Capítulo III · 8
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El Luxemburgo era un hervidero de flores. Caminó despacio por las largas avenidas arboladas, dejando atrás mármoles musgosos y columnas dieciochescas, y cruzando la arboleda junto al león de bronce, llegó a la terraza coronada de árboles que domina la fuente. Abajo se extendía el estanque, resplandeciente bajo la luz del sol. Almendros en flor rodeaban la terraza y, en una espiral más amplia, bosquecillos de castaños serpenteaban entrando y saliendo, descendiendo entre los húmedos sotos junto al ala occidental del palacio. En un extremo de la avenida de árboles se alzaba el Observatorio, con sus cúpulas blancas recortadas como una mezquita oriental; en el otro extremo se erguía el pesado palacio, con cada cristal de sus ventanas llameando bajo el sol abrasador de junio.
Alrededor de la fuente, niños y niñeras de cofia blanca provistas de cañas de bambú empujaban barquitos de juguete, cuyas velas colgaban lacias bajo el sol. Un guardia moreno, con charreteras rojas y espada de gala, los observó durante un momento y luego se alejó para amonestar a un joven que había soltado a su perro. El perro se hallaba placenteramente ocupado frotándose el lomo contra la hierba y la tierra mientras agitaba las patas en el aire.
El guardia señaló al perro, mudo de indignación.
—Bien, capitán —sonrió el joven.
—Bien, señor estudiante —gruñó el guardia.
—¿A qué viene quejarse conmigo?
—Si no lo ata, me lo llevaré —gritó el guardia.
—¿Y a mí qué me cuenta, capitán?
—¡Cóóómo! ¿Acaso no es suyo ese bulldog?
—Si lo fuera, ¿no cree que lo habría atado?
El guardia lo miró con furia un instante en silencio; luego, decidiendo que por ser estudiante era culpable de necesidad, intentó agarrar al perro, que lo esquivó con presteza. Corrieron y corrieron alrededor de los arriates de flores, y cuando el guardia se aproximó demasiado para su tranquilidad, el bulldog cruzó campo a través por medio de un parterre, lo cual sin duda no era jugar limpio.
El joven se divertía y el perro también parecía disfrutar del ejercicio.
El guardia se percató de ello y decidió atacar el mal en su raíz. Se plantó frente al estudiante echando chispas y dijo: —¡Como dueño de esta molestia pública, queda usted detenido!
—Pero —objetó el otro—, yo repudio al perro.
Aquello lo dejó perplejo. Era inútil intentar atrapar al perro hasta que tres jardineros acudieron en su auxilio, pero entonces el can simplemente echó a correr y desapareció por la Rue de Médicis.
El guardia se marchó arrastrando los pies en busca de consuelo entre las niñeras de cofia blanca, y el estudiante, consultando su reloj, se puso en pie bostezando. Entonces, al reparar en Hastings, sonrió e hizo una reverencia. Hastings se acercó al banco de mármol riendo.
—Vaya, Clifford —dijo—, no te había reconocido.
—Es por el bigote —suspiró el otro—. Lo sacrifiqué para complacer el capricho de... de una amiga. ¿Qué te parece mi perro?
—¿De modo que sí es tuyo? —exclamó Hastings.
—Claro. Es un cambio agradable para él, esto de jugar al pillapilla con los guardias, pero ya lo tienen fichado y tendré que ponerle fin. Se ha ido a casa. Siempre lo hace cuando intervienen los jardineros. Es una lástima; le chifla revolcarse en el césped. —Luego charlaron un momento sobre las perspectivas de Hastings, y Clifford se ofreció cortésmente a ser su padrino en el taller.
—Verás, la vieja cotorra, quiero decir el doctor Byram, me habló de ti antes de que nos viéramos —explicó Clifford—, y Elliott y yo estaremos encantados de hacer cuanto podamos. —Luego, mirando de nuevo su reloj, masculló—: Tengo apenas diez minutos para tomar el tren de Versalles; au revoir —y se dispuso a marcharse, pero al ver a una muchacha que avanzaba junto a la fuente, se quitó el sombrero con una sonrisa aturullada.
—¿Por qué no estás en Versalles? —dijo ella, con un saludo casi imperceptible hacia Hastings.
—Ya... ya voy —murmuró Clifford.
Por un instante se miraron fijamente y luego Clifford, sumamente encendido, balbuceó: —Con su permiso, tengo el honor de presentarle a mi amigo, el señor Hastings.
Hastings hizo una profunda reverencia. Ella sonrió con gran dulzura, pero había una pizca de malicia en la serena inclinación de su menuda cabeza parisina.
—Habría deseado —dijo ella— que el señor Clifford me dedicase más tiempo cuando trae consigo a un americano tan encantador.
—¿Tengo... tengo que irme, Valentine? —comenzó Clifford.
—Por supuesto —respondió ella.
Clifford se despidió de muy mal talante, encogiéndose cuando ella añadió: «¡Y dale un beso de mi parte a Cécile!». Mientras él desaparecía por la Rue d’Assas, la joven hizo ademán de marcharse, pero de pronto, acordándose de Hastings, lo miró y sacudió la cabeza.
—El señor Clifford es tan descerebrado —sonrió—, que resulta violento a veces. ¿Ha oído hablar, desde luego, de su éxito en el Salón?
Él la miró desconcertado y ella se dio cuenta.
—¿Ha ido usted al Salón, como es natural?
—Pues no —respondió él—; apenas llegué a París hace tres días.
Ella pareció prestar escasa atención a su disculpa, pero prosiguió: —Nadie imaginaba que tuviese la energía necesaria para hacer nada de provecho, pero el día del barnizado el Salón se quedó estupefacto ante la entrada del señor Clifford, que se paseaba tan campante con una orquídea en el ojal y un hermoso cuadro en la línea de honor.
Sonrió para sus adentros ante el recuerdo y contempló la fuente.
—El señor Bouguereau me contó que el señor Julian estaba tan pasmado que solo estrechó la mano del señor Clifford con aire aturdido, ¡y se olvidó por completo de darle palmaditas en la espalda! Imagínese —continuó con gran regocijo—, imagínese al tío Julian olvidándose de darle a uno palmaditas en la espalda.
Hastings, asombrado de que conociese al gran Bouguereau, la contempló con respeto. —¿Puedo preguntarle —dijo con timidez— si es usted alumna de Bouguereau?
—¿Yo? —dijo con cierta sorpresa. Luego lo miró con curiosidad. ¿Acaso se tomaba la libertad de bromear mediando tan poco trato?
El rostro bondadoso y formal del muchacho interrogaba al suyo.
«Tiens —pensó ella—, ¡vaya un hombre tan singular!»
—Sin duda estudia usted arte —dijo él.
Ella se apoyó en el mango curvo de su sombrilla y lo miró. —¿Por qué piensa eso?
—Porque habla como si lo hiciese.
—Se está burlando de mí —dijo ella—, y eso es de mal gusto.
Se detuvo, confusa, al ver que él enrojecía hasta la raíz del cabello.
—¿Cuánto tiempo lleva en París? —preguntó al fin.
—Tres días —respondió él con gravedad.
—Pero... pero... ¡seguro que no es usted un novato! ¡Habla francés demasiado bien!
Luego, tras una pausa: —¿En verdad es usted un recién llegado?
—Lo soy —dijo él.
Ella se sentó en el banco de mármol recién abandonado por Clifford y, ladeando la sombrilla sobre su pequeña cabeza, lo miró.
—No me lo creo.
Él sintió el cumplido y por un instante vaciló en confesarse miembro del gremio despreciado. Luego, haciendo acopio de valor, le contó lo nuevo e inexperto que era, y todo con una franqueza que hizo que los ojos azules de la muchacha se abrieran de par en par y sus labios se curvaran en la más dulce de las sonrisas.
—¿Nunca ha visto un taller?
—Jamás.
—¿Ni una modelo?
—No.
—Qué divertido —dijo ella con gravedad. Luego ambos rieron.
—¿Y usted —dijo él— ha visto talleres?
—Centenares.
—¿Y modelos?
—Millones.
—¿Y conoce a Bouguereau?
—Sí, y a Henner, y a Constant y a Laurens, y a Puvis de Chavannes y a Dagnan y a Courtois, y... ¡y a todos los demás!
—Y sin embargo dice que no es artista.
—Pardiez —dijo ella con gravedad—, ¿acaso dije que no lo fuese?
—¿No me lo dirá? —vaciló él.
Al principio ella lo miró sacudiendo la cabeza y sonriendo; luego, de pronto, bajó los ojos y comenzó a trazar figuras en la grava con la sombrilla a sus pies. Hastings había tomado asiento a su lado y ahora, con los codos en las rodillas, contemplaba la neblina que flotaba sobre el surtidor de la fuente. Un niño pequeño, vestido de marinero, hurgaba en su barquito lloriqueando: «¡No quiero irme a casa! ¡No quiero irme a casa!». Su niñera alzaba las manos al cielo.
«Igual que un chiquillo americano», pensó Hastings, y una punzada de morriña le atravesó el pecho.
Poco después la niñera capturó el barquito y el niño se plantó en jarras.
—Señor René, cuando decida venir aquí tendrá su barco.
El chico retrocedió con el ceño fruncido.
—¡Dame mi barco, he dicho! —chilló—, ¡y no me llames René, que me llamo Randall y bien lo sabes!
—¡Hola! —dijo Hastings—. ¿Randall? Eso es inglés.
—Soy americano —anunció el chico en un inglés impecable, volviéndose para mirar a Hastings—, y ella es tan boba que me llama René porque mamá me dice Ranny...
Aquí esquivó a la exasperada niñera y fue a apostarse tras Hastings, quien se echó a reír y, cogiéndolo por la cintura, lo sentó en su regazo.
—Un compatriota mío —le dijo a la muchacha a su lado. Sonrió mientras hablaba, pero un nudo extraño le apretó la garganta.
—¿No ves las barras y estrellas en mi barco? —reclamó Randall. En efecto, los colores americanos colgaban lacios bajo el brazo de la niñera.
—¡Oh —exclamó la muchacha—, es un encanto! —y con un impulso se inclinó para besarlo, pero el infante Randall se escurrió de los brazos de Hastings y su niñera se abalanzó sobre él lanzando una mirada furiosa a la muchacha.
Ella enrojeció y luego se mordió los labios mientras la criada, sin apartar los ojos de ella, se llevaba al niño a rastras y con ostentación le limpiaba la boca con su pañuelo.
Luego hurtó una mirada a Hastings y volvió a morderse el labio.
—¡Vaya una mujer de mal genio! —dijo él—. En América la mayoría de las niñeras se sienten halagadas cuando alguien besa a los niños.
Por un instante ella ladeó la sombrilla para ocultar el rostro; luego la cerró de golpe y lo miró con expresión desafiante.
—¿Le parece extraño que se opusiera?
—¿Por qué no habría de parecerme extraño? —dijo él sorprendido.
De nuevo ella lo miró con ojos penetrantes y presurosos.
Los ojos de él eran claros y límpidos, y le devolvió la sonrisa repitiendo: —¿Por qué no?
—Es usted un hombre singular —murmuró ella, inclinando la cabeza.
—¿Por qué?
Pero ella no respondió y permaneció en silencio, trazando curvas y círculos en el polvo con la sombrilla. Al cabo de un rato él dijo: —Me alegra ver que los jóvenes gozan de tanta libertad aquí. Tenía entendido que los franceses no eran en absoluto como nosotros. Ya sabe que en América, o al menos donde yo vivo, en Millbrook, las muchachas tienen toda la libertad: salen solas y reciben a sus amistades a solas, y temía echar eso de menos aquí. Pero ya veo cómo son las cosas y me alegro de haberme equivocado.
Ella alzó los ojos hacia los de él y no apartó la mirada.
Él prosiguió con afabilidad: —Desde que estoy sentado aquí he visto a un montón de muchachas hermosas paseando solas por la terraza, y además usted también está sola. Dígame, pues ignoro las costumbres francesas, ¿tienen libertad para ir al teatro sin chaperona?
Durante un largo rato ella examinó su semblante y luego, con una sonrisa temblorosa, dijo: —¿Por qué me lo pregunta?
—Porque usted debe de saberlo, naturalmente —dijo él con alegría.
—Sí —respondió ella con desgano—, lo sé.
Él aguardó una respuesta, pero al no recibir ninguna, dedujo que tal vez ella lo había malinterpretado.
—Espero que no piense que pretendo propasarme con nuestro escaso trato —comenzó—; de hecho es muy curioso, pero ignoro su nombre. Cuando el señor Clifford me presentó solo mencionó el mío. ¿Es esa la costumbre en Francia?
—Es la costumbre en el Barrio Latino —dijo ella con un extraño brillo en los ojos. Luego, de pronto, comenzó a hablar casi febrilmente.
—Ha de saber, señor Hastings, que aquí en el Barrio Latino somos todos un peu sans gêne. Somos muy bohemios, y la etiqueta y los cumplidos están fuera de lugar. Solo por eso el señor Clifford le presentó a mí con escaso protocolo y nos dejó a solas con menos aún; únicamente por eso, y yo soy su amiga, y tengo muchos amigos en el Barrio Latino, y todos nos conocemos muy bien... y yo no estudio arte, pero... pero...
—¿Pero qué? —inquirió él desconcertado.
—No se lo diré... es un secreto —dijo con una sonrisa incierta. En ambas mejillas le ardía un rubor encendido y sus ojos brillaban con intensidad.
Luego, al cabo de un instante, su rostro se ensombreció. —¿Trata usted al señor Clifford muy íntimamente?
—No mucho.
Al cabo de un rato ella se volvió hacia él, seria y algo pálida.
—Me llamo Valentine... Valentine Tissot. ¿Podría... podría pedirle un favor mediando tan poco trato?
—¡Oh! —exclamó él—; sería un honor.
—No es más que esto —dijo con suavidad—; no es gran cosa. Prométame que no hablará con el señor Clifford sobre mí. Prométame que no hablará con nadie sobre mí.
—Se lo prometo —dijo él, sumamente perplejo.
Ella rió con nerviosismo. —Deseo seguir siendo un misterio. Es un capricho.
—Pero —comenzó él—, yo deseaba, tenía la esperanza de que concediese permiso al señor Clifford para llevarme, para presentarme en su casa.
—¡En... en mi casa! —repitió ella.
—Quiero decir, donde usted vive; en fin, presentarme a su familia.
El cambio en el semblante de la muchacha lo sobrecogió.
—Le ruego me disculpe —exclamó—; la he ofendido.
Y rápida como un relámpago ella lo comprendió, porque era mujer.
—Mis padres han muerto —dijo ella.
Poco después él comenzó de nuevo, con infinita dulzura.
—¿Le desagradaría que le rogara que me reciba? ¿Es esa la costumbre?
—No puedo —respondió ella. Luego, alzando los ojos hacia él—: Lo lamento; me gustaría, pero créame: no puedo.
Él hizo una inclinación formal y pareció vagamente turbado.
—No es porque no lo desee. Me... me cae usted bien; es muy bondadoso conmigo.
—¿Bondadoso? —exclamó él, sorprendido y confuso.
—Me agrada usted —dijo ella despacio—, y nos veremos a veces si usted quiere.
—En casa de amigos.
—No, en casa de amigos no.
—¿Dónde?
—Aquí —dijo con ojos desafiantes.
—Vaya —exclamó él—, en París son ustedes mucho más liberales en sus puntos de vista que nosotros.
Ella lo miró con curiosidad.
—Sí, somos muy bohemios.
—Me parece encantador —declaró él.
—Ya ve, estaremos en la mejor sociedad —se aventuró tímidamente, con un bonito ademán hacia las estatuas de las antiguas reinas alineadas en sobrio cortejo sobre la terraza.
Él la miró embelesado, y ella cobró ánimo ante el éxito de su inocente gracejo.
—En verdad —sonrió—, estaré bien acompañada, porque ya ve que estamos bajo la protección de los mismos dioses: mire, ahí están Apolo, y Juno, y Venus sobre sus pedestales —contándolos con sus menudos dedos enguantados—, y Ceres, Hércules, y... pero no distingo...
Hastings se volvió para alzar la mirada hacia el dios alado bajo cuya sombra estaban sentados.
—Vaya, si es el Amor —dijo.
Fin del Episodio 30 · de 39
Capítulo III · 8
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