor lo que quieran o no; cada cual es un eslabón tan solo en la cadena eterna que ninguno quebrará».

«Ni rosas rojas ni amarillas, ni el acre aroma del hinchado mar, valen el dulce perfume que adoro y que en ti se aposenta».

«Los lirios de marchita faz me cansan, el agua inmutable me fatiga; yo sufro con un ansia apasionada de ti y de cuanto es tuyo».

«No hay en el mundo más que estas tres cosas: tu boca ardiente, tus pechos, tus cabellos, tus caricias y mi deseo».

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