Capítulo V · I
~8 min · 1553 palabras
El mes pasó con presteza para Hastings, dejando tras de sí escasas impresiones nítidas. Dejó algunas, no obstante. Una de ellas fue la penosa impresión de encontrarse con el señor Bladen en el Boulevard des Capucines en compañía de una joven sumamente descarada cuya risotada lo consternó; y cuando al fin logró escabullirse del café al que el señor Bladen lo había arrastrado para tomar un bock con ellos, sintió como si el bulevar entero lo estuviera mirando y juzgando por sus compañías. Más tarde, una convicción instintiva acerca de la joven que acompañaba al señor Bladen le subió la sangre a las mejillas, y regresó a la pensión en un estado de ánimo tan desdichado que la señorita Byng se alarmó y le aconsejó vencer la morriña de inmediato.
Otra impresión fue igualmente vívida. Un sábado por la mañana, sintiéndose solo, sus vagabundeos por la ciudad lo llevaron a la Gare Saint-Lazare. Era temprano para almorzar, pero entró en el Hôtel Terminus y ocupó una mesa junto a la ventana. Cuando se volvía para hacer su pedido, un hombre que pasaba a paso ligero por el pasillo tropezó con su cabeza, y al alzar los ojos para recibir la esperada disculpa, se encontró en cambio con una palmada en el hombro y un efusivo: «¿Qué demonios haces aquí, viejo amigo?». Era Rowden, quien lo aferró por el brazo y le dijo que viniera con él. De modo que, protestando con suavidad, fue conducido a un comedor reservado donde Clifford, bastante encendido, se levantó de la mesa de un salto y lo acogió con un aire sobresaltado que fue atenuado por el alborozo genuino de Rowden y la extrema cortesía de Elliott. Este último se lo presentó a tres muchachas hechiceras que le dieron una bienvenida tan encantadora y secundaron a Rowden en su empeño de que Hastings formase parte del grupo, que él aceptó al instante. Mientras Elliott exponía a grandes rasgos la proyectada excursión a La Roche, Hastings comía encantado su tortilla y devolvía las sonrisas de aliento de Cécile, Colette y Jacqueline. Entre tanto Clifford, en un susurro cortante, le decía a Rowden qué clase de asno estaba hecho. El pobre Rowden puso cara de compunción hasta que Elliott, adivinando el cariz que tomaban las cosas, frunció el ceño hacia Clifford y encontró un momento para hacerle saber a Rowden que todos procurarían sacar el mejor partido de la situación.
—Tú cierra el pico —le observó a Clifford—; es obra del destino, y con eso basta.
—Es obra de Rowden, y con eso basta —murmuró Clifford, disimulando una sonrisa burlona. Pues a fin de cuentas él no era el aya de Hastings. Así fue como el tren que partía de la Gare Saint-Lazare a las 9.15 de la mañana se detuvo un instante en su veloz carrera hacia El Havre y depositó en la estación de tejados rojos de La Roche a una alegre comitiva, pertrechada de sombrillas, cañas de trucha y un bastón de paseo, portado por el no combatiente, Hastings. Luego, una vez que hubieron establecido su campamento en un soto de sicomoros a la orilla del pequeño río Epte, Clifford, la autoridad reconocida en todo lo concerniente a la pesca deportiva, tomó el mando.
—Tú, Rowden —dijo—, reparte tus moscas con Elliott y no le quites el ojo de encima, o de lo contrario intentará poner una boya y un plomo. Impídele por la fuerza andar escarbando en busca de lombrices.
Elliott protestó, pero se vio forzado a sonreír ante la risa general.
—Me pones enfermo —aseveró—; ¿acaso crees que esta es mi primera trucha?
—Estaré encantado de ver tu primera trucha —dijo Clifford, y esquivando un anzuelo arrojado con aviesa intención de acertarle, procedió a clasificar y equipar tres delgadas cañas destinadas a deparar júbilo y peces a Cécile, Colette y Jacqueline. Con perfecta gravedad adornó cada sedal con cuatro perdigones hendidos, un pequeño anzuelo y una vistosa boya de pluma.
—Yo jamás tocaré las lombrices —anunció Cécile con un estremecimiento.
Jacqueline y Colette se apresuraron a secundarla, y Hastings se ofreció amablemente para ejercer las funciones de cebo general y desanzolador de peces. Pero Cécile, sin duda cautivada por las vistosas moscas del estuche de Clifford, decidió aceptar sus lecciones en el verdadero arte y poco después desapareció río Epte arriba llevándose a Clifford a rastras.
Elliott miró con recelo a Colette.
—Yo prefiero los gobios —dijo la doncella con decisión—, y el señor Rowden y tú podéis marcharos cuando gustéis; ¿verdad que sí, Jacqueline?
—Por descontado —respondió Jacqueline.
Elliott, indeciso, examinó su caña y su carrete.
—Tienes el carrete montado del revés —observó Rowden.
Elliott vaciló y hurtó una mirada a Colette.
—Yo... casi he decidido... estooo... no andar sacudiendo las moscas por ahora —comenzó—. Ahí está la vara que dejó Cécile...
—No la llames vara —corrigió Rowden.
—Caña, entonces —continuó Elliott, y echó a andar tras las dos muchachas, pero Rowden lo agarró por el cuello de inmediato.
—¡De eso nada! ¡Habrase visto pescar con flotador y plomo cuando se tiene una caña de mosca en la mano! ¡Tú vienes conmigo!
Allí donde el plácido y menudo Epte desciende entre espesuras hacia el Sena, una orilla cubierta de hierba sombrea el apostadero de los gobios; y en esta ribera se sentaron Colette y Jacqueline, y charlaron, rieron y observaron las sacudidas de las plumas escarlatas, mientras Hastings, con el sombrero sobre los ojos y la cabeza apoyada en un lecho de musgo, escuchaba sus voces suaves y desanzolaba galantemente a los pequeños e indignados gobios cada vez que el temblor de una caña y un chillido a medio sofocar anunciaban una captura. La luz del sol se filtraba por las enramadas frondosas despertando al canto a las aves del bosque. Urracas de inmaculado plumaje blanco y negro pasaban revoloteando, posándose en las cercanías con saltos, brincos y sacudidas de cola. Arrendajos azules y blancos de pechos sonrosados graznaban entre el ramaje, y un halcón en vuelo raso planeaba sobre los campos de trigo en sazón, poniendo en fuga bandadas de pajarillos que piaban entre los setos.
Al otro lado del Sena una gaviota descendió sobre el agua como una pluma. El aire era puro y sereno. Apenas se movía una hoja. Llegaban débiles los ruidos de una alquería lejana: el agudo canto de un gallo y ladridos sordos. De tarde en tarde un remolcador de vapor con su enorme chimenea inclinada, que ostentaba el nombre Guêpe 27, surcaba el río arrastrando su interminable comitiva de barcazas, o un velero descendía con la corriente hacia la soñolienta Ruan.
Un leve frescor a tierra y agua flotaba en el ambiente, y bajo la luz del sol, mariposas de puntas anaranjadas danzaban sobre las hierbas del pantano, mientras mariposas aterciopeladas aleteaban en los bosques musgosos.
Hastings pensaba en Valentine. Eran las dos en punto cuando Elliott regresó tranquilamente y, admitiendo con franqueza que se había escabullido de Rowden, se sentó junto a Colette dispuesto a dormitar con fruición.
—¿Dónde están tus truchas? —preguntó Colette con severidad.
—Aún viven —murmuró Elliott, y se quedó profundamente dormido.
Rowden regresó poco después y, arrojando una mirada desdeñosa al durmiente, exhibió tres truchas moteadas de carmesí.
—Y ese —sonrió Hastings perezosamente— es el santo fin por el que bregan los fieles: la matanza de estos pececillos mediante un pedazo de seda y plumas.
Rowden desdeñó responderle. Colette pescó otro gobio y despertó a Elliott, quien protestó y miró a su alrededor buscando las cestas del almuerzo, justo cuando Clifford y Cécile llegaron exigiendo refrigerio inmediato. Las faldas de Cécile estaban empapadas y sus guantes rotos, pero ella rebosaba dicha, y Clifford, sacando una trucha de dos libras, se detuvo para recibir los aplausos de la concurrencia.
—¿De dónde diablos has sacado eso? —reclamó Elliott.
Cécile, mojada y entusiasta, relató la batalla, y luego Clifford elogió la destreza de la joven con la mosca y, como prueba, extrajo de su cesta un cacho difunto que, según observó, por poco no era una trucha.
Todos estuvieron sumamente alegres en el almuerzo y Hastings fue calificado de «encantador». Disfrutó inmensamente... solo que por momentos le parecía que el galanteo iba más lejos en Francia que en Millbrook, Connecticut, y pensaba que Cécile bien podría mostrarse algo menos entusiasta con Clifford, que acaso sería igual de oportuno que Jacqueline se sentara algo más apartada de Rowden y que posiblemente Colette hubiera podido, al menos por un instante, apartar los ojos del rostro de Elliott. Aun así disfrutó... salvo cuando sus pensamientos volaban hacia Valentine, y entonces sentía que se hallaba sumamente lejos de ella. La Roche queda al menos a hora y media de París. También es verdad que sintió una inmensa dicha, un latido presuroso en el pecho cuando, a las ocho de la noche, el tren que los traía de La Roche entró en la Gare Saint-Lazare y se encontró una vez más en la ciudad de Valentine.
—Buenas noches —le dijeron, apiñándose a su alrededor—. ¡Tienes que venir con nosotros la próxima vez!
Él lo prometió y los vio perderse, de dos en dos, en la ciudad que se oscurecía; y permaneció tanto tiempo inmóvil que, cuando volvió a alzar la vista, el vasto bulevar parpadeaba con mecheros de gas a través de los cuales las luces eléctricas brillaban como lunas.
Fin del Episodio 33 · de 39
Capítulo V · I
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