El Rey de Amarillo·Episodio 01

Capítulo I · I

~11 min · 2154 palabras

Ne raillons pas les fous; leur folie dure plus longtemps que la nôtre... Voilà toute la différence».

Hacia fines del año 1920, el Gobierno de los Estados Unidos prácticamente había concluido el programa adoptado durante los últimos meses de la administración del presidente Winthrop. El país gozaba de una aparente tranquilidad. Todo el mundo sabe de qué manera quedaron resueltas las espinosas cuestiones arancelarias y laborales. La guerra contra Alemania, motivada por la ocupación de las islas Samoa por parte de aquel país, no había dejado cicatrices perceptibles en la república, y la ocupación temporal de Norfolk por el ejército invasor se había borrado por completo ante el júbilo suscitado por las reiteradas victorias navales y el consiguiente y ridículo descalabro de las fuerzas del general Von Gartenlaube en el estado de Nueva Jersey. Las inversiones efectuadas en Cuba y en Hawái habían rendido un ciento por ciento, y el territorio de Samoa compensaba con creces su desembolso como estación carbonera. La nación se hallaba en un formidable estado de defensa. Cada ciudad costera había sido provista de sólidas fortificaciones terrestres; el ejército, bajo la paternal vigilancia del Estado Mayor y organizado con arreglo al estricto sistema prusiano, se había elevado a trescientos mil hombres, con una reserva territorial de un millón de efectivos; y seis magníficas escuadras de cruceros y acorazados patrullaban las seis divisiones marítimas navegables, disponiendo además de una reserva a vapor ampliamente capacitada para vigilar las aguas jurisdiccionales. Los caballeros del Oeste se habían visto al fin en la precisión de reconocer que una academia para la formación de diplomáticos resultaba tan indispensable como las escuelas de derecho para la instrucción de los letrados; por consiguiente, ya no nos representaban en el extranjero patriotas improvisados e incompetentes. La nación rebosaba de prosperidad: Chicago, momentáneamente paralizada tras un segundo gran incendio, había renacido de sus cenizas, blanca e imperial, aún más hermosa que la ciudad inmaculada erigida como efímero juguete para la exposición de 1893. Por doquier la buena arquitectura desplazaba a la mediocre, e incluso en Nueva York un súbito anhelo de decoro y armonía había barrido con gran parte de los horrores edilicios existentes. Las calles se ensancharon, convenientemente pavimentadas y alumbradas; se plantó arbolado, se trazaron amplias plazas, se derribaron los viaductos del ferrocarril elevado y se construyeron líneas subterráneas para sustituirlos. Los nuevos edificios oficiales y los cuarteles constituían sobrias piezas de arquitectura, y la extensa hilera de malecones de piedra que circundaba por entero la isla se había transformado en parques públicos que supusieron una bendición incalculable para los ciudadanos. La subvención concedida al teatro nacional y a la ópera rindió prontos y sazonados frutos. La Academia Nacional de Dibujo de los Estados Unidos se asemejaba mucho a las instituciones análogas del Viejo Mundo. Nadie envidiaba al secretario de Bellas Artes, ni por su cartera ni por su sillón ministerial. El secretario de Montes y Conservación de la Caza disfrutaba de un cometido infinitamente más desahogado gracias al moderno cuerpo de la Policía Montada Nacional. Habíamos sacado excelente partido de los últimos tratados firmados con Francia e Inglaterra; la exclusión de extranjeros como medida de preservación, el establecimiento del nuevo estado independiente de Suanee, el freno impuesto a las olas migratorias, las severas leyes de naturalización y la paulatina concentración del poder en la órbita del ejecutivo contribuyeron por igual a la calma y opulencia de la patria. Cuando el Gobierno resolvió el conflicto indígena y los escuadrones de caballería de exploradores nativos con sus indumentarias tradicionales sustituyeron a aquellas lastimosas unidades agregadas a la cola de regimientos esquilmados por un antiguo ministro de la Guerra, la nación entera exhaló un prolongado suspiro de alivio. Y cuando, tras el monumental Congreso de las Religiones, el fanatismo y la intransigencia quedaron sepultados en el olvido, mientras la benevolencia y la concordia aproximaban a las sectas antaño beligerantes, no pocos creyeron que el milenio de paz había amanecido por fin, al menos en este Nuevo Mundo que, a fin de cuentas, constituye un universo por sí mismo.

Pero la conservación de uno mismo es la ley primordial de la existencia, y los Estados Unidos debieron contemplar con impotente pesadumbre cómo Alemania, Italia, España y Bélgica se debatían en las convulsiones de la Anarquía, al tiempo que Rusia, al acecho desde el Cáucaso, se abalanzaba sobre ellas para someterlas una tras otra.

En la ciudad de Nueva York, el verano de 1899 quedó señalado por el desmantelamiento de los ferrocarriles elevados. El verano de 1900 pervivirá en el recuerdo de los neoyorquinos durante muchas generaciones: fue en aquel año cuando se retiró la estatua de Dodge. En el invierno sucesivo se desató aquella agitación popular en favor de la derogación de las leyes que prohibían el suicidio, campaña que rindió su fruto postrero en el mes de abril de 1920, cuando la primera Cámara Letal del Estado abrió sus puertas en Washington Square.

Había caminado aquella mañana desde la consulta del doctor Archer en Madison Avenue, adonde había acudido por mera fórmula. Desde mi caída del caballo, ocurrida cuatro años atrás, me habían atormentado a intervalos agudos dolores en la nuca y en la base del cráneo, pero hacía ya meses que habían cesado por completo, y el médico me despidió aquel día asegurándome que no restaba nada que curar en mí. Apenas merecía la pena pagar sus honorarios para oír semejante veredicto; yo mismo lo sabía sobradamente. Con todo, no le regateé el dinero. Lo que en verdad me dolía era la equivocación en que había incurrido al principio. Cuando me levantaron del empedrado donde yacía privado de sentido, mientras un alma compasiva le descerrajaba un tiro certero en la cabeza a mi montura malherida, fui conducido a presencia del doctor Archer; este, dictaminando que mi cerebro se hallaba trastornado, me recluyó en su manicomio privado, donde me vi forzado a soportar un tratamiento contra la demencia. Por fin decidió que me hallaba restablecido, y yo, sabedor de que mi juicio siempre había estado tan cabal como el suyo propio, si no más, «pagué mi matrícula», según él lo denominaba en son de chanza, y me marché. Le advertí con una sonrisa que ya me cobraría su error, ante lo cual él prorrumpió en francas carcajadas y me invitó a visitarlo de tarde en tarde. Así lo hice, al acecho de una ocasión propicia para saldar cuentas; pero él no me brindó ninguna, y le anuncié que sabría aguardar mi momento.

La caída del caballo no me había acarreado afortunadamente secuelas perniciosas; por el contrario, había transformado mi temperamento por completo y para bien. De ser un joven indolente y mundano me había trocado en un hombre activo, enérgico, sobrio y sobre todo —¡ay, por encima de cualquier otra cosa!— ambicioso. Tan solo una sombra turbaba mi espíritu: me burlaba de mi propia zozobra, y sin embargo me desasosegaba sin tregua.

Durante mi convalecencia había adquirido y leído por vez primera El Rey de Amarillo. Recuerdo que, tras concluir el primer acto, se me ocurrió que sería preferible detenerme. Me puse en pie de golpe y arrojé el libro a la chimenea: el volumen chocó contra los barrotes de la reja y cayó abierto sobre el hogar al resplandor de las llamas. Si mis ojos no hubiesen rozado por azar las primeras palabras del segundo acto, jamás lo habría terminado; pero, al inclinarme para recogerlo, mi mirada quedó clavada en la página abierta y, con un grito de pavor —o acaso de un gozo tan desgarrador que me hizo sufrir en cada fibra de mi cuerpo—, arrebaté aquella obra de entre las brasas y me arrastré trémulo hasta mi dormitorio, donde la leí y releí, llorando, riendo y temblando poseído por un horror que todavía en ocasiones me asalta. Esto es lo que turba mi descanso, pues soy incapaz de olvidar Carcosa, donde las estrellas negras cuelgan de las alturas celestes, donde las sombras de los pensamientos humanos se alargan al atardecer, cuando los soles gemelos se hunden en las aguas del lago de Hali; y mi entendimiento arrastrará por siempre la memoria indeleble de la Máscara Pálida. Plegue a Dios maldecir al autor, tal como el autor ha maldecido al mundo entero con esa creación portentosa y deslumbrante, aterradora en su desnuda sencillez e irresistible en su verdad: un mundo que ahora se estremece sumiso ante el Rey de Amarillo. Cuando el Gobierno francés confiscó las copias traducidas recién llegadas a París, Londres, como era de esperar, ardió en deseos de leerlo. De sobra se sabe cómo la obra se propagó a modo de peste infecciosa de ciudad en ciudad y de continente en continente: proscrita en un sitio, incautada en otro, anatematizada desde la prensa y el púlpito y censurada incluso por los anarquistas literarios más avanzados. Ningún principio moral concreto había sido quebrantado en aquellas páginas malditas; ninguna doctrina proclamada, ninguna convicción ultrajada. No resultaba posible juzgarla con arreglo a ningún canon conocido; mas, aun admitiéndose que el arte supremo había alcanzado su cima en El Rey de Amarillo, todos comprendían que la naturaleza humana era incapaz de soportar su peso ni de nutrirse de palabras donde palpitaba la esencia del veneno más puro. La aparente banalidad e inocencia del acto inicial solo servía para que el golpe cayera después con una contundencia más demoledora.

Fue, lo recuerdo con precisión, el día 13 de abril de 1920 cuando se inauguró la primera Cámara Letal del Estado en el costado sur de Washington Square, entre Wooster Street y South Fifth Avenue. La manzana que antaño albergaba un conjunto de caserones ruinosos y destartalados, empleados como cafés y casas de comidas para extranjeros, había sido expropiada por el Gobierno en el invierno de 1898. Los figones franceses e italianos fueron demolidos; la manzana entera quedó cercada por una verja de hierro dorado y convertida en un primoroso jardín provisto de praderas, macizos florales y fuentes rumorosas. En el centro de aquel parque se alzaba un edificio menudo y blanco, de arquitectura rigurosamente clásica, rodeado de frondosos vergeles. Seis columnas jónicas sostenían el frontispicio, y la única puerta de acceso era de macizo bronce. Frente al umbral se erigía un soberbio conjunto escultórico en mármol que representaba a las Parcas, obra de un joven escultor estadounidense, Boris Yvain, fallecido en París a la temprana edad de veintitrés años.

Los actos de inauguración ya se hallaban en marcha cuando crucé University Place y desemboqué en la plaza. Me abrí paso entre el silencioso gentío de curiosos, pero un cordón policial me cerró el paso a la altura de Fourth Street. Un regimiento de lanceros del ejército de los Estados Unidos formaba en cuadro alrededor de la Cámara Letal. En una tribuna elevada de cara a Washington Park se erguía el gobernador de Nueva York, y tras él se congregaban el alcalde de Nueva York y Brooklyn, el inspector general de la policía, el comandante de las tropas estatales, el coronel Livingston, edecán militar del presidente de la nación, el general Blount, comandante de Governor’s Island, el mayor general Hamilton, jefe de la guarnición de Nueva York y Brooklyn, el almirante Buffby de la escuadra del North River, el cirujano general Lanceford, la plana mayor del Hospital Libre Nacional, los senadores Wyse y Franklin de Nueva York y el comisario de Obras Públicas. La tribuna se hallaba custodiada por un escuadrón de húsares de la Guardia Nacional.

El gobernador concluía su contestación a la breve alocución del cirujano general. Le escuché proclamar: —Las leyes que prohibían el suicidio y señalaban penas para cualquier conato de autodestrucción han sido derogadas formalmente. El Gobierno ha tenido a bien reconocer el derecho que asiste a todo ser humano de poner término a una existencia que se haya vuelto intolerable, ya sea por quebrantos físicos o por desesperación moral. Se considera que la sociedad se verá beneficiada con la pacífica desaparición de tales desventurados de su seno. Desde la promulgación de esta norma, el número de suicidios en los Estados Unidos no se ha incrementado. Habiendo determinado el Estado erigir una Cámara Letal en cada ciudad, villa o aldea del territorio, resta comprobar si esa clase de criaturas agobiadas, de cuyas filas descorazonadas brotan a diario nuevas víctimas del exterminio voluntario, aceptará el alivio que de este modo se les proporciona. —Hizo una pausa y volvió la cabeza hacia la blanca mole de la Cámara Letal. El mutismo reinante en la calzada era absoluto—: Allí aguarda una muerte indolora a quien ya no pueda sobrellevar las tribulaciones de este mundo. Si la muerte es bien recibida, que acuda a buscarla a ese recinto. —Luego, volviéndose con presteza hacia el edecán del presidente, ordenó—: Declaro abierta la Cámara Letal. —Y encarando de nuevo a la inmensa multitud, exclamó con voz vibrante y clara—: ¡Ciudadanos de Nueva York y de los Estados Unidos de América! Por mi mediación, el Gobierno declara formalmente abierta la Cámara Letal.

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