Capítulo I · 8
~5 min · 1019 palabras
La calle no es aristocrática, ni tampoco andrajosa. Es una paria entre las calles, una calle sin barrio propio. Generalmente se da por entendido que queda fuera de los límites de la distinguida Avenida del Observatorio. Los estudiantes del barrio de Montparnasse la consideran estirada y no quieren saber nada de ella. El Barrio Latino, desde el Luxemburgo, su frontera septentrional, se mofa de su respetabilidad y mira con desdén a los estudiantes correctamente vestidos que la frecuentan. Pocos forasteros se internan por ella. A veces, sin embargo, los estudiantes del Barrio Latino la emplean como vía de paso entre la Rue de Rennes y el baile Bullier, pero a no ser por eso y por las visitas vespertinas que cada semana hacen padres y tutores al convento contiguo a la Rue Vavin, la calle de Nuestra Señora de los Campos es tan silenciosa como un bulevar de Passy. Acaso el tramo más respetable sea el comprendido entre la Rue de la Grande Chaumière y la Rue Vavin; al menos a esta conclusión llegó el reverendo Joel Byram mientras la recorría llevando a Hastings a su cargo. A Hastings la calle le parecía agradable bajo el luminoso clima de junio y comenzaba ya a abrigar esperanzas de que fuera la elegida, cuando el reverendo Byram se espantó violentamente ante la cruz del convento de enfrente.
—Jesuitas —masculló.
—Bueno —dijo Hastings con aire cansado—, imagino que no encontraremos nada mejor. Usted mismo dice que el vicio triunfa en París, y a mí me parece que en cada calle encontramos jesuitas o algo peor.
Tras un instante, repitió: —O algo peor, de lo cual desde luego no me percataría si no fuera por su bondad al advertirme.
El doctor Byram se mordió los labios y miró a su alrededor. Estaba impresionado por la evidente respetabilidad de los alrededores. Luego, frunciendo el ceño hacia el convento, tomó a Hastings del brazo y cruzó la calle hacia una cancela de hierro que ostentaba el número 201 bis pintado en blanco sobre fondo azul. Debajo había un aviso impreso en inglés:
1. Para el portero, favor oprimir una vez. 2. Para la criada, favor oprimir dos veces. 3. Para el salón, favor oprimir tres veces.
Hastings pulsó el botón eléctrico tres veces, y una doncella acicalada los condujo a través del jardín hasta el salón. La puerta del comedor, justo al lado, estaba abierta, y de la mesa a la vista de todos se levantó apresurada una mujer gruesa que vino hacia ellos. Hastings llegó a vislumbrar a un joven cabezón y a varios ancianos rapaceros desayunando, antes de que la puerta se cerrase y la gruesa dama entrara con andares de pato en la habitación, trayendo consigo un aroma a café y un caniche negro.
—¡Es un plaisir recibiros! —exclamó—. ¿El señor es inglés? ¿No? ¿Americano? Naturalmente. Mi pensión es para los americanos, surtout. Aquí todos hablan inglés, c’est-à-dire, el personal; los criados hablan, plus ou moins, un poco. Estoy feliz de teneros comme pensionnaires...
—Señora... —comenzó el doctor Byram, pero fue interrumpido de nuevo.
—¡Ah, sí, lo sé, ah, mon Dieu!, ¡usted no habla francés pero ha venido a aprender! Mi marido sí habla francés con los pensionistas. Tenemos en este momento una familia americana que aprende francés con mi marido...
Aquí el caniche gruñó al doctor Byram y fue abofeteado con presteza por su dueña.
—¡Veux-tu! —gritó, propinándole un azote—, ¡veux-tu! ¡Oh, le vilain, oh, le vilain!
—Mais, madame —dijo Hastings sonriendo—, il n’a pas l’air très féroce.
El caniche huyó despavorido y su dueña exclamó: —¡Ah, qué acento tan encantador! ¡Ya habla francés como un auténtico caballerito parisino!
Entonces el doctor Byram se las ingenió para deslizar un par de palabras y recabó más o menos información sobre los precios.
—Es una pensión seria; mi clientela es de lo mejor, una verdadera pension de famille donde uno se siente como en casa.
Luego subieron al piso superior a examinar los futuros aposentos de Hastings, probar los muelles de la cama y concertar la dotación semanal de toallas. El doctor Byram pareció satisfecho.
Madame Marotte los acompañó hasta la puerta y llamó a la doncella, pero cuando Hastings salió al camino de grava, su guía y mentor se detuvo un instante y clavó en la señora sus ojos llorosos.
—Comprenderá usted —dijo él— que se trata de un joven criado con el mayor esmero, y que su temple y su moral carecen de tacha. Es joven y jamás ha estado en el extranjero, ni siquiera ha visto una gran ciudad, y sus padres me han pedido, como viejo amigo de la familia residente en París, que me asegure de ponerlo bajo buenas influencias. Va a estudiar arte, pero por nada del mundo desearían sus padres que viviese en el Barrio Latino si supiesen de la inmoralidad que allí campea a sus anchas.
Un chasquido semejante al de un picaporte lo interrumpió y alzó la vista, pero no a tiempo para ver cómo la criada abofeteaba al joven cabezón tras la puerta del salón.
Madame tosió, lanzó una mirada fulminante a sus espaldas y luego sonrió radiante al doctor Byram.
—Hace muy bien en venir aquí. Una pensión más seria, il n’en existe pas, ¡no existe ninguna! —anunció con convicción.
Así pues, no habiendo nada más que añadir, el doctor Byram se reunió con Hastings junto a la verja.
—Confío —dijo clavando los ojos en el convento— en que no harás amistad con los jesuitas.
Hastings se quedó mirando el convento hasta que una muchacha bonita pasó ante la fachada gris, y entonces clavó los ojos en ella. Un joven con caja de pinturas y lienzo al hombro llegó a paso ligero, se detuvo ante la hermosa muchacha, le dijo algo durante un breve pero vigoroso apretón de manos que los hizo reír a ambos, y siguió su camino gritándole al alejarse: «À demain, Valentine!», al tiempo que ella exclamaba en el mismo soplo: «À demain!»
«Valentine —pensó Hastings—, qué nombre tan singular»; y echó a andar tras el reverendo Joel Byram, que se arrastraba hacia la parada de tranvía más cercana.
Fin del Episodio 28 · de 39
Capítulo I · 8
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