Capítulo I · II
~7 min · 1349 palabras
El silencio solemne se quebró ante una cortante voz de mando: el escuadrón de húsares desfiló tras el carruaje del gobernador, los lanceros maniobraron alineándose a lo largo de Fifth Avenue para aguardar al comandante de la guarnición y la policía montada marchó tras ellos. Dejé a la multitud congregada boquiabierta ante la Cámara Letal de mármol blanco y, cruzando South Fifth Avenue, caminé por la acera occidental de aquella vía hasta Bleecker Street. Allí torcí a la derecha y me detuve frente a una tienda sombría que lucía un modesto letrero:
HAWBERK, ARMERO.
Eché una ojeada por el umbral y divisé a Hawberk atareado en su taller al fondo del pasillo. Alzó la vista y, al reconocerme, exclamó con su voz cavernosa y cordial: «¡Pase adelante, señor Castaigne!». Constance, su hija, se levantó a mi encuentro en cuanto crucé la entrada y me tendió su linda mano; pero advertí el rubor de la decepción en sus mejillas, comprendiendo que era a otro Castaigne a quien aguardaba con ilusión: a mi primo Louis. Sonreí ante su turbación y la elogié por el estandarte que bordaba guiándose por una lámina iluminada. El viejo Hawberk se hallaba sentado remachando las desgastadas grebas de una armadura antigua, y el ¡tin, tin, tin! de su martillito repiqueteaba alegremente en aquella pintoresca estancia. Al poco soltó la herramienta y anduvo forcejeando un instante con una diminuta llave inglesa. El leve tintineo de la malla me provocó un estremecimiento de deleite: me fascinaba escuchar la música del acero rozando el acero, el golpe sordo de la maza sobre los quijotes y el tintineo de las cotas de anillas. Esa constituía la única razón por la que acudía a ver a Hawberk. Su persona jamás me había interesado, ni tampoco la de Constance, salvo por la circunstancia de estar enamorada de Louis. Aquello sí cautivaba mi atención, y a veces hasta me quitaba el sueño por las noches. Pero en mi fuero interno sabía que todo se resolvería a pedir de boca, y que yo ordenaría su porvenir del mismo modo que pensaba arreglar las cuentas con mi buen doctor John Archer. Con todo, jamás me habría molestado en visitarlos en aquel momento de no haber sido, como digo, por la irresistible fascinación que la cadencia de aquel martilleo ejercía sobre mí. Me pasaba horas enteras sentado allí, escuchando sin pestañear, y cuando un rayo de sol furtivo incidía sobre el acero damasquinado, la sensación que me invadía era casi demasiado intensa para soportarla. Mis ojos se dilataban con un placer que tensaba cada nervio al límite de la rotura, hasta que algún movimiento del viejo armero interceptaba el haz de luz; entonces, estremeciéndome aún en secreto, me recostaba de nuevo para escuchar el frotar del paño de pulir: ¡fru, fru!, arrancando el orín de los remaches.
Constance bordaba con la labor apoyada sobre las rodillas, deteniéndose de vez en cuando a examinar con mayor detenimiento el motivo en la lámina en color del Museo Metropolitano.
—¿Para quién es esto? —le pregunté.
Hawberk me explicó que, además de custodiar los tesoros de armería del Museo Metropolitano, del cual había sido nombrado conservador oficial, tenía a su cuidado diversas colecciones privadas de ricos aficionados. Aquella era la greba extraviada de una armadura celebérrima que uno de sus clientes había rastreado hasta una modesta tienda parisina en el Quai d’Orsay. Él, Hawberk, había negociado la compra asegurando la pieza, de suerte que el conjunto quedaba por fin completo. Dejó el martillo a un lado y me leyó la crónica de la armadura, documentada desde el año 1450 de poseedor en poseedor hasta que fue adquirida por Thomas Stainbridge. Cuando se dispersó su soberbia colección en subasta pública, aquel cliente de Hawberk adquirió la pieza principal, y desde entonces la pesquisa de la greba perdida se había proseguido tenazmente hasta localizarla, casi de milagro, en la capital francesa.
—¿Y prosiguió usted la búsqueda con tanta terquedad sin tener la menor certidumbre de que la greba continuara existiendo? —inquirí.
—Por supuesto —repuso él con flema.
Entonces, por vez primera, concebí un interés personal por la figura de Hawberk.
—Le reportaría una buena ganancia, supongo —aventuré.
—Ninguna —contestó riendo—; el placer de hallarla fue mi única recompensa.
—¿No tiene ambición de enriquecerse? —pregunté sonriendo.
—Mi única ambición consiste en ser el mejor armero del mundo —respondió con gravedad.
Constance me preguntó si había presenciado los actos en la Cámara Letal. Ella misma había visto desfilar a la caballería por Broadway aquella mañana y había deseado asistir a la inauguración, pero su padre precisaba tener listo el estandarte y ella se había quedado a su ruego.
—¿Vio allí a su primo, señor Castaigne? —inquirió, con un levísimo temblor en sus suaves pestañas.
—No —respondí con desapego—. El regimiento de Louis se halla de maniobras en el condado de Westchester. —Me puse en pie y recogí el sombrero y el bastón.
—¿Va a subir de nuevo a visitar al chiflado? —se mofó el viejo Hawberk. Si supiera cuánto detesto ese vocablo jamás lo pronunciaría en mi presencia: despierta en mi interior ciertas impresiones que no me cuido de explicar. Con todo, le contesté con serenidad—: Creo que subiré a saludar al señor Wilde un momento o dos.
—¡Pobre hombre! —suspiró Constance meneando la cabeza—. Debe de ser muy duro vivir solo año tras año, sumido en la pobreza, tullido y casi privado de razón. Es muy generoso por su parte, señor Castaigne, visitarlo con tanta frecuencia.
—A mí me parece un individuo perverso —apuntó Hawberk, reanudando la faena con el martillo. Escuché el repiqueteo metálico sobre las piezas de la greba; cuando hubo terminado, repliqué:
—No, no es perverso, ni tampoco está demente en absoluto. Su inteligencia es una cámara prodigiosa de la cual puede extraer tesoros por los que usted y yo daríamos con gusto años enteros de nuestra vida.
Hawberk soltó una carcajada.
Proseguí con un dejo de impaciencia: —Conoce la historia como nadie en el mundo podría conocerla. Nada, por insignificante que parezca, escapa a sus investigaciones; y su memoria resulta tan perfecta y exacta en los detalles que, si en Nueva York se supiese que existe un sabio semejante, las gentes no sabrían colmarlo de honores.
—Pamplinas —masculló Hawberk, buscando a tientas un remache caído en el suelo.
—¿Son pamplinas —inquirí, conteniendo a duras penas lo que experimentaba—, son pamplinas cuando asegura que los escarcelones y quijotes de la armadura esmaltada comúnmente llamada «El Emblema del Príncipe» se encuentran arrumbados entre un montón de atrezo herrumbroso, estufas rotas y desperdicios de trapero en una buhardilla de Pell Street?
El martillo de Hawberk cayó al suelo con estrépito; pero se apresuró a recogerlo y me preguntó, con extremada calma fingida, cómo sabía yo que a «El Emblema del Príncipe» le faltaban los escarcelones y el quijote izquierdo.
—Yo no lo sabía hasta que el señor Wilde me lo mencionó el otro día. Dijo que se hallaban en el desván del número 998 de Pell Street.
—¡Paparruchas! —exclamó, pero advertí que su mano temblaba bajo el delantal de cuero.
—¿Es esto también una paparrucha? —inquirí en tono afable—. ¿Son tonterías cuando el señor Wilde se refiere a usted sin cesar como al marqués de Avonshire y a la señorita Constance...
No llegué a concluir la frase, pues Constance se había puesto en pie de un salto con el pavor retratado en cada una de sus facciones. Hawberk me miró fijamente y se alisó despacio el mandil.
—Eso resulta imposible —observó—; el señor Wilde sabrá muchísimas cosas...
—De armaduras, por ejemplo, y de «El Emblema del Príncipe» —interpuse con una sonrisa.
—Sí —prosiguió él con lentitud—, sobre armaduras también, tal vez... pero se equivoca por entero respecto al marqués de Avonshire, quien, como usted bien sabe, dio muerte al difamador de su esposa años atrás y marchó a Australia, donde no sobrevivió mucho tiempo a su mujer.
—El señor Wilde está equivocado —murmuró Constance. Tenía los labios lívidos, pero su tono sonó dulce y apacible.
—Convengamos, si así lo prefiere, en que en este único detalle el señor Wilde se equivoca —concluí.
Fin del Episodio 2 · de 39
Capítulo I · II
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.