El Rey de Amarillo·Episodio 31

Capítulo IV · IV

~13 min · 2679 palabras

Hay aquí un novato —dijo Laffat arrastrando las palabras, asomándose alrededor de su caballete y dirigiéndose a su amigo Bowles—, hay aquí un novato tan tierno, verde y apetitoso que válgame el cielo si cayese en una ensaladera.

—¿Un paleto? —inquirió Bowles, aplicando pasta al fondo con una espátula rota y guiñando un ojo para juzgar el efecto con aprobación.

—Sí, de un pueblo perdido de mala muerte; ¡y cómo se las ingenió para crecer entre las margaritas y escapar de las vacas, solo el cielo lo sabe!

Bowles se frotó el pulgar a lo largo del contorno del estudio para «infundirle un poco de atmósfera», como solía decir, miró con fijeza al modelo, chupó de su pipa y, al ver que se había apagado, raspó una cerilla en la espalda de su vecino para encenderla de nuevo.

—Su nombre —prosiguió Laffat, lanzando un pedazo de pan hacia el perchero—, su nombre es Hastings. Es un caso único. Sabe tanto del mundo —y aquí la expresión del señor Laffat proclamaba a los cuatro vientos su propio conocimiento de dicho planeta— como una gata doncella en su primer paseo bajo la luna.

Bowles, habiendo logrado al fin encender la pipa, repitió el toque de pulgar en el otro extremo del estudio y dijo: —¡Ah!

—Sí —continuó su amigo—, y ¿te lo imaginas?, parece creer que todo aquí funciona igual que en su maldita granja de mala muerte allá en su tierra; habla de las chicas bonitas que pasean solas por la calle, dice lo sensato que es y cómo en América se calumnia a los padres franceses; dice que por su parte encuentra a las muchachas francesas —y confesó no conocer más que a una— tan alegres y majas como las americanas. Intenté desengañarlo, intenté darle una pista sobre qué clase de señoritas pasean solas o con estudiantes, y resultó o demasiado estúpido o demasiado inocente para entenderlo. Luego se lo solté sin rodeos, y me dijo que era un imbécil de mente corrompida y se marchó con la cabeza bien alta.

—¿Le ayudaste con la punta de la bota? —inquirió Bowles con lánguido interés.

—Pues no.

—Te llamó imbécil de mente corrompida.

—Tenía toda la razón —dijo Clifford desde su caballete delantero.

—¿Qué... qué quieres decir? —reclamó Laffat, poniéndose rojo.

—Eso mismo —replicó Clifford.

—¿Quién te ha dado vela en este entierro? ¿Acaso es asunto tuyo? —se burló Bowles, pero casi perdió el equilibrio cuando Clifford se volvió en redondo y le clavó la mirada.

—Sí —dijo con lentitud—, es asunto mío.

Nadie habló durante un buen rato.

Entonces Clifford gritó: —¡Oye, Hastings!

Y cuando Hastings dejó su caballete y se acercó, Clifford asintió con la cabeza en dirección al atónito Laffat.

—Este individuo ha sido desagradable contigo, y quiero decirte que siempre que te apetezca darle una patada, yo sujetaré al otro espécimen.

Hastings, avergonzado, dijo: —Pues no, no comparto sus ideas, nada más.

Clifford dijo: «Naturalmente», y pasando su brazo bajo el de Hastings, paseó con él por el taller y se lo presentó a varios amigos suyos, ante lo cual todos los novatos abrieron los ojos de par en par con envidia, y el taller entero dio por entendido que Hastings, aunque dispuesto a cumplir con las faenas serviles como el último de los novatos, pertenecía ya al círculo privilegiado de los veteranos, respetados y temidos, los verdaderamente grandes.

Terminado el descanso, el modelo recuperó su pose y el trabajo se reanudó entre un coro de canciones, alaridos y todos los estrépitos ensordecedores que un estudiante de arte profiere cuando se consagra al estudio de lo bello.

Dieron las cinco; el modelo bostezó, se desperezó y se embutió en sus pantalones, y el bullicioso contenido de seis talleres se precipitó por el pasillo y bajó a la calle. Diez minutos más tarde, Hastings se encontraba en el pescante superior de un tranvía de Montrouge, y poco después se le unió Clifford.

Descendieron en la Rue Gay-Lussac.

—Siempre me bajo aquí —observó Clifford—; me agrada el paseo por el Luxemburgo.

—A propósito —dijo Hastings—, ¿cómo voy a visitarte si no sé dónde vives?

—Pues si vivo justo enfrente de ti.

—¿Cómo? ¿El taller del jardín donde están los almendros y los mirlos...?

—Exacto —dijo Clifford—. Vivo con mi amigo Elliott.

Hastings recordó la descripción de los dos pintores americanos que había oído de labios de la señorita Susie Byng, y se quedó estupefacto.

Clifford continuó: —Acaso sea mejor que me avises cuando pienses venir, para... para estar seguro de... de estar allí —concluyó con cierto titubeo.

—No me gustaría encontrarme allí con ninguna de tus amigas modelos —dijo Hastings sonriendo—. Ya sabes... mis ideas son algo rígidas... supongo que las calificarías de puritanas. No me sentiría a gusto y no sabría cómo comportarme.

—Oh, lo entiendo —dijo Clifford, pero añadió con gran efusión—: Estoy seguro de que seremos buenos amigos aunque acaso no apruebes mi estilo de vida ni a mi pandilla; pero te gustarán Severn y Selby porque... en fin, porque son de tu misma madera, viejo amigo.

Tras un momento de silencio, continuó: —Hay algo de lo que quiero hablarte. Verás, cuando la semana pasada te presenté en el Luxemburgo a Valentine...

—¡Ni una palabra! —exclamó Hastings sonriendo—; ¡no debes decirme ni una palabra de ella!

—¿Por qué...?

—No, ¡ni una sola palabra! —dijo alegremente—. Insisto; prométeme por tu honor que no hablarás de ella hasta que yo te dé permiso; ¡promételo!

—Lo prometo —dijo Clifford atónito.

—Es una muchacha encantadora; tuvimos una charla tan deliciosa después de marcharte, y te agradezco que me la presentaras, pero ni una palabra más sobre ella hasta que te dé permiso.

—Oh —murmuró Clifford.

—Recuerda tu promesa —sonrió él mientras entraba por su cancela.

Clifford cruzó la calle y, atravesando el callejón cubierto de hiedra, penetró en su jardín.

Buscó a tientas la llave del taller, murmurando: «Me pregunto... me pregunto... ¡pero claro que no lo sabe!»

Entró en el zaguán y, encajando la llave en la cerradura, se quedó contemplando las dos tarjetas clavadas sobre las molduras.

+————————————-+ | FOXHALL CLIFFORD | +————————————-+

+————————————-+ | RICHARD OSBORNE ELLIOTT | +————————————-+

«¿Por qué demonios no querrá que hable de ella?»

Abrió la puerta y, esquivando los cariños de dos bulldogs atigrados, se dejó caer sobre el sofá.

Elliott permanecía fumando y abocetando con un trozo de carboncillo junto a la ventana.

—Hola —dijo sin volver la cabeza.

Clifford contempló ausente la parte posterior de su cabeza, murmurando: «Me temo, me temo que ese hombre es demasiado inocente. Oye, Elliott —dijo al fin—, Hastings... ya sabes, el tipo de quien vino a hablarnos la cotorra de Byram el día en que tuviste que esconder a Colette en el armario...»

—Sí, ¿qué ocurre con él?

—Oh, nada. Es un caballero de los pies a la cabeza.

—Sí —dijo Elliott sin entusiasmo.

—¿Acaso no lo crees? —reclamó Clifford.

—Pues sí, pero va a pasarlo muy mal cuando se le caigan algunas ilusiones.

—¡Más vergüenza para quienes se las quiten!

—Ya... espera a que venga a visitarnos, de improviso, por supuesto...

Clifford puso cara de virtud y encendió un cigarro puro.

—Iba justamente a decirte —observó— que le he pedido que no venga sin avisar, para poder aplazar cualquier orgía que tuvieses planeada...

—¡Vaya! —exclamó Elliott indignado—; supongo que se lo habrás planteado en esos mismos términos.

—No exactamente —sonrió Clifford. Luego, con mayor seriedad—: No quiero que ocurra nada aquí que pueda incomodarlo. Es un gran muchacho, y es una lástima que no nos parezcamos más a él.

—Yo sí me parezco —observó Elliott con suficiencia—; solo que viviendo contigo...

—¡Escucha! —exclamó el otro—. Me las he arreglado para meter la pata a lo grande. ¿Sabes lo que he hecho? Pues... la primera vez que me lo encontré en la calle, o mejor dicho, fue en el Luxemburgo, ¡le presenté a Valentine!

—¿Puso algún reparo?

—Créeme —dijo Clifford con solemnidad—, ese cándido Hastings no tiene más idea de que Valentine es... es... en fin, es Valentine, de la que tiene de que él mismo es un dechado de rectitud moral en un Barrio donde la moral es tan rara como los elefantes. Oí lo bastante en una conversación entre ese canalla de Laffat y la pequeña calamidad de Bowles para abrir los ojos. ¡Te digo que Hastings es un diamante en bruto! Es un muchacho sano, noble y limpio de mente, criado en una pequeña aldea campestre con la idea de que las tabernas son antesalas del infierno... y en cuanto a las mujeres...

—¿Y bien? —reclamó Elliott.

—Bueno —dijo Clifford—, para él la idea de una mujer peligrosa es probablemente la de una Jezabel pintarrajeada.

—Probablemente —repuso el otro.

—¡Es un sol! —dijo Clifford—; y si jura que el mundo es tan bueno y puro como su propio corazón, yo juraré que tiene razón.

Elliott frotó el carboncillo contra la lija para sacarle punta y se volvió hacia su boceto diciendo: —Jamás oirá ningún pesimismo de labios de Richard Osborne Elliott.

—Es toda una lección para mí —dijo Clifford. Luego desdobló una esquelita perfumada, escrita en papel de tono rosado, que descansaba sobre la mesa frente a él.

La leyó, sonrió, silbó un par de compases de Mademoiselle Helyett y se sentó a responderla en su mejor papel verjurado color crema. Una vez escrita y lacrada, cogió el bastón y dio un par de vueltas por el taller, silbando.

—¿Sales? —inquirió el otro sin volverse.

—Sí —dijo, pero se demoró un instante sobre el hombro de Elliott, mirándolo sacar las luces del dibujo con una miga de pan.

—Mañana es domingo —observó tras un momento de silencio.

—¿Y qué? —inquirió Elliott.

—¿Has visto a Colette?

—No; la veré esta noche. Ella, Rowden y Jacqueline vienen a cenar a Boulant. Supongo que Cécile y tú estaréis allí.

—Pues no —repuso Clifford—. Cécile cena en casa esta noche, y yo... tenía la idea de pasarme por Mignon.

Elliott lo miró con reprobación.

—Puedes cerrar todos los preparativos para La Roche sin mí —continuó, rehuyendo la mirada de Elliott.

—¿Qué te traes entre manos ahora?

—Nada —protestó Clifford.

—A mí no me vengas con cuentos —repuso su camarada con desdén—; uno no sale corriendo a Mignon cuando la pandilla cena en Boulant. ¿Quién es ahora?... Pero no, no te lo preguntaré, ¡de qué serviría! —Luego alzó la voz quejumbroso y golpeó la mesa con la pipa—: ¿De qué sirve intentar seguirte la pista? ¿Qué dirá Cécile?... ¡Ah, sí!, ¿qué dirá ella? Es una lástima que no seas capaz de ser constante ni dos meses seguidos, ¡vive Dios!; y el Barrio es indulgente, ¡pero abusas de su paciencia y también de la mía!

Poco después se levantó y, encasquetándose el sombrero en la cabeza, marchó hacia la puerta.

—Solo el cielo sabe por qué la gente aguanta tus disparates, pero todos lo hacen y yo también. Si yo fuera Cécile o cualquiera de las otras hermosas ingenuas tras las que has correteado y, con toda probabilidad humana, seguirás correteando... te digo que si fuera Cécile te daría de azotes. Ahora me voy a Boulant, y como de costumbre te disculparé y organizaré el asunto; y me importa un comino adónde vayas, pero, ¡por la calavera del esqueleto del taller!, como no aparezcas mañana con tu caja de pinturas bajo un brazo y Cécile bajo el otro, como no te presentes en debida forma, he terminado contigo, y los demás que piensen lo que quieran. Buenas noches.

Clifford le dio las buenas noches con la sonrisa más agradable que pudo componer y luego se sentó clavando los ojos en la puerta. Sacó el reloj y dio a Elliott diez minutos para desaparecer; luego tiró de la campanilla de la portería, murmurando: «¡Ay de mí, ay de mí!, ¿por qué demonios lo haré?»

—Alfred —dijo en cuanto aquel individuo de ojos de lezna atendió la llamada—, límpiate bien y ponte presentable, Alfred, y cambia esos zuecos por un par de zapatos. Luego ponte tu mejor sombrero y lleva esta carta a la casa blanca grande de la Rue du Dragon. No hay respuesta, mon petit Alfred.

El portero se marchó con un resoplido en el que se mezclaban la desgana por el recado y el afecto hacia el señor Clifford. Luego, con esmerado cuidado, el joven se atavió con lo más selecto de su guardarropa y del de Elliott. Se tomó su tiempo para ello y de tarde en tarde interrumpía el aseo para tocar el banjo o divertir a los bulldogs correteando a cuatro patas. «Tengo dos horas por delante», pensó, y tomó prestado un par de medias de seda de Elliott con las que él y los perros jugaron a la pelota hasta que decidió ponérselas. Luego encendió un cigarrillo e inspeccionó su frac. Tras vaciar de él cuatro pañuelos, un abanico y un par de guantes arrugados largos como su brazo, decidió que no era la prenda idónea para realzar sus encantos y buscó en su mente un sustituto. Elliott era demasiado flaco y además sus chaquetas estaban ahora bajo llave. Rowden probablemente se hallaría tan desprovisto como él. ¡Hastings! ¡Hastings era el hombre! Pero cuando se echó encima una bata de fumar y cruzó la calle hacia la casa de Hastings, le informaron de que había salido hacía más de una hora.

«¡Adónde diablos habrá podido ir!», masculló Clifford, mirando calle abajo.

La doncella no lo sabía, de modo que le dedicó una sonrisa cautivadora y regresó con calma al taller.

Hastings no andaba lejos. El Luxemburgo dista apenas cinco minutos a pie de la Rue Notre-Dame-des-Champs, y allí permanecía sentado bajo la sombra del dios alado, donde llevaba ya una hora horadando el polvo y vigilando los peldaños que conducen desde la terraza norte a la fuente. El sol colgaba como un globo purpúreo sobre las colinas brumosas de Meudon. Largas franjas de nubes teñidas de rosa barrían el cielo occidental a baja altura, y la cúpula de los Inválidos lejanos ardía como un ópalo a través de la calina. Detrás del Palacio, el humo de una alta chimenea ascendía recto en el aire, purpúreo hasta cortar el sol, donde se trocaba en una barra de fuego incandescente. En lo alto, sobre el follaje oscurecido de los castaños, las torres gemelas de Saint-Sulpice se recortaban en una silueta cada vez más profunda.

Un mirlo soñoliento cantaba en algún soto cercano y las palomas iban y venían con el susurro de vientos suaves en las alas. La luz en los ventanales del Palacio se había extinguido y la cúpula del Panteón flotaba incandescente sobre la terraza norte, como un llameante Valhalla en el cielo; mientras abajo, en severo cortejo a lo largo de la terraza, las hileras de mármol de las reinas contemplaban el poniente.

Desde el extremo del largo paseo contiguo a la fachada septentrional del Palacio llegaba el rumor de los ómnibus y el clamor de la calle. Hastings miró el reloj del Palacio. Las seis, y como su propio reloj coincidía con él, se puso de nuevo a cavar hoyitos en la grava. Una corriente ininterrumpida de viandantes cruzaba entre el Odeón y la fuente: sacerdotes de negro con hebillas de plata en los zapatos; soldados de línea, desaliñados y gallardos; hacendosas modistas sin sombrero portando sombrereras; estudiantes con carpetas negras y chisteras; estudiantes con boinas y gruesos bastones; oficiales nerviosos de paso ligero, sinfonías de turquesa y plata; pesados jinetes de caballería cubiertos de polvo tintineando espuelas; aprendices de pastelero correteando con absoluto desprecio por la seguridad de la cesta en equilibrio sobre su cabeza traviesa; y luego el despojo andrajoso, el vagabundo parisino de hombros caídos y ojos furtivos que escudriñaba el suelo en busca de colillas... todos desfilaban en un río constante a través del círculo de la fuente y hacia la ciudad por el Odeón, cuyas arcadas comenzaban a parpadear con los mecheros de gas. Las melancólicas campanas de Saint-Sulpice dieron la hora y la torre del reloj del Palacio se iluminó. Entonces unos pasos apresurados sonaron sobre la grava y Hastings alzó la cabeza.

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