Capítulo II · 11
~6 min · 1263 palabras
—¿Y está usted contento de París, Monsieur Astang? —preguntó Madame Marotte a la mañana siguiente, cuando Hastings entró en el comedor de la pensión, arrebolado tras su inmersión en la estrecha bañera de arriba.
—Estoy seguro de que me gustará —respondió él, asombrado de su propio decaimiento de ánimo.
La criada le trajo café y panecillos. Él correspondió a la mirada vacía del joven cabezón y saludó con timidez las reverencias de los viejos rapaceros. No intentó terminar el café y permaneció desmigajando un panecillo, ajeno a las miradas compasivas de Madame Marotte, que tuvo el tacto de no importunarlo.
Al poco rato entró una doncella con una bandeja en la que se balanceaban dos tazones de chocolate, y los viejos rapaceros miraron de soslayo sus tobillos. La criada depositó el chocolate en una mesa junto a la ventana y sonrió a Hastings. Entonces una señorita enjuta, seguida de su vivo trasunto en todo salvo en los años, entró en el comedor y ocupó la mesa junto a la ventana. Eran evidentemente americanas, pero Hastings, si esperaba alguna señal de reconocimiento, se vio defraudado. Verse ignorado por sus compatriotas intensificó su melancolía. Manoseó el cuchillo con desgana y clavó la vista en su plato.
La señorita enjuta era bastante habladora. Se daba perfecta cuenta de la presencia de Hastings, dispuesta a sentirse halagada si él la miraba, pero por otra parte sentía su superioridad, pues llevaba ya tres semanas en París y él, saltaba a la vista, ni siquiera había deshecho su baúl de camarote.
Su conversación era petulante. Discutía con su madre sobre los méritos relativos del Louvre y del Bon Marché, pero la parte de la madre en la discusión se limitaba casi siempre a la observación: «¡Válgame Dios, Susie!»
Los viejos rapaceros abandonaron la sala en tropel, corteses por fuera y que echaban chispas por dentro. No podían tolerar a las americanas, que atronaban la estancia con su parloteo.
El joven cabezón los siguió con la mirada, tosiendo con aire cómplice y murmurando: —¡Viejos calaveras!
—Parecen unos viejos desvergonzados, señor Bladen —dijo la muchacha.
Ante esto el señor Bladen sonrió y dijo: «Ya tuvieron su cuarto de hora», en un tono que daba a entender que ahora era el suyo.
—Y por eso tienen todos esas bolsas bajo los ojos —exclamó la joven—. Me parece una vergüenza que unos caballeros...
—¡Válgame Dios, Susie! —dijo la madre, y la conversación decayó.
Al cabo de un rato el señor Bladen arrojó el Petit Journal, que leía a diario a expensas de la casa, y volviéndose hacia Hastings se dispuso a mostrarse agradable. Comenzó diciendo: —Veo que es usted americano.
A este brillante y original preámbulo, Hastings, abatido por una morriña infinita, respondió con gratitud, y la conversación fue juiciosamente alimentada con observaciones de la señorita Susie Byng claramente dirigidas al señor Bladen. En el curso de los acontecimientos, al olvidar la señorita Susie dirigirse exclusivamente al señor Bladen y responder Hastings a sus preguntas generales, quedó establecida la entente cordiale, y Susie y su madre extendieron un protectorado sobre lo que a todas luces era territorio neutral.
—Señor Hastings, no debe usted abandonar la pensión todas las noches como hace el señor Bladen. París es un lugar terrible para los jóvenes y el señor Bladen es un cínico insoportable.
El señor Bladen pareció complacido.
Hastings respondió: —Estaré en el taller todo el día, y me imagino que me alegraré bastante de regresar por la noche.
El señor Bladen, quien con un sueldo de quince dólares a la semana ejercía de agente para la Compañía Manufacturera Pewly de Troy, Nueva York, esbozó una sonrisa escéptica y se retiró para acudir a una cita con un cliente en el Boulevard Magenta.
Hastings salió al jardín con la señora Byng y Susie y, a invitación de ambas, se sentó a la sombra ante la cancela de hierro.
Los castaños aún ostentaban sus olorosas espigas blancas y rosadas, y las abejas zumbaban entre los rosales que trepaban por los muros encalados de la casa.
Había un leve frescor en el aire. Los carros de riego subían y bajaban por la calle, y un arroyo cristalino borboteaba sobre los limpios canalones de la Rue de la Grande Chaumière. Los gorriones se mostraban alegres a lo largo de los bordillos, dándose un baño tras otro en el agua y ahuecando las plumas de deleite. En un jardín cercado al otro lado de la calle una pareja de mirlos silbaba entre los almendros.
Hastings tragó el nudo que se le formaba en la garganta, pues el canto de las aves y el susurro del agua en una cuneta de París le trajeron el recuerdo de los prados soleados de Millbrook.
—Eso es un mirlo —observó la señorita Byng—; mírelo allá en el arbusto de flores rosas. Es todo negro salvo el pico, que parece como si lo hubieran mojado en una tortilla, como dice cierto francés...
—¡Válgame Dios, Susie! —dijo la señora Byng.
—Ese jardín pertenece a un taller habitado por dos americanos —prosiguió la muchacha con serenidad—, y a menudo los veo pasar. Por lo visto necesitan una gran cantidad de modelos, en su mayoría jóvenes y del sexo femenino...
—¡Válgame Dios, Susie!
—Acaso prefieran pintar esa clase de asuntos, pero no veo por qué han de invitar a cinco modelos, junto con otros tres caballeros, y marcharse todos en dos carruajes cantando a voz en cuello. Esta calle —continuó— es aburrida. No hay nada que ver aparte del jardín y un atisbo del Boulevard Montparnasse a través de la Rue de la Grande Chaumière. Jamás pasa nadie, salvo algún guardia. En la esquina hay un convento.
—Creí que era un colegio jesuita... —comenzó Hastings, pero fue abrumado al instante con una descripción de guía Baedeker del lugar, que concluía con: «A un lado se alzan los palaciegos hoteles de Jean-Paul Laurens y Guillaume Bouguereau, y enfrente, en el pequeño Pasaje Stanislas, Carolus-Duran pinta las obras maestras que cautivan al mundo».
El mirlo rompió en una cascada de notas doradas y guturales, y desde algún lejano rincón verde de la ciudad un ave silvestre desconocida respondió con un frenesí de trinos cristalinos, hasta que los gorriones interrumpieron sus abluciones para alzar la cabeza con gorjeos inquietos.
Luego una mariposa llegó a posarse sobre un macizo de heliotropos y agitó sus alas ribeteadas de carmín bajo el sol ardiente. Hastings la reconoció como a una vieja amiga, y ante sus ojos surgió una visión de gordolobos altos y algodoncillos olorosos poblados de alas irisadas; una visión de una casa blanca y una terraza cubierta de madreselvas; un atisbo de un hombre leyendo y una mujer inclinada sobre el arriate de pensamientos... y su corazón se ensanchó. La señorita Byng lo arrancó de su ensoñación un instante después.
—¡Creo que siente usted morriña! —Hastings se sonrojó. La señorita Byng lo miró con un suspiro comprensivo y prosiguió—: Al principio, cuando sentía nostalgia, solía ir con mamá a pasear por los Jardines de Luxemburgo. No sé por qué será, pero esos jardines a la antigua usanza parecían acercarme a casa más que cualquier otra cosa en esta ciudad artificial.
—Pero si están atestados de estatuas de mármol —dijo la señora Byng con apacibilidad—; yo por mi parte no le veo el parecido.
—¿Dónde queda el Luxemburgo? —inquirió Hastings tras un silencio.
—Acompáñeme a la cancela —dijo la señorita Byng. Él se levantó y la siguió, y ella le señaló la Rue Vavin al fondo de la calle.
—Debe pasar junto al convento hacia la derecha —dijo ella sonriendo; y Hastings partió.
Fin del Episodio 29 · de 39
Capítulo II · 11
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