El Rey de Amarillo·Episodio 26

Capítulo III · 7

~6 min · 1265 palabras

El coronel cabalgaba pesadamente sobre su montura, con la cabeza redonda y rapada hundida en el cuello de astracán de su dormán y sus gruesas piernas tiesas en los estribos.

Los cornetas se apiñaban en torno a él con los clarines en ristre, y detrás de él un oficial de estado mayor vestido con una chaquetilla azul pálido fumaba un cigarrillo y charlaba con un capitán de húsares. Desde el camino de vanguardia llegó el fragor de un galope furioso y una ordenanza frenó en seco junto al coronel, quien le señaló la retaguardia sin volver la cabeza. Luego a la izquierda se alzó un murmullo confuso que remató en un grito unánime. Un húsar pasó como el viento, seguido por otro y otro más, y luego escuadrón tras escuadrón cruzaron a su lado como un torbellino, adentrándose en el sudario de la bruma. En ese mismo instante el coronel se irguió sobre los estribos, las cornetas resonaron con estrépito y el batallón entero bajó a trompicones por el terraplén, saltó la zanja y echó a correr a través de la pradera anegada. Casi al punto Trent perdió el quepis. Algo se lo arrebató de la cabeza; creyó que se trataba de la rama de un árbol. No pocos de sus camaradas rodaron por la nieve derretida y el hielo, y él imaginó que habían resbalado. Uno cayó de bruces cruzándose justo en su camino y él se detuvo para ayudarlo a incorporarse, pero el hombre chilló desgarradoramente en cuanto lo tocó y un oficial rugió: «¡Adelante! ¡Adelante!», de modo que reanudó la carrera. Fue un largo trote a través de la niebla, y con frecuencia se vio obligado a cambiar el fusil de hombro. Cuando al fin se arrojaron jadeantes tras el terraplén del ferrocarril, miró a su alrededor. Había sentido la necesidad urgente de acción, de una pugna física desesperada, de aplastar y dar muerte. Lo había poseído el ansia de arrojarse entre la masa y desgarrar a diestra y siniestra. Anhelaba disparar, ensartar con la bayoneta fina y aguda de su Chassepot. No había previsto esto. Deseaba quedar exhausto, luchar y acuchillar hasta ser incapaz de levantar el brazo. Luego tenía la intención de volver a casa. Oyó a un hombre decir que la mitad del batallón había caído en la carga, y vio a otro examinando un cadáver al pie del talud. El cuerpo, aún tibio, vestía un uniforme extraño, pero incluso al reparar en el casco con pincho que yacía a unos palmos de distancia, no acabó de comprender lo que había sucedido.

El coronel permanecía a caballo unos pasos a la izquierda, con los ojos centelleantes bajo el quepis escarlata. Trent lo oyó responder a un oficial: —Puedo sostener la posición, pero una carga más y no me quedarán hombres ni para tocar la corneta.

—¿Estaban aquí los prusianos? —preguntó Trent a un soldado que permanecía sentado, limpiándose la sangre que le goteaba del cabello.

—Sí. Los húsares barrieron con ellos. A nosotros nos pilló su fuego cruzado.

—Estamos apoyando a una batería sobre el terraplén —dijo otro.

Luego el batallón trepó por el talud y avanzó a lo largo de las hileras de raíles retorcidos. Trent se arremangó los pantalones y los metió dentro de sus medias de lana; pero volvieron a hacer alto, y algunos de los hombres se sentaron sobre las vías del ferrocarril desmanteladas. Trent buscó con la mirada a su camarada herido de Bellas Artes. Estaba de pie en su puesto, lívido como la muerte. El cañoneo se había vuelto aterrador. Por un instante la niebla se disipó. Pudo vislumbrar al primer batallón inmóvil sobre las vías del tren al frente, y regimientos en ambos flancos; luego, al cerrarse de nuevo la niebla, sonaron los tambores y la música de las cornetas comenzó a resonar allá en el extremo izquierdo. Una sacudida inquieta recorrió las tropas, el coronel alzó el brazo, los tambores redoblaron y el batallón reanudó la marcha a través de la niebla. Ahora se encontraban cerca del frente, pues el batallón abría fuego a medida que avanzaba. Las ambulancias pasaban al galope tendido al pie del terraplén hacia la retaguardia, y los húsares iban y venían como espectros. Al fin estaban en primera línea, pues todo a su alrededor era frenesí y tumulto, mientras de la niebla, muy cerca de ellos, surgían alaridos, quejidos y descargas cerradas ensordecedoras. Caían proyectiles por todas partes, estallando a lo largo del talud y salpicándolos de lodo helado. Trent tuvo miedo. Empezó a temer a aquel desconocido que crepitaba y llameaba en la oscuridad. El impacto sordo de los cañones le revolvía las entrañas. Podía incluso ver la niebla iluminarse con un fulgor anaranjado y apagado cada vez que el trueno estremecía la tierra. Estaba cerca, de eso no cabía duda, pues el coronel gritó: «¡Adelante!», y el primer batallón se precipitaba hacia allí a la carrera. Sentía su aliento, temblaba, pero apresuraba el paso. Una descarga pavorosa al frente lo aterrorizó. En alguna parte entre la bruma unos hombres vitoreaban, y el caballo del coronel, bañado en sangre, daba botes enloquecidos en medio de la humareda.

Otro fogonazo y otra sacudida tremenda, justo en su rostro, casi lo aturdieron, y vaciló. Todos los hombres situados a su derecha habían caído. La cabeza le daba vueltas; la niebla y el humo lo dejaban estupefacto. Extendió la mano buscando un punto de apoyo y aferró algo: era la rueda de una cureña, y un hombre saltó de detrás de ella descargando un golpe hacia su cabeza con una baqueta de artillería, pero trastabilló hacia atrás soltando un alarido con una bayoneta clavada en la garganta, y Trent supo que había matado a un semejante. Maquinalmente se inclinó para recoger su fusil, pero la bayoneta continuaba clavada en el hombre, que yacía en el suelo golpeando la hierba con manos ensangrentadas. Aquello le produjo náuseas y se apoyó en el cañón. Ahora los hombres peleaban cuerpo a cuerpo a su alrededor, y el aire era pestilente a humo y sudor. Alguien lo agarró por la espalda y otro por el pecho, pero otros a su vez sujetaron a los agresores o les descargaron golpes contundentes. ¡El chasquido, chasquido, chasquido de las bayonetas lo enfureció, y aferrando la baqueta repartió golpes a ciegas hasta que el madero se astilló en pedazos!

Un hombre le echó el brazo al cuello y lo arrojó al suelo, pero él lo estranguló y logró ponerse de rodillas. Vio a un camarada aferrarse al cañón y desplomarse sobre él con el cráneo destrozado; vio al coronel salir despedido limpiamente de la silla y caer en el lodo; luego perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, yacía sobre el terraplén entre los raíles retorcidos. A cada lado se apiñaban hombres que gritaban, maldecían y huían perdiéndose en la niebla; se puso en pie tambaleante y los siguió. En una ocasión se detuvo para auxiliar a un compañero con la mandíbula vendada, que no podía hablar pero se aferró a su brazo por un instante y luego cayó muerto en el lodo helado; y de nuevo ayudó a otro que gemía: «Trent, c’est moi... Philippe», hasta que una repentina descarga en medio de la bruma lo libró de su carga.

Un viento gélido sopló desde las alturas, rasgando la niebla en jirones. Por un instante, con una mueca aviesa, el sol asomó a través de los bosques desnudos de Vincennes y se hundió como un coágulo de sangre en el humo de la batería, cayendo más y más bajo, en la llanura empapada de sangre.

Fin del Episodio 26 · de 39

Capítulo III · 7

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