Capítulo IV · III
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Cuando la medianoche dobló en el campanario de Saint-Sulpice, las puertas de París se hallaban aún colapsadas por los despojos de lo que antaño había sido un ejército.
Entraban con la noche, una horda hosca, salpicada de fango, desfallecida de hambre y agotamiento. Al principio reinaba escaso desorden, y la multitud apostada a las puertas se abría en silencio al paso de las tropas que pisaban con pesadumbre las calles heladas. Mas la confusión llegó con el paso de las horas. Con creciente premura, apiñándose escuadrón tras escuadrón y batería tras batería, con corceles encabritados y armones de artillería traqueteando, los restos del frente se precipitaron a través de las puertas, en un caos de caballería y artillería que pugnaba por abrirse paso. Pisándoles los talones tropezaba la infantería: aquí los esqueletos de un regimiento desfilando con un desesperado conato de disciplina; allá una turba alborotada de guardias móviles abriéndose paso a empellones hacia las calles; luego un torbellino de jinetes, cañones, soldados sin oficiales, oficiales sin soldados, y de nuevo una hilera de ambulancias con los carromatos quejándose bajo sus pesadas cargas.
Muda de desdicha, la muchedumbre contemplaba el desfile.
A lo largo de toda la jornada las ambulancias no habían cesado de llegar, y durante todo el día la multitud andrajosa gimoteó y tiritó junto a las barreras. Al mediodía la muchedumbre se había multiplicado por diez, llenando las plazas en torno a las puertas y pululando sobre las fortificaciones interiores.
A las cuatro de la tarde las baterías alemanas se cubrieron de improviso de humo, y los proyectiles comenzaron a caer espesos sobre Montparnasse. A las cuatro y veinte dos proyectiles alcanzaron una casa de la Rue du Bac, y un instante después cayó el primer obús en el Barrio Latino.
Braith estaba pintando en la cama cuando West entró sumamente asustado.
—Ojalá bajaras conmigo; nuestra casa ha quedado hecha una ruina y me temo que a algunos saqueadores se les ocurra hacernos una visita esta noche.
Braith saltó de la cama y se enfundó en una prenda que antaño había sido un sobretodo.
—¿Alguien herido? —inquirió, forcejeando con una manga repleta de forro deshilachado.
—No. Colette está atrincherada en el sótano y el portero huyó hacia las fortificaciones. Habrá una cuadrilla de forajidos por allí si el bombardeo continúa. Podrías ayudarnos...
—Por descontado —dijo Braith; pero no fue sino hasta alcanzar la Rue Serpente y doblar por el callejón que conducía al sótano de West cuando este exclamó—: ¿Has visto a Jack Trent hoy?
—No —respondió Braith con semblante preocupado—; no estaba en el cuartel de la Ambulancia.
—Se habrá quedado a cuidar de Sylvia, supongo.
Un obús atravesó con estrépito el tejado de una casa al fondo del callejón y estalló en el sótano, rociando la calle de pizarra y yeso. Un segundo proyectil destrozó una chimenea y se precipitó en el jardín, seguido de un alud de ladrillos, y otro más explotó con una detonación ensordecedora en la calle siguiente.
Se apresuraron por el pasadizo hacia los peldaños que conducían al sótano. Allí de nuevo Braith se detuvo.
—¿No crees que sería mejor que subiera a ver si Jack y Sylvia están bien atrincherados? Puedo estar de vuelta antes de que anochezca.
—No. Entra y busca a Colette; ya iré yo.
—No, no, déjame ir a mí, no hay peligro.
—Lo sé —repuso West con calma; y empujando a Braith al callejón, señaló los peldaños del sótano. La puerta de hierro estaba atrancada.
—¡Colette! ¡Colette! —llamó. La puerta giró hacia dentro y la muchacha subió las escaleras a su encuentro. En ese instante Braith, mirando a su espalda, soltó un grito de alarma y, empujando a los dos hacia el sótano, saltó tras ellos y cerró la puerta de hierro de golpe. Unos segundos más tarde una sacudida tremenda desde el exterior hizo temblar los goznes.
—Ya están aquí —masculló West, muy pálido.
—Esa puerta —observó Colette con calma— resistirá una eternidad.
Braith examinó la baja estructura de hierro, que ahora temblaba con la lluvia de golpes que caía sobre ella desde el exterior. West miró con inquietud a Colette, quien no mostraba turbación alguna, y aquello le infundió ánimo.
—No creo que se queden mucho tiempo aquí —dijo Braith—; solo andan buscando licores en los sótanos, me imagino.
—A menos que sospechen que hay objetos de valor enterrados aquí.
—Pero de seguro no hay nada enterrado aquí, ¿verdad? —exclamó Braith con desasosiego.
—Por desgracia sí lo hay —gruñó West—. Ese casero avaro que tengo...
Un estrépito exterior, seguido de un alarido, le cortó la palabra; luego golpe tras golpe sacudió las puertas, hasta que sonó un chasquido agudo, un tintineo de metal, y un fragmento triangular de chapa cayó hacia el interior, dejando un orificio por donde se filtró un rayo de luz.
Al instante West se arrodilló y, pasando su revólver por la rendija, vació el tambor entero. Por un momento el callejón retumbó con el estruendo de los disparos; luego sobrevino un silencio sepulcral.
Poco después un solitario golpe de tanteo cayó sobre la puerta, y un momento más tarde otro y otro más; entonces una grieta repentina zigzagueó a través de la plancha de hierro.
—Por aquí —dijo West aferrando a Colette por la muñeca—, ¡sígueme, Braith! —y corrió con presteza hacia un círculo de luz al fondo del sótano. El rayo de luz provenía de una boca de alcantarilla enrejada en lo alto. West le indicó a Braith que se subiera a sus hombros.
—¡Empuja hacia arriba! ¡Tienes que conseguirlo!
Sin gran esfuerzo Braith levantó la tapa enrejada, salió reptando sobre el vientre y alzó a Colette con facilidad desde los hombros de West.
—¡Rápido, amigo mío! —gritó este último.
Braith enroscó las piernas en la cadena de una cerca y se inclinó de nuevo hacia abajo. El sótano se hallaba inundado de una luz amarillenta y el aire apestaba al hedor de las antorchas de petróleo. La puerta de hierro todavía resistía, pero faltaba una plancha entera de metal, y ante sus ojos una figura armada con una antorcha empezó a colarse gateando.
—¡Rápido! —susurró Braith—. ¡Salta! —y West quedó colgando en el aire hasta que Colette lo aferró por el cuello y lograron sacarlo. Entonces los nervios de la joven cedieron y rompió a llorar de forma histérica, pero West le pasó el brazo por los hombros y la guió a través de los jardines hasta la calle contigua, donde Braith, tras recolocar la tapa del pozo y apilar encima varias losas de piedra del muro, se reunió con ellos. Casi había anochecido. Cruzaron a toda prisa la calle, iluminada tan solo por edificios en llamas o el destello fulgurante de los obuses. Se mantuvieron a prudente distancia de los incendios, pero a lo lejos distinguían las sombras huidizas de saqueadores entre los escombros. A veces se cruzaban con alguna furia enloquecida por la bebida que vociferaba imprecaciones contra el mundo, o con algún tunante desgarbado cuyo rostro y manos tiznados delataban su complicidad en la obra de destrucción. Al fin alcanzaron el Sena y cruzaron el puente; entonces Braith dijo: «Debo regresar. No estoy tranquilo por Jack y Sylvia». Mientras hablaba, se apartó para ceder el paso a una multitud que venía pisoteando el puente y siguiendo el muro del río junto al cuartel de Orsay. En medio del gentío, West distinguió el paso acompasado de un pelotón. Pasó un farol, una fila de bayonetas, luego otro farol que iluminó un rostro cadavérico a la zaga, y Colette ahogó un gemido: «¡Hartman!», y la figura desapareció. Miraron con horror a través del malecón, conteniendo el aliento. Se oyó un rumor de pasos en el muelle y el portalón del cuartel se cerró de golpe. Un farol brilló por un instante en la poterna, la multitud se agolpó contra la cancela; luego resonó el estampido de la descarga en el patio de armas empedrado.
Una tras otra las teas de petróleo llamearon a lo largo del malecón, y ahora la plaza entera hervía en movimiento. Desde los Campos Elíseos y a través de la Plaza de la Concordia desfilaban dispersos los despojos de la batalla: una compañía por aquí, una turba por allá. Desembocaban de cada callejuela seguidos de mujeres y niños, y un inmenso murmullo, llevado por el viento helado, recorrió el Arco de Triunfo y descendió por la avenida sombría: «¡Perdus! ¡Perdus!»
El maltrecho resto de un batallón avanzaba en tropel, como el espectro de la aniquilación. West dejó escapar un gemido. Entonces una figura saltó de entre las filas sombrías y gritó el nombre de West, y cuando este reconoció a Trent soltó una exclamación. Trent lo aferró por los hombros, blanco de terror.
—¿Sylvia?
West lo miró sin habla, pero Colette gimió: —¡Oh, Sylvia! ¡Sylvia!... ¡y están bombardeando el Barrio!
—¡Trent! —gritó Braith; pero él ya había echado a correr y no pudieron darle alcance.
El bombardeo cesó en el instante en que Trent cruzaba el Bulevar Saint-Germain, pero la entrada a la Rue de Seine se hallaba bloqueada por una montaña de ladrillos humeantes. Por doquier los proyectiles habían abierto enormes cráteres en el pavimento. El café era una ruina de astillas y cristales rotos; la librería se tambaleaba, reventada desde el tejado hasta los cimientos, y la modesta panadería, clausurada hacía mucho tiempo, se combaba hacia fuera sobre un montón de pizarra y hojalata.
Trepó por encima de los ladrillos ardientes y se apresuró hacia la Rue de Tournon. En la esquina ardía una hoguera que iluminaba su propia calle, y sobre la pared del terraplén, bajo una farola de gas destrozada, un chiquillo escribía con un tizón de carbón:
«AQUÍ CAYÓ EL PRIMER OBÚS».
Las letras le saltaron a los ojos. El cazador de ratas terminó su faena y dio un paso atrás para contemplar su obra, pero al reparar en la bayoneta de Trent soltó un alarido y huyó; y mientras Trent cruzaba tambaleante la calle deshecha, desde agujeros y recovecos de las ruinas mujeres feroces escapaban de su labor de saqueo, maldiciéndolo al pasar.
Al principio no lograba encontrar su casa, cegado por el llanto, pero fue tanteando el muro hasta dar con la puerta. Un farol ardía en la portería y el anciano yacía muerto a su lado. Desfallecido de espanto, se apoyó un momento en el fusil; luego, arrebatando el farol, subió las escaleras a la carrera. Intentó llamar, pero la lengua apenas le respondía. En el segundo piso vio cascotes de yeso sobre los peldaños, y en el tercero el suelo estaba destrozado y la portera yacía en un charco de sangre sobre el descansillo. El siguiente piso era el suyo... el de ellos. La puerta colgaba de los goznes, los muros estaban abiertos en canal. Entró a rastras y se desplomó junto al lecho: allí dos brazos se arrojaron a su cuello y un rostro bañado en lágrimas buscó el suyo.
—¡Sylvia!
—¡Oh, Jack! ¡Jack! ¡Jack!
Desde la almohada revuelta a su lado, un niño sollozó.
—Lo trajeron; es mío —gimió ella.
—Nuestro —susurró él, estrechándolos a ambos entre sus brazos.
Entonces, desde las escaleras de abajo, llegó la voz angustiada de Braith:
—¡Trent! ¿Va todo bien?
LA CALLE DE NUESTRA SEÑORA DE LOS CAMPOS
«Et tout les jours passés dans la tristesse Nous sont comptés comme des jours heureux!»
Fin del Episodio 27 · de 39
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