El Rey de Amarillo·Episodio 03

Capítulo II · I

~13 min · 2564 palabras

Subí los tres destartalados tramos de escalera que con tanta frecuencia había recorrido en otras ocasiones y llamé a una puertecilla situada al fondo del pasillo. El señor Wilde me abrió y entré en la estancia.

Cuando hubo echado el doble cerrojo a la puerta y arrastrado un pesado baúl contra ella para atrancarla, vino a sentarse a mi lado, escudriñándome el rostro con sus ojillos claros y penetrantes. Media docena de arañazos flamantes le surcaban la nariz y las mejillas, y los alambres de plata que sostenían sus orejas postizas se habían desencajado de su sitio. Pensé que jamás lo había visto con un aspecto tan espantosamente fascinante. Carecía de orejas naturales: las artificiales, que sobresalían en ángulo sostenidas por aquel fino alambre metálico, constituían su única flaqueza. Estaban moldeadas en cera y pintadas de un rosa nacarado, pero el resto de su tez era de un amarillo bilioso. Más le habría valido permitirse el lujo de unos dedos postizos para la mano izquierda, que carecía absolutamente de ellos; mas aquello no parecía causarle la menor molestia, dándose por satisfecho con sus orejas de cera. Era un hombre menudo, de estatura apenas superior a la de un chiquillo de diez años, pero con unos brazos magníficamente desarrollados y unos muslos tan recios como los de cualquier atleta de renombre. Con todo, lo más desconcertante en el señor Wilde era que un individuo de su asombrosa inteligencia y erudición poseyera semejante cráneo: achatado y puntiagudo, como la testa de tantos desventurados a los que suelen recluir en los manicomios para débiles mentales. Muchos lo tildaban de loco, pero yo sabía de sobra que estaba tan cuerdo como yo mismo.

No niego que fuese extravagante: la manía de convivir con aquella gata y hostigarla sin tregua hasta que se le arrojaba a la cara como una furia infernal resultaba a todas luces excéntrica. Jamás alcancé a comprender por qué conservaba a semejante alimaña, ni qué placer hallaba en encerrarse en su cuchitril con un animal tan hosco y sanguinario. Recuerdo una ocasión en que, al alzar la vista del manuscrito que estudiaba a la vacilante luz de unas velas de sebo, vi al señor Wilde acuclillado e inmóvil sobre su trona alta, con los ojos ardiendo de feroz excitación, mientras la gata, que se había incorporado de su rincón ante la estufa, avanzaba reptando por el suelo directamente hacia él. Antes de que yo pudiera hacer un movimiento, la fiera pegó el vientre al entarimado, se encogió, vibró con un temblor convulsivo y saltó directamente contra su rostro. Aullando y echando espumarajos, ambos rodaron por el suelo una y otra vez, desgarrándose y arañándose, hasta que la gata chilló aterrada guareciéndose bajo el aparador y el señor Wilde quedó tendido sobre su espalda, encogiendo y retorciendo las extremidades como las patas de una araña moribunda. Era extravagante, no cabe duda.

El señor Wilde se encaramó a su trona alta y, tras estudiar detenidamente mis facciones, cogió un registro de contabilidad con las esquinas dobladas y lo abrió.

—«Henry B. Matthews —leyó—, tenedor de libros en Whysot, Whysot and Company, comerciantes de ornamentos eclesiásticos. Compareció el 3 de abril. Reputación comprometida en el hipódromo; tachado de moroso y tramposo. Honra a reparar antes del 1 de agosto. Provisión de fondos: cinco dólares». —Volvió la hoja y deslizó los nudillos mutilados por las apretadas columnas manuscritas.

—«P. Greene Dusenberry, ministro del Evangelio en Fairbeach, Nueva Jersey. Reputación dañada en el Bowery. A reparar a la mayor brevedad. Anticipo: cien dólares».

Tosió levemente y añadió: —Compareció el 6 de abril.

—Veo que no le hace falta dinero, señor Wilde —comenté.

—Escuche —dijo volviendo a toser.

—«Señora de C. Hamilton Chester, de Chester Park, Nueva York. Compareció el 7 de abril. Reputación maltrecha en Dieppe, Francia. A reparar antes del 1 de octubre. Anticipo: quinientos dólares.

»Nota: C. Hamilton Chester, capitán del buque de guerra Avalanche, reclamado de regreso de la escuadra de los Mares del Sur para el 1 de octubre».

—Vaya —dije yo—; el oficio de reparador de reputaciones resulta harto lucrativo.

Sus ojos descoloridos buscaron los míos: —Tan solo deseaba demostrarle que la razón estaba de mi parte. Usted me aseguró que era de todo punto imposible medrar como reparador de reputaciones; que, aun saliendo airoso en ciertos lances, el empeño me costaría más de lo que pudiera ganar con él. Hoy en día tengo a quinientos hombres a mi servicio, a los que pago una miseria pero que desempeñan su cometido con un celo nacido acaso del terror. Esos agentes penetran en todos los círculos y estamentos de la sociedad: algunos se cuentan entre los puntales de los salones más aristocráticos; otros constituyen el orgullo y sostén del mundo de las finanzas; otros más ejercen un dominio indiscutible en los círculos bohemios y artísticos. Los elijo a placer entre quienes responden a mis anuncios en la prensa: resulta sumamente sencillo, pues son todos unos cobardes redomados. Podría triplicar su número en veinte días si me viniera en gana. De suerte que, ya lo ve usted, a aquellos que custodian la honra de sus conciudadanos los tengo yo a mieldo y devoción.

—Podrían revolverse contra usted —le sugerí.

Se frotó el pulgar contra sus orejas amputadas y reajustó los apéndices de cera. —No lo creo —murmuró pensativo—; rara vez me veo precisado a empuñar el látigo, y en tal caso basta una sola vez. Además, les agrada su paga.

—¿Cómo empuña usted el látigo? —inquirí.

Su rostro adquirió por un instante una expresión atroz. Sus pupilas quedaron reducidas a un par de chispas verdosas.

—Los invito a subir y a departir un ratito amigablemente conmigo —susurró con un hilo de voz melosa.

Unos golpes en la puerta interrumpieron su relato, y su semblante recobró su habitual sosiego afable.

—¿Quién anda ahí? —preguntó.

—El señor Steylette —fue la respuesta.

—Vuelva mañana —repuso el señor Wilde.

—Resulta imposible... —comenzó a protestar el recién llegado, pero lo acalló una especie de ladrido salvaje del señor Wilde.

—Vuelva mañana —repitió.

Oímos unos pasos alejarse de la puerta y doblar la esquina junto al rellano de la escalera.

—¿Quién es ese? —pregunté.

—Arnold Steylette, propietario y director en jefe del gran diario neoyorquino.

Tamborileó sobre el libro de contabilidad con su muñón desprovisto de dedos y añadió: —Le pago rematadamente mal, pero a él le parece un trato ventajoso.

—¡Arnold Steylette! —repetí estupefacto.

—El mismo —asintió el señor Wilde con una tosecilla de complacencia.

La gata, que se había deslizado en la habitación mientras él hablaba, vaciló, clavó los ojos en su amo y bufó con hostilidad. Él descendió de la trona y, acuclillándose en el suelo, tomó a la fiera entre los brazos y la acarició. El animal dejó de gruñir y al punto entabló un ronroneo sonoro que parecía cobrar volumen a medida que la acariciaba. —¿Dónde están las notas? —pregunté. Señaló hacia la mesa, y por centésima vez alcé el fajo de cuartillas encabezado con el título:

«LA DINASTÍA IMPERIAL DE AMÉRICA».

Una por una examiné aquellas páginas rozadas, desgastadas únicamente por el continuo roce de mis propias manos; y aun cuando me las sabía todas de memoria, desde el exergo inicial —«Cuando desde Carcosa, las Híades, Hastur y Aldebarán»— hasta «Castaigne, Louis de Calvados, nacido el 19 de diciembre de 1877», las releí con un fervor apasionado y absorto, deteniéndome a recitar párrafos en voz alta y deleitándome sobremanera en la fórmula: «Hildred de Calvados, único hijo varón de Hildred Castaigne y Edythe Landes Castaigne, primero en la línea sucesoria», etcétera, etcétera.

Al terminar mi lectura, el señor Wilde asintió tosiendo suavemente.

—A propósito de su legítima ambición dinástica —apuntó—, ¿cómo marchan los amores entre Constance y Louis?

—Ella lo ama —respondí escuetamente.

La gata acomodada sobre su regazo se revolvió de pronto lanzando un zarpazo a sus ojos; él la arrojó lejos de un manotazo y trepó a la silla situada frente a mí.

—¡Y el doctor Archer! Aunque ese es un asunto que podrá usted finiquitar cuando se le antoje —añadió.

—Sí —asentí yo—; el doctor Archer puede esperar, pero ya va siendo hora de que vea a mi primo Louis.

—Ya va siendo hora —repitió. Luego cogió otro libro de la mesa y hojeó sus páginas a toda prisa—. Nos hallamos ya en comunicación directa con diez mil hombres decididos —murmuró—. Podemos contar con cien mil en las primeras veintiocho horas, y en cuarenta y ocho el estado entero se levantará en masa. El país secundará al estado, y aquella porción que no lo haga —me refiero a California y al Noroeste— más le valiera no haber sido poblada jamás. No pienso enviarles el Signo Amarillo.

La sangre me subió a la cabeza con vehemencia, pero me limité a contestar: —Escoba nueva barre bien.

—La ambición de César y la de Napoleón palidecen ante aquella que no descansará hasta adueñarse de las almas de los hombres y gobernar incluso sus pensamientos aún no concebidos —sentenció el señor Wilde.

—Está hablando usted del Rey de Amarillo —gemí con un estremecimiento.

—Es un monarca a quien los emperadores han servido de rodillas.

—Me doy por dichoso con servirlo —repliqué.

El señor Wilde se quedó frotándose las orejas con su mano mutilada. —Acaso Constance no lo ame —insinuó.

Me disponía a contestar, pero una repentina fanfarria marcial procedente de la calle ahogó mis palabras. El vigésimo regimiento de dragones, acuartelado antaño en Mount Saint Vincent, regresaba de las maniobras en el condado de Westchester rumbo a sus nuevos cuarteles en East Washington Square. Se trataba del regimiento de mi primo. Eran una tropa soberbia, ataviados con sus guerreras ceñidas de paño azul pálido, sus morriones gallardos y sus calzones blancos de montar con doble franja amarilla, en los que sus piernas parecían modeladas a medida. Uno de cada dos escuadrones marchaba armado de lanzas, de cuyas moharras metálicas ondeaban gallardetes blancos y amarillos. Desfiló la banda de música interpretando la marcha regimental; luego hicieron su aparición el coronel y su Estado Mayor, con los corceles caracoleando y piafando acompasadamente, mientras las banderolas flameaban al viento en las puntas de las lanzas. Los jinetes, que cabalgaban con la impecable postura inglesa, lucían rostros curtidos y bronceados por su incruenta campaña entre las granjas de Westchester; y el tintineo de los sables contra los estribos, unido al repiqueteo de espuelas y tercerolas, resultó una música embriagadora para mis oídos. Divisé a Louis cabalgando al frente de su escuadrón: era el oficial más apuesto y distinguido que jamás hayan contemplado mis ojos. El señor Wilde, encaramado a una silla junto a la ventana, lo vio también, pero guardó silencio. Louis volvió la cabeza clavando la mirada en el taller de Hawberk al pasar por delante, y alcancé a distinguir el encendido rubor que tiñó sus mejillas tostadas. Supongo que Constance se hallaba asomada a la ventana. Cuando los últimos dragones se alejaron con estrépito y los postreros gallardetes desaparecieron en dirección a South Fifth Avenue, el señor Wilde bajó con dificultad de la silla y apartó el baúl de la puerta.

—Sí —sentenció—; ya es hora de que visite a su primo Louis.

Abrió la cerradura, y yo recogí mi sombrero y mi bastón adentrándome en el pasillo. Las escaleras estaban a oscuras. Avanzando a tientas pisé algo blando que bufó y escupió furiosamente: descargué un garrotazo homicida contra la gata, pero mi bastón se hizo astillas contra la balaustrada, y la fiera huyó despavorida de vuelta al cuarto del señor Wilde.

Al pasar de nuevo ante la puerta de Hawberk lo vi afanado todavía en la armadura, pero no me detuve; salí a Bleecker Street, seguí hasta Wooster, bordeé los jardines de la Cámara Letal y, cruzando Washington Park, me dirigí en derechura a mis aposentos en el edificio Benedick. Almorcé allí con desahogo, leí el Herald y el Meteor, y finalmente acudí a la caja fuerte de acero de mi dormitorio y ajusté la combinación de apertura retardada. Los tres minutos y tres cuartos que resulta indispensable aguardar mientras el mecanismo de relojería acciona el pestillo constituyen para mí momentos de oro puro. Desde el instante en que fijo la clave hasta aquel en que agarro los manillares de bronce y abro de par en par los macizos batientes de acero, vivo inmerso en un éxtasis de expectación. Semejantes instantes deben de parecerse a los instantes vividos en el Paraíso. Sé de sobra lo que he de hallar al expirar el plazo fijado; sé lo que aquella formidable arqueta acorazada custodia para mí, para mí solo; y el exquisito deleite de la espera apenas se ve superado cuando la caja cede y extraigo de su corona de terciopelo una diadema de oro purísimo, refulgente de diamantes. Realizo este rito todos los días y, con todo, el gozo de la espera y el roce final de la diadema entre mis dedos no hacen sino acrecentarse con el discurrir de las jornadas. Es una diadema digna de un Rey de reyes, de un Emperador entre emperadores. Acaso el Rey de Amarillo la desdeñe con altivez, pero habrá de lucirla en sus sienes su regio servidor.

La sostuve entre mis brazos hasta que el timbre de alarma de la caja sonó ásperamente; entonces, con mimo infinito y altivo orgullo, la deposité en su lecho y cerré los postigos de acero. Regresé pausadamente a mi gabinete de estudio, que da a Washington Square, y me acodé en el alféizar de la ventana. El sol de la tarde inundaba mis cristales, y una brisa apacible mecía las copas de los olmos y arces del parque, cuajadas ya de tiernos brotes y follaje primerizo. Una bandada de palomas revoloteaba en torno a la aguja de la iglesia conmemorativa, posándose ya en los tejados de pizarra violácea, ya descendiendo en espirales hacia la fuente de los lotos frente al arco de mármol. Los jardineros faenaban en los parterres alrededor del estanque, y la tierra recién removida despedía un aroma húmedo y balsámico. Una segadora arrastrada por un rechoncho caballo blanco repiqueteaba sobre el verde césped, mientras los carros de riego esparcían cortinas de agua sobre los paseos de asfalto. Alrededor de la estatua de Peter Stuyvesant —que en 1897 había sustituido al adefesio que pretendía honrar a Garibaldi— correteaban los niños bajo el tibio sol primaveral, al tiempo que las niñeras paseaban primorosos cochecitos de paseo desentendiéndose de sus pálidos ocupantes, desinterés que hallaba cumplida explicación en la presencia de media docena de gallardos dragones recostados lánguidamente en los bancos. A través del arbolado, el arco conmemorativo de Washington centelleaba como plata bruñida al sol; y más allá, en el extremo oriental de la plaza, el cuartel de piedra gris de los dragones y las caballerizas de granito blanco de la artillería rebosaban de bullicio, color y movimiento.

Clavé la mirada en la Cámara Letal situada en la esquina opuesta de la plaza. Un puñado de curiosos remoloneaba todavía en torno a la verja dorada, pero en el interior del recinto los senderos yacían desiertos. Observé las fuentes ondular y chispear al sol: los gorriones ya habían descubierto aquel nuevo abrevadero, y los pilones estaban cubiertos por aquellas avecillas de plumaje polvoriento. Dos o tres pavos reales blancos caminaban cadenciosos por las praderas, y una paloma cenicienta reposaba tan quieta sobre el brazo de una de las Parcas que parecía fundirse con el mármol esculpido.

Fin del Episodio 3 · de 39

Capítulo II · I

Siguiente Episodio 4~9 minCapítulo II · II“—Supongo que quieres decir que se reconoció oficialmente que jamás había perdido el juicio.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.